—No me negarás —dijo don Beltrán, poniendo suavemente su mano en la
rodilla de la santa— que el hombre en cuyo corazón has encendido
fuego de amor tan grande es merecedor de tu cariño. Caballero leal en
todas sus acciones, será para ti el mejor compañero que Dios podría
depararte. ¿Lo niegas?...
—No señor —replicó Marcela mirando al suelo—; no puedo negar lo que es
verdad: reconozco sus buenas partes, y por su rendimiento y constancia
me veo precisada a tenerle estimación; la estimación que permiten mis
estrechos votos...
—Por algo se empieza, hija mía. Y ahora te digo que a Dios no podría
ofenderle que trocaras la vida religiosa por la que llamamos mundana.
Dios hizo el mundo, hizo la humanidad para que en él viviese y de él
gozara, y creó el amor para que la humanidad se prolongase hasta lo
infinito, de padres a hijos...
—Y no sé yo —dijo Nelet con bárbara lógica— que hiciera Dios conventos,
ni mandase a hombres y mujeres que se apartaran de la existencia
material..., porque la existencia material es el fundamento de toda
vida y hasta del amor de Dios; porque para amar a Dios tenemos que
vivir, y para vivir tenemos que nacer, y para nacer...
—Aunque me ven ustedes silenciosa —indicó la penitente dando un
suspiro—, no crean que me faltan razones para contestar a lo que uno y
otro me dicen.
—¡Oh! Ya sabemos que silogismos y citas sagradas y profanas, no han de
faltarte... Pero ahora nos harás el favor de guardar a todos los sabios
en el archivo de tu memoria, y no consultar más texto que el de tu
corazón. ¿Qué te dice este? ¿Que desprecies a Nelet?
—No me dice que le desprecie —replicó la monja sin mirar al
interesado—, pero me persuade a no cambiar la vida de penitencia por
otra vida.
—Pues yo he leído en no sé qué autor —dijo Nelet altanero— que la
primera penitencia es el matrimonio, y la mayor gloria humana criar una
familia. Y si te decides a permanecer en el siglo, donde me encontrarás
amante, esclavo fiel, no te pesará, Marcela, y verás como Dios te
quiere más y te bendice..., pues la vida que llevas no es vida de
persona racional, ni Dios nuestro Criador puede querer eso.
—No creáis —repitió Marcela, inquieta y como azorada, sin mirarles,
mascando el palito— que porque callo me faltan razones... Mas no
quisiera que las razones que se me ocurren las tomara Nelet a
desprecio... No, no; desprecio no es... Y... no sé cómo decirlo... Es
que aunque yo me propusiera arrancar de mi el amor de la vida religiosa
y el gusto grandísimo de cumplir mis votos, no podría, no podría...
Es más fuerte que yo mi devoción... Pero el afianzarme en ella no
significa desprecio..., no... Considero lo que Nelet merece..., y
yo pediría al Señor que le concediese, en criatura mejor que yo, la
satisfación de su fina voluntad... Que las hay mejores, sí, mejores que
yo, de superior mérito físico y moral, así por la presencia como por
las virtudes...
—No, no hay quien te supere —exclamó Nelet levantándose con furor
de abrazarla—, ni siquiera quien te iguale. Marcela, en dos letras
pronunciadas por tu boca está la ventura y la salvación de un hombre.
Pronúncialas. Fácil, como el respirar, es decir _sí_... El _no_ es
sentencia de muerte, y tus labios divinos no me condenarán.
Levantose Marcela, y poniendo en su rostro y en su acento una severidad
que el menos lince habría tenido por afectada, dijo a los caballeros:
—Con su venia subiremos a la iglesia, que yo tengo que rezar, y ustedes
también, pues han venido a cumplir una promesa.
Sin esperar respuesta echó a andar hacia arriba con grave paso,
echándose al hombro la rama de espino que decoraba graciosamente
su gallardo busto. Quiso Nelet avanzar tras ella para proseguir el
coloquio interrumpido; pero don Beltrán le detuvo vigorosamente por un
brazo, y aguardando a que la santa se alejara, le dijo:
—Tonto, ¿no has comprendido? Es nuestra, es tuya.
—Me ha parecido que su espíritu no es insensible al amor de hombre.
—Calla, hijo... Desde que comenzó a soltar filosofías y citas de
autores, observé que viene transformada. ¿Qué eran aquellas sutilezas
más que un coqueteo de arte mayor? Es mujer, es mujer; hemos triunfado.
—¡Mujer! —repitió Nelet como en éxtasis.
—¿Pero no ves esos andares?... ¿No ves cómo se recoge la saya para
andar cuesta arriba? ¿Y esa manera de llevar la rama florecida?... No
es mala sofoquina la que le hemos dado con nuestro razonar irrebatible.
Mírala, hombre, y dime si eso no es una mujer disfrazada de santa... El
cuento es que está guapa de veras... La he visto muy de cerca; me he
fijado bien. Los dientes son ideales; no extraño que hayas soñado con
ellos. ¡Y qué perfil el de su cara! ¿Pues y los ojos?... Nelet, dame un
abrazo... Estás de enhorabuena... Yo no la distingo ya más que como un
bulto. ¿Va muy lejos? ¿No mira para atrás?
—Todavía no ha mirado.
—Ya, ya la veo. Allá va. Pues bien, Nelet, yo te apuesto lo que quieras
a que antes de llegar a aquel peñasco negro... ¿No hay allí un peñasco?
—Es una encina.
—Pues te apuesto a que antes de llegar a la encina, se para y nos
mira... a ver si la seguimos. No, no te muevas.
Resultó, en efecto, lo que el ladino viejo decía. Parose la penitente,
y agitó la rama como diciendo con ella: «¿Pero qué hacen que no suben?».
Como el tardo paso de don Beltrán no permitía la ascensión rápida,
Marcela se adelantó largo trecho. De rato en rato miraba, y Nelet
le hacía señas de que se detuviese; mas no hacía caso, y cuando los
caballeros llegaron al santuario, ya la monja y sus viejos rezaban ante
el altar con gran recogimiento. Arrodilláronse no lejos de la puerta, a
distancia de Marcela, para poder hablar a su gusto.
—Trastornadita y blanda la tienes ya —decía Urdaneta—. Y no debes
atribuir esta mudanza a la constancia de tus manifestaciones amorosas.
Obra es del contacto continuo con la naturaleza, de la vida al aire
libre, de la libertad, el campo, las montañas, los bosques sombríos y
las fuentes cristalinas. Ya conocían el paño los que establecieron para
penitencia de hombres y mujeres los recintos cerrados. La sociedad es
gran conductora de amor; lo es también la naturaleza... Por más que aún
se defiende con sus sabidurías acartonadas, se ve que está vencida,
tocada del mal de amor. En los andares lo conozco, en el metal de voz.
A mí no me engaña queriendo hacer papeles de teóloga. Para rendir por
completo su voluntad, y que nos largue un _sí_ tan grande como esta
iglesia, hemos de proceder con tino. Mucho cuidado, Nelet, con lo que
ahora le digas...
Nelet rezaba; el prócer hizo lo mismo, pidiendo a la Virgen que le
mejorara la vista y que le sacara del cautiverio que tan injustamente
sufría. Examinaron luego la iglesia, conducidos por la santera, pues
allí no había sacristán ni hombre alguno; vieron también el camarín y
la imagen, y se salieron al atrio a pasearse y fumar un cigarrito...
Marcela, terminados los rezos, apareció al fin, tras larga espera, y
tomando de la mano a don Beltrán, guio a los dos caballeros a un lugar
abrigado junto a la hospedería, al pie de copudos robles. Sentados los
tres sobre la hierba, continuaron su coloquio, siendo ella la que
rompió con estas palabras:
—He pedido a Dios y a la Virgen con todo fervor que me iluminen. No
siento aún desgana de mis votos benditos, ni sombra de afición a otra
vida. También he pedido al Señor que derrame alguna frialdad sobre ese
fogoso afecto de Nelet, y espero que...
—Esto no lo enfría Dios —dijo el enamorado—. Lo que hace es avivar la
lumbre, y cuanto más te miro, más me enciendo, Marcela. Yo he pedido
a Dios que de este fuego que a mí me sobra te dé a ti algunas ascuas,
infundiéndote el gusto de familia, de vida doméstica...
—Sí, hija mía: si te incitara Nelet a cosas impuras y pecaminosas, tus
escrúpulos serían muy justificados; pero te propone, y yo con él, la
unión bendita y santa ante el altar. ¿Qué sacas de esta vida errante?
¿A quién haces feliz con tus penitencias? ¿No es más cristiano y
caritativo que libres de la muerte a un hombre honrado, y trueques sus
martirios en dulzura, su infierno en cielo?
—¡Vive Dios —exclamó Nelet con insana vehemencia— que lo ha expresado
don Beltrán como el mismo evangelio! Quisiera yo ver a Dios, como os
estoy viendo a vosotros, para preguntarle delante de ti: «Dios, ¿no es
verdad que tengo razón y ella no la tiene?».
—Cálmate, Manuel —dijo don Beltrán, alarmado de tanto ardor—. Yo veo
en el mirar dulce de este ángel que nuestras razones han ganado su
entendimiento, que Dios pone el dedo en su voluntad y le dice: «Hija
bendita, levántate y sigue a tu esposo».
Pausa. Nelet, pálido como un difunto, miraba al suelo, y con su
temblorosa mano se agarraba los mechones menos cortos de su cabello.
Marcela tenía el rostro encendido, la respiración anhelante. Dejando
caer a un lado su cabeza en actitud de Dolorosa, arqueando las cejas y
bajando los párpados, pronunció estas palabras, sin autorizarlas con
sentencias de santos ni de filósofos:
—Uno y otro, despiadados, me ponen en grande suplicio. Yo quiero ver
a mi lado el bien y veo el mal; por causa mía inocente, enferma Nelet
de la peor dolencia, de aquella para que no hay consuelo ni medicina,
como no sea ella misma y las punzadas de su propio dolor; esto veo y no
puedo remediarlo, que si en mi mano estuviera, pronto lo haría. Así,
les ruego que no me atormenten más y me dejen partir.
—¡Partir! —exclamó Nelet suspenso, echando de sus ojos un siniestro
rayo—. ¡Partir y dejarme en esta ansiedad! ¿Partir tú y no conmigo? ¿Es
que no quieres verme más? Marcela, por Dios, no me lo digas; no quieras
verme trocado de hombre en fiera..., no ofendas a Dios, convirtiendo
en monstruo a una de sus criaturas... Si por otra causa o razón no te
decides a quererme, hazlo por la santa obra de salvar un alma... ¿No te
convenzo al fin?
—Si con que yo te vea y te hable, tu alma se sostiene en Dios —dijo la
santa, bondadosa—, te veré siempre que gustes y haya buena ocasión de
ello. Al decir que me dejarais partir, no quería, no, alejarme de ti
para siempre..., decía que es hora de que por hoy nos separemos. Y en
esta ausencia, ofrezco yo a Nelet con toda lealtad que seguiré pensando
en el grave caso, y pidiendo a Dios fervorosamente que me ilumine para
resolverlo.
—Yo te aseguro —declaró Santapau con acento en que se revelaba el
propósito de una resuelta acción— que si al decir que partías lo
hubieras hecho en son de despedida para siempre, antes de que te fueras
me habrías visto arrojarme por aquel despeñadero que da al barranco de
Vallivana.
—Hijo mío, Marcela te promete volver, y volverá —indicó Urdaneta
conciliando voluntades con frase cariñosa—. Yo quedo de fiador.
Tendremos otra entrevista dentro de pocos días, en el sitio que
designaremos...
—Y no solo he de consultar con Dios —agregó la beata—, sino con mi
hermano Francisco; que es bien le dé cuenta de esta terrible novedad...
De aquí me iré en busca de un confesor, a quien manifestaré las
turbaciones hondísimas que han levantado en mí las palabras tentadoras
de uno y otro; luego iré en busca de mi hermano, y hecho todo esto, les
avisaré por _Malaena_ para que nos reunamos.
—Y me des respuesta de vida o muerte —dijo el galán—. Está bien. Si me
matas, mátame de un solo golpe. Si he de vivir, sépalo también pronto,
para no vivir muriendo...
Levantose Marcela, diciendo con gracia mujeril, que don Beltrán apreció
como síntoma felicísimo:
—¿Me dan permiso para retirarme?
—¿Tan pronto? —murmuró Nelet.
—Me equivoqué, señores míos —añadió ella con nueva emisión de gracia,
acompañada de sonrisa un tanto picaresca—. No debí pedirles permiso
para retirarme, sino para suplicarles que se retiren... Perdónenme. Y
para que nadie se ofenda, ustedes y yo nos retiraremos al mismo tiempo,
por distintos lados... Yo me voy monte arriba, a salir a Bel.
—Y nosotros barranco abajo a salir a donde Dios quiera —replicó don
Beltrán—. ¿Ves?... Nelet no se conforma con que nos prives tan pronto
de tu divina presencia... Pero yo le persuadiré a la resignación;
descuida. Tiene en mí un aliviador de sus males de ánimo, y un
atemperante de sus nervios.
—Me conformo, sí —dijo Nelet con noble ademán—. Propuesta por ti la
separación con ese modo gracioso y... de mujer, la acepto... Más te
quiero mujer que santa, y entre santa de todos y mujer mía, prefiero
esto..., porque la santidad no llega tan adentro del alma como el
querer entre criaturas...
—Yo celebro verte en esa conformidad —afirmó ella, dando los primeros
pasos hacia el sendero que había de seguir—. De las diferencias entre
santicio y mujericio, mucho podría decirte; mas ahora no puede ser.
—¿Tardarás mucho en decírmelas?
—Dios es quien ha de fijar el cuándo. Él solo es el marcador de las
ocasiones.
—Bueno: también me conformo. Esta mansedumbre que en mí ves no tiene
otra causa que el haberte visto benigna... Has sonreído, Marcela, y
solo con eso me desconozco, me siento mejor de lo que fui.
—Ahora..., como si lo viera... —dijo la penitente, sonriendo con
más gracia y viveza que antes—, irán ustedes caminando despacito, y
parándose a cada instante para mirar hacia atrás.
—¿Y tú no harás lo mismo? —observó Nelet más vivo que la pólvora.
—Si alguna vez vuelvo la cara —replicó ella conteniendo la risa—,
será por observar la tontería de los hombres, y porque no crean que
es desprecio el no mirar alguna vez... Vaya, en marcha. Nelet, don
Beltrán, el Señor les acompañe.
Se separaron lentamente, y como a diez pasos gritó don Beltrán:
—Conste que no soy yo el que mira, sino este truhan, vicioso del mirar.
—Adiós —repitió la divina mujer.
A bastante distancia, hablaban así los dos caballeros:
—¿Qué?... ¿Se detiene a mirarnos?
—Ahora... ¡Y que no haya tenido yo valor para darle un abrazo!
—Calma, hijo. Tiempo tienes. Y ahora, ¿vuelve la cara?
—Va despacito..., alza los ojos al cielo. Ya no la veo. Pasa detrás de
un grupo de árboles... ¡Qué figura, qué aparición celestial!... Yo
estoy loco.
—Calma... Repito que tiempo tienes. A punto de completa madurez la
verás pronto.
—Ahora reaparece otra vez.
—¿Y mira?
—Sí señor... Se ha puesto en la boca una ramita de hinojo. ¡Ay, qué
delicia de hinojo!...
—Tiempo tienes... Anda, anda...
—No, no es de este mundo esa mujer.
—De este mundo o del otro... tuya es.