XXVIII

Con sutil ingenio trató de hacerle ver don Beltrán lo disparatado de

aquel conceptismo, dando su verdadero valor a las ideas de libertad y

muerte, harto graves ambas para ser tratadas en estilo de madrigal,

y en estas y otras charlas llegó la hora de partida, dispuesta

repentinamente por Cabrera cuando con más descuido saboreaban todos el

descanso después de tantas fatigas. ¡En marcha! ¡A correr, a combatir!

¿A dónde iban? Cabrera no acostumbraba decirlo, y marchando al frente

de sus tropas les señalaba el camino. Agregose don Beltrán en un

caballejo que le proporcionó su amigo Putxet, y entre este, que hablaba

por los codos, y Santapau, que parecía privado del don de la palabra,

emprendió la caminata por un sendero ingrato y polvoroso. Y por Dios,

que ya se cansaba el buen señor de tanto ajetreo; sus huesos le pedían

descanso; quizás en el nuevo estilo de Nelet, le decían: «Libertad,

muerte». Gracias a su vigorosa fibra, a su carácter jovial y un tanto

aventurero, podía resistir los molimientos y privaciones inherentes a

la vida militar; y cuando el cansancio físico parecía irresistible,

su imaginación, reverdecida en lo juvenil, le deparaba algún nuevo

estímulo para proseguir en la carrera. Por dicha suya, o por desgracia,

que esto es dudoso, ante su vejez declinante no se cerraban nunca los

horizontes.

Grande fue el disgusto del prócer en aquel camino, viendo que Nelet,

sin mejorar de su desazón espiritual, decaía visiblemente, como

atacado de un mal físico grave. A media tarde observó su amigo en

él fiebre intensísima; al anochecer, entrando en Arenys de Lledó,

cayose el comandante del caballo. Recogiéronle como cuerpo muerto y le

arrimaron a una pared, en tanto que Urdaneta, consternado de ver a su

discípulo en tan mala disposición, se determinó a manifestar al general

la imposibilidad en que aquel se hallaba de continuar su marcha.

En la casa del cura, donde tenía su alojamiento, recibiole Cabrera

malhumorado, revelando en su ceñudo rostro que no se había podido

escoger peor ocasión para pedirle favores. Mas el intrépido aragonés, a

quien no acobardaban entrecejos, no solo pidió que Santapau fuera dado

de baja por enfermo grave, y quedase hasta su restablecimiento en aquel

pueblo, donde tenía familia, sino que se arrancó a solicitar que a él

se le permitiese también permanecer allí para asistirle. Observando en

Cabrera el centelleo de los ojos, el bilioso color tirando a verde, y

la inquietud _leopardina_ con que se paseaba de un ángulo a otro de

la jaula, creyó que a cajas destempladas le despediría, sin acceder a

sus peticiones. Mas no fue así: como un hombre afanado que aparta su

atención de las cosas menudas para aplicarla por entero a las grandes,

Cabrera le manifestó que tanto él (don Beltrán) como Santapau se

fueran... a cualquier parte, o _mucho con Dios_, pues ninguno de los

dos le hacía falta para nada.

—Usted, señor de Urdaneta —le dijo, plantándose ante él—, está libre,

y puede volverse a sus estados de Aragón. Para rehenes no me dan juego

los aristócratas, y para prisioneros me convienen los que trabajan

y toman las armas. No es desprecio, señor... En cuanto a Santapau,

que se me presente así que esté curado, y si no cura y se muere,

Dios le perdone... Puede usted retirarse. Quizás no nos veamos más,

porque usted es muy viejo, y yo, aunque joven, moriré pronto... de un

berrinche... Adiós.

Retirose agradecido el señor de Albalate, y Cabrera celebró consejo

para someter a la deliberación de unos cuantos individuos, clérigos la

mayor parte, el asunto que revestir quería de autoridad consultiva,

conforme a las fórmulas de gobierno impuestas por don Carlos. No

estorbaba tal trámite al caudillo del Maestrazgo, que sabía cubrir

el expediente de _oír_ a los señores, y, afectando respeto a sus

dictámenes, hacía después lo que le daba la gana. Los consejeros

quedaban muy satisfechos, creyéndose ruedas indispensables de la

máquina administrativa, y si algunos pudieron entrever que en el

gobierno de aquella región no eran más que figuras de adorno,

churrigueresco por añadidura, se consolaban con la risueña esperanza

de obtener plaza en _la audiencia de ministros_ de Valencia, o en el

Consejo y Cámara de Castilla, el día del triunfo. Al salir de la visita

al general, se cruzó don Beltrán con los consejeros que entraban, y sin

dársele un ardite de aquella farsa, no pensó más que en la obligación

de alojar a su amigo enfermo, para lo cual lo primero que hizo fue

buscar a los parientes que tenía Nelet en Lledó; pero como estos no

parecían ni nadie daba razón de dónde habían ido a parar, no hubo más

remedio que acomodarse en alguna de las casas donde, mediante pago,

se les brindaba regular albergue. Eligió don Beltrán, por despejado y

saludable, un _mas_ a la entrada del pueblo, con casa vieja y grandona

entre arboledas. El _masovero_ era un viejo catalán, asistido de dos

nietas guapas, la una más que la otra, y ambas obsequiosas, atentas,

un poquito redichas y algo coquetas, razón por la cual la tal familia

se le entró a don Beltrán por el ojo derecho. Dieron al enfermo un

cuarto alto de la casa, con mediano lecho, y al caballero anciano otro

contiguo, donde había simientes y colgaderos de hierbas en manojos

puestas a secar. No le pareció mal su residencia, a pesar de la dureza

de la cama que a las piedras igualaba, y habría vivido allí muy gozoso

si el mal cariz de la dolencia de su amigo no le tuviera en tan grande

sobresalto.

Pasó Nelet la primera noche en un estado que a su maestro le pareció

gravísimo, con fiebre muy alta, delirio y agotamiento de fuerzas.

Al día siguiente amaneció con una fuerte erupción en toda la cara y

parte del cuerpo, como si le hubieran picado abejas. Don Beltrán no

se apartaba de su lecho ni de día ni de noche, atento a cuidarle con

ayuda del _masovero_, hombre tan bondadoso como amañado, y de sus

nietas, más amañadas aún para todo lo doméstico. Como en el pueblo no

había médico, ni siquiera albéitar, entre don Beltrán y _Chimeta_ (que

así se llamaba la mayor de las muchachas, y al propio tiempo la más

bonita y dispuesta), celebrando frecuentes consultas, diagnosticaron

y prescribieron lo que les dio la gana, determinándose por el sistema

expectante, el más fácil y barato, y tal vez el más científico.

Quietud, limpieza y frecuentes tomas de agua bien endulzada, fueron la

única terapéutica en los ocho días que duró la gravedad de Nelet, y

en que los brotes de la cara tomaron un aspecto por demás alarmante.

Según el _masovero_, no era caso de viruelas, que él conocía muy

bien por haberlas visto más de una vez en su familia; era tan solo

un hervor de sangre motivado de _berrinche suspenso_, es decir, de

una sofoquina que por prudencia no había salido del cuerpo. Decía que

no hay cosa más mala que enfadarse en día de calor y no desfogar la

rabia con palos o bofetones. El que tal hace, lo paga con la salud y

a veces con la vida. Sucedieron a los ocho días de gravedad otros

ocho en que cedió la erupción, resolviéndose en muda de la epidermis;

desapareció la fiebre, y el enfermo pudo tomar alimento, aunque

siempre con repugnancia. Su inteligencia, completamente oscurecida

en aquel período, revelaba una honda crisis: su palabra era torpe,

cansada, regañona. Tanto don Beltrán como _Chimeta_, persistiendo en

la puntual asistencia, se confirmaron en la superioridad incontestable

del tratamiento acuático, sin mezcla de ninguna droga, y proclamáronse

curanderos de primer orden, capaces de ejercer el arte con no poca

fama y provecho. Era _Chimeta_ muy graciosa, y a don Beltrán se le

caía la baba oyéndola bromear y reír por cualquier fútil motivo. En

su aturdimiento senil, olvidado ya del trance terrible de Rosell y de

los actos de arrepentimiento con que allí limpió su conciencia, se le

reverdecieron las aficiones de toda la vida, y su habitual culto del

bello sexo encontraba ante aquella sencilla y tosca ninfa ocasiones de

gran lucimiento. Para ella era un deleite novísimo oír los galanteos

refinados, y hasta cierto punto paternales, del señor de Urdaneta, y

a él se le refrescaba el alma, se le avispaba el entendimiento, se

le aliviaba el peso de los años. Todo era inocente, madrigalesco,

puro juego de frases agudas untaditas de miel: sobresalían en él las

buenas maneras y el propósito, casi siempre logrado, de no caer en lo

ridículo; en ella se veía la mujercita exuberante de vida que quiere

adquirir soltura en la esgrima y en el lenguaje de la lucha pasional.

Mas, ¡ay!, cuando _Chimeta_, llamada de sus obligaciones, dejaba de

acudir al enfermo, y con este se encontraba solo don Beltrán, ya no

podía el hombre librarse de la tristeza. Cierto que había recobrado la

libertad, inapreciable don; pero el asunto que le trajo a tierra de

Teruel continuaba sin resolver. No creía ofender a Dios deseando que

viniera a sus manos lo que estimaba de su legítima pertenencia; y sin

apartarse del orden de sentimientos que el angustioso paso de Rosell

despertara en su alma, se condolía de tener que volver a Cintruénigo

en situación desairada y con las manos vacías. Las esperanzas de

remedio que había concebido se disipaban ya, pues Nelet tenía trazas

de quedarse idiota: no razonaba; sus conceptos eran incoherentes o de

una simplicidad rayana en la estupidez. Para mayor desdicha, nada se

sabía de la monja vagabunda y enterradora de caudales. No aportaba por

allí _Malaena_ ni para traer ni para llevar sus velocísimas embajadas,

sin que esta ausencia pudiera achacarse a ignorancia del lugar donde

los caballeros residían, pues por los oficiales del 3.º de Tortosa, a

quienes se dejaron instrucciones muy precisas, debía tener conocimiento

de la enfermedad de Nelet y de su forzosa estancia en Lledó. «Aunque

no sea más que para decirnos que nada sabe de la hija de Luco —pensaba

don Beltrán en sus soledades tristes—, la mensajera tiene que venir».

Y tanto deseó a la mujercilla ratonil, y con tanta fuerza la reclamaba

su voluntad, repitiendo el _vendrá, tiene que venir_, que una mañana,

como por virtud de conjuro, apareció la vieja. ¡_Hosannah_! Veinte

días llevaba ya de enfermedad el pobre Santapau, y su entendimiento

despertaba perezoso, tratando de cobrar con lenta cacería las ideas

dispersas, fugitivas, descarriadas.

En la huerta del _mas_ recibió don Beltrán a la embajadora loco de

contento, y este subió de punto al saber que Marcela no andaba lejos de

allí, pues sabedora de la muerte de su hermano, se encaminaba con los

viejos a Gandesa por el Monte Caro, con el fin de recoger el cadáver y

darle sepultura. No quiso el buen caballero que _Malaena_ se presentase

a Nelet, pues aún no estaba este en disposición de recibir emociones

vivas que podrían retrasarle en su penosa convalecencia; y dando de

comer a la mensajera, y aposentándola en la cuadra con comodidades para

ella desconocidas, la interrogó prolijamente, tratando de indagar, no

solo los propósitos, sino el estado de ánimo de la santa mujer. Poco

pudo informarle _Malaena_ de estos particulares. La última vez que vio

a Marcela fue cerca de un castillo que hay a la bajada de Monte Caro

para ir hacia Pauls. Iban ella y los viejos cuesta arriba, llevando una

olla muy pesada, tan pesada, que se relevaban para cargarla.

—¿Les viste saliendo del castillo o entrando en él? —preguntó don

Beltrán con afectada indiferencia.

—Hacia él iban, señor —replicó la vieja en valenciano, que el caballero

tradujo fácilmente—; mas no sé si llegaron o siguieron de largo, pues

la sacra señora, dándome pan y queso, me mandó que me retirara, y yo me

retiré comiendo, sin mirar para atrás.

Eran estas referencias como una mano blanda y tentadora que en el alma

del noble anciano revolvía, y con sus halagos despertaba la codicia,

sierpe aletargada desde las efusiones cristianas del terrible día de

Pentecostés. Se argumentaba para calmar su conciencia, diciéndose que

desear lo suyo y perseguirlo no era desatino grave, sino intención

equitativa; pero entre el desear y el temer, ello es que perdía el

sueño, y su espíritu se distrajo de las alegrías que el trato de

_Chimeta_ le daba, alegrías tras de las cuales se ocultaba con senil

rubor una honesta adoración, un sentimiento que casi no era más que

estético goce.

La campaña del Maestrazgo · 第 30 / 34 题