Con sutil ingenio trató de hacerle ver don Beltrán lo disparatado de
aquel conceptismo, dando su verdadero valor a las ideas de libertad y
muerte, harto graves ambas para ser tratadas en estilo de madrigal,
y en estas y otras charlas llegó la hora de partida, dispuesta
repentinamente por Cabrera cuando con más descuido saboreaban todos el
descanso después de tantas fatigas. ¡En marcha! ¡A correr, a combatir!
¿A dónde iban? Cabrera no acostumbraba decirlo, y marchando al frente
de sus tropas les señalaba el camino. Agregose don Beltrán en un
caballejo que le proporcionó su amigo Putxet, y entre este, que hablaba
por los codos, y Santapau, que parecía privado del don de la palabra,
emprendió la caminata por un sendero ingrato y polvoroso. Y por Dios,
que ya se cansaba el buen señor de tanto ajetreo; sus huesos le pedían
descanso; quizás en el nuevo estilo de Nelet, le decían: «Libertad,
muerte». Gracias a su vigorosa fibra, a su carácter jovial y un tanto
aventurero, podía resistir los molimientos y privaciones inherentes a
la vida militar; y cuando el cansancio físico parecía irresistible,
su imaginación, reverdecida en lo juvenil, le deparaba algún nuevo
estímulo para proseguir en la carrera. Por dicha suya, o por desgracia,
que esto es dudoso, ante su vejez declinante no se cerraban nunca los
horizontes.
Grande fue el disgusto del prócer en aquel camino, viendo que Nelet,
sin mejorar de su desazón espiritual, decaía visiblemente, como
atacado de un mal físico grave. A media tarde observó su amigo en
él fiebre intensísima; al anochecer, entrando en Arenys de Lledó,
cayose el comandante del caballo. Recogiéronle como cuerpo muerto y le
arrimaron a una pared, en tanto que Urdaneta, consternado de ver a su
discípulo en tan mala disposición, se determinó a manifestar al general
la imposibilidad en que aquel se hallaba de continuar su marcha.
En la casa del cura, donde tenía su alojamiento, recibiole Cabrera
malhumorado, revelando en su ceñudo rostro que no se había podido
escoger peor ocasión para pedirle favores. Mas el intrépido aragonés, a
quien no acobardaban entrecejos, no solo pidió que Santapau fuera dado
de baja por enfermo grave, y quedase hasta su restablecimiento en aquel
pueblo, donde tenía familia, sino que se arrancó a solicitar que a él
se le permitiese también permanecer allí para asistirle. Observando en
Cabrera el centelleo de los ojos, el bilioso color tirando a verde, y
la inquietud _leopardina_ con que se paseaba de un ángulo a otro de
la jaula, creyó que a cajas destempladas le despediría, sin acceder a
sus peticiones. Mas no fue así: como un hombre afanado que aparta su
atención de las cosas menudas para aplicarla por entero a las grandes,
Cabrera le manifestó que tanto él (don Beltrán) como Santapau se
fueran... a cualquier parte, o _mucho con Dios_, pues ninguno de los
dos le hacía falta para nada.
—Usted, señor de Urdaneta —le dijo, plantándose ante él—, está libre,
y puede volverse a sus estados de Aragón. Para rehenes no me dan juego
los aristócratas, y para prisioneros me convienen los que trabajan
y toman las armas. No es desprecio, señor... En cuanto a Santapau,
que se me presente así que esté curado, y si no cura y se muere,
Dios le perdone... Puede usted retirarse. Quizás no nos veamos más,
porque usted es muy viejo, y yo, aunque joven, moriré pronto... de un
berrinche... Adiós.
Retirose agradecido el señor de Albalate, y Cabrera celebró consejo
para someter a la deliberación de unos cuantos individuos, clérigos la
mayor parte, el asunto que revestir quería de autoridad consultiva,
conforme a las fórmulas de gobierno impuestas por don Carlos. No
estorbaba tal trámite al caudillo del Maestrazgo, que sabía cubrir
el expediente de _oír_ a los señores, y, afectando respeto a sus
dictámenes, hacía después lo que le daba la gana. Los consejeros
quedaban muy satisfechos, creyéndose ruedas indispensables de la
máquina administrativa, y si algunos pudieron entrever que en el
gobierno de aquella región no eran más que figuras de adorno,
churrigueresco por añadidura, se consolaban con la risueña esperanza
de obtener plaza en _la audiencia de ministros_ de Valencia, o en el
Consejo y Cámara de Castilla, el día del triunfo. Al salir de la visita
al general, se cruzó don Beltrán con los consejeros que entraban, y sin
dársele un ardite de aquella farsa, no pensó más que en la obligación
de alojar a su amigo enfermo, para lo cual lo primero que hizo fue
buscar a los parientes que tenía Nelet en Lledó; pero como estos no
parecían ni nadie daba razón de dónde habían ido a parar, no hubo más
remedio que acomodarse en alguna de las casas donde, mediante pago,
se les brindaba regular albergue. Eligió don Beltrán, por despejado y
saludable, un _mas_ a la entrada del pueblo, con casa vieja y grandona
entre arboledas. El _masovero_ era un viejo catalán, asistido de dos
nietas guapas, la una más que la otra, y ambas obsequiosas, atentas,
un poquito redichas y algo coquetas, razón por la cual la tal familia
se le entró a don Beltrán por el ojo derecho. Dieron al enfermo un
cuarto alto de la casa, con mediano lecho, y al caballero anciano otro
contiguo, donde había simientes y colgaderos de hierbas en manojos
puestas a secar. No le pareció mal su residencia, a pesar de la dureza
de la cama que a las piedras igualaba, y habría vivido allí muy gozoso
si el mal cariz de la dolencia de su amigo no le tuviera en tan grande
sobresalto.
Pasó Nelet la primera noche en un estado que a su maestro le pareció
gravísimo, con fiebre muy alta, delirio y agotamiento de fuerzas.
Al día siguiente amaneció con una fuerte erupción en toda la cara y
parte del cuerpo, como si le hubieran picado abejas. Don Beltrán no
se apartaba de su lecho ni de día ni de noche, atento a cuidarle con
ayuda del _masovero_, hombre tan bondadoso como amañado, y de sus
nietas, más amañadas aún para todo lo doméstico. Como en el pueblo no
había médico, ni siquiera albéitar, entre don Beltrán y _Chimeta_ (que
así se llamaba la mayor de las muchachas, y al propio tiempo la más
bonita y dispuesta), celebrando frecuentes consultas, diagnosticaron
y prescribieron lo que les dio la gana, determinándose por el sistema
expectante, el más fácil y barato, y tal vez el más científico.
Quietud, limpieza y frecuentes tomas de agua bien endulzada, fueron la
única terapéutica en los ocho días que duró la gravedad de Nelet, y
en que los brotes de la cara tomaron un aspecto por demás alarmante.
Según el _masovero_, no era caso de viruelas, que él conocía muy
bien por haberlas visto más de una vez en su familia; era tan solo
un hervor de sangre motivado de _berrinche suspenso_, es decir, de
una sofoquina que por prudencia no había salido del cuerpo. Decía que
no hay cosa más mala que enfadarse en día de calor y no desfogar la
rabia con palos o bofetones. El que tal hace, lo paga con la salud y
a veces con la vida. Sucedieron a los ocho días de gravedad otros
ocho en que cedió la erupción, resolviéndose en muda de la epidermis;
desapareció la fiebre, y el enfermo pudo tomar alimento, aunque
siempre con repugnancia. Su inteligencia, completamente oscurecida
en aquel período, revelaba una honda crisis: su palabra era torpe,
cansada, regañona. Tanto don Beltrán como _Chimeta_, persistiendo en
la puntual asistencia, se confirmaron en la superioridad incontestable
del tratamiento acuático, sin mezcla de ninguna droga, y proclamáronse
curanderos de primer orden, capaces de ejercer el arte con no poca
fama y provecho. Era _Chimeta_ muy graciosa, y a don Beltrán se le
caía la baba oyéndola bromear y reír por cualquier fútil motivo. En
su aturdimiento senil, olvidado ya del trance terrible de Rosell y de
los actos de arrepentimiento con que allí limpió su conciencia, se le
reverdecieron las aficiones de toda la vida, y su habitual culto del
bello sexo encontraba ante aquella sencilla y tosca ninfa ocasiones de
gran lucimiento. Para ella era un deleite novísimo oír los galanteos
refinados, y hasta cierto punto paternales, del señor de Urdaneta, y
a él se le refrescaba el alma, se le avispaba el entendimiento, se
le aliviaba el peso de los años. Todo era inocente, madrigalesco,
puro juego de frases agudas untaditas de miel: sobresalían en él las
buenas maneras y el propósito, casi siempre logrado, de no caer en lo
ridículo; en ella se veía la mujercita exuberante de vida que quiere
adquirir soltura en la esgrima y en el lenguaje de la lucha pasional.
Mas, ¡ay!, cuando _Chimeta_, llamada de sus obligaciones, dejaba de
acudir al enfermo, y con este se encontraba solo don Beltrán, ya no
podía el hombre librarse de la tristeza. Cierto que había recobrado la
libertad, inapreciable don; pero el asunto que le trajo a tierra de
Teruel continuaba sin resolver. No creía ofender a Dios deseando que
viniera a sus manos lo que estimaba de su legítima pertenencia; y sin
apartarse del orden de sentimientos que el angustioso paso de Rosell
despertara en su alma, se condolía de tener que volver a Cintruénigo
en situación desairada y con las manos vacías. Las esperanzas de
remedio que había concebido se disipaban ya, pues Nelet tenía trazas
de quedarse idiota: no razonaba; sus conceptos eran incoherentes o de
una simplicidad rayana en la estupidez. Para mayor desdicha, nada se
sabía de la monja vagabunda y enterradora de caudales. No aportaba por
allí _Malaena_ ni para traer ni para llevar sus velocísimas embajadas,
sin que esta ausencia pudiera achacarse a ignorancia del lugar donde
los caballeros residían, pues por los oficiales del 3.º de Tortosa, a
quienes se dejaron instrucciones muy precisas, debía tener conocimiento
de la enfermedad de Nelet y de su forzosa estancia en Lledó. «Aunque
no sea más que para decirnos que nada sabe de la hija de Luco —pensaba
don Beltrán en sus soledades tristes—, la mensajera tiene que venir».
Y tanto deseó a la mujercilla ratonil, y con tanta fuerza la reclamaba
su voluntad, repitiendo el _vendrá, tiene que venir_, que una mañana,
como por virtud de conjuro, apareció la vieja. ¡_Hosannah_! Veinte
días llevaba ya de enfermedad el pobre Santapau, y su entendimiento
despertaba perezoso, tratando de cobrar con lenta cacería las ideas
dispersas, fugitivas, descarriadas.
En la huerta del _mas_ recibió don Beltrán a la embajadora loco de
contento, y este subió de punto al saber que Marcela no andaba lejos de
allí, pues sabedora de la muerte de su hermano, se encaminaba con los
viejos a Gandesa por el Monte Caro, con el fin de recoger el cadáver y
darle sepultura. No quiso el buen caballero que _Malaena_ se presentase
a Nelet, pues aún no estaba este en disposición de recibir emociones
vivas que podrían retrasarle en su penosa convalecencia; y dando de
comer a la mensajera, y aposentándola en la cuadra con comodidades para
ella desconocidas, la interrogó prolijamente, tratando de indagar, no
solo los propósitos, sino el estado de ánimo de la santa mujer. Poco
pudo informarle _Malaena_ de estos particulares. La última vez que vio
a Marcela fue cerca de un castillo que hay a la bajada de Monte Caro
para ir hacia Pauls. Iban ella y los viejos cuesta arriba, llevando una
olla muy pesada, tan pesada, que se relevaban para cargarla.
—¿Les viste saliendo del castillo o entrando en él? —preguntó don
Beltrán con afectada indiferencia.
—Hacia él iban, señor —replicó la vieja en valenciano, que el caballero
tradujo fácilmente—; mas no sé si llegaron o siguieron de largo, pues
la sacra señora, dándome pan y queso, me mandó que me retirara, y yo me
retiré comiendo, sin mirar para atrás.
Eran estas referencias como una mano blanda y tentadora que en el alma
del noble anciano revolvía, y con sus halagos despertaba la codicia,
sierpe aletargada desde las efusiones cristianas del terrible día de
Pentecostés. Se argumentaba para calmar su conciencia, diciéndose que
desear lo suyo y perseguirlo no era desatino grave, sino intención
equitativa; pero entre el desear y el temer, ello es que perdía el
sueño, y su espíritu se distrajo de las alegrías que el trato de
_Chimeta_ le daba, alegrías tras de las cuales se ocultaba con senil
rubor una honesta adoración, un sentimiento que casi no era más que
estético goce.