Volviendo a ocupar su silla, acarició con movimiento maquinal los
papeles que en la otra tenía, alumbrados por el mustio farol. Don
Beltrán, sin cambiar de postura, flemático y perezoso, siguió
manifestando al caudillo apreciaciones que creía interesantes. Por lo
que había oído en Medina y Villarcayo, por algo que pudo descubrir
conversando con su grande amigo don Baldomero Espartero, los tratos
para buscar fórmula de paz no habían cesado desde el principio de a
guerra. Proposiciones se hicieron a Zumalacárregui, proposiciones a
Maroto, y el mismo Cabrera no habría estado libre de que en su oído se
murmuraran palabras tentadoras...
—A mí no, a mí no —dijo prontamente el _leopardo_—. Ya saben que
mandaría fusilar al que me trajera recaditos de doña Cristina o del rey
napolitano.
—Del rey de Nápoles, a quien entiendo yo que no debemos la invención de
la pólvora, es agente oficioso el tal Rapella. Anda también en estos
tratos y trotes un legitimista francés, marqués de no sé cuántos.
—No es marqués, sino barón..., y ha entrado en España con el supuesto
apellido de Neuillet. Me da en la nariz que el nombre de Rapella es
también falso, y que bajo él se esconde un correveidile de Cristina,
maestro en intrigas, que en Madrid era conocido por marqués de Lagrua.
Insistió Urdaneta en que no podía dar ninguna luz sobre esto, pues
no se había echado a la cara al tal don Aníbal hasta su paso por
Fuentes de Ebro, y de él no tenía más noticias que las anteriormente
comunicadas. Asimismo ignoraba si el siciliano se había visto con
Borso; pero Cabrera le sacó de dudas, afirmando que tres días
permaneció aquel en Castellón en compañía del general y de un italiano
llamado Cialdini, embarcándose después para Marsella.
—Le tengo a usted por un caballero —añadió don Ramón con cierta
solemnidad, después de larga meditación—, y estoy con...vencido de que
me ha dicho todo lo que sabe. Sus opiniones parécenme muy bien fundadas.
Algo más dijo el _leopardo_; pero don Beltrán, que ya venía dando
fuertes cabezadas, hundió al fin la barba en el pecho, y cogió un sueño
profundo, que por causa de la mala postura había de ser breve.
—Sí, sí: duérmase usted, amigo mío —murmuró el general con lástima—,
que bien necesitado está de descanso. Le envidio su facilidad para el
sueño.
Y cogió de la mesa-silla, ávido de nueva lectura, la carta que desde
Sangüesa le había escrito Arias Teijeiro. De aquellas apretadas
líneas de menuda letra española, provenían sus inquietudes y
desvelos. Informábale con prolijas referencias su amigo, principal
figura en la camarilla del pretendiente, de que la magna expedición
al mando del propio rey había partido de Navarra el 17 con dieciséis
batallones, nueve escuadrones, el estandarte de la Generalísima y su
lucida escolta, y un inmenso bagaje, como correspondía al sinnúmero de
funcionarios de corte y administración que acompañar debían a la Real
persona.
—Le tengo por un gran farsante —dijo don Beltrán despertando
súbitamente—. ¡Ah... mi general! ¿No me preguntaba usted su opinión
sobre ese Rapella? Opino que el ir a Marsella es para ganar más
fácilmente la frontera de Navarra y agregarse al llamado Cuartel Real.
—Así es, en efecto. Viene en la expedición magna.
—Pero ¿qué es eso? ¿Se lanza don Carlos a una correría como las de
Gómez, Batanero y don Basilio?
—No sé... Eso se dice... Allá veremos.
Siguió pensando el _leopardo_ en lo que la carta decía, y comentando
con interno juicio las noticias de ella. Traducida con la posible
fidelidad la expresión muda de su pensamiento en valenciano, resulta
_mutatis mutandis_:
—¡_Pacho_, con la impedimenta que nos traen! La caterva de
empleaduchos, la taifa de gente allegadiza que quiere comer a costa
nuestra! ¡Vaya una plaga, ¡_pacho_! Aquí nos vemos y nos deseamos
para poder vivir... En país esquilmado..., apenas hay raciones para
mal comer... y ahora nos viene encima esa nube. Tenemos un rey que
sabe tanto de guerra como yo de afeitar ranas. ¿Por qué no se estará
quietecito en su corte esperando a que le hagamos rey de todas las
Españas?... ¡Y que se trae unos consejeros y unos ministros que no
tienen precio para ayudar a misa, para pegar botones o cepillar la
ropa! Vendrán de generales el tontaina de don Sebastián, el buey
cansino de González Moreno y el bribón de Gómez, a quien yo pondría de
capataz de un presidio, que es lo único para que sirve... Duérmase de
una vez, don Beltrán, que aquí no gastamos etiquetas. Me da pena verle
luchar con el sueño.
—Es que..., verá usted..., decía yo que indudablemente hay tratos
y contubernios entre _Palacio_ y ese..., ¿cómo le llaman? Ya no
me acuerdo... El rey, hombre..., Felipe V..., digo, Carlos... La
reina, que no perdona lo de La Granja, parece que no quiere nada con
liberales... Luis Felipe desea que se acabe la guerra de cualquier
modo, por creerla un peligro..., y la cuádruple alianza..., sí, señor,
la cuádruple...
—A dormir... Tenga usted este lío de mantas para que descanse la cabeza.
—Muchas gracias, querido Nelet.... digo, no, señor don Ramón V... El
sueño me rinde, me trastorna... Gracias.
Sin poder apartar de su mente las ideas que le atormentaban, Cabrera
se paseó en el estrecho espacio de la tienda, embozado en su capa
blanca. No se conformaba con que el Ejército Real, mal organizado y
pésimamente dirigido, viniese a compartir con él el dominio en la
región valenciana. Recordaba sus desavenencias con Gómez, por cuál
mandaba más. Cierto que al rey no podía disputársele la supremacía.
Aunque incapaz para la guerra y para el gobierno, era el rey, por
divino mandato, la sacra bandera, el símbolo de la Causa; y de la
regia persona, absolutamente inepta para todo, provenía la fuerza
moral de las cohortes del absolutismo. No había, pues, más remedio que
cargar con el ídolo, aunque este fuera una de las obras más burdas
del fetichismo dominante. ¡Y por semejante figurón, hecho al modo
de las imágenes vestidas, que por dentro no son más que una armazón
de madera tosca, se peleaban tantos hombres valientes, y se vertían
ríos de noble sangre!... Claro que todo se hacía por _la idea_. El
grosero ídolo era una idea. Por ella combatían fieramente los de acá,
mientras los defensores de la idea contraria cifraban su valor en
la adoración de una linda muñeca... En suma: lo que ponía en grande
irritación al caudillo del Maestrazgo era que se había de convertir
en auxiliar y mequetrefe del Ejército Real en cuanto este pasase el
Ebro. Las operaciones ya no serían suyas: tendría que subordinarlas a
lo que dispusiese cualquiera de los reverendos sacristanes que venían
agregados al santón del absolutismo...
Verdad que la carta de Arias Teijeiro no escatimaba las lisonjas
al héroe del Maestrazgo. En el Cuartel Real se le tenía por un
estratégico de primer orden, firme columna de la Causa, y el soberano
deseaba ocasión de mostrarle personalmente su real aprecio. Pero tras
estos inciensos venían anuncios de resoluciones que desagradaban
al _leopardo_. La expedición real, a la que se uniría Cabrera para
engrosarla y fortalecerla, llegaría con la ayuda de Dios hasta el
propio Madrid, y entraría en la capital de la monarquía _sin disparar
un tiro_.
Esto de rematar la campaña sin combatir sacaba de quicio al ardiente
Cabrera. Todo lo que no fuese ganar a sangre y fuego el triunfo de la
Causa, pugnaba con su temperamento batallador, con su corazón fiero y,
¿por qué no decirlo?, noble. Los arreglos por concesiones recíprocas de
mercedes, o por casorios y pactos de familia, le olían a podredumbre.
Tan viles eran los unos como los otros si a ello se prestaban. Uno de
los dos rivales debía perecer: eso de que vivieran y triunfaran los
dos, partiéndose la torta disputada, no se acomodaba a su lógica ruda,
ni a su primitivo y elemental criterio de cosas políticas. ¡Entrar en
Madrid unos y otros con _sus manos lavadas_! ¡Ah, _pacho_, y reconocer
a doña Cristina y a don Carlos como _reyes padres_, los dos en igual
categoría dinástica... y ver a los nenes asistidos de un consejo mixto,
y apoyados por un ejército mixto o mestizo!... Y en tanto, ¿qué se
haría de las ideas? Pues juntarlas todas en una redoma para sacar otra
mezcla indecente, que no serviría para nada. ¡Libertad y absolutismo
desleídos en agua, _según arte_! ¡Rey y pueblo abrazaditos!...
¡Religión y ateísmo en una pieza, _pacho_!
Colmaba la indignación del general esta frasecilla de la carta: «Aún
no puedo ser muy explícito, mi querido don Ramón. Solo me permitiré
anticiparle que las bases de un arreglo decoroso están sentadas por
manos muy peritas, y que no veo lejano el día glorioso en que podamos
descansar de nuestra ruda campaña, viendo triunfante lo más esencial
de nuestra doctrina». ¡Descansar! ¡Si él no quería más descanso que
reventar combatiendo!... La gentuza civil, la patulea de holgazanes y
vividores que acudían a la Causa como las moscas al panal, era la que
anhelaba el descanso de la paz, para chupar a sus anchas, repartiéndose
el momio de los destinos. Ese descanso de lo civil era el militar
vilipendio, y él no..., él no quería descanso sin honra, sino honra con
cansancio.
A esto llegaba, cuando despertó el noble caballero sobresaltado, con
ahogos de pesadilla. Soñó que le sacaban al cuadro para fusilarle, que
le ponían de rodillas y le vendaban los ojos... «¡Al corazón, hijos
míos, al corazón! No me hagáis padecer», murmuraba sin abrir los ojos;
y cuando los abrió, reconociéndose despierto, pidió perdón al general:
—No me haga usted caso. Estoy fatigadísimo, y si aquí molesto, me
saldré a dormir en campo raso.
—No, no; quédese aquí. Le diré, para su tranquilidad, que ya está libre
de la sentencia de rehenes. Aunque allá fusilen media aristocracia, la
vida de usted en mi poder no corre peligro. Rehenes por gente civil, no
me convienen.
—No sé con qué palabras expresar a usted mi agradecimiento por su
magnanimidad —dijo Urdaneta conmovido—. ¿De modo que estoy libre...?
—Libre no. Aún será usted mi prisionero por una temporada. Puede que le
necesite, por su gran conocimiento de cortesanías y politiquerías de
Madrid... y de toda la morralla civil. Tenga un poco de paciencia, y
por de pronto duerma en mi tienda todo lo que el cuerpo le pida.
—Me pide mucho, general... Traigo un atraso horroroso en el dormir. Lo
menos me debe a mí el sueño cuatro noches. Figúrese..., a mi edad.
Ayudado de aquel sosiego que las últimas palabras de Cabrera dieron a
su espíritu, cogió don Beltrán el sueño, quedándose en él con profunda
quietud hasta muy avanzado el día; pero cuando ya su cuerpo hubo
recibido la reparación de que estaba tan necesitado, el cerebro se
soliviantó, dándose a los sueños extravagantes. Después de mil visiones
vagas, indefinibles, viose atormentado por seres malignos y traviesos
que le traían y llevaban sin ningún respeto a su nobleza y ancianidad.
Eran, sin duda, los familiares demonios de Nelet, que, por contagio
de la amistad, pasado se habían del joven al viejo, del creyente
al incrédulo. En medio de la turbación del soñar, su razón siempre
vigilante le decía: «De esto tiene la culpa Santapau, por contarte
sus diabólicas aventuras con tantos pelos y señales». Ello es que la
infernal cuadrilla cogió por su cuenta al señor de Albalate, y de un
vuelo me le transportó a Cintruénigo, donde vio a doña Juana Teresa
ahechando trigo, y a Rodriguito con la pluma tras de la oreja contando
los garbanzos que se habían de echar al puchero. Visto esto, volvieron
los diablillos a cogerle por los sobacos o por el cogote (no estaba
bien seguro) y le llevaron a la cima del Moncayo; de allí a Veruela, y
metiéndole por un subterráneo, le arrastraron hasta salir al castillo
de Loarre en tierra de Huesca. Entretuviéronse en jugar con él a la
pelota, lanzándole de un torreón a otro, y después le llevaron, cogido
por las orejas, a la sierra de Guara, desde cuyas cumbres le mostraron
todo el territorio del antiguo reino de Sobrarbe, diciéndole... Pero de
lo que decían no pudo enterarse bien. Despertó con el cuello dolorido,
y viendo la necedad de su ilusión, requirió nuevamente el sueño,
tomando mejor postura.
No debía despertar el noble señor sin que su turbado cerebro se lanzara
a mayores travesuras, sucediendo a las imágenes de un orden bufonesco
otras de carácter lúgubre y penoso. Tan claramente como se ven cosas
y personas en la realidad, vio a Nelet, que, asistido de unos cuantos
facciosos con rabo (por donde se colegía su calidad demoniaca),
crucificaba a un hombre, clavándole en un largo madero. El hombre, que
debía de ser un bendito, se dejaba crucificar risueño, diciendo a su
verdugo: «¡_Pacho_!, no sabes lo que haces». Largo tiempo, si es que la
lentitud o rapidez de este son apreciables en una pesadilla, atormentó
al soñador la visión espantosa, que terminaba y se reproducía como el
ensayo de una escena teatral. El propio don Beltrán, angustiado, quiso
más de una vez gritar a su discípulo: «¡_Pacho_!, no sabes lo que
haces». Pero no podía... ¡Vive Dios, que no podía!... Las palabras se
le pegaban al cielo de la boca cual si fueran obleas.