Horrorizado y tembloroso despertó el anciano, y lo primero que vio
fue a Cabrera durmiendo, tendido en el suelo boca arriba sobre una
manta, envuelto en su capa blanca y roja, la boina sobre los ojos para
resguardarlos de la luz. El secretario, con violenta postura, escribía
en la silla de tijera, y un ayudante que hacía cigarrillos sentado
en tierra, indicó a don Beltrán con un signo que evitase el ruido,
para no turbar el descanso del general, que se había dormido después
de salir el sol. A poco entró un ordenanza, y en voz muy baja dijo al
prócer que fuera le esperaba desde el amanecer un señor comandante
amigo suyo. Echose de la tienda don Beltrán, andando poco menos que a
gatas por la gran debilidad que sentía, y encontrose a Nelet sentadito
en una piedra, la cabeza entre las manos, el espinazo en violenta
curva, imagen de la melancolía negra o de la desesperación. Después
de tocarle en el hombro, el desmayado viejo encaminose a una cercana
tienda, de donde un penetrante olor de fritangas le llamaba con reclamo
irresistible. Tuvo la suerte de tropezarse allí con el teniente Pulpis,
que inspeccionaba las sartenes; pidió que le dieran de comer, aunque
solo fuera pan y cebolla, y obtenido algo más confortativo y suculento,
se puso a devorarlo mientras hablaba con Santapau, que se le arrimó al
instante con apetito de conversación.
—Hijo mío, te encuentro muy desmedrado. ¿Estás herido? ¿Has perdido tu
preciosa sangre en las acciones de estos días frente a los muros de
Gandesa?... ¿O es que te sobrevino algún disgusto, quizás otra jarana
con los _chicos de Lucifer_?
—No... a esos no les temo ya. Curado estoy del mal de demonios —replicó
Nelet suspirando, agobiado de tristeza—. Un saludador de mi pueblo me
ha dejado las cámaras interiores bien limpias de esas alimañas, con un
bebedizo que, por lo amargo, debe de estar hecho con la hiel de Judas.
Al decir de ese médico, los diablos huyen ahora de mí y se albergan en
los cuerpos de mis amigos.
—Cierto debe de ser eso —dijo Urdaneta haciendo por la vida con ansia
fisiológica—, porque anoche se han dignado visitarme esos mequetrefes,
y en ellos reconocí a los que contigo se divertían. Pues que ya
desalojaron tu interior, haz que abandonen también el de tu maestro,
que no gusto de tales inquilinos... Entiendo, por la murria que noto en
ti, que el desahucio no ha sido completo, y que algún intruso se quedó
trasconejado dentro de tu pobre humanidad.
—No es murria de diablura la que tengo, sino de conciencia, y tan grave
y honda, que anoche faltó poco para que pusiera fin a mi vida. Suspendí
el dispararme por esperar a consulta con usted acerca del caso que me
anonada, caso tremendo de los que no tienen solución.
—¿Qué sabes tú si yo la encontraré? Déjame que coma un poco más de
este guisado de cabra que me da la vida, y me fortalece el magín
para evacuar consultas... Come algo, hijo, que del alimento corpóreo
se nutre también y conforta lo más espiritual de nuestro ser: la
conciencia.
—Las hambres de la conciencia no se aplacan sino echándole la propia
carne para que se la coma...
—Cuéntame, cuéntame pronto, y veré la causa de tu aflicción.
—Acabe usted y salgamos de aquí. Vámonos a donde no haya personas que
vean y oigan. El oído y el ver humanos me dan tanto enojo, que a todo
el mundo dejaría ciego y mudo. Solo Dios debe ver, y solo deben sonar
las tempestades, que son su voz.
—Hijo, poético estás y lúgubremente metafórico... solo que tus imágenes
son de un cuño que está ya mandado recoger por anticuado y candoroso.
Ea, terminó mi almuerzo, que por el hambre que tenía me ha resultado
opíparo. Vamos a donde quieras.
Llevole Nelet a un ejido donde estaban herrando caballos, y allí,
entre relinchos, aún mejor sonantes que las palabrotas de mariscales y
soldados, refirió el caso que tan hondamente le perturbaba.
—La malhadada acción de Gandesa —dijo— la perdimos porque, en lo mejor
del combate, muchos de nuestros hombres fueron atacados repentinamente
de un mal de estómago, por haber bebido en charcos corruptos, y con
fieros retortijones caían muertos. Mi regimiento fue de los que más
sufrieron de este maleficio. Creían mis soldados que el enemigo había
envenenado las aguas..., les entró el pánico... Entre el físico y
yo quisimos convencerles de que la ponzoña era natural en aquellas
estancadas lagunas... Para abreviar: enfermos y desalentados nos
batimos en guerrillas en todo el flanco derecho. Nogueras embistió
el centro. Vi que flaqueaban; apretamos más y más, perdiendo gente y
ganando terreno; hice lo que pude, más de lo que podíamos y debíamos,
hasta que Cabrera nos mandó retirar. Hícelo yo con un orden perfecto,
pues conozco como los dedos de mis manos todos los caminos, atajos y
veredas que rodean al pueblo donde nací. Ninguna fuerza cristina me
atacó en mi retirada, que hice vadeando el río y tomando la vuelta
de Algás. No habíamos andado legua y media, cuando sorprendimos y
copamos unos veinte hombres cristinos que al parecer habían salido
de descubierta. Tan torpes andaban y tan ignorantes del terreno, que
se nos vinieron a la mano en sitio donde no podían escapar. Algunos,
arrojando las armas, emprendieron la fuga con pies ligeros; pero mis
tiradores no tardaron en cazarles: solo dos piezas perdimos. Los otros
se nos entregaron como borregos atontados, pidiéndonos misericordia.
«¿Qué hacemos, mi comandante? ¿Les fusilamos, o qué? Nos da el corazón
que estos andaban por aquí envenenando todo el río...». Respondí que
bueno... Yo me sentía un poco emponzoñado... Estaba furioso..., echaba
fuego de todo mi cuerpo... Por ahorrar cartuchos, mi gente les iba
despachando a bayonetazos... Yo no sé, amigo don Beltrán, por qué
me entró aquel día tal furor de matanza. Demonios no llevaba dentro
de mí; pero sí un amargor que me irritaba, que me volvía feroz. Por
la mañana había tomado el brebaje de que antes hablé... me escocía
horriblemente el cuerpo. Las moscas que se cebaban en mi pobre caballo,
me tenían loco con sus furiosas picaduras. Y además, yo sudaba...,
¿cómo diré?, a mares, un sudor amargo y venenoso, según creo, y mosca
que me picaba, moría. Mas eran tantas, que hube de apearme por huir de
ellas... Mientras mis soldados exterminaban hombres, yo daba vueltas
a pie por entre vivos, muertos y a medio morir; y en esto vi a un
cristino tumbado contra un árbol, herido ya... No sé por qué me dio el
arrechucho de atravesarle con mi espada... le tomé por una mosca, o por
el padre de todas las moscas... Apenas retiraba de su costado izquierdo
mi espada, me asaltó una idea... si, era una idea. ¿Qué vi yo en la
cara y en los ojos de aquel hombre? ¿Qué vi para lanzar un alarido,
pues alarido de rabia y dolor fue la pregunta que le hice? «¿Eres tú
Francisco Luco?». Lo pregunté dos veces, y él respondió que sí con la
cabeza, moviéndola de golpe..., así... Con la cabeza dijo que sí, y
también con los ojos al mirarme; mas con la boca no dijo nada, porque
entre el intento y la palabra se metió la muerte.
—¡Dios nos tenga de su mano! —exclamó Urdaneta, desahogando su pena con
un gran suspiro.
—Dígame usted ahora si habiendo dado muerte con tan estúpida crueldad
al hermano de la que adoro, puede haber consuelo para mí. ¿No debo
desear que se abra la tierra y me trague? ¿Para qué está ya Manuel
Santapau en el mundo?
—Poco a poco..., no hay que perder la serenidad. Primero, pudo haber
error. Al dar el hombre esa fuerte cabezada, como dices, quizás no fue
su ánimo responder a tu pregunta... Aquel movimiento debió de ser la
tensión de músculos, propia del morir...
—¿Y la semejanza con su hermana? ¡Si era su propio rostro! Los ojos, en
la mirada que me echó, pareciéronme los ojos de Marcela.
—Tampoco eso prueba nada. O pudo ser un parecido casual, o no había
tal semejanza más que en tu imaginación excitada por el combate, por
las preocupaciones, por el brebaje, y... por las moscas. ¡Y quién
sabe, quién sabe, querido Nelet, si en esa tragedia habrán tenido
alguna parte _los chicos de Luzbel_, valiéndose de un cubileteo, de una
simulación de rostros para trastornarte! Aquí donde me ves, influido
sin duda por el ambiente que respiro, por el aspecto romántico del
país, voy creyendo en la realidad de las travesuras diabólicas, de que
antes me reía... Y, ¡qué diantre!, atenúa mucho tu responsabilidad
el haber sido cosa repentina, imprevista, como accidente de una
batalla... La ocasión, la ley de represalias, que no puedes eludir como
subordinado de Cabrera, te disculpa en cierto modo...
—No, no: mi conciencia no lo cree así... Mi conciencia se ha vuelto
muy rígida, muy exigente y escrupulosa... Natural es que el amigo y
maestro quiera consolarme... Pero no hay consuelo para mí. He cometido
un verdadero parricidio. El querer matarme ahora, ¿qué es, señor mío,
más que el afán de huir de mí, por el horror que me causo?
—Calma, juicio, reflexión... —dijo el maestro desalentado, mas
queriendo disimular su pesadumbre—. Repentino y fulminante parece tu
mal de conciencia; pero no faltará remedio para él: yo te lo fío, yo te
lo aseguro... Has de prometerme no tomar ninguna resolución airada, y
oírme y consultarme en todo, que si experto soy en amores, no me faltan
luces ni conocimientos para los casos más graves de conciencia turbada.
Déjalo a mi cargo. Descansa en mi autoridad, triste ciencia de los
años...
Como a continuación expresara el ladino viejo la idea de que bien podía
Marcela ignorar siempre quién había sido el matador de su hermano, se
remontó Nelet de la tristeza lúgubre a la ira, diciendo:
—¿Cree usted que con esta cara puedo yo presentarme a ella y guardar
el secreto de mi crimen? En el estado de mi conciencia, es imposible
el disimulo, porque mi cara, mis ojos llevan retratado el crimen que
cometí. En mis pupilas verá Marcela la imagen de su hermano moribundo,
respondiéndome _sí_ con la cabeza. Si usted me aconseja que le oculte
la verdad, no es usted tan completo caballero como creí: no, no lo es.
—Te perdono tus dudas acerca de mi caballerosidad. Tú no estás
bueno, querido Nelet... En cuanto a que declares, a que confieses tu
crimen, admito y apruebo que lo hagas; pero solo en el tribunal de la
penitencia. No veo por qué motivo ha de ser Marcela tu confesor...
—Sí lo es..., debe serlo, y yo quiero que lo sea —gritó Nelet.
—No grites, por Dios...
—O me mato para callar, o vivo para confesarme con ella.
—Pues colocada la cuestión entre los términos de ese terrible dilema,
decido, ea, que vivas y confieses.
—¡A ella! Este fuego que ahora prende en mi conciencia y que me está
quemando cuerpo y alma, no se aplaca más que con la verdad... Luego,
que sea de mí lo que Dios quiera.
Con la idea de calmarle, fingió don Beltrán asentir a lo que Santapau
decía: confiaba que el descanso, el sueño, las obligaciones militares,
el roce con sus compañeros, le traerían pronto a la vida normal y al
equilibrio de su mente. Procuró distraerle, hablándole de diversos
asuntos, y después de contarle con pintoresco estilo, no exento de
gracejo, la escena de su interrumpido suplicio en Rosell, le notificó
que Cabrera, con benignidad increíble, le había levantado la sentencia
de rehenes, y que confiaba obtener pronto su libertad.
Tuvo esta palabra la virtud de animar un poco al atribulado Nelet.
—¡Libertad! —exclamó—. Yo también quiero ser libre... ¡Muerte y
libertad! ¿No es cierto que la conciencia oprime? Pues hay que matar al
déspota, como dicen los patriotas y jacobinos..., matar al tirano para
ser libre. Por eso digo yo: «Muramos, libertémonos».