—Cuando mi padre arribe, escribirá a menudo—añadió Florinda
alentadora.
—Sí; el señor Martín ha de tranquilizarnos—dijo el cura insinuante,
al otro lado del umbral—. Y la capa henchida por el viento en la
sombra, envolvió al joven apóstol en una nube negra a lo largo de la
rúa...
* * * * *
Acostumbrado ya el oído a los grandes silencios de Valdecruces,
Florinda percibió en la casa unos apagados rumores, apenas, al día
siguiente, se asomó la aurora al ventanillo del camarín: poco antes
habían cantado, con estridente son, un gallo y una campana.
Vistióse la moza con mucha diligencia y se arriesgó audaz en la
penumbra del pasillo. Al verla entrar en la cocina, le preguntó Olalla,
atónita:
—¿Por qué madrugas tanto?
—No he podido dormir, y quería hablarte pronto.
—¿Hablarme?
—Sí; para que me cuentes muchas cosas que necesito saber.
—¿Cuálas?
—Espera.
Había una grave resolución en el ademán contenido de Florinda, que
llevaba las trenzas colgando, el jubón entreabierto y una ligera
palidez de insomnio en el semblante. Prestó oído a un agudo reclamo que
sonaba hacia el corral:—¡Pulas!... ¡Pulas!...
—Es mi madre que llama a las gallinas para darles el cebo—dijo Olalla.
—¿No irá a misa con la abuela, ahora?
—En cuanto den el segundo toque.
Como evocado por aquel aviso, el bronce de la parroquia volvió a tañer;
al propio tiempo un gallo volvió a cantar, y en el cansado reloj de la
abuela gimieron cinco profundas campanadas.
Abrióse la puerta del _estradín_ y un bulto macizo se perfiló en la
claridad: era la _Chosca_, que, en el escaño donde dormía, entre un
cobertor y una albarda, buscó su delantal y su pañuelo.
Poco después las tres mujeres tomaban el camino de la iglesia. Y en
cuanto _Mariflor_ las sintió salir, dijo a su prima, que aguardaba
curiosa:
—Cuéntame: ¿es verdad que «no tenemos» con qué darle pan tierno a
Marinela?... ¿Es verdad que somos tan pobres como tu madre dice?...
¿Que tendremos que acudir a labrar las aradas como las más infelices
criaturas?
—¿Infelices?... ¿Pan tierno?...—repitió Olalla, con sonrisa aparente
y boba.
—No te rías, mujer. Dime si de veras somos tan desgraciadas.
—Gastando salud...—arguyó la campesina con ambigüedad.
—Es que Marinela no la tiene.
—Ni mi padre tampoco; y hace más de tres años que no manda dinero. El
tío Cristóbal se va quedando con las hipotecas... Ya casi nada de lo
que ves nos pertenece.
—¿Ni la casa?
—La casa... entadía sí. Pero sobre ella debemos no sé cuanto.
—Yo he venido engañada—murmuró con angustia _Mariflor_—. Yo supe que
la abuela se había empobrecido, pero no que estuviese en estos apuros.
Mi padre tampoco lo sabía; él no quiere que salgamos a trabajar; él nos
dejó dinero...
Aferrábase la moza al paternal apoyo, rebelde contra las fieras
asechanzas de la desventura. Y oyó con espanto que confesaba su prima:
—Cuando llegasteis, la abuela se lo dió todo al tío Cristóbal.
—¿Todo?
—Y aún no llegó para saldar los réditos.
—Mi padre—repitió la muchacha, crédula y fervorosa—mandará más en
seguida.
—¡Pero, en el inter!...—lamentóse Olalla, como si de pronto,
encruelecida, no quisiera dar tregua ninguna a tales ilusiones.
Sintiendo rodar sus lágrimas, cubrióse _Mariflor_ el semblante con las
manos, trémulas y gentiles.
—¿Lloras?—dice la aldeana con pesar—. No tienes sufrencia, tú que
saldrás luego de estas agruras...
Y como nada responde _Mariflor_, añade persuasiva:
—Tendrás un marido haberoso...
—¿Un marido?
—¿No te vas a casar este verano?
—¿Yo?... ¿Con quién?
—¿Con quién ha de ser, rapaza?
—No, no; te equivocas.
—Pero, ¿no sois gustantes Antonio y tú?...
—¡Si no le conozco!
—Es tu primo, criatura.
—Aunque lo sea.
—Deportoso y bien fachado.
—No le quiero.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes... Olalla, escúchame: a mí me gusta un poeta...
Los ojos azules se dilatan en asombro inaudito, mientras _Mariflor_
seca su llanto y refiere, con viva luz en las pupilas:
—Es un caballero que vino con nosotras en el tren.
—¿Le conocías?—pregunta Olalla lo mismo que Ramona había preguntado.
—Le conocí entonces... He recibido ayer una carta suya; ¿te lo dijo tu
madre?
—Ni palabra.
—Pues me la dieron delante de ella, y parece que se disgustó conmigo;
acaso debí enseñársela... No me atrevo; tu madre no me quiere mucho.
—Sí, mujer, te quiere; es ella de ese modo: ha perdido el humor con la
muerte de sus hijos y la ruina de la hacienda.
—¿Y debemos mucho al tío Cristóbal?—averigua _Mariflor_, otra vez
afligida.
—Dímosle en caución la casa por el último préstamo, y aún no le
hemos pagado todos los haberes... A la abuela le queda, suyo, cuatro
hanegadas, dos parejas, la cortina y el huerto.
—¡Qué poco, Dios mío!
—¡Si de «allá» mandasen!...
—Sí; mandarán—aseguró Florinda con fe—. Pero, una cosa se me ocurre:
¿por qué no acudisteis a Antonio antes que al tío Cristóbal?
—Porque no vive el tío Bernardo, y la viuda ya sabes que es avarienta
y no nos tiene ley: quiere casar a su hijo con otra, contando que tú
tienes caudal; conque, ¡si se entera de que estamos todos pobres!...
Luego que os caséis, ya es diferente...
—¡Si yo no me caso con Antonio!—repitió Florinda, ceñuda, bajo la
vibración de su briosa voluntad.
—¿Hablas de veras?... ¿Vas a coyundarte con un forastero?
—Con uno que me guste.
—Será hacendado—repuso Olalla con aplomo.
—No lo sé, ni me importa. Tiene un mirar que penetra en el corazón, y
sabe escribir libros.
—¿En romance?
—De todas las maneras.
—Eso parece cosa de trufaldines—murmura la campesina con desdén.
—No te entiendo.
—De figurones, los que hacen las farsas por «ahí»—, y el despectivo
ademán de la moza se extiende amplio, como si pretendiese abarcar el
mundo que se explaya fuera de Maragatería.
—¡Qué sabes tú!—arguye _Mariflor_, también desdeñosa—. Mas, de
repente, reprime su orgullo y gime desalada:—¡Ayúdame, por Dios!
La prima no se conmueve; absorta, alza los hombros, como si no
entendiera aquel lenguaje vehemente y dulce.
—¡Olalla, no me abandones!—suplica _Mariflor_ con las manos juntas.
—¿Pero qué, rapaza?
—No te enfades conmigo tú también; no hables nunca de que me case con
Antonio.
—En ese entonces, nos abandonas tú...
—¿Cómo?
—Sí; con la boda—dice Olalla, elocuente de pronto, lógica y
persuasiva—, la situación de la abuela podía mejorar, salvarse, y la
nuestra lo mismo; saldríamos todos de este sofridero.
—Mi padre nos salvará—interrumpe Florinda.
—A eso fué el mío, y... ¡ya ves!—protesta la aldeana—estamos cada
día peor. Y con este malcaso tuyo... ¡tendrá que venir la santiguadora
a desbrujarnos! El primo—añade, viendo a la rebelde aturdida—había de
tenerte como a una visorreina... Manejarías a rodo los caudales...
—¿Tiene tanto?—pregunta _Mariflor_ maquinalmente.
—Un multiplicio de capital que pasma.
—Pues si es rico y es bueno, a pesar de su madre, nos querrá
favorecer... aunque yo me case con otro. Se lo pediré yo; se lo pediré
de rodillas.
La maragata rubia mueve la cabeza con incredulidad.
—Es un mozo correcto y caballeril—afirma—; pero, si rompes la boda,
nos dejas a la rasa.
—¡Cásate tú con él!—prorrumpe _Mariflor_.
—Con mis padres no pactaron los suyos; a mí no me quiere—dice Olalla,
con la voz empañecida y el semblante arrebolado.
Y en el silencio penoso que se establece entre las dos mozas, una
campanada hace vibrar su metálico temblor.
—¡Las cinco y media!—balbuce Olalla, casi con espanto—. Tengo que
hacer la lumbre y los almuerzos.
—Váse hacia el llar con impulso repentino, pero _Mariflor_ la detiene,
la abraza por la cintura, y, mirándola en los ojos con afán indecible,
implora otra vez:
—No me abandones; tú me puedes ayudar mucho.
—¡Ten compasión de mí!
—Y tú—repite la campesina—, ¿la tendrás de nosotros?
—Sí; te lo juro: trabajaré contigo, haré lo que me mandes, seré fuerte
y resignada.
—Pero... ¿la boda?...
—¿Con el primo?... No, no... Yo buscaré por otro lado la salvación
de la hacienda, si de mí depende que la perdáis: quiero haceros mucho
bien; y tú, en cambio, serás la protectora de los amores míos... ¿Lo
serás?
Con tanta dulzura se posan las meladas pupilas en los ojos azules, con
tales inflexiones de cariño y vehemencia dice la voz suplicante, que
Olalla, incrédula todavía, transige un poco:
—¡Si por otro camino no pudieras valer!
—Sí, sí... haré un milagro.
—¡Qué aquerenciada estás, criatura!—exclama la campesina, sonriendo
al fin.
—¡Ya te pusiste contenta!... ¡Cuánto te quiero! Ya eres otra vez mi
amiga, mi hermana... ¡qué alegre estoy, a pesar de todo!
Y _Mariflor_, con los ojos llenos de llanto y la boca llena de risa,
añade en íntimo «escucho»:
—Te enseñaré la carta: ya verás qué preciosa escritura.
—Tengo que hacer la lumbre—insiste la prima.
—Luego la leeremos callandito. Ahora mándame algo: a ver, ¿qué quieres
que haga?
—No, mujer; necesitas alindarte para la misa mayor.
—Como tú; primero he de trabajar en cosa de fuste, que te sirva de
alivio. ¿Qué hago? Dime.
Ante una insistencia tan ferviente, concede Olalla:
—Sube a cebar las palomas.
Y cuando _Mariflor_ corre, satisfecha del mandato, la maragata rubia
insinúa con tímidez:
—Hay que limpiar la palomina de los nidos, del suelo y las
alcándaras...
—Todo, todo en un periquete—responde ya de lejos la dulcísima voz.
* * * * *
Mas la promesa de Florinda no fué tan cumplidora en prontitud como en
esmero, porque así que la joven se halló en el palomar, sintió mucha
sed de aire y de luz y trepó a saciarse, de bruces en la ventana. Ya
las palomas la conocían y acordaban arrullos para ella. Tendióles sus
dos brazos _Mariflor_, ebria de un loco impulso de abrazar, triste
y feliz, rebosante de angustias y esperanzas. Todos los familiares
infortunios subían en marejada tempestuosa a estallar en su pobre
corazón, apasionado y ardiente. Exaltada por el nuevo sentimiento que
albergaba en él, la niña admitió fácilmente la idea de que su destino
en aquella casa fuese el de redentora; imaginó que Dios ponía en sus
frágiles manos el timón de la nave familiar, sin rumbo en la miseria
del país. Y abrazando en las mansas palomas a su naciente amor, creyó
en el milagro que esperaba para salir triunfante de su arrebatada
empresa. Otra vez la silueta confusa de un Don Quijote singular, con
lentes y aljaba, se adelantó en el campo de la más abundante fantasía,
para ofrecer liberaciones, paz y venturas a la muchacha en un mensaje
que empezaba así:—_Mariflor preciosa..._
El repetido golpe de un bastón sobre la tierra y el cascajo de una
tosecilla en la calzada, sacaron a la moza del ensueño y, empinándose
en su observatorio, vió pasar renqueante a la tía Gertrudis, una vieja
con fama de bruja, la primera persona ajena a la familia a quien
_Mariflor_ conoció en Valdecruces. Fué la tarde en que Olalla había
anunciado que llegarían visitas al «escurificar»; apenas sonó en el
portón una recia llamada, corrieron a abrir, y cuando en el umbral
preguntaron con voz rota por la forastera, una ahogada exclamación de
miedo acogió a la tía Gertrudis.
—Es la bruja—musitaron los nenes al oído de Florinda—; espanta la
leche de las madres y hace mal de ojo a las zagalas.
—Eso no se dice, es pecado—protestó Marinela, palideciendo a pesar
suyo.
Y Olalla, con el ceño fruncido y el aire hostil, abrevió la visita todo
lo posible.
Antes de marcharse, la vieja, después de hacer muchas preguntas a
_Mariflor_, acercóse a mirarla de hito en hito.
—Para dañarte—murmuró Pedro.
—Porque es ceganitas—disculpó Marinela.
Y la mujeruca, présbita y sorda, encorvada y jadeante, masculló una
trémula despedida en el hueco sombrío de su boca sin dientes.
Cuando hubo desaparecido, contó Marinela que la tía Gertrudis, siendo
moza, quiso casarse con el abuelo Juan, y como él y su gente la
desdeñaron y ella no halló marido, dieron en decir que por venganza les
hacía mal de ojo, que por ella al tío Juan se le morían los hijos y
hasta los nietos picados del «arca», allí donde apenas se conocía esa
terrible enfermedad...
—Del andancio de las reses y de la quebrantanza de las cosechas
también tiene la culpa—añadió Pedro, rencoroso.
Y Marinela repitió apacible:
—Don Miguel ha dicho que es pecado creer eso, que sólo en broma se
puede hablar de brujas. La tía Gertrudis—añadió la zagala con benigno
elogio—no se mete con nadie; ¡es tan pobretica y tan vieja!... Sabe
historias de aparecidos, de príncipes y santos, y en los filandones
divierte mucho a la mocedad...
Evoca Florinda tal escena al paso torpe de la quintañona, y mientras
se extingue el soniquete de la cachava a lo largo de la calle, remueve
la niña en tropel los recuerdos de todas las desventuras que derrama
el destino sobre la descendencia del tío Juan: miseria, expatriación,
enfermedades, muertes...
Aquel primer homenaje que recibió en Valdecruces, a media luz, entre
miradas insidiosas y frases oscuras, lo recuerda _Mariflor_ como un
augurio que la hace estremecer. Huye de seguir contemplando la sombra
enemiga que aún se columbra en la calzada, y atisba el horizonte en
persecución de otra más dulce imagen.
Una niebla morada baja del cielo o sube del erial, borrando límites
y extensiones, ofreciendo viva semejanza con las brumas del paisaje
marino en turbias mañanas de cerrazón.
Rechazada Florinda por la esquivez de aquel semblante, vuélvese a
buscar el apetecido resplandor alegre dentro de la propia alma; y
derramando su crecida exaltación en delirio de frases, dirige un devoto
discurso a las hermanas palomas, al hermano viento y al ausente padre
sol.
En la borbollante plática que fluye de los rojos labios como un río
de miel, se mezclan improvisaciones ajenas a la brisa, a la luz y a
las aves; palabras inseguras, balbucientes, en las que se esconde y
torna la enamorada voz, para componer el trozo ingenuo de una epístola,
divagando así:
—«Muy señor mío...» (No; es poco...) «Amigo inolvidable...» (Es
mucho...) «Estimado...» (¡Uf, qué cursi!... El encabezamiento ya
lo discurriré...) «Recibí su carta...» (Bien; todo esto es fácil.
Después): «Tengo idea de haber encontrado en Vigo un nene muy mono con
los ojos azules y el pelo rubio: llevaba alitas y flechas, y nos dimos
un beso...; ¡pero me parece que era en carnaval!... De todas maneras,
yo le he visto a usted en alguna parte: haré memoria... Con mucho
placer recibiré sus cartas y puede usted venir cuando guste. Aquí hay
un cura que estudió en Villanoble y a quien debe usted de conocer: se
llama don Miguel Fidalgo. Los versos, muy preciosos. Sin más por hoy,
se repite de usted amiga y servidora...»
Al través de las perplejidades y temores, el gozo y la esperanza
alumbran el semblante de la niña.
Y rota de repente la niebla, álzase ardiendo el sol en la llanura como
hostia gigante sobre un ara colosal.
[Illustration]
[Illustration]
VII
LAS SIERVAS DE LA GLEBA
EL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro
calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de
cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz
labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada,
corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.
Por allí pasa _Mariflor_ tempranito en esta mañana azul y blanca del
mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que
llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado
como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.
Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres
veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso
firme y ligero de la niña.
Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce, un zagal se
aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.
—Es _Rosicler_, abuelita—advierte la muchacha.
Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:
—Dios te guarde.
—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para
en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna
cosa.
Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de
regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el
genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón
sano: le llaman _Rosicler_ porque era desde niño risueño y galán.
—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la
doncella sonreir.
—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con
afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?
—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un
pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.
—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.
Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en
Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de
oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido
sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo
escandalizada:
—¡Niña, no te rías así!
—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en
Valdecruces?
—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres
hagan ruido.
—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no sean
_Rosicler_, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro
carcamales...
—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la
rapacería—suspiró tía Dolores.
Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el
camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas
tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el
cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un
viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.
Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcance
_Rosicler_, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el
semblante.
—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.
—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y
seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la
evocación venerable de tantos años vivos.
Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y
humildes frente al eterno problema de su vida ruda.
—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicó _Rosicler_—. Tengo que
levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia
dónde correría el redil.
—Y de «allá», ¿tuviste carta?
—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de
San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.
—Aún falta tiempo.
—Pero ya van cuatro meses que no escribe.
—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!
—Del señor Martín, ¿verdad?
—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se
condolió la anciana.
—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.
—¡Tu padre iba tan triste!
La muchacha bajó la cabeza, murmurando:
—Pero es muy animoso...
Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol,
enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta
del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De
aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras,
las fatídicas _truenas_ del estío. Hacia allí miró Florinda cuando
levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta
del delantal, y decía _Rosicler_:
—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.
Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas
leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin
vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos
ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se
avergonzasen de la luz vernal.
Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba,
aguijando, intrépida, su yunta.
—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.
Y ella, de igual modo, respondió:
—Bien venidos.
—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.
—Y tuyas.
—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor
pareja en Valdecruces.
—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.
—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.
Y sus devotas frases se posaban en _Mariflor_ con ingenua candidez.
Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:
—¿De modo que tú también te quieres embarcar?
—También. Considere que de pastor se gana poco.
—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo
y el suyo eran hermanos!
—¡Como no la tengo tratada!...
—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con
franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?
—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.
—¿Y el rebaño es grande?
—Hogaño es más chico.
—¿Dónde le tienes?
—Vélo va.
Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para
Florinda.
—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando
los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.
—Vélo... vélo ende—insistía _Rosicler_, lanzado a su dialecto por la
propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo
tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio
y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y
bendecirla.
—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para
encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya,
ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y
vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las
espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor
embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira, _Rosicler_.
—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.
—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la
llanura?
Siguió riendo _Rosicler_ ante la sorpresa de la moza y su ignorancia
en materia de lechos pastoriles. Y como la mujer de la yunta había
suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a
Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar
se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles,
tomaba _Mariflor_ por un lecho flotante y prodigioso.
—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una
tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se
distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es
a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los
vientos.
Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a
la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios
ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien
descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma
anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y
torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.
Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos,
llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la
tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta
dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata
aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de
recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra
de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en
murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito
ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria
de esta mujer.
Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco,
insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el
horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.
—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.
—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal
sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.
Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y
enfrascada en su labor.
—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una
vuelta; luego tú echas las tornas.
—¡Pero, abuelita!—protesta _Mariflor_ suavemente—. Y ya la abuela,
avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa
disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:
—¡Tuis... tuis!