surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de
tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia»,
avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.
Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en
el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?
—Cuarenta y cinco lo menos, piensa _Mariflor_, examinándola de reojo.
Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro
indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir,
complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como
un rayo de luz toda la cara.
—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida.
Y _Rosicler_, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:
—¿Tú no sabes arar?
—No—contesta prontamente la muchacha.
—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.
—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose, como si las
palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.
Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla
con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:
—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.
De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre
la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá
tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.
Pero tanto señala _Rosicler_ y con tal exactitud «allí á man riesga
del aprisco, una riba que asoma en ras del término», que _Mariflor_
encuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al
borde del cielo azul.
—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.
—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.
Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco
sigue terciando con mucho brío. Y cuando _Mariflor_ lo advierte y la
llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el
cuerpo encorvado.
—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de
complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la
vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya
es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian
allí también, y quiere dar un vistazo.
—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.
—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.
—En cuanto vengan cuatro días estenos.
—Justamente.
—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—dice _Rosicler_.
—No; antaño estuvo.
Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al
borde de «la arada», murmuran a dúo:
—Condiós...
—Condiós...
Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa,
averigua:
—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?
Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo,
responde la anciana:
—Habrá entrado ahora en veintitrés.
—¡Es posible!
—¿Qué te asusta?
—¡Si parece mucho mayor!
—Ya tuvo dos críos.
—¿Luego está casada?
—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.
—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!
—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.
A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas
la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha
candidez:
—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?
—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como
la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no,
de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!
_Mariflor_ extiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan
ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas
hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto
de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha,
lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de un mundo fenecido
o de un planeta huérfano de la humanidad.
—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el
mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas
infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las
mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por
un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las
esclavas y de los emigrantes!...
La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de
ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos
felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe
que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la
expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y
ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad
ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.
Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario
de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las
costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino
y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la
escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y
curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un
honrado título, corona de aprovechada mocedad.
Todo lo que sabe _Mariflor_ y aun mucho que adivina, que presiente y
que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele
perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay!
trémulo y ansioso.
—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.
—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos
parajes, tan solos y tan yermos.
—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas que ves, quedan de
aramio para el año que viene; no todo es erial.
—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.
—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y
no se puede sembrar hasta que descanse.
—Sonce, ¿significa malo?
—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.
—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.
—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!
Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo
al punto sus palabras, dice muy cariñosa:
—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en
redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al
otro lado del pueblo ya está madurando la mies.
—¿De trigo?
—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.
—¿Y nunca tenéis pan blanco?
—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo
moreno.
—A mí también—se apresuró a decir, sumisa, _Mariflor_.
La abuelita ponderó entonces jactanciosa:
—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de
trigo.
No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan
ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los
terrones, los añojales y las «aradas», vió _Mariflor_ oscurecerse la
tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos
solitarios y activos.
—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.
—Terciar: es la última labor, por ahora.
—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas
cuitadas?
—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería
por no valer, por no servir más que para labores animales. Los
maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas
de más provecho.
—Y las maragatas, ¿por qué no?
—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos?
¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?
La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca
pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus
ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales,
impasibles, confundidas con la tierra cruel...
—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis
moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.
—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.
—Una que tú no conoces: está para parir.
—¿Y trabaja?
—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.
Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole a _Mariflor_:
—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a
ver la traza del terreno.
Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida,
amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer
esperaba, limpiando la reja con el gavilán.
Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios,
y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto
y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda
su garganta, carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en
sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la
gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz
mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.
No sabe _Mariflor_ por qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce
levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de
los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas
aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra
vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso,
removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el
corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades
y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y
generoso!...
Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa,
bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo
pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los
sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del
vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.
Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía
en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el
ímpetu misterioso de la rebelde cuita, que _Mariflor_ cruza sus manos
en actitud devota de plegaria.
—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos,
como a las olas bravas de los mares...
Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la
orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio
sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender
su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas de
hierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.
A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera
imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la
llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la
triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras
dulces, que en augusto libro se aprendieron:
_Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las
hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles
gusanos..._
Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que
descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase
Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un
mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el
rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.
Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en
un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro
mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:
—¿Adónde vas, rapaza?
—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la
reciente borrasca de su espíritu.
Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de
pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco
encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según
dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.
—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.
—¿Cuála?
—Esa que está terciando para ti.
—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!
—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin
atreverse a decir todo lo que se le ocurre.
—Gana abondo: tres riales y mantenida.
—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo
profundo de su alma.
Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela
con un poco de desdén:
—¿Te gustan las albaronas?
—Son éstas, ¿no?
—Sonlo. También la urz negral da flor.
—¿Morada?
—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.
—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!...
¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He
visto una codorniz.
—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.
—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!
—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes;
por aquí escasean.
Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza
coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.
Retornando a la aldea, aún pregunta _Mariflor_:
—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?
—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas
se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto,
ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...
Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún
viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del
ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»;
y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y
presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el
camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.
—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—; éstos son mansos
como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los
alares...
Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre
las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el
campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de
angustia y desconsuelo.
Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta
las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos
como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.
[Illustration]
[Illustration]
VIII
LAS DUDAS DE UN APÓSTOL
A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban
tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las
rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua.
¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle
a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con
que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba
a prevenir su adversidad.
Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre
de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don
Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas
el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar,
vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés,
sobre el menguado peculio de la tía Dolores.
Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a
duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del
señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando
a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a
todos alcanzaba desde la amarga paramera.
Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que
juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho
más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza
angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las
negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de
esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de
Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad
para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre
sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía:
«Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que
sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que
es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una
mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino;
si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en
el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla
al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis
atribuciones sobre el particular...»
Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo
por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra
aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto:
el matrimonio de Florinda.
El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que,
«sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el
gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano,
aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas»,
puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora
de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines
consiguientes...»
Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y
nerviosa, clamaba de pronto:
«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado,
aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de
las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos
a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran
artista.
»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá
perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias,
raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz
de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve
años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo
niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en
vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no
hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible
estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa...
»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te
alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de
mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de
este impulso.
»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías
terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo;
después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora,
una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y
esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero,
me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que
despiertan y vibran, gozan y esperan...
»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución
psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales
porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de
entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho.
»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió
por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable
sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a
mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro.
»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está
enamorado!...
»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad,
al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo,
porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que
si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...»
No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído
en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía
ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna
personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares
alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy
llano contestar con serena desenvoltura:
«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas
novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos
blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.»
Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto
de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con
lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva
página de un corazón». Desde _el sueño de la hermosura_ sorprendido en
el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia
linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados
renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación
fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu
con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel
párrafo:
«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y
llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono
de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa
realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja
lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...»
—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el
latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta.
Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón
daba su fruto en estas otras frases:
«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su
más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos,
y que entre _Mariflor_ y un primo suyo median planes de boda no
sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos?
¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a
solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta
tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo
mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el
bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.»
Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días
repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su
agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió
con lentitud un cigarro.
A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita,
diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno
de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un
huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el
color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la
muerte de la tarde una serenidad purísima.
Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el
deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los
clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de
un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el
sacerdote aquel momento en que acudiera _Mariflor_ a su llamada para
responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su
primo por esposo?
—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones.
—¿Y a Rogelio Terán?
Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la
cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo
mismo que la heroína de Campoamor:
—«Cómo sabe usted?...»
Aunque el cura de esta _dolora_ no era «un viejo», para él tuvo la
niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir
los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender
sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces
habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos
que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la
esperanza como un rayo de luna sobre el mar.