que busca alguna cosa, se mira las manos lentamente, con mucho interés,
y al fin balbuce en imprevisto ruego:
—¡Quisiera lavarme!
Olalla, que tiene fija la mirada en una siniestra meditación, se turba,
enrojece, y luego de reflexionar, afirma:
—Te traeré ahora mismo un cacho con agua.
—No, yo voy por él; enséñame dónde hallaré lo que necesite.
Porfían azoradas al lado de la puerta con empeño un poco artificioso,
y ya traspasado el umbral, repara Florinda en su media desnudez, y
pregunta:
—¿Estamos solas?
—Solas; yo anduve a modín para no despertarte.
Desaparece Olalla pisando quedo, como si todavía alguien durmiese;
y la forastera, abocada al corredor, cruza los brazos desnudos para
abrigarse contra un frío sutil que desde la oscuridad la acosa. De
pronto, allí a sus pies, en la masa de sombra y de silencio, el gruñido
y la queja que antes alarmaron a la niña, se juntan y emergen en una
voz que parece humana, que se desgañe y evoca, igual que la de una
criatura.
Florinda retrocede, presa otra vez de irreflexivo espanto, y para
distraer sus complejas inquietudes, remueve el equipaje, trastea y
alborota, hasta que vuelve su prima trayendo agua en un lebrillo y
colgando en el hombro una toalla de áspera urdimbre, dorada por los
años, olorosa a romero.
Perpleja _Mariflor_ ante aquel rudimentario servicio, aplaza el
lavatorio y pide ayuda para abrir el baúl; pero Olalla no necesita más
que de sus recios brazos para darle vueltas y dejarle desligado y útil,
con la tapa cómodamente sostenida en la pared. Inclínanse las dos mozas
sobre las túmidas entrañas del cofre, y la viajera desliza su mano en
el fondo, revuelve, palpa atinadora y sonríe levantando en el puño una
cosa menuda y suave que acerca a la nariz de Olalla.
—¿Huele bien?—pregunta.
—¡Ah, jabón!... Yo también tuve una pastilla...
A juzgar por la expresión lejana de los ojos azules, se pierden en
un pasado remoto el aroma y la suavidad de la pastilla que tuvo la
maragata.
—Ve sacándolo todo—dice la prima con gracia más ligera y alegre—;
después que yo me lave lo arreglaremos juntas y te daré algunos
regalitos para ti y para los nenes.
En tanto que Florinda se chapuza con fruición, Olalla va cogiendo
las prendas del baúl y colocándolas encima del lecho, tibio todavía
y desdoblado. Se mueve la joven con mucha calma y trata con esmero
aquellas cosas sutiles de la forastera, pero no se detiene a
contemplarlas con excesiva curiosidad.
Casi todo el lujo del pequeño equipaje consiste en ropa interior;
camisas y pantalones con lazos, sin estrenar, con papeles de colores
que crujen, sedosos, bajo los encajes, como en los equipos de las
novias burguesas: medias caladas, pañolitos bordados y menudos, enaguas
finas, dos peinadores de manga corta, dos blusas áureas, elegantes, y
un solo vestido de luto, modesto, falda y cuerpo ajustado, sin adornos.
Algunos estuches con bagatelas casi infantiles, algunas cajas con
enseres de costura, libros, retratos, envoltorios frágiles y una bolsa
blanca, con puntillas, de cuya boca abierta acaba de salir el perfumado
jabón.
—Aquí lo tienes todo—dice Olalla, mientras Florinda duda cómo acabará
de vestirse, temiendo estropear el lujoso pañuelo de su traje de fiesta.
Tras una breve indecisión, que le es habitual, ofrece la prima buscarle
otro; sirve para diario y ella no le usa. Pero debe ser muy difícil
hallarle, porque cuando vuelve con él, ya _Mariflor_ se ha peinado y ha
puesto en orden el dormitorio.
—Hay uno de cerras, pero no le encuentro—dice Olalla, desplegando un
pañuelo pajizo, de muselina, con orla estampada en vivos colores.
—Es precioso; ¿por qué no le pones tú?
—Entre semana, está bueno éste—sonríe la moza, señalando el suyo de
percal, también con florida guirnalda—. Y en la cabeza, ¿no llevas
uno?—interroga.
—¡Ah, no le quiero... no me gusta!—responde Florinda con tales bríos,
que se avergüenza al punto, y disimula su turbación poniendo en las
manos de Olalla unos envoltorios, a medida que dice:
—Para Pedro un libro, para Marinela un costurero, para Carmen una
muñeca y para Tomasín un trompo...
Busca algo en el bolsillo colgado de la cama, y con cierta emoción,
concluye:
—Para ti mi reloj; toma.
Sentóse la favorecida ofreciendo lugar en el regazo a los paquetes,
y puso en la palma de su mano morena el relojito de oro y acero,
chiquitín, lustroso y palpitante; le acercó al oído, rió con expresión
de niña, dulcificando la gravedad un poco triste de su semblante, y por
todo comentario dijo:
—¡Tan pequeño y anda!
Después miró a su prima suavemente, lamentando:
—¡Te vas a quedar sin él!
—Tengo el de mamá, ¿sabes?... Está parado, pero me sirve de recuerdo.
—¿Se ha roto?
—No; mi padre quiso tenerle en la hora que ella murió: las tres de la
tarde.
—¡La hora del Señor!—balbuce Olalla estremecida—. Y con el respeto y
la ternura que en Maragatería se consagra a los muertos, bendice al uso
del país la memoria evocada, pronunciando ferviente:
—¡Biendichosa!
Una ráfaga de tristeza suspende el íntimo coloquio y flota en la
humedad de las pupilas, que se inclinan al suelo apesaradas; la muñeca
de Carmen, rompiendo el papel que la envuelve, muestra un brazo rígido,
vestido de rojo, en trágica actitud; en la rústica mano de Olalla
Salvadores, el pulido reloj suena indiferente: _tic-tac_, _tic-tac_...
Y aquel hálito sonoro y maquinal, aquel firme latido de un industrioso
corazón de acero, lleva extrañamente a las dos muchachas a escuchar el
pulso acelerado de los propios corazones, buenos y juveniles, regados
por una misma sangre generosa.
Alzase Olalla con ímpetu raro en su naturaleza esquiva y grave, y
las dos mozas se miran en los ojos; los de Florinda, profundos,
inquietantes, de color de miel y de café tostado, en vano provocan una
confidencia trascendente con las aguas serenas y tristes de los ojos
azules; pero el impulso cordial prevalece por debajo del vuelo de las
almas y un pacto de amor se firma con el estallido de un largo beso.
[Illustration]
[Illustration]
V
VALDECRUCES
ALENTADA _Mariflor_ después de tan gentil alianza, se despierta con
alegres ánimos a las realidades de la vida y quiere verlo todo,
registrar su nuevo albergue, asomarse a Valdecruces.
Aunque pone el pie con alguna medrosa inseguridad en el corredor
oscuro, camina sonriente, como jugando «a la gallina ciega», palpando
la pared con una mano y asiéndose con la otra al vestido de su prima.
—Avísame; no veo nada—murmura—. ¿Hay que bajar?... ¿Hay que
subir?... ¡Avísame!
—Hasta que te acostumbres. Yo atino por todos los rincones a cierra
ojos... Ahora sube un pasal... otro... sigue subiendo... ¡ya se ve luz!
La rendija de una puerta proyectó en los altos escalones una raya de
tenue claridad; chirrió una llave, gimieron unas bisagras y hallóse
Florinda a pleno sol, deslumbrada por el torrente de resplandores
esparcidos en la salita con anchura, mediante los dos amplios huecos de
la solana.
—¡Qué alegre, qué alegre!—gritó la forastera con encanto—. ¿Y qué se
ve por aquí?—añadió lanzándose curiosa al colgadizo.
De pronto no vió nada. La luz cruda y fuerte esfumaba el paisaje como
una niebla. Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vió
surgir débilmente el diseño barroso del humilde caserío, techado con
haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un
mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura
le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella
actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes,
exhalaban un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y
oraciones.
_Mariflor_, admirada por la novedad de aquel espectáculo, imaginado
muchas veces al través de referencias y lecturas, exclamó conmovida:
—¡Valdecruces!... ¡Parece un Nacimiento! Y la iglesia ¿dónde
está?—preguntó.
—Allende. ¿Ves esta hila de casas? Pues en acabando la ringuilinera,
¿ves un chipitel con una cruz?... Eiquí.
—¿Aquéllo?—lamentó la exploradora con desilusión.
—La techumbre es de teja—ponderó Olalla—y por dentro nuestra
parroquia es mejor que la de Piedralbina, es tan buena como la de
Valdespino; hay un Resucitado muy precioso y la Virgen tiene la cara de
marfil.
—Pero la torre se va a caer, es monstruosa; un montón informe y la
cruz ladeada, ¡qué cosa más singular!
—¡Si lo que tú dices—protestó Olalla riendo—es el nido de la cigüeña!
—¡Ah, el nido!... Un nido enorme, ¿verdad?... Un nido tremendo...
¡Qué ganas tenía de verle!... Mi padre no me había dicho que le
tuvierais aquí.
—Yera de Lagobia, pero el año de la truena se les cayó la torre, y
cuando los pájaros volvieron portaron el nido a Valdecruces.
—¿Ellos?... ¿Ellos solos?
—Solicos empezaron, pero la gente les dió ayuda. De primeras el nido
no era tan grande, nada más lo justo para gurar la pájara; después,
cada año atropan dello y ya tanto pesa que hubo de caerse.
—¿Entonces?...
—El señor cura, el tío _Chosco_ y el tío Rosendín le apuntalaron.
—¡Ah, qué bien! Y ahora ¿hay crías?
—Todavía no está gurona la cigüeña: saca los hijuelos allá para el mes
de junio... ¡Mira, mira el macho!
Un ave zancuda y blanca, con las puntas de las alas negras, largo el
cuello, las patas y el pico rojos, pasó crotorante y magnífica, con
alado rumbo hacia la torre.
—¡Qué mansa! ¿Ves? Casi tocó el alar—dijo Olalla, devota.
Y _Mariflor_ quedóse atenta y muda ante el ave sagrada para los
labradores de Castilla, el ave tutelar de los sembrados, la reina de
los aires campesinos en la madre llanura de la patria.
—Iré a visitar el nido regio—murmuró ferviente—. Luego lanzó la
vista al horizonte inflamado de luz, llano y calmoso, semejante a una
extensa bahía que se adormeciese inmóvil y sin respiración en el estío.
Olalla advirtió:
—Embajo está el huerto.
—¿Hay flores?
—De agavanzo y de tomillana, y dos rosales nuevos con ruchos.
—¿Bajamos?
—¿No quieres ver primero el palomar?
—Sí, sí; ya lo creo.
Ocupaba el carasol la fachada entera del edificio: tenía el suelo
jiboso y crujiente, como todo el piso alto de la casa, trémulo
el carcomido barandaje y cobijadores los aleros, donde anidaban
golondrinas; algunas prendas lacias de ropa pendían a lo largo de él,
y decoraban sus agrietados muros sendos manojos de hierbas medicinales
puestas a secar y «espigos» de legumbres envueltos, con mucha cautela,
para que la simiente en sazón quedase recogida.
Todos estos detalles sorprendieron los ojos inquiridores que, después,
se posaron con cierta ansiedad en la saluca.
La cual era espaciosa, baja de techo, con rudo viguetaje pintado de
amarillo, igual que el camarín de _Mariflor_; las paredes, de anémica
palidez, se hundían en muchos sitios, entre mal blanquete y hondas
arrugas, como la faz de viejas presuntuosas en las ciudades festivas.
Un sofá de anea con almohadones de satén, floreados y henchidos,
se extendía en el testero principal, y, encima, elevado y turbio,
inclinábase un espejito, con el alinde picado y el marco negro, en
reverencia inútil ante una visita que jamás llegaba; alrededor de
aquella luna triste y a lo largo de las otras paredes, sendos cromos
con patética historia memoraban la vida de una santa mártir, moza
y gentil; fotografías pálidas, casi incognoscibles, prisioneras en
listones de un dorado remoto, ceñidas por cristales heridos, trepaban
en desordenada ascensión, en una verdadera república de colgajos,
desde las decoraciones viejas de almanaques y el ramo seco de laurel,
hasta las pieles corderinas abiertas en cruz, a medio curtir. Entre
las sillas, muy numerosas, juntas y apretadas en hilera como aguerrida
hueste, delataban, algunas, otros tiempos de más prosperidad para la
familia Salvadores: aquellas de _reps_ y de caoba con el pelote del
asiento mal contenido por desmañadas costuras, con la color verde
convertida en marchitez dorada, como el follaje de otoño; aquellos
dos sillones de gutapercha, despellejados y hundidos, con respaldares
profundos y solícitos brazos; la clásica consola y el amigable velador,
cuentan las abundancias de unos desposorios en que la abuela y su primo
Juan unieron con sus manos las más pudientes fortunas de Valdecruces,
en gran porción de «arrotos» y centenales, «cortinas» y recuas...
En estas reflexiones se para _Mariflor_, que por su aguda sensibilidad
tiene el privilegio exquisito y amargo de evocar y sufrir el fuyente
roce de las cosas, prestándoles la ternura de su propio sentimiento.
Inconsciente de este raro don, que preside las existencias escogidas
con la facultad doble de gozar y padecer en grado sumo, la muchacha
reconstruye en un momento la dura cuesta de dolores por la cual los
años, los hijos y la miseria torva del país, han derrumbado casa y
heredad en torno de la abuela envejecida. Y una lástima aguda empaña
aquellos ojos, aún sonrientes a la orgía de luz cuajada en el páramo.
—La vida de Santa Genoveva, ¿la sabes?—dice Olalla con beatitud,
señalando los historiados cromos que circundan las paredes—. Y viendo
que la prima no da señales de conocer el ejemplar relato, apunta sobre
una imagen de pergeño bravío, y añade con edificadora gracia:
—Este era el traidor Golo... Aquí—indica en otro cuadro—está la
cierva que criaba en el desierto al niño...
El dedo bronceado va posándose en cada cristal empañecido y roto, y se
detiene a lo largo de una incisión más hundida y más negra, mientras la
voz enunciadora prorrumpe:
—Están los vidrios llenos de sedaduras... ¡Los rapaces acaban con todo!
—Vamos, vamos a ver las palomas—pide Florinda con impaciente
actitud—. Pero Olalla la detiene sin prisa ninguna:
—¡Ah, fíjate! Estas flores las hizo Marinela...
Las dos primas, altos los ojos y entreabiertos los labios, contemplan
con aire estúpido una malla colgante del techo, labrada a punto de
aguja y teñida de bermellón, toda ornada de trapos vistosos que la
maestra de Piedralbina ha bautizado con el remoquete ideal de «flores».
—Muy bien—murmura la forastera, sonriendo generosamente.
Todavía, antes de salir, Olalla abre una puerta primero y otra después,
frente al carasol, para mostrar a su prima dos habitaciones pequeñas,
llenas de trastos, sin ventanas ni lechos.
—Mira qué atropos—alude señalando los fardeles, seras y alforjas, en
abandonada confusión—. ¡Todo quedó sin arreglar anoche!
Y a Florinda le parece descubrir en aquellas palabras un aire brusco,
de tedio y de cansancio.
—Ahora seremos dos a trajinar en casa—responde afable.
—¿En casa...? Yo aquí no subo nunca; tengo otras cosas que hacer.
—Pero no sales al campo—dice _Mariflor_ inquieta, a pesar del
convencimiento que tiene en lo que afirma.
—¿No es campo el caz de agua donde se lava la ropa, y el huerto de las
legumbres, y la cortina de los panes de trigo...?
Olalla enumera los diferentes campos de sus labores con cierto calor
impropio de su palabra cantarina y premiosa, pero sin asomo de reproche
o lamento, y aun con vaga sonrisa de orgullo y fortaleza.
—Hay que coser; hay que guisar—sigue diciendo enfática, engreída en
los altos deberes de su destino.
—¿Y la _Chosca_?—pregunta _Mariflor_ con desolado acento—,¿Qué hace,
entonces?
—Servir a las caballerías, mujer, y a los bueyes; andar a las aradas
con las obreras y con mi madre; atropar la leña de más fuste...
—¿También tu madre...?
—Agora sí—responde Olalla con imperceptible amargura.
Se han quedado las dos mozas en la última de las habitaciones, frente
al vano del colgadizo, que extiende en la salita un esplendoroso tapiz
de sol. Con el aire tibio, levemente impregnado en aromas de huertos,
humo de hogares y vahos de pesebres, entra el hondo silencio de la
aldea hasta el rincón donde Olalla y Florinda enmudecen de pronto,
atónitas y mustias, entre mochilas y zurrones, enjalmas y capachos...
Así las sorprende una cadencia ronca y triste, repetida a lento compás
como un latido que sonara a pena.
—Son las palomas que arrullan—dice Olalla, levantando los ojos.
—Llévame donde estén—repite Florinda, hablando quedo, como si temiese
turbar con sus palabras el arrullo.
La toma su prima por la mano, y en saliendo al corredor cierra la
puerta de modo que la más profunda oscuridad envuelve los pasos de las
dos maragatas. Hácense otra vez torpes los de Florinda.
—¿Por qué cierras?—murmura—. No tenemos ni una chispa de luz.
—Es que el gato entra al carasol y escarrama las simientes.
Como si quisiera protestar del mal propósito que la joven le atribuye,
el animal guaya en la sombra, lastimero y humilde.
—¡Micho...! ¡Micho—ordena Olalla varias veces, espantándole.
Palpando de nuevo en las tinieblas, dan las niñas en unos gemidores
peldaños, muy hostiles y maltrechos y llegan al desván, oscuro y
ruinoso, lleno de bálago resbaladizo. Una pared de madera y una
puertecilla, resquebrajadas, transfloran dorado resplandor, dividiendo
en dos mitades el local: allí, al otro lado de la medianería, donde
irradia la luz, suena el arrullo.
Con suave remezón del maderaje, abre Olalla la palomera, y de pronto
Florinda no ve más que la luz, igual que le sucedió poco antes en el
colgadizo. Recorta el alto ventanal un pedazo de cielo que se convierte
en un chorro de sol dentro del libre refugio de las palomas: blandos
nidales, al arrimo de los adobes, cobijan a las hembras en gestación
y a los polluelos temblorosos; y desde cada nido ocupado, entre
esponjadas plumas, se vuelven los ojitos de las aves a mirar con recelo
en torno suyo.
—¡Qué preciosas!... ¡Cuántas!... ¡Y no huyen!—exclama con embeleso
_Mariflor_.
—Son medrosicas, pero no se asedan—dice Olalla, prodigando, graciosa,
una caricia a cada nidal—. Y como su prima quiere ver los pichones
en la mano, toma dos chiquitines bajo las alas de la madre y se los
ofrece. Ella los acoge en el delantal, por temor a que se lastimen
entre los dedos, y también porque la retrae de tocarlos un escrúpulo
repentino.
—En guarrapas son feucos—pronuncia Olalla sonriente; y antes de
volverlos junto a la azorada paloma, los besa y los guarda entre las
dos manos un instante, encima de su corazón, con dulce gesto maternal.
Del regazo de una hembra febril, levanta después un huevecillo cálido y
terso, y se lo acerca a _Mariflor_, anunciando ponderativa:
—¡Ponen dos todos los meses!
—Tendréis un bando muy numeroso.
—¡Quiá, mujer! Se mueren muchas en la invernada, con el frío y la
nieve, y los pichones más llocidos los vendemos para el mercado de
Astorga y de León.
—¿No te da lástima?
—¡Como son para eso!
Florinda se aturde ante la respuesta razonable y fría, que del reciente
beso y el impulso cordial borra la impresión de ternura y oscurece con
raro misterio el alma de la campesina doncella.
El cariñoso halago al borde del nido dejó adherida una pluma sutil en
el jubón de Olalla: ¿nada más que esta huella deleznable habrá marcado
la amorosa caricia sobre aquel macizo pecho de mujer?... ¿Nada más?
Lo duda _Mariflor_ mientras, acuciosa, estudia aquel semblante moreno y
gracioso que cierra a toda asechanza de íntima curiosidad los secretos
de un corazón femenino: sellado con una placidez austera, ecuánime y
dulce, un poco triste, el rostro de Olalla Salvadores es un enigma,
la noble máscara de unos sentimientos absolutamente ignorados y
silenciosos.
Al contemplarla su prima interrogadora, ella dice amable:
—Voy a llamar a todo el bando.
—¿Cuántas parejas tienes?
—Treinta y tres; aquí dentro no hay ni la mitad.
—¿Y son todas de la misma casta?
—Abundan las palomariegas; pero téngolas también de monjil, calzadas,
moñudas, reales, tripolinas...
De un arcón pequeño, separado del piso por toscos bastidores, vierte
la moza en su delantal una porción de cebada y sube ágilmente hasta
la tronera, apoyando los pies en las quebraduras del muro: acodada en
los umbrales, lanza desde allí con voz atrayente y melosa el familiar
reclamo:
—Zura, zura... zurita...
Se remecen los nidos en el palomar, y fuera, un lozano batir de alas
azota la luz; en parejas veloces acude el bando entero a picar en
las manos de la muchacha: hay palomas con rizos; las hay con toca,
con moño, con espuelas; las hay grises, verdosas, azuladas plomizas;
algunas lucen el collar blanco, otras el pico de oro, otras las
patas de luto; aquellas los reflejos metálicos en la pechuga, en las
alas, en las plumitas del colodrillo. Todas las distintas variedades
son domésticas, aclimatadas al campo mediante cruces con las castas
silvestres y tributo de crecida mortandad en los bravos inviernos.
Rozando las mejillas de la joven, las madres anidadas salieron a
comer; ella hace en la ventana un sitio para que se asomen los ojos de
_Mariflor_, y enumera y define la variedad del bando, junto en apretado
racimo de codicias y de temblores.
Ha trepado la niña forastera hasta descubrir la techumbre muelle y
sinuosa donde las aves, en montón, arrullan y solicitan el sustento.
Pero la prima Olalla, más complaciente aún, discurre:
—Te las voy a mandar todas a la palomera.
Y arroja, sonoro, el contenido de su delantal dentro de la estancia.
Entonces una impaciente agitación de vuelos lánzase a la ventanuca
desde el techado humilde, entre el pecho de Olalla y la cabeza de
Florinda. Salta al suelo la joven para ver más de cerca a las palomas,
y ellas la miran extrañadas, de medio lado, con un ojo nada más,
mientras que alas y picos sacuden en el aire y en el tillado raudas
notas de instinto y de pasión, sorda y ávida música de picotazos,
aleteos y arrullos, donde la voracidad y los amores cantan con gráficos
acentos sus leyes y sus prerrogativas: las hembras, que en el nido
padecen sagrada calentura maternal, han bajado en volandas sus pichones
al ruedo y les incitan a comer, disputando la ración a las glotonas
más tímidas; muéstranse los machos galantes y los padres solícitos,
se colman los buches, se aquieta el tropel, y Florinda, saturada del
perfume bravío que exhala el palomar, seducida por los iris de las
plumas, agitada por las palpitaciones de las aves, ebria de sol y de
placer, siente con ardorosa plenitud la belleza potente de aquella
vida cándida y salvaje, libre y fecunda, que ahora despliega el vuelo
alto y feliz, en parejas de amor, por el llano luminoso y sin tasa,
nuncio de lo infinito...
En pos de las palomas, los deslumbrados ojos de Florinda tropiezan con
la figura intrépida de Olalla, exaltada allí en la cumbre del palomar,
en el foco de la cruda luz, con el sereno perfil de realce sobre el
índigo raso de las nubes: despide la muchacha al bando con mimosa
delicia; le riñe y le aconseja con familiares voces; su acento casi
infantil, truncado y leve en aquel íntimo soliloquio, se aduna con los
arrullos de las fugitivas y se pierde en el aire manso, que al roce de
las alas se hace sonoro; el pañizuelo de la cabeza, caído a la espalda,
descubre un rodete rubio, apretado y firme, rutilante sobre la nuca
morena, como una corona de sol encima del trigo segal; mírase el cielo
en los claros ojos, de un azul más profundo en esta hora; las rosas
aldeanas en las mejillas arden con calor juvenil; la melada tez luce su
fino vello de sabrosa fruta y muestran los labios, mórbidos y abiertos,
unos dientes, duros, iguales, blanquísimos.
Toda la figura de la joven, propicia al atavío regional, señora del
paraje romancesco, sublimada por la fortaleza del sol, se yergue
bellísima y extraña, con la silvestre dulzura de una roja flor de
sangre y de salud, con el donaire rústico de la fuerte amapola,
espontánea sonrisa del erial.
Atónita _Mariflor_, cual si de pronto viera a su prima convertirse en
otra mujer, sólo recordaba de sus recientes emociones la que incendió
el copo de pluma dejando en el jubón de Olalla la estela de singular
caricia.
Un toque gemebundo y cansado resonó en el palomar desde las
profundidades del edificio, y al romper el silencio estremeció a la
moza ensalzada en la ventanuca.
Cuando Olalla saltó diligente junto a su prima, parecía que hubiese
perdido en un segundo el trono sublime de la belleza: en el lago azul
de sus ojos ninguna expresión grande navegaba, un leve azoramiento
físico rizaba apenas en las pupilas el sereno cristal; y en la plebeya
boca, el gesto brusco y la placidez ausente daban aire de abandono
y hastío a la maragata rubia. Quizá era su porte demasiado recio
y su cara harto redonda; tal vez los pies y las manos fuesen muy
varoniles... El copo de pluma había desaparecido de su jubón.