Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del

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NOTA DEL TRANSCRIPTOR:

Se ha mantenido la acentuación del libro original, que

difiere notablemente de la utilizada en español moderno.

LA ESFINGE MARAGATA

Novela

Premiada por la Real Academia Española

(Tercera Edición)

* * * * * *

OBRAS DE CONCHA ESPINA

LA NIÑA DE LUZMELA (Novela), 2.ª edición.

DESPERTAR PARA MORIR (Novela), 2.ª edición.

AGUA DE NIEVE (Novela), 3.ª edición.

LA ESFINGE MARAGATA (Novela premiada con el premio

Fastenrath por la Real Academia Española), 3.ª edición.

LA ROSA DE LOS VIENTOS (Novela), 2.ª edición.

AL AMOR DE LAS ESTRELLAS (_Mujeres del «Quijote»_).

RUECAS DE MARFIL (Novelas), 2.ª edición.

EL JAYÓN (Drama en tres actos).

PASTORELAS.

EL METAL DE LOS MUERTOS (Novela), 2.ª edición.

TRADUCCIONES:

AL INGLÉS:

LA ESFINGE MARAGATA.

LA ROSA DE LOS VIENTOS.

EL JAYÓN.

EL METAL DE LOS MUERTOS.

AL ALEMÁN:

LA ESFINGE MARAGATA.

EL JAYÓN.

EL METAL DE LOS MUERTOS.

AL ITALIANO:

LA ESFINGE MARAGATA.

EL JAYÓN.

PASTORELAS.

EL METAL DE LOS MUERTOS.

AL AMOR DE LAS ESTRELLAS, 2.ª edición.

* * * * * *

[Illustration:

CONCHA ESPINA

LA ESFINGE MARAGATA

Novela

Premiada por la Real Academia Española

Gil Blas

Renacimiento

10º Millar Madrid

Es propiedad de la autora.

Derechos de reproducción y traducción

reservados para todos los países,

comprendidos Suecia, Noruega y

Rusia.

Copyright 1920 by Concepción Espina

y Tagle.

Hechos los depósitos que marca la

Ley para las Repúblicas Americanas.

MADRID.—Imprenta de Miguel Albero.—Santa Engracia 155.

[Illustration]

I

EL SUEÑO DE LA HERMOSURA

VIBRA el soplo estridente de la máquina que desaloja vapor, cruje con

recio choque una portezuela, algunos pasos vigorosos repercuten en el

andén, silba un pito, tañe una campana, y el convoy trajina, resuella y

huye, dejando la pequeña estación muda y sola, con el ojo de su farol

vigilante encendido en la torva oscuridad de la noche.

El único viajero que ha subido en San Pedro de Oza es joven, ágil,

buen mozo; lleva un billete de segunda para Madrid, y, apenas salta al

vagón, acomoda su equipaje—una maleta y el portamantas—en la rejilla

del coche. Luego desciñe el tahalí que trae debajo del gabán y lo

asegura cuidadosamente en un rincón. Dentro de su escarcela de viaje

guarda Rogelio Terán—que así se llama el mozo—toda su fortuna: poco

dinero y hartas ilusiones; el manuscrito de una novela; un libro de

memorias con apuntes de peregrino artista, versos, postales y retratos.

Ocupan el departamento dos señoras. Al tenue claror que la lucecilla

del techo difunde, sólo se logra averiguar que entrambas duermen: la

una sentada a un extremo, con la cabeza envuelta en un abrigo que le

oculta la cara; tendida la otra en sosegada postura bajo la caricia

confortadora de un chal. Las dos permanecen ajenas al arribo del

nuevo viajero; las dos yacen con igual reposo y oscilan con el tren,

esfumadas en la penumbra del breve recinto, insensibles a la vida

maquinal del convoy, como los inanimados contornos de los almohadones

vacíos y los equipajes inertes.

Distrae el caballero unos minutos en cambiar el hongo por la gorra,

ceñirse una manta a las rodillas y limpiar los lentes con mucha pausa

y pulcritud. Luego previene un cigarrillo, le coloca en los labios con

esa petulancia habitual del fumador, y enciende una cerilla.

Mas antes de dar lumbre a su tabaco, inclina curioso el busto hacia la

dama, dormida enfrente, de la cual ya ha sorprendido un cándido perfil,

rodeado de cabellos oscuros, en el fonje lecho de la almohada. Con

más audaz resolución descubre ahora las hermosuras de aquel semblante

serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema

los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de

admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y

graciosas; párpados grandes y tersos; orla riza y doble de pestañas que

acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas

carnosas y rosadas; correcta la nariz y encendida la boca, y en las

sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen

sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona...

Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un

soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en

silencio:—¡Admirable!, ¡admirable!—Y se respalda en el sofá

escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida.

Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el

menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual,

entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con

impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce

misterio de aquella hermosa mujer...

El tren correo salió de La Coruña a las nueve de la noche; aunque estas

señoras procedan de la capital, ¿cómo a las diez y media se han rendido

ya tan profundamente a la pesadumbre del sueño? Parece que vinieran de

lejanos países, acosadas por la fatiga de muchas horas de insomnio...

¿Viajan las dos juntas?... ¿Las reune el acaso?... ¿Adónde van?...

¿Quiénes son?...

—Madre e hija—sospecha el curioso, pensando que una moza tan gentil

no anda bien sola por el mundo. Y saborea, con refinamiento exquisito,

la emoción de hallarse de repente, en un recodo de su inquieto

peregrinaje, al lado de una bella desconocida que, en la placidez de la

más absoluta confianza, rueda con él por un camino oscuro.

El peso voluptuoso de esta meditación inclina otra vez al viajero hacia

la joven.

—¿Soltera?... ¿Casada?...—murmura interiormente—. Soltera—concluye,

adivinando en las facciones suaves la pureza de la virginidad bajo la

gracia de la primera juventud—. ¡Si parece una niña!...

La contemplación se hace tan próxima, tan impulsiva y profunda; brilla

en los claros ojos varoniles un deseo de hurto, tan voraz, que la dama

_lo siente_, mortificador, al través del sueño; suspira, se impacienta,

parece que lucha con la imposibilidad de despertarse, y en voz chita,

con enojo y con mimo, protesta:

—¡Vaya!...

Iníciase a lo largo del confortable chal una rápida agitación, y, al

punto, la tan sutilmente importunada vuelve a quedar en serena actitud.

De su lindo rostro se ha borrado la repentina mueca infantil que lo

alteró un instante, y la sonrisa florece ahora más clara, más dulce,

mientras el atrevido admirador, replegado en su asiento con mesura, oye

confusamente la voz de la conciencia hidalga, reprobadora de apetitos

locos, y aun el aviso discreto de aquel adagio que dice:

_Un beso por sorpresa,_

_es una tontería del que besa._

Pero estos estímulos saludables de la prudencia y la honestidad no

penetran mucho en el ánimo del viajero, absorto en otras imprevistas

revelaciones.

La bella durmiente, al sacudir con disgusto su arrogante cabeza en la

almohada, ha dejado rodar sobre el cuello, libre y redondo, una roja

sarta de corales.

Y la tercera inclinación de Rogelio Terán hacia el encanto de aquella

mujer, es lúgubre y angustiosa: el hilo encarnado se aparece de pronto

en la dulzura morena de la piel como borde sangriento de una herida;

el semblante, al cambiar de postura, resalta más pálido, en escorzo

bajo la macilenta luz, con la aureola de cabellos brunos en rebelde

y hermosísimo desorden. Ha cambiado así tan de súbito el aspecto de

la viajera, que el asombrado mozo apenas la reconoce: tiene ahora una

belleza trágica, el desolado rostro de una víctima; parece que la

circuyen sombras de fatal predestinación.

De nuevo, muy de cerca, mas con respeto y solicitud, los zarcos ojos

miopes atisban el femenino perfil y sólo entonces aquella respiración

suave, aquella sonrisa difusa, devuelven al caballero la tranquilidad.

A este punto una nota blanca ha roto las sombras en el ángulo donde

la viajera apoya los pies, y el artista, triunfante en el abierto

campo de sus exploraciones, distingue una media inmaculada, ceñida a

un alto empeine en el escote del zapato de oreja, bordado y elegante,

nuevos motivos de asombro y cavilación: aquel collar, aquel zapato,

¿pertenecen a una bailarina que viaja en traje de luces, o a una señora

vestida de aldeana por capricho y con lujo?

La primera suposición parece más verosímil: quizá bajo la estameña

oscura del abrigo, un relámpago de falsa pedrería serpea entre livianos

tules en torno a la farandulera errante. De todas suertes, aquella

mujer no es, de seguro, una campesina auténtica viajando con el vestido

regional de Galicia. Cierto perfume señoril que de la ropa trasciende,

la finura del semblante, el pie lindo y curvado, la garganta mórbida y

dócil, sugieren la idea de una más noble calidad.

Feliz el caballero con esta certidumbre, se decide a proteger,

solícito, el confiado reposo de la dama. Y mirándola, en tan profundo

sosiego, recuerda haber leído, no sabe dónde, que sólo en la pujante

mocedad se duerme así, con absoluto abandono, con dulzura y pesadez, y

que a este primer descanso antes de las doce de la noche, por lo mucho

que repara y embellece, lo designó cierta famosa actriz con la frase de

_el sueño de la hermosura_.

Despiertas con esta membranza las más sutiles curiosidades del artista,

muerden la sombra queriendo descubrir cómo la gracia de aquel beleño

reparador presta a los músculos sedante laxitud, y, con una pincelada

invisible, extiende sobre el reposo de las facciones toda la infinita

serenidad de la belleza.

—_¡El sueño de la hermosura!_—corrobora el viajero, sumido en la

poética sugestión de la frase cuando, de pronto, sobrevienen el taque

brusco de una portezuela, el uniforme del revisor y unas palabras

requeridoras, con barruntos de cortesía:

—Buenas noches... ¿los billetes?...

Rogelio busca el suyo sin apartar los ojos del frontero sofá, y mira

atónito cómo la manta encubridora, estremecida por un tardo movimiento,

se yergue, resbala y descubre un peregrino traje de mujer, bajo cuyo

jubón de seda negra se solivia un gallardo busto, mientras una voz

insegura, blanca y musical, prorrumpe:

—¡Abuela, los billetes!...

Y el brazo primoroso de la joven se tiende hacia la dama oculta en el

rincón, la mueve, la despierta con mimo y la ayuda a desembarazarse de

ropas y envoltorios.

Surgen de ellos una cara senil y una mano rugosa; taladra el revisor

los cartoncillos, y se despide con otro portazo.

Los tres viajeros se miran de hito en hito, con vago asombro de las

dos señoras e interés creciente por parte de Terán, que se lanza a

la cumbre de las más arduas imaginaciones ante aquellas dos mujeres

tan distintas, ataviadas de igual manera exótica, unidas por cercano

parentesco, tal vez precipitadas por la suerte en idéntico destino...

Y, sin embargo, representan dos castas, dos épocas, dos civilizaciones.

En un momento, la perspicaz observación del novelista sorprende, separa

y define: la abuela es una tosca mujer del campo, una esclava del

terruño; tiene el ademán sumiso y torpe, la expresión estólida, y en la

tostada piel surcos y huellas de trabajo y dolor; diríase que la traen

cautiva, que unos grillos feudales la oprimen y torturan, que viene del

pasado, de la edad de las ciegas servidumbres, en tanto que la moza,

linda y elegante, acusa independencia y señorío: todo su porte bizarro

lleva el distintivo moderno de la gracia a la cultura. En esta niña el

traje campesino parece un disfraz caprichoso, mientras en la anciana

tiene un aire de rudeza y humildad, como librea de esclavitud.

Al discernir de una sola ojeada estas dos existencias, la percepción

delicada y pronta del artista advierte que aquellos ojos, súbitamente

abiertos ante él, le están mirando sin verle. Porque la vieja parece

azorada, distraída en el confín de un pensamiento remoto, del cual

extrae alguna razón muy turbia y difícil; mientras que en las pupilas

de la joven no ha despertado el alma todavía. Y una rara inquietud

acosa al mozo, aguardando que torne aquel espíritu ausente; que luzca

y se agite; que diga su linaje; que descubra algún florido secreto del

mundo interior donde se nutre y sueña. Crece tanto el ansia con que

Rogelio invoca a la dormida esencia de aquel sér, que al fin acude y se

despierta y mira desde los ojos flavos de la dama, sin comprender las

razones de tan extraña sugestión.

—Duerme, duerme otro rato—murmura la vieja, viendo a la muchacha

revolverse perezosa con los dedos entre los desmandados bucles.

—Sí; tengo mucho sueño... tengo frío...

—Te arroparé con la frisa.

Y la abuela, con gran solicitud, mueve las manos rudas para abrigar a

la joven, otra vez acostada en el sofá.

Cruza la niña sus pestañas dobles, suspira y se aquieta, alzando el

vuelo de la manta a la altura del rostro, como para recatarlo a las

voraces miradas del viajero: el alma dormida no llegó a despertarse

con toda lucidez en las pupilas soñolientas; si se asomó un momento,

requerida por el audaz reclamo de otro espíritu, cayó otra vez desde la

linde misteriosa en la región del sueño, en el profundo _sueño de la

hermosura_.

* * * * *

Así crece la noche, majestuosa y sombría. Rogelio Terán, acosado

por un enjambre de pensamientos, atisba el paisaje tras los vidrios

empañecidos por la escarcha: huyen los árboles y los montes, los

abismos y las cumbres, como un galope de tinieblas en los flancos de

la vía; tiemblan con agudo fulgor las estrellas lejanas en un cielo

inclemente, crudo y glacial.

Evoca el viajero las veces que se ha sentido, como en este instante,

impresionado por la belleza de una mujer. Y revolviendo las memorias de

su vida, halla en el fondo de cada galante recuerdo una lástima tierna

y aguda, una ardiente conmiseración hacia todas las bellas por él

adoradas un minuto, unas horas quizá, desde una ventanilla transitoria,

en la blandura de un carruaje, en la cubierta de un buque, al compás de

una danza, a los acordes místicos de un órgano... ¡En tantas ocasiones

era posible amar a una mujer!

Las amó a todas con alma de poeta y persiguió en cada una la sombra de

un misterio, el halo de un sacrificio, la huella de una pesadumbre.

Hijo de una desventurada, a quien vió llorar mucho y morir sonriendo en

plena juventud, padecía la obsesión de los dolores femeninos, como si

en su sangre latiera siempre el temblor de aquellas lágrimas queridas.

Muy sensible por esto, muy humano, ardía en amores vertidos con

suavidad infinita sobre las criaturas y las cosas bellas y humildes;

creyendo vislumbrar un arcano de tristeza detrás de cada hermosura de

mujer, sentíase atacado de melancolía al encuentro de una hermosa.

Jugaba al amor con timidez, en aventuras fugaces, buscando y huyendo

con sagrados terrores la grande y definitiva pasión de la juventud, la

raíz de la vida, recia y profunda, enhestada desde la tierra al cielo

como una llama, como un grito, como una corona. Quería vivir a flor

de pasiones, amándolo todo con el ímpetu de muchas piedades, cifradas

en el recuerdo de aquella sonrisa maternal que maduró con el reposo

codiciado de la muerte, pero sin esclavizarse a los latidos de un solo

corazón, porque amar al mundo entero era ya un triunfo hermoso del

sentimiento y de la bondad, y lanzarse al abismo del amor único, al

paso de una mujer, era enroscar el alma a la tremenda raiz, que lo

mismo puede erguirse al cielo como una corona victoriosa, que como un

grito lacerante, como una llama fatal.

Y este pavor augusto a la orilla de las grandes pasiones no carecía de

egoísmo y de pereza. Como un _dilettante_ del amor, pretendía Terán

embellecer su existencia con rasgos de Quijote, al estilo moderno, sin

lastimarse las manos señoriles, sin descomponer la gallarda postura

ni encadenar el voluble corazón. Hidalguía y curiosidad, émulas en el

carácter veleidoso de este hombre, se disputaban la victoria de los

sentidos bajo la guarda prudente de una equilibrada naturaleza y al

través de un temperamento de artista y de epicúreo. En tan complejo

bagaje sentimental no había una sola nota de bellaquería ejercitada ni

de daño propio; pero sí muchos versos ungidos de ternura al margen de

cada amor: de donde se infiere que el poeta andariego era más hidalgo

que curioso, más compasivo que sensual y más artista que mundano,

aunque tuviera mucha sed de novedades, sensaciones y aventuras...

Mientras avanza el ferrocarril al través de la noche, en pleno

interlunio, Rogelio Terán agita en la memoria el poso romántico de sus

añoranzas, y vuelve con frecuencia los ojos hacia la mocita dormilona,

que, inmóvil, trasunta la estatuaria rigidez de un velado cadáver.

Supone el viajero que no ha dejado de contemplar aquel perfil inerte,

cuando se despierta y mira el reloj. Son las tres de la mañana y el

tren se ha detenido ante un letrero que dice: «San Clodio». Aquí el

artista se incorpora, sacude el cansancio un minuto, y en pie detrás

de la portezuela, saluda con reverente pensamiento al peregrino autor

de las _Sonatas_, al poeta de _Flor de santidad_, cuya musa galante y

campesina trovó en estas silvestres espesuras páginas deleitosas.

Y cuando el tren arranca, jadeante y sonoro, Terán, invadido de sueño,

da una vuelta en los almohadones con el fastidio de hallarse mal a

gusto: guarda los lentes, se encasqueta la gorra, y refugiado en un

rincón procura olvidar a su vecina para dormirse, en tanto que la vieja

ha vuelto a desaparecer bajo la nube de sus tocas.

[Illustration]

[Illustration]

II

MARIFLOR

YA la sombra se repliega a los rincones del recinto, y se levanta

sobre el paisaje la peregrina claridad del amanecer, cuando Rogelio

siente una aguda atracción que le estimula y aturde, entre despierto

y dormido, llamándole con fuerza a la realidad desde el confín ignoto

de los sueños. Se endereza al punto, corrige su descuidada actitud, y

clava la ondulante memoria en el sofá de enfrente, murmurando con vivo

azoramiento:

—Buenos días.

Responde la dama al saludo matinal, y luego, pensativa, se pregunta

dónde ha oído una voz como aquélla; cuándo viajó, como ahora, con

un mozo rubio, de ojos azules, fino y elegante, que la miraba

mucho:—Nunca—se dice interiormente—; ¡lo he soñado!...

Al recordar que se despertó un momento antes, enfrente de aquel hombre

dormido, vacila entre la idea remota de haberle visto llegar o de haber

soñado que llegaba. Una rara inquietud la sobrecoge: toda la púrpura

de la sangre se agolpa bajo la tersa piel de sus mejillas; vuelve

los fugitivos ojos hacia la abuela, que aún duerme, y después, para

disimular la turbación, trata de bajar uno de los cristales del coche.

Le ayuda Terán, inmediatamente, pesaroso de haberse abandonado en

postura tal vez ridícula delante de la hermosa. Ella finge mucho

interés por el indeciso horizonte que clarea en la curva lejana de

las nubes con soñolienta luz. Y él, entretanto, examina afanoso aquel

traje, peculiar de un país que no conoce, aquella figura juvenil donde

reposa la belleza como en ánfora insigne.

Lleva la niña el clásico manteo, usual en varias regiones españolas:

falda de negro paño con orla recamada, abierta por detrás sobre

un refajo rojo, y encima del jubón un dengue oscuro guarnecido de

terciopelo; delantal de raso con adornos sutiles, gayas flores, aves,

aplicaciones pintorescas y dos cintas bordadas de letreros con borlas

en las puntas; y al busto, bajo la sarta de corales, un gualdo pañuelo

de seda, ornado también de primorosos dibujos.

Sobre aquel extraordinario golpe de telas joyantes y placenteros

matices, se alzaron para delicia de Terán dos manos lindas, azoradas

como palomas: querían componer unos rizos, mudar unos alfileres,

hurtar la sién a la intrusión huraña de los cabellos sublevados en

los azares de la noche; mas no lograron ninguno de estos propósitos,

y estremecidas de frío, trataron de cerrar otra vez la vidriera.

Interviene de nuevo Terán con galante premura, y después de algunas

frases de agrado y cortesía, los dos mozos se quedan frente a frente,

sentados y amigos, sonriendo con la franca expresión propia de su

vecindad y su juventud; ella, más propicia a responder que a preguntar,

dice que marcha a Astorga con la abuela para vivir en el campo hasta

que regrese su padre, el cual viaja con rumbo a la Argentina.

¿Que si es maragata? Sí: nació allá abajo, en Valdecruces, silencioso

rincón de Maragatería, pero no conoce el país; muy pequeña, la llevaron

a La Coruña y nunca volvió al pueblo natal, porque a su madre le

gustaba poco. Su madre era costanera, de una playa de Galicia, Bayona,

el vergel más hermoso del mundo... Y la viajera dilata la expresión

infantil de sus ojos garzos, con las plácidas señales de un recuerdo

que huye...

—Desde que mi madre murió—murmura—tampoco he vuelto allá. Todo me ha

sido adverso desde entonces—añade—: con ella se me fué la alegría, la

fortuna y hasta el mar y la tierra que yo quiero; hasta el traje y el

nombre que yo tuve...

—¡Cómo!... ¿De verdad?—inquiere el poeta, subyugado por la voz herida

que suena a cristal roto y que se apaga en el estrépito del tren.

—De verdad: mi padre perdió sus intereses en menos de un año, después

de vivir muchos con holgura, y se embarca pobre, soñando ganar dinero

para mí, enviándome lejos de mi costa, de mis campiñas, de mis

placeres...

—¿Y de un amor?—pregunta osado el mozo.

—De todos los amores—dice ella con negligente sonrisa—. Luego

contesta, amable, a muchas cosas que su interlocutor quiere averiguar:

Sí; ha cambiado de nombre. Se llamaba Florinda, pero la abuela dice que

en tierra de maragatos los nombres «finos» no se usan; que allí suelen

llamar a las mujeres «Marijuana», «Maripepa», «Marirrosa», y que deben

nombrarla _Mariflor_.

—¡Delicioso!—interrumpe Terán.

Lleva Florinda sus arreos de maragata, porque el traje de la región es

allí sagrado como un rito, pero no sufrirá la vida de los labradores

en toda su rudeza: ¡le han dicho que es tan triste! El animoso

emigrante ha podido librarla de aquel atroz cautiverio hasta que logre

llevársela consigo o asegurarle definitivamente la independencia.

—Mediante una boda—insinúa Terán con vaga pesadumbre, entre celoso

y compadecido, sin advertir que quiere penetrar muy de prisa en las

intimidades de la joven.

Ella no da importancia a la pregunta, y responde con sinceridad:

—Tal vez casándome sería muy feliz como mi madre, que vivió libre,

alegre y mimada; pero como el padre mío hay pocos hombres...

Quédase Florinda meditabunda, adormilados los ojos entre las pestañas,

triste soñadora del inseguro porvenir.

Terán la contempla conmovido ante la dulce ingenuidad que no se recela

ni ofende en aquel interrogatorio de todo punto inesperado: allí están

las íntimas confidencias que él acució unas horas antes, ambicioso y

febril, en las bellas pupilas asombradas de sueño; parece que bajo el

cutis delicado de la viajera se ven pasar las emociones, se sienten los

latidos cordiales de aquella vida, se oye el compás armonioso de aquel

espíritu, como si toda _Mariflor_ se convirtiera en alma de cristal que

vibrase en una voz apacible y se derramara en una sonrisa tenue.

El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de

improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la

conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de

aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se

ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo

legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado

en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen

guarda una trágica impresión.

Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club

Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de

las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo,

fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos

festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en

una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y

ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las

frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas

infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros

desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán,

donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de

hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos»,

Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones

de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como

esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el

trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de

abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava

intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez

miserable de la tierra...

Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y

el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y

triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo

como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de

Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y

sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de

dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el

amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades.

Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un

tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice:

—¡Es precioso el vestido de usted!...

—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha

gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que

yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque

así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme

otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en

llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted?

—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga _Mariflor_...

¿_Mariflor_, qué?

—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así.

—Serán todos parientes.

—Sí; se casan unos con otros, por lo general.

—A usted ya le tendrán destinado algún primito.

—Eso dicen.

—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán.

—Antonio Salvadores. Pero...

Este _pero_, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín,

desarruga el entrecejo del poeta.

—Pero, ¿qué?—interroga apremiante.

—Que sólo nos conocemos por fotografía.

—¿Y por cartas?

—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben.

—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho?

—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y

deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el

mozo no me gusta...

—¿Qué tipo tiene?

—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno,

colorado...

—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación.

—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que

finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en

tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade:

—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá

a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para

decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso...

—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven.

—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la

mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído

hacia la boca dulce que secretea:

—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las

bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque

raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró

en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone

a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras

relaciones.

—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular

su interés.

Pero _Mariflor_, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir

en los ojos la mirada, y murmura:

—¡No es mi ideal un comerciante!...

Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora,

averigua el poeta con cierta inquietud:

—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre?

Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y

contesta devota:

—La de marino.

Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma

de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de

algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se

abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos

cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace

enrojecer:

—¿Ha seguido usted alguna carrera?

Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice:

—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista:

forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas,

caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la

exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las

cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien,

el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor...

Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito

que _Mariflor_ exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos

humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases

ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un

tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en

las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a

sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud

hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron

en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción.

Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las

tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero

río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la

Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha

cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico

mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente

sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla;

resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre

impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el

astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima

de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y

vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró

en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo

que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de

púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero,

al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando

perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a

ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al

disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar,

cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y

por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el

cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un

herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios

resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza,

una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación:

diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales

ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el

mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve

y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla,

perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y

las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el

viento y por el sol.

[Illustration]

[Illustration]

III

DOS CAMINOS

SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan

natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las

confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases

la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la

tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.

Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de

Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo

en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista

alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con

los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no

parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana

ni por la galante actitud del caballero intruso.

Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con

la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el

intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas,

turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza.

Intervino graciosa _Mariflor_ entre la buena voluntad del artista y el

entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire:

—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda

la noche...

Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la

convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro,

permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo

viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha:

—¿Está sorda?

—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que

si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías.

El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los

ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el

silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren,

recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano.

Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le

inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de

amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza.

Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca

elocuencia de _Mariflor_, y auxiliado por la clave del sentimiento

que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada

y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud

de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar

en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo

el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su

historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con

urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con

avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no

volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy,

la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de

sugestión para el poeta.

Escuchó _Mariflor_ el fogoso relato crédula y maravillada, con los

ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel

señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con

una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos;

que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra

sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser

amigo de _Mariflor_; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella

muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña

estaba oyendo y contestando sin saber cómo!

En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas

y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de

la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos

almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con

lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio.

En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel

arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la

figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a _Mariflor_:

—¿Tienes hambre?

—¿Hambre?...

La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que

había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de

un esfuerzo, contestó ruborosa:

—No, abuela.

Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por

la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la

llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a

Valdecruces.

—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con

la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su

bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez

por la visión del misterioso porvenir:

—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol.

Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la

imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad

gris del páramo...

Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y

atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero;

y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje

otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas

raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada

a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la

anciana:

—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo _Mariflor_.

—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que

exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado?

—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías?

La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la

mano lentamente.

—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía.

Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a

contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el

austero y noble solar de León.

—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el

artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y

pensamientos.

—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que

sucede aquí.

—_¿El señor de Bembibre?_

—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad?

—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido,

contemplando a su amiga con beatitud.

El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse

otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas

de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz.

Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de

la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don

Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle

murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen

las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos,

plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés

acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece

escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre

lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los

caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la

Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes

de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y

los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico

perfume en la imaginación vagabunda de la viajera.

El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán,

mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste

como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo

sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de

los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones

feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el

poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con

reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias

anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al

reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo

monacal y las encomiendas de los Templarios...

Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor,

aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras,

cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones...

Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo

empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión;

y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy

confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos

hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo

ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de

curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una

frase cortés.

Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a

manos de su dueño... El dueño y _Mariflor_, cerrando con mutua mirada,

dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco

de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido

fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial;

tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que

faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la

necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor

de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras

no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes,

teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento.

—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán.

—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer.

—Yo le mandaré libros.

—¿Los que usted escribe?

—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere?

—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas

cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos...

—¿Y amoríos?

—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada.

—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura

«de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará?

La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha

y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y

ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando

éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella

intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba

confusión y asombro.

Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo

colocar las palabras y el vaso.

—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la

frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba.

_Mariflor_ y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia

la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a

sentarse al lado suyo.

El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la

vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando

la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad

hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don

muy valioso para tributárselo en ofrenda devota.

Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para

abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar

noticias de sus sensaciones.

En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso

de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz

amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior:

—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda

la noche...»

El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, _Mariflor_, muy

satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y

continúa:

—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes?

—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen

para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones.

—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los

leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo

por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí;

también su padre está en América...

—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe

una patria más ilustre.

—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar.

Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama:

—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico,

una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está!

El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación

el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta

absorta:

—¿Pero has estado allí?

—Estuve.

—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía.

—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre,

seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros

hijos ausentes... Tuve que ir por él.

—¿Era uno que se murió del pecho?

—Ese era.

Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente,

pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes

guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar

aquel grave dolor, explicando:

—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos.

—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en

el alma silenciosa de la infeliz mujer.

Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche;

abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil

se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron

sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al

poeta y a las maragatas en todo el camino.

Se lanzó el caballero a registrar su _Guía_ con una precipitación algo

alarmante, y advirtió pesaroso:

—Faltan dos estaciones para Astorga.

Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse

postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral

de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, _Mariflor_,

apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba:

—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?...

¿quieres?

El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales,

diciendo:

—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío.

Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió,

dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas

pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos

desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias

de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial,

fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas,

fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un

tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron,

entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas

en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán

Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida,

azorada, vergonzosa, lamentó:

—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir!

—Pero yo sé—dijo, arrulladora, _Mariflor_, deseando aceptar el

recuerdo.

—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale

las gracias.

Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la

vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al

caballero:

—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora...

—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de

Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la

incertidumbre con interrogación muda.

La Esfinge Maragata: Novela · 第 1 / 21 段