Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud
de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad
repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón
enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas,
preñado de un cantar indecible.
Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde
habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres;
y miraba, sobre todo al galán acompañante de _Mariflor_, sin ver,
entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para
decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores
propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha
discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía
temer a Ramona una amenaza en el forastero.
Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando
el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la
plaza al resplandor mortecino de dos luces.
Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó
una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante
en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita
indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los
pobres aventureros.
Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la
extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas
por las calzadas adormecidas en la noche.
La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposiciones de
brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro
oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades
había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado
rincón de la llanura.
Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de
sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel
acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero
sobre la belleza de _Mariflor_.
Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de
estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el
firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.
Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento
de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la
frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco
sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y
los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.
Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró
a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos
labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las
eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo
temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.
[Illustration]
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XII
LA ROSA DEL CORAZÓN
AL llegar a Valdecruces conoció Rogelio la situación de la familia
Salvadores; supo asimismo que la boda de Florinda con su primo Antonio
era raíz de una esperanza para la rehabilitación del hogar, y que
la pobre moza, enamorada del poeta, vivía en sorda lucha pugnando
heroicamente por favorecer a los suyos, sin hollar los fueros de su
propio corazón.
Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una
agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó
acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para
siempre a las tristezas y servidumbres del páramo.
Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad
y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la
hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su
educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de
artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y
virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con
hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama
de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz...
Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de
inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una
adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su
pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien
orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no
podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera
ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con _Mariflor_,
¿sería, pues, hacerla feliz?
Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en
las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al
decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa
casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión
estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para
esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor.
Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el
marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de
amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba
una mujer y un niño...
Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las
memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda,
siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el
ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos
desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un
buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro
en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas
y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la
mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio
de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en
el cuento popular de _Barba Azul_:
—_Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?..._
Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por
inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida:
—_No veo más que las aguas y las nubes..._ ¡El no quisiera, por nada
del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella
pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado
al través de toda una vida!
Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de
una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias
flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo:
—Voy a causar su desventura.
Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con
espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen
de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron
al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales
ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda
infidelidad.
Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en
la idea de la boda, y así se lo dijo a _Mariflor_. Pero la niña,
preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no
podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que
se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un
caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales
aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el
caballero enmudeció reverente.
No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular
delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de
intervenir favorablemente en las desventuras familiares.
—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse.
—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito.
—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado!
Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación
de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo
olvidarme de mí misma.
Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus
sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos,
que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado.
Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata
sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán
entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de
su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia
de _Mariflor_, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya
sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de
pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y
misterio...
* * * * *
Suponía don Miguel tan interesada a _Mariflor_ por el poeta, conocíala
tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo
de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia
su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta
y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena,
una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos,
reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios.
Así que, poco después, cuando _Mariflor_ fué a casa del párroco en
busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura.
—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el
milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae
sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de
todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz?
—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener
presente...
—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio?
—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la
madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los
tuyos...
—Sí: espero el milagro.
—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La
situación es crítica... Tu primo Antonio...
—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha.
Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos.
—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona!
Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla:
—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir
el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que
buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas
demasiado!
—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu?
—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad...
En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus
intenciones...
—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza.
—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras...
Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien!
—He jurado ayudar antes de nada a mi familia...
—Yo te libro de ese juramento.
—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo _Mariflor_ en un arranque
de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para
darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que
sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme
con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco,
a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce;
si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla
como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su
sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza
ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?...
¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando
me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos
dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo
venda mi corazón por un puñado de dinero...
A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no
eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y
firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo
ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del
alma de _Mariflor_, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras
que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que
muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la
civilización para infundir sus simientes en el páramo.
—¡Sí, sí!—exclamó don Miguel—. ¡Quién sabe!... Llamaré a tu primo...
Le llamaré en seguida como tú quieres.
—¿Y acudirá?
—Creo que sí.
—¿Antes del _día de agosto_?
—Antes: la semana que viene. Yo deseo que te tranquilices... Además,
el tío Cristóbal amenaza con el embargo y hay que tomar alguna
determinación.
—Ayer se llevó la recua.
—Ya lo sé.
—Y la _Chosca_.
—Eso no lo sabía.
—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de
los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con
los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo
al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una
compasión!
—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque
de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua,
por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien
resulta gravosa...
—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan
penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las
bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que
la _Chosca_, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía
bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos,
en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni
familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos.
—Y lo son. El tío _Chosco_ «ya no se acuerda» de que esa mujer es
hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando
volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella
también parecía vieja!
—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud...
—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y
Florinda balbució:
—¡Cómo ha de darlo!
Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas.
—Pues ¡y el _Chosco_—insistió luego—, a quien mantiene usted de
limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y
sólo disfruta olfateando los difuntos!...
Después de una pausa lúgubre, tornó a decir _Mariflor_:
—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en
la calle?
—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo
palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con
ellas pagasteis el interés de los réditos...
—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que
están así las cosas?
—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el
engaño en que le tuvo la abuela.
—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por
usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo.
—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente,
como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz
prestamista quedará muy conforme...
—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame,
no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que
nos echen del hogar de mi padre.
—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el
cura muy conmovido.
—¡Demasiado hace usted!
Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que
sus labios.
—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto
debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y
necesito ayudar a mi padre con usted.
Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de
abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de
verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas
del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de
_Mariflor_ no daba treguas.
—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El
pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre
la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío
en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco
para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del
prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente
está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino
que rentaba de una manera escandalosa. A mayor _generosidad_... mayor
negocio. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los
cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras
ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio
antes de que yo viniera a Valdecruces.
—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo.
Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de
hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable.
—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros,
mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos
vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y
se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la
hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes
moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida
los animales.
—¡Le costaron a mi padre mil pesetas!
—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no
veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy
corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que
sacudáis de una vez esta inicua explotación.
—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda
y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal
fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo
que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se
encontrarán fácilmente.
—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel.
—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si
habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de
reales con mucha facilidad.
Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que
tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida:
—¿Le parece a usted mucho?
—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa.
¡Estoy bien seguro de ello!
—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de
súbita sospecha.
—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría
vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde;
no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por
no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares...
Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del
apóstol.
—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una
peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas,
y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí
hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi
prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión...
—¿Qué?
—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí!
Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar
semejante confidencia; _Mariflor_, desolada, se había levantado también.
En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la
estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta.
—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un
torpe: no quería contarte así las cosas.
Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su
amigo cierta frase que antes sorprendiera: _un nuevo empréstito_. Y
ahora comprendía el alcance de esas palabras.
—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted?
—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad.
—¿De modo—repetía _Mariflor_ como una sonámbula, dando vueltas por
el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma
fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible».
—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas...
La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus
ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil
reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió
de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel.
—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla
a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero;
me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera
intolerable.
—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven
obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo
viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no
confío en apoyar la casa que se hunde!
—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida
brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la
pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre
los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas
flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos
en uno de los dos que le quedaban.
—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda.
—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal
afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la
misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto
pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos
evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque
Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada.
—¿Y quién cura esa manía?
—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu
padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto
sea menester.
—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña
avergonzada.
—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el
enredo.
—¿Pagó usted muchos intereses?
—Pocos...
—¿De verdad?
—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación
de la joven.
Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud
del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que
preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de
huir antes de obtener una contestación categórica.
Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada.
—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva
vida para vosotros.
—¿Cuál?
—Tú te casas.
—¿Con quién?
—Con quien te quiera y te guste, ¡carape! A tu abuela «la declaramos
pródiga»; a Pedro le mandamos a ganarse la vida; Olalla y Ramona
trabajan la mies para mantenerse con la anciana y los pequeños; a
Marinela la buscamos dote para que se haga monja... Esto en el peor de
los casos; si tu padre no tiene suerte y a mí no me toca la lotería...
Quiso la muchacha sonreir.
—Pero, trabajar la mies—protestó al cabo—, es una cosa horrible para
Olalla.
—¿Y no para su madre?
—También... aunque tiene más costumbre...
—¡Peor para ella!... ¡Pobre mujer! La quieres poco y vale mucho.
_Mariflor_, sorprendida, añadió sin defenderse:
—Pedro es muy niño para salir de casa... La dote de Marinela es muy
difícil de encontrar...
—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso.
—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le
pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue,
tomaremos una resolución que le alcance a usted...
Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta,
añadió entre lágrimas:
—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete...
¡si usted lo quisiera recibir!
Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de
rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y
tierno.
En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral.
—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel.
Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós
lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente.