Cuantos vieron y oyeron al infortunado caballero aragonés, quedaron
maravillados de su sinceridad y presencia de ánimo. Del grupo de
oficiales y soldados que en la puerta se arremolinaban, se destacó uno,
al parecer teniente, que adelantándose hacia el prócer y besándole la
mano, le dijo:
—Señor, cuando esté usted en el cielo, acuérdese de un servidor,
Nicasio Pulpis, que tiene sobre su conciencia los mismos pecados de
usted y no sus virtudes.
—Bien, hijo —replicó don Beltrán abrazándole—. Que mis desgracias y
fin desastroso te sirvan de espejo para que en él te mires y procures
enmendarte.
Putxet, en tanto, inconsolable, expresaba su consternación en estos o
parecidos términos:
—Una y otra vez he dicho al señor Llangostera que hoy no es día hábil
para ejecuciones. Figúrese usted: domingo, y por añadidura Pascua
de Pentecostés... ¡Cuando la Iglesia conmemora nada menos que el
grandiosísimo misterio de la venida del Espíritu Santo en forma de
lenguas de fuego sobre las cabezas de los Apóstoles, para infundirles
la divina ciencia!... ¡cuando tal festividad augusta y solemne
celebramos, tener que consumar un cruento sacrificio, por más que las
leyes de guerra, ¡malditas leyes!, lo autoricen y sancionen!... No, no
puede ser: protesto..., y he de insistir, pidiendo que se deje para
mañana. Me parece que corriendo a mi cargo la dirección espiritual
del regimiento, tengo derecho a que se me oiga... No estamos aquí
los capellanes solo para confesar de prisa y corriendo... Vea usted,
por no hacerme caso, hoy no puedo celebrar: no tenemos formas... Es
inconcebible este descuido... ¡Pues cartuchos no faltarán! Todo lo de
guerra está corriente, eso sí..., y lo espiritual, nada... Así anda
ello.
—No se sulfure, amigo Putxet —le dijo don Beltrán, que se había
sentado y quería meditar—. Y no se apure por el aplazamiento de mi...
sacrificio. ¿Qué más da un día que otro? Si el día es solemne, no
importa. Bien sabe Dios que andan ustedes algo atropellados, y no
pueden acomodar sus acciones al almanaque. En la guerra, ya se sabe,
todo es permitido. Como si se presentara hoy buena coyuntura para una
batalla..., ¿iban ustedes a dejar de aprovecharla, por ser Pentecostés?
No, y en Pentecostés matarían unos y otros gran número de cristianos.
Si admitimos como lógico y razonable el dar a nuestro Padre Celestial
el nombre de _Dios de las Batallas_, que usan los capellanes en sus
sermones y los generales en sus proclamas a la tropa; si Dios es,
como dicen ustedes, capitán general o generalísimo, ya pueden contar
con su indulgencia por aplicar leyes de guerra en días de solemnidad
litúrgica... Por mí, no deseo el aplazamiento, pues aunque me encuentro
tranquilo y resignado, no respondo de que en esas veinticuatro horas se
me conserve la resignación y tranquilidad. Somos hombres, y el morir
violentamente, en acto preparado y ceremonioso, agobia..., sí, señor...
Mátenme de una vez, y no pongan a prueba mi fortaleza.
No se dio por convencido el terco capellán, y perseverando en su idea,
dijo al infeliz prócer:
—Quiero dar un nuevo ataque al jefe. En seguida vuelvo; de paso mandaré
que le sirvan a usted un par de huevos fritos... He visto que hay
tomate... y si usted quiere...
—Bien, hijo, bien; lo mismo da... Gracias por todo... Haga usted lo que
quiera. Yo no tengo voluntad... Quiero convencerme de que ya no vivo.
En el rato que estuvo solo, el pobre condenado cayó en reflexiones
tristísimas, buscando el porqué de su tragedia; que en tales trances
y en otros menos lastimosos propendemos a escudriñar los orígenes
o el móvil inicial de todo suceso que nos afecta. «Ello es de toda
evidencia —pensaba— que Dios me envía mi muerte en forma tan terrible
para castigarme de mi enormísimo pecado de estos días. He prestado a
Nelet ayuda insidiosa para la seducción de la monja Marcela; y aunque
desde el primer momento le señaló forma y fines de matrimonio, cosa es
muy grave, y si se quiere sacrílega, el inducir a una esposa de Cristo
al rompimiento de sus votos. Y lo peor es que con malicia instruí al
enamorado y le aconsejé, dándole por norma las inicuas reglas que yo
he ido sacando de la experiencia de mi vida libertina... ¡Ah, bien
merecido me está lo que ahora me pasa! ¡En ello veo tu mano, Dios de
justicia!... Hice muy mal en tomar a mi cuidado las desazones del pobre
Nelet. ¿Quién me mete a mí a zurcidor de voluntades guerrilleras y
monjiles? ¿Qué voy yo ganando con que una tarasca y un endemoniado se
casen o dejen de casarse? ¡Ah, en el fondo oscuro de mis intenciones
veo la maldita codicia y el afán de allegar recursos! No fue otra la
causa de mi metimiento en tan feo negocio. Y que la monja andariega,
por las reglas infames que di a Nelet, se ha trastornado y siente el
veneno de amor en su sangre no puede ponerse en duda. Por culpa mía
y de mi sabiduría pérfida, romperá sus votos y ofenderá a Dios... Me
ha movido el villano interés, la idea de que, casándose, me habían
de entregar lo que para mí designó Juan Luco... Mal pensé, mal hice,
y Dios, en pago de mi perversidad, permite que estos bribones me den
cuatro tiros... ¡Ay de mí!».
Interrumpiole Putxet con la noticia de que, oídas las razones
canónicas expuestas por el capellán, que amenazó con poner el caso en
conocimiento del Vicario General, había decretado Llangostera aplazar
el acto hasta el día próximo de madrugada. No supo Urdaneta si la
resolución del jefe le causaba tristeza o alegría. Si fue esto último,
era una alegría triste. Almorzó con mediano apetito, departiendo con
el capellán y el teniente Pulpis, que le custodiaba en la capilla.
Por la tarde, su tristeza se exacerbó en grado sumo, y la compañía de
aquellos señores le causaba enojos. Y pues no le dejaban solo, echose
en un camastro como intentando dormir; mas lo que hacía era sumergirse
en la contemplación de lo pasado, y en traer al pensamiento su familia,
su casa de Cintruénigo... «¡Ah!, si Rodrigo y Juana Teresa me vieran
en esta horrenda situación, qué amargo llanto derramarían... Sí, sí:
porque me quieren, aunque riñamos y nos enemistemos por tonterías
que, vistas desde aquí, son de una insignificancia que mueve a risa y
desprecio. ¡Dios mío, qué lección me das al fin de mi vida! Paréceme
que estoy ya en la eternidad, donde presumo que hemos de ver todas las
cosas del mundo en su natural pequeñez. Me quieren, sí, me quieren,
y yo también quiero a mi nieto y a la madre de mi nieto, que es la
esposa de mi hijo... Las contrariedades, que en mi necedad estimé
graves ofensas, ahora las perdono de todo corazón. Y cuando ellos
sepan, ¡ay de mí!, cómo ha concluido don Beltrán _el Grande_, también
me perdonarán los agravios que les hice, mis malas palabras, mis actos
rencorosos. ¡Pues poco que se condolerán de mi suerte! Rezarán por
mí, pedirán a Dios que me acoja en su seno, y harán sufragios por
mi alma. Ya estoy viendo a todo el clero de Cintruénigo atareado
por largo espacio de días en misas, funerales y responsos... Confío
sobre todo en la eficacia de mi arrepentimiento. Pésame, Señor, de
todo corazón el haberte ultrajado sistemáticamente, empleando tan
mal la vida larguísima que me has dado. Pésame también el rencor que
sentí hacia los míos, y el regocijo que tuve al ver descompuesta la
proyectada boda de mi nieto con la mayorazga de Castro-Amézaga. Pésanme
mis bravatas, mi orgullo, mi disipación, mi ansia de coger dinero para
presumir y disimular mi ruina... Pésame todo el daño que hice, y esta
última travesura de querer arrancar a Marcela de la vida religiosa
para satisfacer el liviano amor de Nelet...». Consagró también tristes
pensamientos a su hija y yerno de Villarcayo, perdonándoles sus últimos
desaires; besó mentalmente a sus nietos, y de todos se despidió con
efusión de lágrimas y suspiros. Sus amigos fueron pasando después por
su mente, uno tras otro, en melancólica y pausada procesión, siendo
de los últimos Fernando Calpena, por quien sentía paternal cariño.
Condolíase de que en Bilbao le hubieran birlado la novia. Si hablarle
pudiera en aquel instante, ya no se atrevería, no, a inducirle a
solicitar bodas con Demetria... No, no: guarda, Pablo. Demetria debía
ser para el marqués de Sariñán. Que doña María Tirgo y Juana Teresa
rehicieran los descompuestos planes. Buscara Calpena otra mayorazga,
que buenos partidos no habían de faltarle... Hasta del pobre _Mero_
se acordó y de Saloma, deseándoles vida, salud, felicidades y rápidos
ascensos... ¿Y qué sería de Tomé?... ¿Y del caballo ganado a Calpena,
qué se habría hecho? En Alcañiz habían quedado también su breve
equipaje y el reloj, magnífica repetición que no llevó consigo al
salir en busca de Marcela, porque roto el espiral a poco de partir
de Cintruénigo, para nada le servía. Guardado con unos pocos duros y
pesetas quedó en una bolsa de vejiga que antes usara para el tabaco...
La primera parte de la noche la pasó inquietísimo, hablando sin
fatigarse horas enteras, y ya refería sucesos de su vida, ya dictaba
disposiciones para que Putxet recogiera en Alcañiz su equipaje y
caballo, remitiéndolo todo, con la noticia y relato de su muerte, a
la villa de Cintruénigo. Hizo intención de escribir a su nieto y a su
hija; mas sintiendo muy desvanecida la cabeza y el pulso tembloroso,
no trazó más que unas seis líneas con la declaración de su inocencia y
de su trágico fin. Moría como caballero cristiano dolorido del mal que
había hecho, y a todos perdonaba, sin excluir a los que inicuamente le
quitaban la vida. Esmerose en la firma, trazándola con todo el vigor y
claridad que le fue posible. Después dijo:
—Quisiera que ahora mismo acabáramos. Las horas que faltan pesan sobre
mí como siglos futuros que se convirtieran en presentes.
Repetida y ampliada la confesión con piadoso recogimiento, incitole
Putxet a dormir. Negose a ello don Beltrán, y estuvieron departiendo
hasta la madrugada. Viendo cercana la hora, llamó el reo a los
oficiales del piquete para despedirse de ellos. Formando rueda en torno
a la mesa, oyeron esta manifestación tan sencilla como sustanciosa:
—Amigos, les agradezco la simpatía y delicadeza que en esta ocasión
me han manifestado. Son ustedes caballeros; yo también lo soy. Como
tal quiero morir; como tales se conducirán ustedes en el trance
final, acabando mi vida con rapidez y sin martirizarme inútilmente.
Yo les perdono de todo corazón. Y si me es permitido, por el fuero de
ancianidad, dirigirles algunos consejos, allá voy; y esto que ahora
les diga, sea para ustedes de autoridad, como expresión postrera del
pensamiento de un moribundo. Condenado sin culpa, no diré palabra
injuriosa ni vengativa contra el bando político que me arranca la
vida, ni contra vuestro ejército... Todas estas cosas quedan para
mí en un término lejano. Sin vituperar esta causa ni la otra, sin
enaltecer a ninguna de las dos, os digo que no derraméis más sangre
de españoles. Guardad esta sangre para mejores y más altas empresas.
No defendáis con tesón tan extraordinario derechos de príncipes o
princesas, pues voy entendiendo yo que tanto valen unos como otros,
y que cuando la cuestión se dilucide y haya un vencedor definitivo,
habréis desgarrado a vuestra patria, que es la legítima poseedora de
todos los derechos. Mientras ponéis en claro, a tiros, cuál es el
verídico dueño de la corona, negáis a la nación su derecho a la vida,
porque le estáis matando todos sus hijos, y le destruís sus ciudades
y le arrasáis sus campos. Será muy triste que cuando de vuestras
querellas salgan triunfantes un trono y un altar, no tengáis suelo
firme en que ponerlos. ¿Para qué queréis altar y trono, si luego han
de cojear como esos muebles a que falta una pata? Allanad y afirmad
el suelo ante todo, y esto lo haréis con las artes de la paz, no con
guerras y trapisondas. Haced un país donde haya todo lo contrario de
lo que unos y otros, a quienes no sé si llamar guerreros o bandidos,
representáis; haced un país donde sea verdad la justicia, donde sea
efectiva la propiedad, eficaz el mérito, fecundo el trabajo, y dejaos
de quitar y poner tronos... Lo que va a resultar es que, cualquiera
que sea el resultado, estáis fabricando una nación de bandolerismo,
que en mucho tiempo, gane quien ganare, ha de seguir siendo bandolera,
es decir, que tendrá por leyes la violencia, la injusticia, el favor,
la holgazanería, el pillaje y la desvergüenza. En un pueblo a que dais
tal educación, cualquier trono que pongáis será un trono figurado, de
cuatro tablas frágiles y cuatro mal pintados lienzos.
»Quizás vosotros, llenos de vida y de ilusiones, no veáis esto como
lo veo yo, viejo y moribundo. Creéis que toda la vida vais a estar
guerreando, con miras de gloria y ascensos; creéis que España ha de
ser patrimonio y casa de guerreros, los cuales en la paz tendrían que
ser empleados. ¿Empleados de qué? ¿Guerreros para qué? Sois muchos
a comer rancho; sois muchos a vivir de distinciones, de cintajos
y signos categóricos. Y yo os pregunto: ¿quién trabaja? ¿De dónde
sale el rancho, el sueldo, la ropita con galones? Esto es absurdo:
estáis matando el país y haciendo de él un magnífico cementerio
poblado por maniquís, que ostentarán su presunción paseándose entre
las sepulturas... Y ahora, puesto que me oís con tanta atención, me
permitiré daros consejos de otro orden. No es tan gran autoridad el
virtuoso que nunca ha pecado como el pecador que reconoce, aunque
tarde, sus yerros. Y puesto que conocéis mi vida, os incito a no
imitarme en la parte corrompida de ella. No seáis pródigos; adoptad
con discreta medida las prácticas de los miserables, llevando cuenta y
razón de lo que tenéis y consumís, para que nunca os salga la necesidad
más larga que su remedio, ni la sábana más corta que la pierna. Entre
la sordidez y la excesiva largueza, preferid lo primero, que os hará
antipáticos, pero no infelices. La generosidad practicada sin medida
puede ser viciosa, porque muchas veces la dicta la presunción antes que
el verdadero espíritu de caridad... Y tocando, por fin, el punto más
sensible, no me atrevo a deciros que no seáis enamorados, porque esto
sería contravenir una gran ley de naturaleza; pero sí os recomiendo
que lo seáis sin apartaros de las leyes eternas, y que evitéis
toda empresa de amor en que veáis probable daño de tercero. Esto es
muy malo, hijos míos, y os lo asegura quien, por seguir la regla
contraria, ha tocado en la experiencia sus perniciosos efectos. En todo
caso, sed respetuosos y veraces con las mujeres. Es más conforme a
naturaleza dejarles a ellas el uso del engaño, arma con que compensan
su debilidad, y tomar el hombre para sí el uso continuo de la lealtad,
que es la fuerza; y los riesgos que de esto se ocasionen, cada cual
los sortee como pueda, buscando siempre el bien. Que las alabéis y
las obsequiéis con flores del ingenio, no es cosa mala, pues muchas
con esto solo quedan satisfechas, y vosotros nada perdéis en ello.
Los que sean casados, harán bien en guardar la fidelidad matrimonial,
aunque les haya tocado un culebrón... Por eso, conviene mirarlo
despacio, y enterarse antes de contraer esos vínculos que duran toda
la vida. Sostened siempre la paz dentro de la familia que os resulte
del nacimiento y de las uniones, y si hay en ella caracteres ásperos,
procurad haceros a sus asperezas para que los demás contemporicen con
las vuestras, que de seguro las tendréis. Espinas sufrimos, espinas
tenemos, y el que crea que no las tiene y se duela de que le pinchen,
es tonto de remate. Y ya no me queda que deciros sino que seáis
trabajadores, que os procuréis un modo de vivir independiente del
Estado, ya en la labranza de tanta tierra inculta, ya en cualquiera
ocupación de artes liberales, oficios o comercio, pues si así no lo
hacéis y os dedicáis todos a _figurar_, no formaréis una nación, sino
una plaga, y acabaréis por tener que devoraros los unos a los otros
en guerras y revoluciones sin fin... Sed cultos, bien educados, y
emplead las buenas formas así en el lenguaje como en las acciones, que
la grosería es causante de terribles males privados y públicos. La
rudeza y los procederes ordinarios han sido aquí, bien lo veis, semilla
de discordias entre los pueblos, y por esa falta de formas se hacen
interminables las guerras, pues la grosería engendra el odio, y el odio
nos lleva al salvajismo y a la barbarie... Y basta ya: no lloréis por
mí, ni tengáis demasiada lástima de mi muerte, pues soy muy viejo y no
sirvo ya para nada. A nadie soy útil, a nadie hago falta; mis días son
de absoluta esterilidad; ya he vivido bastante, y al quitarme de en
medio, casi casi no cometéis crueldad, pues no hacéis más que arrancar
un tronco añoso y seco, que estorba el nacimiento de nuevos árboles...
A todos ruego que me perdonen, y yo en los presentes perdono a cuantas
personas de este y el otro bando hayan podido causarme algún agravio...
Entereza no me falta, ya lo veis: confío en la misericordia divina, a
quien entrego mi alma, abominando de mis culpas, sin pedir un galardón
que no merezco, y deseando solo la indulgencia que Dios no niega al
último pecador. Les ruego, además, que entierren mi cuerpo en lugar
decoroso, designando mi sepultura con una cruz y alguna inscripción,
pues mi familia pretenderá seguramente transportar estos tristes
despojos al panteón de Cintruénigo... Por mí, los dejaría en cualquier
parte; pero los Idiáquez no lo consentirán... Ea: ya he concluido,
y perdonen que haya sido hablador prolijo en este trance. Acabemos
pronto, y cumplan ustedes su deber, que es matarme, como yo cumplo el
mío muriendo en paz con Dios y con los hombres.