Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas

y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial,

parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo

amor hacia la esquiva ingratitud.

Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la

llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume.

Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado

fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún

flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas

y glumas de la flor.

Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó

escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén

de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos.

Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un

sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con

inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del

jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso

del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón.

Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies,

rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y

tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de

espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas

abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la

heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio

a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia.

¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza

humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables

terrones del yermo!

En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza,

teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato,

incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota

progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales,

solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en

la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se

abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al

fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes.

Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los

mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se

quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los

hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar

sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas

a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta

la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de

Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un

tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta

en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el

páramo cruel han producido flores...

Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la

fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban

con dulce temblor.

Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso

estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación

del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables.

Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un

corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de

poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar

de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer.

A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros

sentimientos del joven.

Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad

y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con

misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor

a formar un sereno remanso.

Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso,

con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el

porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se

condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y

memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación,

como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un

traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles

paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el

alma heroica lo mismo que la raza leonesa.

Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos

impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la

arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse

con las rúas del pueblo.

En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una

plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer

aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país,

de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la

contemplación de la corriente.

A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque

grave de campana avisó en la parroquia el mediodía.

Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó

el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente,

viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse

hacia ella enajenado y feliz.

La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos

como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de

agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse,

cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó

aturdidamente la señal de la cruz.

En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina,

vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la

Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre

sentimental, mozo gentil, con el _jipi_ en la diestra, declamó

reverente:

—¡Salve, oh maragata, augusta _Señora del Páramo_, salve!

Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no

escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un

instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el

cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol.

Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina,

cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón

del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en

atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del

cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia.

Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa

había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la

torre, protegiendo el nido debajo de la cruz.

Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel,

y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos...

[Illustration]

[Illustration]

X

EL FORASTERO

CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de

la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:

—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.

Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel

azoramiento de su vuelta.

—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor

rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la

Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.

—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces

corrían a la puerta, y _Mariflor_ iniciaba también un movimiento de

curiosidad.

—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino

detrás de su prima y de su hermana.

La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con

encender _fuyacos_ en el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco.

Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó

aburrida:

—¡Cuántos parajismos!

Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la

plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso

forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente,

que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones

un acento de burla.

—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.

—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de

admiración los profundos ojos.

—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.

—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y

fardel.

—¿Por el camino de Astorga?

La maragata levantó los hombros un poco insegura.

—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.

Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos

colores de turquesa.

Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, y

_Mariflor_, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con

afán:

—¿Era rubio y usaba lentes?

—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su

imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró

arrobada:

—Tenía los ojos azules.

—¿De veras?

—De verísimas.

Las dos enmudecieron, con los corazones tan acelerados como si el

color azul fuera para entrambas un abismo...

Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela;

sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un

ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se

impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con

prudente disimulo, recomendando la paz.

Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y

aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla,

que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió

primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato

las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y

dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban

así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en

consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada

una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.

Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona,

después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas

entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin

matices ni blanduras:

—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar.

¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.

La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó

interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco;

¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin

tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el

llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía

el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones

las paredes y el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su

madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos

inapetentes:

—¿Queréis una febra de bacalao?

Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un

cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación

sobre la estancia miserable.

Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado

a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus

melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del

regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la

boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.

—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes

gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.

La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como

si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de

lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la

insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.

Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus

hermanos.

—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo

alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.

Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un

secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído

unas palabras, suaves como zureos de paloma...

Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su

animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla,

más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la

víspera le venía causando sordas indignaciones:

—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene

alma!

Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:

—Ella hace muy bien en amontonarse.

—¡Perfectamente!

—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntó _Mariflor_ curiosa.

Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:

—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.

La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o

solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.

—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.

—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la

nuera.

Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en

las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:

—No lo dirás por ti.

—¿Que no?

—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo

de los demás.

—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé

desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.

—¡Ansí es la vida!

—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre

cumple mantener a los hijos... o non facerlos.

—¡Mujer!

—Lo que usted oye.

—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la

vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.

—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.

Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió

los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta

platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo

depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo.

Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó

calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a

su hija.

Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la

rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las

rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció

que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.

Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas,

descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de

sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que

sonaron a disputa y maldición.

Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas

intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de

Rosenda Alonso.

—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja a

_Mariflor_.

—¿El sacristán?

—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te

acuerdas?

—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...

Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de

mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando

con paso vacilante un _feije_ de leña y un vientre enorme.

—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía

y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido

fambreando también.

—¿El, es bueno?

—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.

—Si se quieren...

—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?

Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:

—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos

vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la

trasoñada niña.

Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la

pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:

—Es el usaje del país.

Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la

frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más

agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...

Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar

los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la

hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está

durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral

donde los chiquillos discuten la posesión de un _rongayo_ de manzana.

Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:

—¿No lleváis al chabarco los curros?

La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de

pie como sacudidas por un resorte.

—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha

celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.

La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. El

_estradín_ está lleno de moscas y de polvo, y el corral, a pleno medio

día, arde y calla, reverberante de sol.

—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos

han desaparecido.

Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se

alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.

En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas

ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde el

_estradín_ entraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero,

embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante

lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con

el humo.

La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con

singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina

y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó

hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:

—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?

Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».

Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:

—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?

Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».

Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó

anhelante:

—¡Pues no olvides que esta casa es mía!

Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se

diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que

ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la

cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...

El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos,

derivado del Duerma, hace su entrada en Valdecruces bajo la humilde

forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones

llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado

donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal

y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío»

cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos

providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso

murmullo de su limosna.

Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas

de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de

llegar a Valdecruces desde allí.

Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado

arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas

mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo,

como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:

—Sí, sí; por aquel lado «venía».

Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se

estremece y se turba:

—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus

cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.

En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra,

retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro

hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso

bostezo.

Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que

se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya

«cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la

última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida

en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los

caudales del Duerna.

Tales pensamientos se agitan en la mente de Olalla con fatigado

rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para

lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre

todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni

en las de la _jaja_ y escardadura; quizá tampoco en las de la siega

y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por

los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide

los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que

debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya

volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y

sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite;

faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más

adusto que nunca...

—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse

contener.

—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.

Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter

reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje

pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona

de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla,

menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña

codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas

y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.

—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin

necesidá; veivos a casa.

—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.

Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de

inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno,

y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los

pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:

—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezar a ser moza, y

tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...

—No aprendo todavía—responde _Mariflor_.

—No bailo—asegura Marinela.

Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:

—¡Sodes bobas!

Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en

vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la

fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.

—Casi no tienen agua.

—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo

tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...

—¡Si lloviese!—ansía _Mariflor_, sabiendo que se aguarda la lluvia

como un gran beneficio.

Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo,

curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después

hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo

con el leve surco del arroyo entre las guijas.

La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta

urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos,

portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren

anchas, calientes y dormidas.

—Parece que no hay nadie en el pueblo—dice _Mariflor_, dominada por

el agobio profundo de tanta soledad.

—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos,

a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.

Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.

Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beber en el mísero

arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en

torpes vaivenes.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 8 / 21 段