vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona
asomándose a la empalizada del corral.
—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...
A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.
Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de
Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.
Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del
arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como
anuncio y señal de una taberna.
Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina,
sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.
Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a la
_Chosca_, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y
bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.
En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía
Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el
letargo o por el sueño.
—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme
todavía?... ¿No viene a la parroquia?
La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.
Pero ella responde levantándose:
—Ya voy.
También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz
relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.
Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le
sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención,
oculta en el repique insinuante en los últimos golpes: _Tan... tan...
tan..._ ¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...
Esto se pregunta _Mariflor_ acabándose de vestir, y en tanto que vuelan
como alondras sus deseos.
Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia
familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»;
sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y
mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como
los «bagos» y las yuntas.
Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las
otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del
gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la
luz.
Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la
mantilla puesta y el rostro encendido.
—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente
explosión confidencial:
—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid:
escribe libros y cantares, y habla mucho de _Mariflor_.
—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha
parecido su forastero de los ojos azules.
La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un
eco de contestaciones idénticas:
—Venía «con nosotras» en el tren...
—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y
como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.
Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de
Marinela relumbran como dos esmeraldas.
—¿No está loco?—interroga.
Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del
medio día, ésta clama risueña:
—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano
juicio, es bien fablado y buen mozo.
—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.
Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo
cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta
principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay
figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha
humilde bajo el sol.
[Illustration]
[Illustration]
XI
LA MUSA ERRANTE
—HAY comedia...
—Hay volatines... ¿Vamos?
—Díle a madre que nos deje ir...
—¡Díselo!
Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse
en alta voz para que su madre la oyese:
—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.
—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo
Ramona en tono de transigir.
—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.
Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita
inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio
Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo
el pueblo.
Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por
aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras
de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina
estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas
y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres
viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios
perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos
caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.
El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló
por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos
encendióse con rara turbación.
Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico
desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con
ciertas precauciones, comentaron la singular visita.
A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los
juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían
obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar
aquella misma noche una función.
Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia,
un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, el _extraordinario
espectáculo_, para las nueve y media en punto.
Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en
medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador,
después de saludar con leve modulación extranjera al _respetable
público_, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la
«presentación» de la «célebre» _Musa errante_, una dama loca de amor,
que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus
cuitas en «magníficos versos» ante el _ilustre auditorio_. El cual no
quedó muy enterado de la importancia del anuncio ni muy curioso por el
peregrinaje de la _Musa_.
Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos
ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el
nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».
Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al
«ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.
Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes
alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre,
ablandado de pronto.
Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto
calmoso de campesina:
—¿Nos deja ir?
—Dirnos... ¡Pero solas!...
—¡Venga usted!
—Que vaya la abuela.
La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado
sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de
farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de
cabeza y de labios.
—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.
Cuando buscan a _Mariflor_ para cenar, responde desde el huerto, y
acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.
Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la
muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para
razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho
los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena
ronco y dulce, embargado por la emoción.
Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidos por la fuerte
caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases
pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar,
recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta
de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le
saben muy bien según los multiplica.
La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano
de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta
la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y
ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».
Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se
extiende el silencio en la cocina. Entonces _Mariflor_ revive a sus
anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta
de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la
felicidad»...
Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al
salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras
Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en
medio de las primas.
Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la
fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de
la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron
lentamente hacia el lugar del baile.
Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:
—Vayan delante ustedes.
Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y
dejó atrás a Olalla con el sacerdote...
Bebe _Mariflor_ un sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para
serenar este recuerdo, y quédase confusa ante los murmullos de las
palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y
esperanzas que se agitan en su corazón.
Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y
pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:
—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de
Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad;
quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me
quieres, _Mariflor_?
—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.
Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan
sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura,
quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes;
el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las
rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos,
con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el
semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces
secas...
También la _Chosca_ tenía cara de nuez. Y mirándola con repentina
curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.
Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén
en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y
mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros
extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la
sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.
Descubre a estas mujeres _Mariflor_ como a criaturas nunca vistas ni
relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.
Y cuando, ya agotado en los platos el _moje_ por mendrugos de pan, se
levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por
su propia voz que que dice:
—Adiós, abuela.
* * * * *
Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.
Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor,
una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular.
Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en
los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido
resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar
por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.
El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con
algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo
tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula
claridad de unos hachones.
—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.
—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.
Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una
violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la
inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa
esperanza:
—¡Hace viento de Ancares!...
Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte,
escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la
lluvia era esperada.
—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese
que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a
comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.
Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de
extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un
doncel con arreos de baturro.
Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con
navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en
complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con
los pies.
En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su
cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano,
advirtiéndole muy finamente:
—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...
Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota,
exclamando complacido:
—¡Ya pasó!
Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las
farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la
nieve, y estaba, en realidad, maravillado.
—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.
—¡De veras!—dijo a su lado, absorto, _Rosicler_.
Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se
condensaron en la frase hostil:
—¡Esos tíos serán ensalmadores!...
Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de
supersticiosa pasión.
En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su
sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó
inusitado palique con _Mariflor_ Salvadores.
Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el
forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura
explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella
dilataba los ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin
a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y
alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija
con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas
ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la
inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo
las frases breves del sacerdote.
El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al
«respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y
aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante
del ceremonioso malabarista.
No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria,
y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del
director de escena.
Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a
entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones
fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el
mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.
—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su
acento italiano y su cara triste.
Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del
concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno
dolor.
Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en
ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.
La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro
repique en la exhausta bandeja.
Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas.
Pidió el galancete su sombrero al tío _Chosco_, el enterrador, que no
sin vacilaciones alargó la miserable prenda, raída y parda, de alas
abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.
El viejo lucía inmóvil su _garnacha_ venerable, remedo de la gentil
melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del
maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al
público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.
Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba,
anunciaron a toque de corneta la aparición de la _Musa errante_, y el
propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con
mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.
Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.
Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y
aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos
tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos,
despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos
desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda
de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita
necesidad de reposo y de auxilio.
Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y
fúnebre, y comenzó a decir:
Yo soy una mujer: nací pequeña,
y por dote me dieron
la dulcísima carga dolorosa
de un corazón inmenso.
En este corazón, todo llanuras
y bosques y desiertos,
ha nacido un amor, grande, muy grande,
colosal, gigantesco;
amor que se desborda de la tierra
y que invade los cielos...
Ando la vida muerta de cansancio,
inclinándome al peso
de este afán, al que busca mi esperanza
un horizonte nuevo,
un lugar apacible en que repose
y se derrame luego
con la palabra audaz y victoriosa
dueña de mi secreto.
Yo necesito un mundo que no existe,
el mundo que yo sueño,
donde la voz de mis canciones halle
espacios y silencios;
un mundo que me asile y que me escuche:
¡le busco, y no le encuentro!...
Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la
noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo
sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso
anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.
Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra,
impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las
impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda
naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida
sensación de impaciencias y ansiedades.
Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela
con el ímpetu de una marejada tempestuosa.
Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la
hora en que vió al forastero junto a _Mariflor_ hablándola con los
labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con
intuición milagrosa.
Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por
singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al
viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su
follaje repentino huracán.
La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la
vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos
de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus
desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó que los demás
contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo
de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza.
¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba!
¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el
inmenso corazón!...
Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada
conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a
sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad,
donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y
confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado
sentimiento...
La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el
director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del
público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a
extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con
desgarradora expresión de impotencia:
¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...
Por los hondos caminos de la vida
pasaron vagabundos los poetas
rodando sus cantigas:
cantaron los amores, los olvidos,
anhelos y perfidias,
perdones y venganzas,
zozobras y alegrías.
Siglos y siglos, por el ancho mundo
la canción peregrina
sube a los montes, baja a los collados,
en los bosques suspira;
cruza mares y ríos, llora y muge
en vientos y celliscas;
se queja en el jardín abandonado,
en las flores marchitas,
en las cosas humildes, en las tumbas,
en las almas sombrías.
Todo el mundo es querella, todo es himno,
todo el mundo es sollozo y poesía...
Y yo vengo detrás de ese torrente
que al universo encinta,
con una canción nueva entre los labios
sin poder balbucirla:
porque ya no hay palabras, no hay imágenes
ni estrofas ni armonías,
que no rueden al valle penumbroso
y suban a las cimas,
y salven los abismos,
colmando las medidas
de las voces humanas
y los sagrados sones de las liras...
¡En este mundo lleno de canciones
ya no cabe la mía!
Loca y muda la llevo entre los labios
sin poder balbucirla...
Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con
un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios
feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.
—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don
Miguel.
Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la
sacudió por un brazo, ríspida y violenta.
—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.
Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el
origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó
que dejasen a la moza llorar.
El poeta y _Mariflor_ miraron al sacerdote comprendiéndole, mientras
los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de
«manquera» incurable.
La _Musa_ extendía el plato petitorio con el aire indiferente de
costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular
del público, por su grave y silenciosa expectación.
De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su
estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.
Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora, y para tender el
plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño
donde hasta los niños hablaban en voz chita.
Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó
asombrada:
—¿Por qué llora?
Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el
semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la
otra mujer.
Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su
cabellera, volvió a decir:
—¿Por qué llora?
—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.
Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:
—¿De dónde eres?
—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.
—¿Cómo te llamas?
—_Musa._
—Será remote—pronunció una voz tímida.
—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.
La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y
contestó en frase ambigua:
—Por ahí...
Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los
horizontes universales.
—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.
—Papá los tiene.
Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en
sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas,
alargólas murmurando:
—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.
El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio,
y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la
recitadora algunas palabras serenas y apacibles.