Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que

miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas

que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables

observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora

una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa

cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin

corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a

Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen

a las ilusiones que la niña compartía con el poeta.

Así, _Mariflor_ y don Miguel se propusieron en amigable complicidad

servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente

caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el

espíritu ferviente de la enamorada.

—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este

verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su

fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha

de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos

regale nada; bastará que nos preste sin usura...

Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió

la muchacha con vivísima zozobra:

—¿Cree usted muy difícil un milagro?

—Según y conforme...

—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios,

para librar la hacienda de abuelita.

—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues?

—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr?

—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—.

¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de

ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas...

Para Dios no hay imposibles...

Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de

la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente,

se había despedido _Mariflor_ en aquella entrevista.

Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el

huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que

pasaba _Rosicler_ balanceando su chivata de pastor al compás de una

copla.

Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el

paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía

en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron

levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de _Rosicler_ vibró

engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance

popular que pregonaba:

«Mira, niña, lo que haces,

mira lo que vas a hacer,

que el cordón de oro torcido

no se vuelve a destorcer...»

Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes

una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas,

quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco

y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla,

por la visión juvenil de la niña y el zagal...

En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación

del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el

relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en

la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de

sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro,

y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto:

—¡Ascensión!... ¿puedes venir?

—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de

mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar:

—¿Enciendo luz?

—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela

Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas.

—Y acerté, mismamente.

—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas

averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar

esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué

tiene, en fin?

—Tiene... vocación de monja.

—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco.

—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece.

—Pero, ¿de qué le ha quedado eso?

—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un

mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril...

La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro,

cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el

aposento el silencioso temblor de la noche.

—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa,

dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió

al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo.

Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín

precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba

un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra,

salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces

conozco que se muere por ser monja.

—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia.

—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver

de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para

entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto!

—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera

vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite

llevar mil duros por delante.

—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan

las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la

ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas!

—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y

a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios.

Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía:

—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es

destino envidiable.

—¿También para ti?

—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda!

—Porque Máximo tiene dinero, ¿no?

—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo

dice que la tía Dolores ha perdido el caudal.

—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa

niña, porque no tiene un céntimo?

—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de

azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre

oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como

una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la

mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa.

—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil

reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían

para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer

una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación

religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar

los deseos de tu amiga.

Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al

sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y

avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío:

—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las

novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos

ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay

plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo

una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos

difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la

parroquia con el novio... ¿No es verdad?

La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el

sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si

le sintiese herido.

Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de

pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo

un pálido velo de niebla.

—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el

interrogatorio.

Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces

avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo,

responde:

—Deja que ésta me alumbre...

[Illustration]

IX

¡SALVE, MARAGATA!

AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso

y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, _Don Quijote_;

cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos

ensoñando quimeras, igual que el caballero de la _Triste Figura_. Un

pobre _Sancho_ de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado

en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor,

como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país

desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso

preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá.

Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de

palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo

que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus

pies.

Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para

quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente,

sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y

el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda

perplejidad.

—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno;

de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De

historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos...

¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non

lo oí mentar nunca...

Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a

servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital.

El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de

Mambrino por un _jipi_, y la célebre lanza por un vástago de roble;

llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las

bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía

feliz.

Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más

vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia,

en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje

su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena

de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al

herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos

brezos violados desfallecían de sed y de tristeza.

Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del

espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad.

Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos

confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero

relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las

tropas del rey suevo, Rechiario, en las _llanuras parámicas_, un

célebre día 3, _antes de las Nonas de octubre_... Apenas evocada esta

bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante

del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo

hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del _Camino

francés_, en el ancho país de «los pueblos olvidados».

Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes

cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros

adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían

ahora a las brillantes justas del _Paso honroso_, mantenidas por Suero

de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho

de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus

corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la

peregrina lid, donde los defensores se proponían correr _trescientas

lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán_...

Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas

del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse

transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro

andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda

trompetería _en tono rasgado_ para _romper en batalla_, y vislumbró

en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés,

doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la

galantería de los combatientes.

De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del

camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al _jipi_

con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta

burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas:

—Buenos días.

Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el

cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía,

la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo

guante había de rescatar en el _Paso honroso_ el conde de Benavente...

Suspiró _Don Quijote_, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y

quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje:

ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en

el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y

amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas

dejaron surcos hondos y fríos.

Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre

viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar

la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y

becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las

confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto

de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara

religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las

cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra

la Madre del Salvador, _le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a

Palestina_... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con

los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre

junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso

tributo _de las cien doncellas_. Después, en la desnuda lejanía,

se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de

las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la

ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste

romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro

al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par

de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos

y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando

y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico,

Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos

posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la

tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el

yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida

de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola

grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces

generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le

anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo

campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le

santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles:

Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó _de

la Calzada_, porque ayudó a labrar con sus manos el _Camino francés_),

santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes

compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa

campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y

proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos,

para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto,

insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo

rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué

desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda

tierra del corazón de una patria?...

¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había

refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le

faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir

las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado

pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su

noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de

culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto

camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes

de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las

entrañas estériles del páramo?

Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la

caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería

enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir

fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra,

solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal,

madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo

seno de su floreciente nación.

Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente

egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote

respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca

invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el

periódico los vencedores propagandistas de la idea?...

El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en

los belfos una ligera espuma.

—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique.

—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente.

Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo

los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una

sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva,

de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció

la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los

horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora

en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni

las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en

la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial,

semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro.

En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud

la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa,

dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de

rastreras gatuñas.

Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes

y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia

los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los

bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños

y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en

la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico

soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y

la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor

de _diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos_, Alvar

Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor

valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los

veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse

llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente

de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de

Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera,

raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las

libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del

erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el

destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país...

Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita

comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear

distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el

quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones:

—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?...

Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente

rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano,

confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del

ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer

aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo

un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que

tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a

dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el

camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el

almuerzo.

—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del

horizonte.

—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos

Valdecruces.

—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose

de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino

libres, cautivas por su fidelidad.

Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño

de poesía que la contemplación del ave le brindaba.

Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la

reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre

parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas;

la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y

noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos;

la rara y firme condición de su boda sexual _para toda la vida_; de su

vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de

la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el

matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres

pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico.

—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del

páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción.

En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó

al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el

pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos

terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente:

«buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de

meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces

lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual

que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el

cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con

un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas

espirales.

No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino

espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro

sendero repetidas señales de dulzura.

Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en

suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de

cultivo y amigables surcos de senderos.

A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la

mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera

labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer

el otoño.

Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza

del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así

quedaban en _fuelga_ los unos mientras fructificaban los otros.

—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de

aramio» siete meses.

Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones

del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada

lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y

su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del

barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un

arroyo y el caliente regazo de una aldea.

Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse

a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado

ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por

la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y

entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 7 / 21 段