—No te pongas el pañuelo—suplicó Florinda, viéndole hacer un vivo

ademán para cubrirse la cabeza. Y Olalla, realizando su propósito sin

replicar, lamentóse:

—¡Las diez sonaron; tendré asurada la olla y la lumbre muerta!...

Detrás de la débil puertecilla quedábanse la luz y los arrullos,

el aroma agreste de los tálamos, la pura libertad de las alas, y

_Mariflor_, a tiendas por los oscuros escalones, apretaba la mano de su

prima, repitiendo:

—¡Tienes unas trenzas tan hermosas!... ¿Por qué no las quieres lucir?

—No se usa.

—Ponemos esa moda tú y yo.

—Para ti es diferente...

—Estás mucho más guapa sin pañuelo.

Se adensaba la oscuridad delante de sus pasos, como si la noche subiera

del fondo de la casa, y un hálito frío sobrecogió a Florinda, recién

bañada en sol.

Por los penumbrosos corredores del piso bajo hicieron las dos mozas

rumbo a la cocina, grande y poco alumbrada, con el llar humillado y el

suelo de tierra; taburetes de roble, escaño vetusto, ahumados vasares,

mesa «perezosa» y espetera profusa, decoraban la habitación: pendiente

de las _abregancias_, a plomo sobre el llar, esplendía una caldera

enorme.

Como Olalla se abismase de hinojos, hurgando la lumbre, soplando en la

ceniza y sacudiendo la olla reseca, dijo _Mariflor_, tímida y sonriente:

—¿Y mi desayuno?

—¡Cierto!... ¡Si hoy no sé lo que hago!—murmura Olalla,

impacientándose entre los pucheros—. Mira, aquí tienes sopas... ¿te

gustan?

—¿Sopas?... ¿De qué?

—De patatas.

Una salsa con mucho pimentón subía hasta los bordes de menuda tartera.

—¿Llamáis sopa a este guiso?—preguntó Florinda, colocando otra vez la

tapa con pulcritud.

—En el falaje de la tierra se dice así.

—Pero ¡si hubiese otra cosa!—encareció la pobre ciudadana, mirando

alrededor.

—Del orco de chorizos puedes cortar.

—No; algo ligero...

—Chocolate, café ni cosas finas, eso no hay.

—¿Y un poco de leche?

—De las cabras, un poquitín para Tomás y Marinela..., pero te daré

parte.

—No, no; ya pronto es medio día: aguardo así.

—¿Vas a fambrear, criatura?... ¡Y anoche apenas cenaste!... Los

nuestros guisotes caldudos no te prestan; tú tienes otro enseño, ¡y

aquí todo es tan mísero!...

—Olalla, de rodillas, levantando entre el humo del hogar su cara

bondadosa, adquirió nuevamente una expresión de cansancio y pesadumbre,

que la envejeció de pronto, hasta semejarse su sonrisa a la de la

abuela.

—Me gusta todo; ya lo verás—pronunció _Mariflor_ entonces. Y probó

heroicamente la sopa de patata.

Se aventuró después en las habitaciones que aún desconocía, en el

corral y el huerto, mientras Olalla, trajinadora, atizaba la lumbre con

raíces de _urz_, hundida en la sombra cenicienta y humeante.

Los tres dormitorios donde se repartían las mujeres y los niños,

tampoco estaban muy aventajados de claridad: pequeños tragaluces

cruzados de rejas, dábanles aspecto de prisión. Las camas, esponjosas

y limpias, lucían sendos rodapiés de colores; era el piso de tabla,

muy pobre el mueblaje, apretado y confuso. Una pieza que llamaban

_estradín_, y que pudiera haber sido comedor, daba acceso al corral

y a la cocina, y más luz a esta última que su ventana, pequeña y con

cristales completamente ahumados, abierta sobre la silenciosa rúa en

disposición contraria a todo intento de atisbo. A la misma fachada

Norte correspondían la puerta principal y los tragaluces de los

dormitorios. Abríanse al solano, sobre el corral y el huertecillo, la

cuadra, corrida y profunda, el _estradín_ y el gabinete de _Mariflor_,

encima se asomaban a la luz el colgadizo, la sala y el palomar.

Así que en un periquete visitó Florinda las dependencias interiores,

salió a la corralada y de allí pasó al huerto.

Era verdad que tenían brotes los dos únicos rosales, precisamente

al pie de aquella ventanuca parecida a la de un camarote. Un solo

arbolito, que a la muchacha le pareció un peral, señoreaba el «vergel»,

donde las berzas y los repollos, con las demás vulgares hortalizas

caseras, bien cuidadas en simétricos cuadros, erguían el talante

animoso a los rayos del sol.

A la vera de árbol, un escañuelo convidaba a sentarse, y aunque

las floridas ramas no fuesen muy frondosas, allí buscó la joven un

refugio a su breve soledad; el perfume delicado de la yema en flor,

el verde tierno de la rizosas legumbres, las débiles ondulaciones de

los rosales y, en las pálidas orillas, las flores de la retama y del

escaramujo escalando la sebe, todos los distintos semblantes del huerto

ruín, tuvieron para _Mariflor_ una vida profunda en aquella hora.

Sutiles emociones la turbaron; sobre la pobreza del paterno solar, la

melancolía insondable del país y el oscuro misterio de las entrevistas

existencias, la moza derramaba la ternura de su abundante corazón, con

el firme propósito de amar y de sufrir... ¿Para merecer...? Sí, para

alcanzar una dicha tan alta y tan ilustre que parecía un sueño, un

imposible. Era preciso que ella, _Mariflor_ Salvadores, la niña mimada

y consentida, conocedora de holguras y de halagos, arrostrase, fuerte

y audaz, las privaciones y los sacrificios, para que Dios, en premio,

la nombrara triunfalmente esposa de un artista, musa de un poeta...

¿Por qué lado, por cuál camino milagroso llegaría a libertarla _Don

Quijote_...? ¡Aún no levanta en sus hombros la cruz y ya la pobre

soñadora se impacienta por la redención!

Hacia el corral se oyeron unos pasos y Florinda estremecióse

alucinante. Era Olalla, que desde el postigo sonrió, diciendo:

—¡Qué esfrayadica te quedaste, rapaza!

—¿No vienes?

—Tengo que rachar unos tánganos, porque la lumbre no quiere arder.

Y con gesto prometedor, algo pomposo, añadió alegre:

—Al escurificar, de fijo recibes alguna visita.

Quedó el anuncio ondulante en el espacio como una loca patraña contada

por el viento. El cual, presentándose de súbito, llegaba jadeando, con

la respiración férvida y mugiente, lo mismo que una bocanada de siroco.

Se estremecieron en la falda sequiza del bancal las flores de retama

y agavanzo; el hacha leñadora hendía troncos de brezos con premura

al otro lado de la sebe, y algunos cendales de niebla empañaban el

firmamento azul.

_Mariflor_ pensaba confusamente en la posibilidad de que en aquellas

casas que vió inclinarse bajo techumbres de cuelmo, hubiese cocinas

oscuras y tristes huertecillos y mozas bellas...; quizá, también, gatos

misteriosos y relojes ocultos, que de cuando en cuando hiciesen rodar

en el silencio un gañido tremulante y una campanada rota...

[Illustration]

[Illustration]

VI

REALIDAD Y FANTASÍA

—A la rapaza forastera, ¿la nombráis _Mariflor_?

—Nombrámosla.

—Pues tengo para ella una carta aquí.

Reposadamente, desde su caballo roano, luengo de crines y

hundido de lomos, abrió el hombruco la remendada valija, sacó

un sobre y leyó en él con lentitud: «León.—Señorita _Mariflor_

Salvadores.—Astorga.—Valdecruces.»

—Véla—murmuró, dándosela a Ramona.

Como ésta llamase a la interesada, el tío Fabián Alonso esperó que

saliera, y, a la luz falleciente del ocaso, la miró de hito en hito así

que ella pareció sobre el fondo oscuro del umbral.

—¡Guapa moza!—pronunció el viejo.

Se iba, rumbo adelante, cuando volvió de pronto para decir:

—¿Conociste «allá abajo» a Fermín Paz?

—¿El tío Fermín, pariente nuestro, que vive en La Coruña?

—Ese.

—Sí que le conozco.

—Es yerno mío.

—Sea por muchos años—replicó solícita _Mariflor_, rasgando el

sobre con un alfiler—. Y el cartero hizo dar otra media vuelta a su

cabalgadura, que desapareció cansina en el turbio horizonte del camino.

Ya en los dedos gentiles de la niña temblaba una esquela.

—¿Es de tu padre?—preguntó impaciente Ramona.

—Es—dijo la muchacha enrojeciendo al ver la firma—de un señor que

venía con nosotras en el tren.

—¿Y te escribe?

—Prometió que «nos» iba a escribir.

—¿Le conocías?

—Le conocí entonces...

Quedóse Ramona seria, un poco ceñuda. Era una mujer áspera, fuerte y

triste; contaba apenas cuarenta años, y si alguna vez gastó hermosura

no conservaba de ella el menor vestigio; tenía los senos derribados y

marchitas las facciones: seca y dura de miembros, alta y silenciosa,

inspiraba a Florinda un invencible temor.

Sin saber qué actitud adoptar, con la carta entre las manos, fué la

moza alejándose poco a poco por el pasillo. Ya en su aposento, de

pie sobre una silla para recibir la muriente claridad de la empinada

ventanuca, leyó la esquela, que empezaba en prosa con mucha galanía, y

terminaba en verso, enamorado y sutil. Decía de esta suerte:

«_Mariflor_ preciosa: ¿Se acuerda usted de nuestra dulce amistad? ¿Se

acuerda usted de nuestra triste despedida? Una semana ha transcurrido

desde entonces y aún se me resiste la certidumbre de aquel encuentro

dichoso, de aquella brusca separación. ¿Fué realidad o fantasía? De

ambas cosas se vale el amor para rendirnos: los grandes amores son el

hallazgo en la realidad de las venturas imaginadas.

»Dormida la conocí, _Mariflor_, y aún me parece, cuando cierro los

ojos, que la veo dormir, que «la siento» soñar. Usted y el sol

amanecieron a un tiempo en la divina mañana de nuestro viaje; pero

aunque fué tan hermoso el despertar del día, vi que era usted mucho más

bella que la aurora. Bendito el sueño aquél y bendita la jornada que me

hicieron gozar de una alborada tan espléndida. ¡Qué símbolo más noble!

La vida es viaje y sueño: el amor despertar, amanecer...

»Y volver a vivir lo ya soñado y prometido. Quizás en vez de un

hallazgo sólo sea un reconocimiento. La imagen de usted se me reproduce

en la memoria como trasunto de otra imagen: la de una niña que en la

playa de Vigo conocí hace años y a quien por rara sugestión no he

podido olvidar. Escríbame usted diciendo si se acuerda de haberme visto

antes de ahora; si presiente que nos volveremos a ver pronto. Yo la

escribiré mucho, si usted me lo permite; la mandaré muchos versos; iré

algún día a Valdecruces...

»No es nueva, no, nuestra amistad: el nombre de usted, su voz y su

semblante despiertan en mi alma el recuerdo de otra dulce entrevista,

las sensaciones imborrables de otro feliz encuentro...

Tal vez un día en la niñez dichosa

me miraste, al pasar, como una hermana...

¿No eras tú aquella niña primorosa,

morenita y gitana,

que me besó en la frente, y en mis cabellos rubios

puso sus manos blancas?

¿No te acuerdas?... Riendo me dijiste

al darme el beso aquel: ¿Cómo te llamas?

Y al escuchar la blanda melodía

de tu pregunta, me nacieron alas,

sentíme ciego de emoción, y el cuento

de mi junquillo se tornó en aljaba.

Y una voz en los aires repetía:

—Soy el amor que pasa,

el niño amor que encontrarás un día

tras de las tempestades de tu alma...

Sobre la última frase feneció la luz con tales agonías, que _Mariflor_

leyó el nombre del poeta sólo con el pensamiento, cerrando lentamente

los ojos atormentados en la lectura por la escasez de claridad. Bajo

las pestañas espesas tornáronse entonces visionarias las pupilas,

y persiguieron en remoto confín la figura de un niño ledo y rubio,

con alas y linjavera como el dios amor. ¿Era Rogelio Terán? ¿Era

una cándida imagen de la fantasía, un recuerdo traído a la tierra

misteriosamente desde otro mundo, desde otra existencia olvidada

y oscura? ¿Tornaría alguna vez el viajero para llevar consigo a

_Mariflor_?

Clara luz de estas firmes ilusiones era la visión continua de unos ojos

azules, pensativos y ardientes... Tenía Florinda la certeza de haberlos

contemplado desde el fondo de su alma, no una vez sola, sino muchas, al

través de toda su vida, quizá en la cara apacible de un niño rubio, en

el semblante audaz del mozo marino que tantos días la miró en el muelle

coruñés, en el rostro varonil del viajero artista que la dijo tristezas

y amores con fina voluntad una mañana...; ¿dónde, dónde había visto

muchas veces aquellos ojos claros y profundos?

—¿Estás aquí?—preguntaba Marinela entrando pasito.

Escondió Florinda el billete en el jubón y tendió a su prima la mano

respondiendo negligente:

—Aquí estaba...

—¡Qué tenebregura! No te veo.

Entonces _Mariflor_ se hizo buscar, agazapada y juguetona, hasta que la

chiquilla, zarandeándola suavemente, murmuró contenta:

—No me espasmas, no—. Y su voz infantil adquirió grave acento para

anunciar:—Ahí está don Miguel, que viene a visitarte.

Había quedado la témpora de Sur; el ábrego caliente zumbaba en

la llanura y plegaba sus ropajes sonoros contra los hormazos de

las «cortinas» y los adobes del caserío: desde el pajonal de las

techumbres, el bálago, dócil, tendía en los aleros su despeinada

cabellera rubia.

En el _estradín_, la tía Dolores y Ramona recibían cortésmente al

párroco de Valdecruces, mientras Olalla en la cocina daba de cenar a

los niños. La comunicación con el corral estaba abierta como en el

estío, y el quinqué de petróleo, encendido en honor del señor cura,

ardía resguardándose del viento, cuyas ráfagas ondulantes henchían en

pompa el arambel de la puerta, resto sin duda de más prósperas jornadas.

En rústico sillón, ni cómodo ni firme, se aposentaba junto a la camilla

don Miguel Fidalgo. Era un sacerdote mozo y arrogante: recién terminada

su carrera había recibido la parroquia de Valdecruces, hasta que un

concurso le permitiese ganar en oposición otra más lucratitiva y bien

dispuesta para lucir sus dotes, las cuales eran muchas y raras.

Cursó este joven sus estudios en aquel seminario famoso donde se

alcanza autoridad preponderante en las sagradas letras: fué seminarista

en Villanoble, cuyas aulas, al decir de obispos y teólogos, suplen a

las célebres escuelas de Roma.

Tenía don Miguel los ojos pardos, de color de canela, grandes y

bondadosos. No era de esos curas tímidos que miran a las mujeres de

soslayo, con una cortedad invencible, muchas veces por los hombres

malignos interpretada como hipocresía; él miraba a mozas y a viejas

en los ojos, con los suyos serenos y muy dulces; hablábales con

cariño, mezclado de triste y profunda compasión, y lo mismo su frase

alentadora que su mirada penetrante, gozaban el privilegio de remansar,

como dentro de un lago, las aguas pacíficas de la mansedumbre, en la

llanura abierta y desolada de aquellos corazones femeninos. Al igual

de los ojos, todas las líneas del rostro y continente denotaban, con el

apellido, la hidalguía de don Miguel.

Al entrar _Mariflor_ en el _estradín_ la miró el sacerdote muy

despacio, y sus claras pupilas se detuvieron mucho en la inquietud

que revelaron las de la moza, ya extasiadas en sutiles arrobos, ya

impacientes en vagas incertidumbres, mudas o locas, siempre febriles y

palpitantes. Los ojos de aquella mujer le dejaron al cura algo perplejo.

Rodó ceñida y afectuosa la conversación, durante la cual hizo el

párroco a la forastera no pocas preguntas, para sacar en limpio que a

la niña le gustaba Valdecruces, «aunque todo le parecía allí un poco

triste»; que esperaba buenas noticias de su padre, y que admitía con

carácter de provisional y poco duradera su estancia en el pueblo.

Esto último no lo dijo Florinda claramente, ni tal vez lo pensaba de un

modo definitivo y razonado; era una esperanza que su ingenuo palique

dejaba traslucir en la prolongación suave de los silencios, al separar

las palabras con hilos invisibles de ilusiones, en la rara dulzura

de las frases tendidas con secreto placer hacia lontananzas alegres,

y, sobre todo, en la audaz palpitación de las pupilas, centelleantes

o adormiladas, pero reveladoras de un tumulto de visiones, como esas

aguas oscuras y fuyentes de los ríos norteños, donde nubes, luna y

estrellas, galopan con arrebato en las noches apacibles.

Atento el sacerdote a estas recónditas particularidades, no parecía

desconocer en absoluto en qué bancos y quebraduras del corazón humano

suelen embravecerse o desmayar las silenciosas aguas del sentimiento,

antes de asomarse a los ojos, imaginarias y calenturientas; si no

acertó que Florinda guardaba en el jubón un mensaje amoroso, no anduvo

lejos de sospecharlo.

Ella, por su parte, aprendía cómo aquel tío suyo, que adoleció del

pecho en Villanoble, estudiaba en el Seminario con don Miguel, y siendo

ambos nacidos de la misma tierra castellana, la juvenil amistad que

establecieron duró firme entre la familia del estudiante difunto y el

que, con el tiempo, se vino a convertir en párroco de Valdecruces. Y

pensó la niña entonces, con acelerada emoción, que aquel cura sonriente

y afable conocería, de seguro, los azules ojos, tristes y lejanos, que

la hacían soñar...

Entró Olalla con paso macizo, volviendo atrás la cabeza para decir:

—¡Vamos! Dad las buenas noches.

Los rapaces se acobardaban zagueros, arrastrando los pies.

Pedro, el mayor, venía delante, con la cabeza gacha y el rostro

encendido; era un zagalote de trece años, robusto y humilde, sin

sombra alguna de malicia en los garzos ojos; tenía las facciones

vulgares, sollamada la piel y el cabello rubio; una expresión de bondad

ennoblecía su cara al sonreir.

Los dos pequeños llevaban también la frente sumisa, y ambos la mano

derecha entre la boca y las narices. Les sacudió su madre un cachete a

cada uno en los dedos pellizcadores, obligándoles a levantar la cabeza.

Y mostraron, con abrumadora timidez, las pupilas cambiantes entre el

gris pálido y el azul desvaído; las líneas del rostro, ordinarias

como las de Pedro; la cabellera dorada y fosca; el color saludable y

atezado, y una graciosa candidez en la cobarde sonrisa.

Vestían los tres con pobreza, sin nota alguna regional los varones.

La niña llevaba un refajo rojo hasta el tobillo, como las mujeres

del país lo usan también para las faenas campesinas, un jubón pardo

y un delantal de cretona; a la espalda le caía un pañuelo, sin duda

destinado a cubrir la cabeza.

—Ya sé, ya sé—les dijo el señor cura acariciándoles—que cantáis el

himno del Sagrado Corazón muy lindamente.

Volvieron a ocultarse las caritas de Carmen y Tomás, y las manos

hurgoneras volvieron hacia el frecuentado camino de las narices. Se

repitieron los mojicones de Ramona, empeñada en conseguir que los niños

hablasen a don Miguel mirándole de frente, «como Dios manda». Pero

Carmen no dijo «esta boca es mía», y el nene rompió a llorar.

—¡Mostrenco! ¿No te da un rayo de vergüenza?—decía la madre

zarandeándole brusca—. ¿Es propio de la hombredad llorar así?

Mientras el párroco aseguraba, conciliador, que Tomasín y Carmen eran

unos coristas sobresalientes y que en el mes de junio entonarían en

la iglesia el himno con los demás colegiales, inclinóse Olalla sobre

su hermano hasta quedar casi de rodillas en el suelo; le atrajo, le

secó las lágrimas y otras humedades afines, y le hizo a «escucho» una

promesa.

—¿También a mí?—murmuró Carmen callandito.

—A los dos—aseguró la hermana, rodeando el talle de la niña con el

otro brazo.

Y _Mariflor_, al ver un instante ambas cabecitas inocentes refugiadas

con regalo en el seno de la moza, recordó al punto aquella dulce

caricia en que el pichón recién nacido perdiera un copo de pluma...

—Van a cantar—anunció Olalla, levantándose alegre. Y ella misma

colocó a los niños cara a la pared sin que nadie más que la forastera

se asombrase de la extraña actitud. Así cantaron, mirando al suelo, de

espaldas al auditorio: las voces tiernas, impregnadas de rubor y de

humildad, tenían un entrañable sentimiento alabando al divino Corazón

de Jesús; al truncarse en los acentos infantiles, el himno, más que

lauro, semejaba una tímida querella.

Volvióse el cura hacia _Mariflor_ para explicarle:

—Aquí los niños son tan vergonzosos, que siempre cantan o recitan sin

que se les vea la cara.

Muda de asombro y de emoción asintió la joven con una sonrisa. Y en los

ojos claros de don Miguel quedó temblando como en un espejo la imagen

de aquella femenina sensibilidad, insólita en el _estradín_ de la tía

Dolores.

Sin embargo, allí cerca se bañaba en ansiedades el corazón de

otra niña, mas en tan sagrativo silencio, que ni el mirar ni el

sonreir delataban en el rostro de Marinela emociones ocultas. Y fué

verdaderamente sugestiva la prontitud con que el sacerdote se volvió

hacia la zagala buscando en las ondas latentes del sentimiento el

rastro febril de aquel espíritu.

Ya los nenes habían terminado su canción y dicho «buenas noches» en voz

queda, como un soplo: besaron los tres la mano del cura y se fueron a

dormir escoltados por Olalla.

Mecíase la abuela al compás de un leve ronquido, acurrucada en su

escañuelo, con los brazos cruzados y la frente caída hacia adelante.

Ramona había cabeceado con disimulo al son del himno devoto.

El párroco, fijos los ojos en Marinela, preguntó:

—¿Qué me cuentas tú?

—Nada, señor—apresuróse a responder la niña—. Pero la madre,

espabilada y pronta, se lanzó a decir:

—Regáñela, don Miguel; vea cómo enmagrece, amarrida y tribulante como

si la hubieran maleficiado.

—¡Si estoy buena!—balbució muy confusa la zagala.

—Diga que miente—siguió diciendo Ramona, puesta en pie, agria y

rústica, manoteando junto a la mozuela, que temerosa se empequeñecía

en su rincón—. Diga que le va a costar muy cara la libredumbre en

que vive; ya con los quince años cumplidos no la podemos sacar de la

escuela sin que llore, ni sabe hacer más que embelecos de flores y

puntillas: ha de casarse sin ánimos para gobernar los atropos de una

casa, cuanti más para salir al campo...

—No será menester—interrumpió el cura blandamente.

—Píntame que sí—repuso la madre—. Y luego, menos iracunda y más

triste, añadió:—Esas caminatas a Piedralbina le hacen mal, señor;

la comida trojada le da secaño, y por la tarde llega con trueques y

sudores como si fuera a morirse. Mírela cómo desmerece: poco le halta a

Carmica para abondar tanto como ella.

Era cierto; la pobre zagala, menuda y gentil, parecía doblarse al peso

de pertinaz quebranto, y la palidez de sus mejillas daba la conmovedora

impresión de esas rosas tenues que esperan el viento de la noche

para deshojarse. El color claro de los ojos celtas era casi verde en

los de esta niña, y ofrecía matices profundos, como aguas de mudable

coloración que reflejan los tonos distintos y movibles del follaje.

Perfecto el óvalo de la cara, prestaba una dulzura angelical a todas

las facciones de Marinela, no muy finas pero armoniosas y subrayadas

por la singular expresión de la sonrisa, rictus amargo y dulce al mismo

tiempo, sorprendente en aquella boca infantil, llena de candor. El

traje de maragata, adulterado y tosco, parecía oprimir con fatiga el

débil cuerpecillo y derrengar las caderas con los pliegues abrumadores;

bajo el pañuelo ceñido a la frente se desfallecía, igual que mies

en sazón, una cabellera pesada y rubia como el oro: toda aquella

incipiente doncellez tenía un flébil aroma de fracaso, una tristeza

inexorable a los estímulos de la juventud.

—Yo bien quisiera darle pan dondio y otros aliños—decía Ramona,

áspera y conmovida la voz—; yo bien quisiera dejarle hacer su gusto;

pero en casa, dentro de la pobreza, tendría más descanso y más cuido;

el puchero estovado, la solombra gustable... Mire: sémblase ya a la

otra rapaza que adoleció de una manquera, triste y sin remedio, a los

mismos quince años.

Y adelantándose la mujer, alzó con la mano la barbilla de la joven.

Deseando el cura remediar el oscuro desconsuelo de la madre, dijo con

sutil agasajo:

—A quien se parece es a su prima _Mariflor_.

—Esa está acrianzada de otra manera—respondió Ramona con cierta

acritud.

Don Miguel, levantándose para despedirse, hizo prometer a las dos

niñas que al día siguiente, domingo, después de misa mayor, irían a

verle: necesitaba hablar mucho con Marinela, y un poquito, también, con

Florinda.

Rebullóse la abuela y masculló unas frases devotas: hablaba al

sacerdote con mucho respeto, como si no le hubiera conocido estudiante

rapaz.

Acudió Olalla, requerida por su madre, y todas juntas escoltaron al

huésped hasta la puerta de la corralada, la más próxima a la vivienda

del párroco.

Cálida era la noche, y un amago de tempestad mugía en el aire fuerte

y oloroso, hurtador de bravíos perfumes al través de la rotunda

paramera, de los huertos en flor, de las «aradas» abiertas en surcos de

esperanza, o fecundas en la tardía preñez de los morenos panes: en la

comba del cielo aborregado, brillaba una estrella.

Antes de salir, cuando ya gemía el portón, preguntó don Miguel con

alguna zozobra si había noticias de Buenos Aires.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 4 / 21 段