sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de
haberla encontrado.
El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin
detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de
que iba a despertarse pronto.
* * * * *
Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió
a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel.
Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de
los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los
preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel
equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y
su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la
vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La
Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho.
La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con
la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró
con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable,
delatora de inclemente pobreza.
Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos
pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de
la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba
auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a
disculparse, ya _Mariflor_ había terminado su trajín y se colgaba a la
bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante
que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume.
—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible
extrañeza de Terán—, de mi _equipo de paisana_—subrayó graciosa y
triste.
—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha
ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería...
Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural:
—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos
esclavas.
Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció
que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento.
Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas
mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio
de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida.
En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso _Mariflor_, con su
belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de
la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la
moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula
solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje
y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en
todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad.
No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la
contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado
del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima
condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta
libertad.
Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de
piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor
atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia.
Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra
mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven,
se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín.
Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el
viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta,
como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización
se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas
entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en
acecho de un fruto esquivo y tardo...
Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia
cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una
campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras
_Mariflor_ sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre.
Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata,
se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un
sueño...
[Illustration]
[Illustration]
IV
¡PUEBLOS OLVIDADOS!
UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó _Chosca_,
había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse
en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la
_Chosca_ un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella
balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas
largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los
repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más
fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el
mejor de la recua, cedido por agasajo a _Mariflor_.
Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz
recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de
aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz
por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una
ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre,
incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más
hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura,
la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin
melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando
de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en
su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese
el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre
resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible
en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en
el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en
la imaginación.
El paso por Astorga tuvo para Florinda rara solemnidad. Quiso la abuela
dar allí algunos recados, hacer algunas compras y cobranzas mediante
papelucos escondidos con minuciosas precauciones en un «cornejal»
de la faltriquera, al amparo de sayales y manteos; a todos estos
menesteres asistía la muchacha desde lo alto de sus jamugas, atisbadora
y vigilante, reflejando en sus pupilas el asombro de la vieja urbe, tan
pobre y tan triste ahora, que ni siquiera guarda los vestigios de su
glorioso ayer.
¡Cuán desolada y yerta la ciudad _Magnífica y Augusta_! ¿Quién dirá
que fué palenque y tribunal de astures, imperial colonia, centro de
vías romanas y baluarte de sus legiones, botín después del bárbaro y
del moro, joya del terrible Almanzor, pleito y disputa de castellanos
y leoneses? Ya no conserva ni las ruinas de los antiguos monumentos;
hasta aquella robusta fortaleza de sus marqueses y señores, aquel
soberbio castillo que presumía de inmortal, cayó también con los
sillares de las rotas murallas; la recia divisa de Alvar Pérez Ossorio,
que a tantas duras generaciones gritó desde el frontis nobiliario con
orgullosas letras:
_Do mis armas se posieron_
_movellas jamás podieron,_
vino a dar en ingrata sepultura bajo los residuos de cubos y de
almenas, de capiteles godos y lápidas latinas. ¿Qué rangos, qué
voluntades, qué hierros, piedras y raíces no moverá en el mundo el
ímpetu de los siglos empujando la rueda de la fortuna?
Así, esta tierra misteriosa, de cuyos primitivos moradores sólo se
sabe el apellido—_amacos_—, o «excelentes guerreros»; este pueblo
viril que grabó en su escudo, como símbolo heroico, una rama de
poderosa encina; este solar privilegiado por cónsules, santos y reyes,
guarnecido de altivas torres y ferradas puertas, ahora vive en el
silencio de las mortales pesadumbres, ahora padece el abandono de los
históricos infortunios. Y, como un fallo de singular predestinación,
acude sobre Astorga el recuerdo de aquellas pretéritas edades, en que
la capital de la región y sus alfoces se llamaron «Asturias»: _¡Pueblos
olvidados!_
Una ráfaga de tales penas y de tales memorias aguzó en la fantasía
de _Mariflor_ el ansia ardiente de evocar imágenes y perseguirlas
al través de las silenciosas rúas, sobre el empedrado hostil, entre
el caserío de adobes, simétrico y vulgar. Pero todos los recuerdos
heroicos, todas las evocaciones bizarras, huyen ante el semblante
lastimoso de la Augusta y Magnífica, Muy Noble, Leal y Benemérita,
que, parda, muda, triste y pobre, languidece de añoranzas y pesares
a la sombra de su ilustre catedral, sobre las pálidas favilas de
la historia. Y cuando a fuerza de imaginación y voluntad quiso la
viajera reconstruir en su mente hechos y figuras familiares a la
patria nativa, ya la visión de Astorga, yerma y desamparada, se había
extinguido en el término raso y adusto del horizonte.
Como fuesen grandes la calma y el regateo con que las compañeras de
Florinda ajustaron sus compras en la plaza _de los cachos_ y en los
soportales de la Plaza Mayor, y no menos prolijos los demás negocios
que la abuela trataba, llegó la media tarde cuando las tres amazonas
salieron por el arrabal de Rectivía para seguir la carretera en busca
de su pueblo.
De la calmosa estada en la ciudad llevóse _Mariflor_, campo adelante,
el recuerdo de los dos maragatos que en el reloj del Concejo cuentan
con sendos martillos las mustias horas de aquella vida gris; la pareja
simbólica y paciente se hizo un lugar en la memoria de la niña, sobre
la impresión de aquel grave edificio, fuerte reliquia de la pasada
opulencia asturicense. Había preguntado la muchacha por un jardín ameno
que, según sus noticias, era lugar de fiestas estivales y de otros
alicientes para la juventud; aunque la abuela señaló «hacia allí»,
sólo pudo Florinda columbrar una mancha verde y risueña, tendida en
la mayor altura de la muralla, sobre el mismo solar que siglos antes
ocupó la Sinagoga, cuando una rica aljama se aposentó en el arrabal de
San Andrés. El perfil airoso de la Catedral y la nobleza de algunas
portadas parroquiales, impresionaron también a la curiosa. Y el
bosquejo heráldico de unos lobos, unas bandas de azur, el león rampante
de gules, coronado de oro, la monteladura de plata, cimeras, escudetes,
lemas y coronas, rezagos de insigne alcurnia sorprendidos al azar en
unos pocos edificios, alumbraron en la mente de Florinda, con pálido
reguero de luz, la nómina confusa y lejana de Ossorios y Escobares,
Turienzos y Pimenteles, Benavides y Juncos, Gagos, Hormazas, Rojas,
Pernías, Manriques... El íntimo vigor de estos recuerdos rehogaba con
orgullosa lumbre las fantasías de la joven, cuando sus ojos se posaron
en el abierto muro, indemne a las cóleras de Witiza y Almanzor...
Acostumbrada Florinda a escuchar de su padre los frecuentes relatos
de sus aventuras infantiles por los arrabales de la capital, casi a
tientas hallaría rumbo en el camino astorgano que cruzaba por primera
vez.
Allí a la izquierda, dejando atrás el rasgado cinturón de las
fortificaciones, brota la viejísima Fuente Encalada, de tan henchido
seno, que ni en su estiaje paró nunca de cantar con su rumor sonoro las
penas y las glorias del país.
Cunde el manantial en aquel punto desde los tiempos fabulosos, y le
alberga un edificio notable, con armas, inscripciones y perfiles
de varios siglos y grande pulcritud. Con abundancia sempiterna ha
prodigado la Fuente sus fidelísimos dones, lo mismo a los _aureros_
imperiales que a los devotos del _Camino francés_ y a los trajineros
maragatos... Vive apenas la memoria de los primeros poseídos por «la
maldita sed de oro», que, bárbaros de codicia y de furor, vinieron
de todos los confines de la tierra a enriquecerse en nuestras minas
peninsulares: pasaron por aquí los explotadores de las _médulas_
famosas, y también los cruzados, que en el siglo IX abrieron desde
Francia una difícil ruta para ofrecer homenaje en Compostela al
cuerpo del Apóstol; se han borrado «la vía de la plata» y la de «los
peregrinos» bajo la anchura de una carretera española del siglo
XVIII, en la cual la arriería se extingue impotente contra el raudo
ferrocarril; pasaron y cayeron centurias y generaciones, cetros y
coronas, y al través de las vidas caducas y de las cosas perecederas,
esta fontana dió su latido fecundo y su perenne caricia a todos los
sedientos del camino...
_Mariflor_ tuvo sed al pasar por aquí. Despertóse en ella el recuerdo
de los años que la fuente contó, rezadora y humilde en la mansa
llanura de los «pueblos olvidados», y quiso gustar del agua fiel;
bebió ansiosa, obsesionada por la inconsciente ilusión de saciarse en
frescuras y deleites de eternidad.
Al seguir el camino, en tanto que las otras maragatas parecían
insensibles al paisaje y a las emociones, descubrió la moza a la
derecha del manantial cierto prado muelle y jugoso hundido en el
terreno; debía ser el lugar llamado _Era-Gudina_, donde el feudo del
Marqués tuvo un estanque, una barca, una isleta y un bosque.
A leyenda le supo a _Mariflor_ el supuesto de que allí existiesen
jamás esquife, lago y fronda; pero consultada la abuelita acerca de
tales dudas, dijo con mucha fe que «en tiempo de los moros» aquel
paraje se nombró _La Corona_, y era una hermosura de aguas corrientes,
barquichuelos, árboles y flores...
Cuando se borraron a extramuros de Astorga aquellas tenues sonrisas de
la vegetación, extendióse la carretera sobre la llanura sin accidentes
ni perfiles, en un horizonte a cuyo fin remoto se cerraban entre nubes
las sierras de la Cepeda y los puertos bravos de Manzanal, Foncebadón y
el Teleno. Si a la vera de un puebluco estancado algún castro ondulaba,
todo su vestido consistía en bajos matorrales y encinas bordes.
En este cuadro ascético se dibujó el relieve de las tres amazonas,
largo rato, por la amplia carretera, y cuando ya tomaron otro rumbo al
través de una calzada empedernida, la feniciente luz ablandó la dureza
del paisaje, convirtiendo la línea fuerte y sobria en mancha rubia y
dulce, en la cual se alejaron los senderos con misteriosa estela.
Quedó entonces piadosamente velada la aridez del camino, que al
aventurarse tierra adentro en ingratos recodos, hubiese mostrado a
Florinda más de cerca su desolación; la santa beatitud del anochecer
quiso desceñir su velo romántico sobre la tristeza del erial: una
muselina blanca y rota se arrastraba por el campo en jirones de niebla,
y la serenidad del cielo, pálidamente azul, parecía remansar en la
llanura con infinita mansedumbre.
_Mariflor_, cansada y soñolienta, aturdida por las emociones y los
sentimientos, se dejó mecer, se dejó llevar entre aquellos cendales de
sombras y de membranzas. El balanceo rítmico de la cabalgadura, algo
semejante al de una embarcación en mar serena, y la plenitud del llano,
sin orillas visibles, nubloso, insondable como un abismo, pusieron a la
amazona en punto de soñar que iba embarcada hacia un quimérico país.
Aquel vaivén de cuna, aquella ilusión de barco aventurero, tenían,
para mayor halago, un cantar peregrino en el eco de dulcísimas frases
lisonjeras que la moza guardaba en su corazón; de tan cordial tesoro
iba ella urdiendo con diligente prisa futuros lances de amor y de
felicidad, solemnes acontecimientos de bodas y placeres que parecían
tener realización positiva y dichosa en la ardiente vida de una
estrella, según lo que la niña se extasiaba, rostro al cielo, absorta y
palpitante.
Desde el divino espacio cayó de pronto a tierra la evagación de
Florinda, porque una voz había dicho:
—Ya llegamos...
Entre el encaje de las sombras, cada vez más espeso, se agazapaban,
abocetados, desvaídos, barruntos de una aldea muy pobre, a juzgar por
los umbrales. Y a _Mariflor_ le acometió de súbito una triste cobardía,
en la cual se mezclaban las inquietudes con inexplicable acidez;
aquella zambullida brusca en otro pueblo, en otra casa, entre personas
desconocidas, rompiendo definitivamente todos los vínculos de su vida
anterior, daba frío y espanto a la muchacha; en un instante recordó
con lucidez lastimosa la dicha que perdió al otro lado de la llanura
maragata, y sintióse tan pequeña, tan incapaz y débil ante el enigma
de su nuevo camino, que anheló no llegar a Valdecruces y quedarse
para siempre mecida en aquel mar firme y silencioso, de tierras y de
sombras.
Los dulcísimos ojos registraron el cielo con una mirada de angustia,
pero ausente la luna veladora, esquivas las estrellas y pálido el
celaje, el amplio dosel de la noche se mostró cerrado a la muda
plegaria de la moza; hasta la estrellita ardiente donde ella prendió
un momento antes la hoguera de sus ensueños, se había escondido,
casquivana, detrás de un banco de nubes.
Y estaba allí el pueblo maragato, inmoble y yacente en la penumbra,
como un difunto; y ya la recua se detenía delante de una sombra más
alongada y grave que las del contorno.
Sonó el chirrido de una puerta, y dos mujeres avanzaron en un foco
macilento de luz. Descabalgó Florinda, trémula y cobarde; sintióse
agasajada por unos besos húmedos y fuertes, por unos brazos recios y
acogedores. Ofrecían a la forastera este recibimiento cordial, Ramona,
nuera y sobrina de la anciana, y Olaya, hija de aquélla, que con sus
cuatro hermanos más pequeños constituyen hogar y familia cerca de la
tía Dolores, protectora también de su nietecilla _Mariflor_.
Ya estaban reposando los niños, Marinela, Pedro, Carmen y Tomás; y
mientras Olaya hacía los honores a su prima con más cariño que garbo,
Ramona y las otras dos viajeras se afanaban en descargar el equipaje.
Fué la tarea tan minuciosa, que ya la noche había crecido mucho cuando
logró acostarse _Mariflor_, rendida y enervada.
A la luz vacilante del candil pudo la muchacha aprender que era su
dormitorio el mejor de la casa, «el cuarto de respeto», donde solían
posar los principales huéspedes; y al culminarse en el lecho altísimo
y pomposo, oyó la voz humilde con que su prima la deseó buena noche,
dejando la habitación oscura y cerrada, y advirtiendo:
—Madre y yo dormimos dambas aquí cerca; no pases cuidado.
Poco después sintió la muchacha crujir la corvadura de las vigas muy
próximas a su cabeza; andaban pesadamente encima del aposento, hablando
en voces cautelosas. Por debajo de aquel ruido perseguía a _Mariflor_
entre penumbras de sueño y vislumbres de realidad, la expresión vaga y
triste de un rostro ojizarco, que tan pronto era el de Terán como el
de Olalla. De aquel semblante amigo no quedaron, al fin, más que los
ojos delante de la moza; brillaban azules como las flores del aciano,
como los ojos celtas de la maragata rubia, como los ojos pensativos del
novelista viajero; una clara niebla, que fué espesándose, oscurecíalos
poco a poco... ¿Era un velo de lágrimas?... ¿El cristal de unos
lentes?... _Mariflor_ se había dormido.
* * * * *
Después de un sueño largo y juvenil, Florinda despierta y escucha:
escucha la soledad y el silencio, porque todo a su alrededor parece
abandonado y mudo.
¿Qué hora será? Entra un rayo de sol por la ventanuca, tan alta y
pequeña como la de un camarote; por allí se descubre un pedacito de
cielo cuajado de luz. En la casa, grande y misteriosa, nadie pisa,
nadie levanta la voz, ningún ruido se advierte, y fuera, en aquel
espacio luminoso, abierto quizás al campo, a la calle o al corral, es
la vida un secreto, sin duda, porque ni vuela un ave, ni canta un río,
ni gime una carreta; los rumores aldeanos que Florinda conoce de otros
pueblos, parecen extinguidos aquí. ¿Se habrá quedado ella sola en el
mundo con el sol?
Pasea por el cuarto los bellos ojos dormilones, un poco ensombrecidos
de vaga pesadumbre: mira su equipaje desparramado en confusión de
cajas y de ropas, y encima del baúl, cruzado todavía de cordeles,
sus arreos de maragata, desceñidos la víspera con laxitud de sueño
y de cansancio. Se asoman los zapatos por debajo de la colcha, muy
escandaloso el escote y algo arrugada la plantilla: parecen asustados,
uno delante de otro, como si quisieran echar a correr; el bolsillo
señoril, colgado del boliche de la cama, con la boca abierta, tiene un
aire de expectación y de asombro, y la filigrana de corales, tendida
al borde de un marco a la cabecera del lecho, corona la figura de
una Virgen ancestral, bajo cuya traza primitiva dice, en letras muy
grandes: _Nuestra Señora la Blanca_. Al volver los ojos hacia ella,
hace Florinda maquinalmente la señal de la cruz. Luego prosigue su
viaje curioso en torno al aposento: es reducido y bajo, con paredes
combas, lamidas de cal, desnudo el tosco viguetaje del techo y pintado
de amarillo, como la puerta y la ventana. Entre un recio arcón de
interesante moldura y un mueble arcaico de alta cajonería, descuella el
lecho, amplio y elevadísimo, duro de entrañas y abrumado de cobertores:
luce colcha tejida a mano, floqueada, con muchos sobrepuestos, un poco
macilenta de blancura, quizá por haber estado largo tiempo en desuso.
Dos sillitas humildes parece que se agachan bajo la pesadumbre de los
equipajes, y algunos clavos suben perdidos por las paredes, sosteniendo
con negligencia varias cosas inútiles: un refajo roto, un cencerro
mudo, una rosa mustia de papel... Ya no hay más utensilios ni más
adornos en el nuevo camarín de _Mariflor_.
Ella busca, solícita, un espejo, un lavabo, una alfombra, cualquiera
blanda señal de compostura y deleite, y como nada encuentra parecido
a lo que necesita, vuelve la atención a los recuerdos de su llegada,
confusos entre las emociones del viaje y la sorpresa de este peregrino
amanecer.
Al cabo, como persiste en torno suyo un silencio de inmensidad, y el
sol penetra al aposento por el angosto ventanillo, semejante a la
lucera de un camarote, piensa la infeliz, acunada todavía en su memoria
por el balanceo del mulo y las ilusiones de su navegación por la
llanura, que su bajel ha encallado en una costa salvaje, en una playa
desierta... Pero no: la mar gime, reza, escupe, solloza; tiene lágrimas
y voces y suspiros; es pasión y hermosura, es inquietud y poder, es
dolor y gozo. Y aquí, ¡ni un acento, ni una palpitación, ni un indicio
de que la vida cunda y vibre como en las olas varias de la mar!...
Cuando empieza la niña a sentir ciertas ansiedades muy parecidas al
miedo, un rumor oscuro, entre queja y gruñido, se percibe en la quietud
silenciosa de la casa.
—¡Abuela!—grita _Mariflor_ con espanto.
Nadie la responde.
—¡Abuela!—repite, loca de terror. Y luego, despavorida, prorrumpe:
—¡Olalla!
Al punto, cautamente, se entreabre la maciza puerta y asoma el rostro,
asombrado y grave, de Olalla Salvadores.
Ante el resplandor bondadoso de aquellos ojos claros, Florinda se
encalma, sonríe y confiesa:
—Tuve miedo; creí que estaba sola en Valdecruces, y después oí una
especie de quejido como una voz del otro mundo.
—El gato, que miagó—dice la moza, admirada de los temores de su
prima. Y penetrando en el aposento, le ofrece el desayuno y le
pregunta, con mucha cortesía, cómo ha pasado la noche.
—Demasiado bien; de un tirón—responde la dormilona, escandalizándose
al saber que son las nueve, que su abuela y su tía andan ya de trajín
fuera de casa, y que los niños se fueron a la escuela muy temprano.
Mientras se viste _Mariflor_, explica Olalla que la escuela está a tres
kilómetros, en Piedralbina, y también el médico y el boticario. Los
rapaces llevan la comida en una fardela, y no vuelven hasta las seis.
—¿Y en el invierno?—interroga Florinda.
Lo mismo: salen de noche y tornan de noche; algunas veces, Tomasín, no
va.
—¿Cuántos años tiene?
—Cinco; pero está mayo y robusto.
—¡Pobre!, ¡dará lástima verle por esas llanadas!
—Más se fatiga Marinela.
—Sí; ya sé que está un poco débil. ¿Cómo la dejáis ir?
—Aquí se aborrece, se pone triste, llora... Y como tanto gusta de
bordar y hacer labores finas, y la maestra la quiere mucho, madre
consiente.
—Y el médico, ¿qué dice?
Olalla se encoge de hombros.
—Dice—murmura—que son males de la edad. Pero para mí la pobre está
entrepechada.
—¿Cómo?
—Picada de la tisis, igual que mi padre, igual que tantos de la
familia...
—¡Calla, mujer!