Muy consolado el uno en sus fatigas amorosas, satisfecho el otro del
buen giro que a su parecer tomaba el asunto en que como consejero
intervenía, llegaron los dos caballeros a Catí. De lo que hablaron
por el camino no se hace mención. Baste decir que a los recelos que
manifestaba Nelet, como amante que con menos que la definitiva victoria
no se satisface, oponía Urdaneta las seguridades optimistas, fundado
en su conocimiento y larga práctica de negocios mujeriles. Para el
anciano prócer era como tenerlo en la mano. De allí a las bendiciones
matrimoniales poco trecho había que recorrer.
Hallaron en Catí la novedad de que Cabañero había salido con dos
batallones, por orden del general, y en su lugar quedaba Llangostera,
pronto también a partir con fuerza considerable hacia la frontera de
Cataluña. A la mañana del siguiente día, pasó por allí Cabrera con su
ejército en veloz marcha. Venía de cerca de Murviedro, donde se había
batido con las tropas de Oráa, y a Gandesa se dirigía llevando algunos
cañones para poner formal sitio a esta plaza. Grande fue la desazón del
pobre Urdaneta cuando le despertó Santapau para decirle:
—Mi querido viejo, la fatalidad, y en su nombre don Ramón Cabrera,
ha decretado que nos separemos. Desde Salvasoria mandó aviso de
que se incorporen sin dilación a su ejército el 3.º de Tortosa y
tres compañías del 1.º de Valencia. Parece que vamos a sitiar a mi
pueblo... No puedo, ni con pretexto de enfermedad ni con otra artimaña,
librarme de la maldita obediencia al superior... Pero ya me canso,
ya me canso de la esclavitud, y a la primera oportunidad pediré la
absoluta. Imposible repicar y andar en la procesión que usted sabe.
Amor y ordenanza no casan bien... Y no más, amigo mío. Le dejo bien
recomendado a Llangostera, que se ha de situar en Rosell, para cortar
el paso del Pla a las tropas que vayan en auxilio de Gandesa... Conque
adiós... No siento más sino que venga _Malaena_ y no me encuentre. Pero
ya le advertí que en este caso se vea con usted... Con decirle dónde
estoy, basta. Es buen sabueso; dará conmigo... No puedo detenerme ni
un segundo más. Adiós.
Muy triste se quedó el pobre caballero, señor de tantas torres; y su
único consuelo fue que a poco de despedirse de Santapau le deparó Dios
una antigua amistad, el capellán mosén Putxet, que dos días antes había
llegado con destino al 1.º de Tortosa, de la división de Llangostera.
Aunque no podía sustituir el clérigo la franca y ya entrañable amistad
de Nelet, al menos le entretenía con su charla, y le prodigó no pocas
atenciones, entre ellas el agenciarle una buena mula para el paso desde
Catí a Rosell, que Llangostera, con seis batallones, efectuó en la
noche del 15 de mayo y parte de la mañana del 16. Llegó don Beltrán
molido y displicente por el duro trotar de la condenada bestia, y lo
primero que solicitó de la bondad de su amigo fue que le metieran en
cualquier mechinal, para poder estirar su esqueleto y darse algún
descanso. En un aposento de la sacristía de la iglesia mayor le colocó
Putxet, con gran satisfacción del noble, que no esperaba tan buen
hospedaje. Lo que deseaba era que le dejasen allí, previo juramento
solemne de no quebrantar su esclavitud y estar siempre a disposición
de la autoridad carlista que le reclamase. Pero, ¡ay!, que si el cielo
le concedió la quietud material que por el momento deseaba, no fue
benigno con él en aquellos tristes días. El 18 muy temprano, cuando las
claridades del alba despuntaban por oriente, despertó el caballero con
sobresalto, sin que nadie le llamase, por efecto de un súbito golpetazo
de su corazón.
—¿Quién está ahí? —dijo sin moverse, viendo avanzar hacia su lecho un
bulto negro.
—Soy yo, querido don Beltrán —respondió al poco rato Putxet, pues no
era otro, acercándose más—. No venía a despertarle, sino a ver si
dormía... Pero es temprano... Duerma una hora más..., aunque sean dos
horas..., todo lo que quiera.
—¿Qué sucede? ¿Tenemos que partir?
—No, no... Por ahora no... Es que... Sentiría mucho que usted se
alterase... Calma, ilustre señor. Me voy, para que duerma otro poquito.
—Ya no podré dormir, caramba, pues esta entrada de usted a hora tan
intempestiva, la turbación que noto en su acento, son para despabilar
al sueño mismo. Me dice el corazón que tiene usted algo que...
comunicarme.
—No es tiempo aún... ¿Quiere usted que se le haga café?...
—¡Demonio! Tan pronto me dice que duerma como me ofrece café. Ea, señor
Putxet, ¿qué le trae acá? No valen melindres conmigo.
—Pues sí —dijo el capellán, que en su tristeza y azoramiento, cuanto
más hábil quería ser, más torpemente procedía—. Mejor será que se
despabile y se levante... No se altere, señor, no pierda su aplomo y
serenidad... A un hombre como usted, tan entero y... y que se hace
cargo de las cosas..., se le puede decir... Nada, no es nada, señor; es
que... ha ocurrido una gran desgracia.
—Acabe usted, acabe, hombre pusilánime, hombre enclenque, hombre
femenino...
—Pues sepa el hombre fuerte, sepa el hombre valeroso y grande, que
ayer, en un pueblecito llamado Belén, más allá de Tortosa, los infames
cristinos fusilaron a don Alonso de Almela, hermano del conde de Catí.
—Y en represalias de esta barbarie, los infames carlistas harán
lo mismo con el noble don Beltrán de Urdaneta —gritó el anciano,
poniéndose en pie, medio desnudo, sobre el camastro—. Bien, bien: aquí
me tenéis, asesinos; aquí estoy dispuesto a morir. Noble por noble,
como me dijo en Cheste el jefe de los matachines, Ramón Cabrera... ¡Y
para anunciarme esto, señor Putxet, ha estado ahí tartamudeando y poco
menos que haciendo pucheros!... Aguarde a que me vista; dispense que
tarde en ello algún tiempo, pues acostumbrado a valerme de ayuda de
cámara, soy algo torpe en estas operaciones matutinas... Pero si tienen
mucha prisa por despacharme, ¡demonio!, llévenme a medio vestir, que
la muerte no ha de poner reparo. Por falta de ropa, ni he de ser menos
animoso, ni vosotros menos viles y cobardes.
—Si no hay prisa, señor —dijo el capellán abrazándole—. De aquí a
las nueve nos sobra tiempo... Y pues tiene la costumbre del ayuda de
cámara, yo soy bastante humilde para prestarle ese servicio.
—Gracias, no pretendía yo tanto —replicó don Beltrán sentándose en el
lecho, mientras el otro le traía las botas, el pantalón, disponiéndose
a vestirle—. Y pues con tanta generosidad mis verdugos me conceden
estas horas, sepa que no renuncio al café que me ha ofrecido...
—Al momento mandaré que se lo preparen. ¡Pues no faltaba más! Sería una
desconsideración imperdonable privarle de alimento.
—Bien, hijo, bien: se agradece... ¡Con qué destreza me ayuda a
vestirme! Parece que en toda su vida no ha hecho usted otra cosa.
—Fui paje del ilustrísimo señor don Víctor Sáez, obispo de Tortosa.
—¡Sáez, el ministro del absolutismo! ¡El que ayudó a Fernando VII en
su tarea de ahorcar a medio mundo! Bien, hombre, bien. Pues ya que
usted tiene la bondad de ser por un instante mi criado, no vacilará,
si es tan humilde, en prestarme todos los servicios que necesita un
hombre como yo... Adelante... Tenga usted cuidado con esta pierna.
Trátela con miramiento, que está reumática... Ahora el chaleco... Este
me lo dio don Ramón, y me ha hecho un gran servicio. Bueno, bueno...
No corra usted tanto... Le recordaré el dicho de nuestro gran tirano,
el ahorcador de gentes, Fernando el Deseado..., contra una esquina...
Ya sabe usted que él fue quien dijo: «Vísteme despacio, que estoy de
prisa». Ahora, hágame el favor de pedir el café...
—Lo tendrá usted a punto. Sabe Dios cuánta pena me causa tener que
notificarle... Anoche me llamó Llangostera, que, entre paréntesis, está
muy afligido por verse en el duro trance de...
—¡Pobrecito! Si está tan afligido, le compadezco...
—Pero el deber...
—Claro, el deber... En estas guerras salvajes, trastornadas las
conciencias, aplicáis a los crímenes palabras santas que se inventaron
para expresar la virtud, y asesináis en nombre de la justicia, que es
como poner al diablo en los altares... Bien..., que sea pronto.
—Suplicome el señor Llangostera que me encargase..., y con gran
sentimiento acepté comisión tan triste... Era yo el más significado
para este paso, por la amistad... de que me honro.
—La honra es mía. No sea usted tan modesto...
—Y encargome al propio tiempo que le preparase..., si usted se dignaba
elegirme entre los cuatro señores capellanes que estamos hoy en Rosell.
—Hijo, sí, por elegido... Lo mismo me da.
—Mi amistad atribulada —dijo el capellán buscando una bonita expresión
retórica—, me consuela con esta preferencia que el noble caballero se
digna concederme.
—Mi confesión no será larga —indicó don Beltrán paseándose por la
habitación—, y si usted quiere, ahora mismo...
—Antes haré que se le sirva el café... No hay en ello inconveniente,
pues no tendremos comunión..., y no por culpa mía. El párroco del
pueblo nos ha hecho la jugada de abandonar su iglesia para unirse a la
partida del _Organista_. Está el hombre furioso desde que los liberales
le mataron al sobrino...
No necesitó el capellán separarse de su amigo para la diligencia del
café, pues el oficial de guardia en la estancia próxima, interesado
también por don Beltrán, y de su desgracia compadecido, había dado
las órdenes para que se le llevase pronto aquella tónica bebida. Dio
el anciano las gracias a los que se la sirvieron, mostrándose con
todos muy afable. Tomado el café, que por singular merced no estaba
mal hecho, volvió al capítulo de su confesión, diciendo con animado
lenguaje:
—Pues sí: mi conciencia ve su luz y su sombra perfectamente
deslindadas, y no vacila al señalarlas... No hay en mí casos dudosos,
enigmáticos, oscuros. Soy claro y bien definido... En esta crítica
hora, mi memoria se aviva, y no habrá nada que se me quede en el
tintero, llamando tintero al antro del olvido. Lo que Dios sabe, yo
lo digo sin rebozo y con facilidad al sacerdote que me auxilia, a
cuantos quieran oírlo, pues la vida de Beltrán de Urdaneta es pública,
su carácter bien diáfano, y sería en mí ridículo melindre el hacer un
misterio de lo que sabe todo el mundo, todo Aragón... Soy público en
Aragón, soy popular, mejor dicho...
Y observando que oficiales y soldados, de guardia en la estancia
próxima, se asomaban a la puerta movidos de curiosidad, les dijo:
—Entren si gustan, y oigan; que los pecados que declara mi boca no son
tales que produzcan espanto, y refiriendo mis maldades, puedo decir
que el que se encuentre limpio de ellas, tire la primera piedra. No es
que yo deje de creerlas vituperables: al contrario, en esta hora clara
de la conciencia, veo y reconozco cuánto he ofendido al Señor, y qué
mal uso hice de las cualidades que se dignó poner en mi alma. Siempre
fui religioso, creyente ciego de cuanto su Iglesia nos enseña, aunque
muy perezoso y descuidado en cumplir los preceptos que se nos dieron
para conservar y enaltecer el nombre de cristianos. He faltado en esto
gravemente, más que por desamor de Dios, por la continua distracción en
que me tenía el bullicio vano del mundo, y las frivolidades con que la
sociedad noble embelesa nuestros sentidos. Siempre fui más devoto de
los placeres que de las abstinencias, y más gustoso de la buena vida
que de las mortificaciones, sin llegar nunca a la embriaguez ni a la
glotonería, y no porque ambos excesos son pecados, sino por que siempre
los creí de mal gusto... He sido vanidoso, amante de la ostentación y
de la lisonja, mirando siempre a que lo mío fuese superior a lo ajeno,
a que ninguno me igualara en grandeza y lujo; y cuando veía por alguna
parte algo que me oscureciese, sufría mal de tristeza, y me lo curaba
con nuevos esfuerzos para extremar la presunción y humillar a los
demás... Pero también digo que jamás cometí vileza contra nadie, y que
conservé la dignidad que mi raza y mi nombre me imponían, mostrándome
siempre caballero noble, con los iguales cortés, afable y cariñoso con
los inferiores... Mi pecado mayor, manantial inagotable, en vida tan
larga, de innumerables errores, ha sido mi locura, que así la llamo,
de galantear y ser grato al bello sexo. Mi goce más vivo fue en todo
tiempo el trato de damas altas, bajas o medianas, y llamo damas a
cuanto se comprende dentro de la muchedumbre femenina. Mi desatino ha
sido tal, que todo lo he pospuesto a la satisfacción de mis gustos.
Verdad que dentro del fuero del amor no he cometido vilezas; pero sepan
que ese fuero es puro artificio inventado para nuestro uso por los
galanteadores, y que no vale ante la ordenanza del decálogo. Yo, pues,
he pecado gravísimamente, y al declararlo, reconozco sin atenuaciones
ni disculpas todo el mal que hice, añadiendo que mis infamias no
tuvieron término por severidad de mi conciencia, sino porque el desmayo
de la naturaleza les puso freno, contraviniendo mi liviandad y hábitos
viciosos. De esto me acuso, y reconociendo mi error, me encomiendo a la
misericordia divina.
»También es pecado grave el poco o ningún cuidado que puse en el manejo
de mi hacienda; que la riqueza, Dios nos la da para que la usemos con
templanza y la transmitamos a nuestros hijos. Yo he sido una mano
verdaderamente horadada. Ciertamente que algo atenúa este pecado mi
generosidad sin límites, pues todo se ha de decir: yo hacía partícipes
de mi bien a cuantos me rodeaban o se me acercaban en demanda de
auxilio. Yo he remediado muchas miserias, enjugado no pocas lágrimas.
Ningún colono ni sirviente mío puede decir que le oprimí; y si esto se
lleva como litigio a tribunal divino para fallar sobre mi alma, tengo
por cierto que innumerables seres depondrán en favor mío. Váyase lo
uno por lo otro, que si largamente derroché, con no menor largueza di
mi mano a los miserables para que se agarraran... Defecto capital mío
ha sido el amor a ese resorte de vida material que llamamos dinero,
despreciado por los filósofos, vilipendiado por la religión, pero del
cual no podemos prescindir dentro de la sociedad a que pertenecemos,
porque su empleo y distribución se ha hecho ley que a todos nos sujeta,
so pena de volvernos salvajes o ermitaños, lo que no digo que sea
peor ni mejor que el estado social. Solo afirmo que mis apetitos, mi
presunción, me han espoleado siempre para proveerme de ese metal,
que no llamaré precioso ni vil, dejándole en esta ocasión sin ningún
título ni apodo. Pero bien sabe Dios que en las situaciones aflictivas
a que me condujo el afán de prolongar mis goces y conservar mi fama
de rumboso y señoril, jamás tomé nada que no viniese a mí por caminos
legítimos, aunque ruinosos. Sobre mi conciencia pesan muchos pecados,
muchos; pero no pesa ni un solo maravedí que pueda llamarse ajeno. Si
alguna vez me rebajé al empleo de resortes que humillaban un tanto mi
dignidad, nunca me movió el intento de traer a mí lo perteneciente a
otro... eso nunca. Limpio estoy de esa clase de manchas... No puedo
decir, ¡ay de mí!, que de todas esté limpio, pues pecador fui, por
pecador me tengo, y como pecador empedernido me confieso en la hora
de mi muerte. Ya lo habéis oído; ya veis, señores, la conciencia de
don Beltrán de Urdaneta, a quien todo Aragón llamó en otro tiempo _don
Beltrán el Grande_. Ni cosa mala he callado, ni cosa buena hay fuera de
lo manifiesto. Si algo se me olvida, quiera Dios ordenar mi memoria de
modo que los olvidos sean de cosas y hechos favorables, y que nada de
lo malo se me quede escondido en la mente. Creo que no... Tal como fui
y como soy, a vosotros, a mi confesor y amigo me presento; y sumiso,
pesaroso de haber menospreciado la divina ley, entrego mi alma a Dios,
infinitamente justiciero, infinitamente misericordioso.