XXI

—Recitaré a usted las primeras estrofas de ella, que estampadas con

letras de fuego, como todas las demás, llevo en mi memoria. Dicen así:

_Es Dios la original circunferencia_

_De todas las esféricas figuras,_

_Pues cercos, orbes, círculos y alturas_

_En el centro se incluyen de su esencia._

_De este infinito centro de la ciencia_

_Salen inmensas líneas de criaturas,_

_Centellas vivas de las luces puras_

_De aquella inaccesible omnipotencia._

—Enrevesadillo es..., pero no está mal. Yo que tú, me limitaría a

contestarle en prosa llana que la quieres, que ahorque el sayo de

peregrina, y se deje de ensueños y se case contigo, para que deis a

Dios y a la sociedad, ella robusta, tú también, una _inmensa línea

de criaturas_... Pero sin perjuicio de este consejo, veamos cómo se

compone tu cacumen para devolver esas estrofas.

—Pues verá usted... Yo le digo:

_¡Oh, Marcela! Si es Dios circunferencia_

_De la divina esencia,_

_Explana de los orbes el abismo_

_En líneas, cercos, círculos y..._

Al llegar aquí, la ley del maldito consonante me obliga a buscar

el modo de meter la palabra _profundas_, para poder rematar con el

concepto:

_Tú que de amor y gloria te circundas,_

_Eres centro del centro de Dios mismo._

Apretándose los ijares, rompió don Beltrán en una tan fuerte risa, que

el bueno de Nelet, desconcertado, cortó la vena poética.

—¿Qué, señor? —le dijo—, ¿es que no están bien hilvanados, o que no hay

bastante sutileza y delgadez de razonamiento?

—Por San Jorge de Alfama y por el nombre que llevo —replicó don Beltrán

llorando de risa—, te juro que desde que hay poesía no se han compuesto

versos peores... Pues los de ella también son malos adrede... Hijo

mío, vuelve en ti; acógete a la opinión leal y a la experiencia del

viejo Urdaneta, y abandona un camino por donde vas, no a la conquista,

sino a la total perdición de la plaza que quieres sitiar. Ven acá, y

en un abrazo de amigo te comunicaré las ideas que deben curarte de esa

enfermedad que padeces. Los demonios y los versitos son dos síntomas de

un mismo mal: el mal de tontería, Nelet...

—Por Dios, que voy creyendo que tiene razón —dijo el discípulo

dejándose abrazar.

—¡Que si tengo razón!... Como que a no cambiar de sistema, Marcela

se reirá de ti y acabarás por volverte loco. De un mal semejante al

tuyo padece ella, y no has de curárselo sino con la aplicación de

la medicina que produzca humor contrario a esas simplezas. Vuelve

en ti; levántate de ese terreno, verdadero corral de pavos, en que

te has caído. Ten presente que Marcela no ha de quererte por pavo,

sino por hombre. No seas con ella poeta huero; sé gallardo, fuerte,

enamorado, siempre varonil; antes que ñoño y quejumbroso, sé atrevido

y jovial. No hagas caso de duendes, que son muy mala compañía, ni te

calientes los cascos componiendo endechas, que aun siendo superiores,

no agradarían a tu señora tanto como un buen poema de amor, sentido y

expresado en los hechos, no en las palabras.

—¡Es verdad, sí, sí! ¡Viva don Beltrán! —exclamó Nelet entusiasmado,

abrazándole más fuerte—. Lo veo claro... Hay que ser hombre, galán,

fuerte, apasionado, dispuesto para todo...

—Sí, que vea y entienda la grandeza y el ardor de tu pasión; que en

ti admire el tipo del caballero amante, de corazón fogoso y voluntad

firme; que te tema un poco, pues es bueno una chispita de miedo para

encender amor; vea también que a todos infundes respeto; que eres

bravo, verdadero gallo en guerras y amores. Esta es mi opinión. Si no

haces esto, no cuentes conmigo... Que te aconsejen los demonios y te

amparen los versitos.

—No; no hay consejero como usted, ni quien sepa más de cosas de mundo y

mujeres. A mi don Beltrán me atengo... Fuera demonios, fuera ensueños,

fuera poesía, que no es tal poesía, sino lo que usted dice..., cosa de

pavos... Fuera los quejiditos y el no comer, y el miedo ridículo...

El cuento es que cuando yo enamoraba a tantas sin quererlas, sabía

cumplir de palabra y obra; y a lo bruto..., porque yo era un bruto...,

me desenvolvía muy bien... Pero con esta no soy lo que fui, ni

acierto a enamorarla... Y es que me tiene prendada toda el alma, y el

seso completamente sorbido... y todo mi ser como derretido en ella y

transformado...

—Acógete a mi doctrina, hijo, y adelante. Ganarás, ganaremos la

partida, porque algo me ha de tocar a mí como maestro: la satisfacción

de ver coronados tus deseos, de verte feliz, contento, padre de

familia... ¡Y que no se alegrará poco este viejo de ver en ti y en

Marcela florecer nueva rama de la honradísima familia de Luco! Así se

redondeará todo, y evitaremos que el caudal de mi amigo vaya a parar

a manos muertas... Con él constituiremos una gran familia tronco

de numerosa prole; y en esa familia prosperará la agricultura, la

industria, y resplandecerá la moral, la... Ya ves, ya ves cómo discurro

y voy atando cabos. Hay que estar en todo, hijo mío.

—Venga otro abrazo —dijo Nelet con efusión, sintiendo que al mágico

influjo de aquella palabra persuasiva, el alma se lo vigorizaba, y se

le inundaba el entendimiento de vivísima luz—; ya lo veo, ya lo veo.

¡Vaya un talento macho!... Adelante: soy hombre; no creo en duendes;

quédense les versitos para barberos y estudiantes... Apresurémonos ya,

que aún estamos distantes del sitio en que hemos de pasar la noche.

Grandemente excitado, don Beltrán fue charlando todo el camino, y el

otro escuchaba gozoso las explanaciones que hizo de su pensamiento, y

los ejemplos admirables que refirió en corroboración de sus teorías.

Con esto se les pasó la tarde, y ya anochecía cuando llegaron al borde

de la barranquera que les separaba del monte de Vallivana. Para dar

descanso al viejo pararon allí, recreándose los dos en el paisaje que

a sus ojos se ofrecía: soledad en lo hondo, quietud en las alturas,

la majestad de la naturaleza campando en su silencio augusto. Con

precaución descendieron hacia el río profundo, que fácilmente se

vadeaba, y paso a paso emprendieron la subida de la vertiente opuesta,

guiados por _Malaena_; que sin este auxilio no habrían podido encontrar

el escalonado sendero entre la peña cubierta de vegetación. Llegaron

por fin a la meseta, donde había una fuente de agua cristalina dentro

de un nicho de variadas florecillas. En una gruta cercana descansaron.

La noche se les pasó en coloquios muy entretenidos y en ratos de

tranquilo sueño, después de una cena frugal. Al amanecer, previo

lavatorio de cara y manos en la fuente, emprendieron la marcha hacia el

santuario. Según los informes de la vieja, allí encontrarían a Marcela,

que había llegado la noche anterior traspasando la sierra de Bel.

En efecto, serían las siete cuando, vencida ya gran parte del fragoso

camino, vieron descender por entre matojos la figura mística de la

monja Luco, seguida de los viejos. Estos se quedaron atrás, y avanzó

sola entre el verdor de los jarales con lento paso de procesión: traía

en la mano una rama de espino florecido. Cuando estuvo casi al habla

saludó a sus amigos con grave sonrisa y un movimiento de la mano en

que tenía el ramo, y se sentó en una peña. No lejos de ella, otra peña

baja y extensa parecía puesta allí para que se sentaran los caballeros.

Esmerádose había la naturaleza en la hechura de aquel estrado, para

pláticas de novios o para honestas reuniones. Se miraron los tres un

instante. Rompió el silencio Marcela con palabras de relleno:

—¿Verdad, señor don Beltrán, que es agria la subidita? Siéntese aquí, a

este lado mío. Tú, Nelet, enfrente.

—La más penosa cuesta —dijo el anciano con refinada galantería— se

vuelve ligera y fácil cuando al término de ella estás tú.

—Es lisonja, señor... No le quiero tan lisonjero.

—Es la verdad —afirmó Nelet, que ya se enojaba de permanecer mudo—. Por

ti, Marcela, subo yo a este monte y a otros más altos; y cuanto más te

subas tú, más gozo yo elevándome hasta donde estés: que es obligación

de lo humano remontarse a lo divino.

—¡Jesús mío! —exclamó la monja risueña, santiguándose—. ¡Cuán

desatinados vienen hoy los dos!

—Alto ahí —dijo don Beltrán, tomando pie de las últimas palabras de

Nelet—: si divina es Marcela, y como a tal la adoramos, no ocultemos

que ahora la quisiéramos humana, sin menoscabo de su divinidad, pues a

mi entender, lo divino y lo humano deben compenetrarse, constituyendo

el mejor estado dentro de la naturaleza...

—Alto ahí, digo yo ahora, y a fe de Marcela sostengo que no soy

divina, aunque a la divinidad aspira mi pobre humanidad baja, y la

compenetración de lo humano y lo divino ha de ser por el modo que la

propia divinidad señala cuando quiere hacer suyo lo humano.

Si Marcela gozaba en este torneo conceptuoso, Nelet sufría de verse en

tales laberintos, donde se perdía su _intellectus_. Así, con gallardo

arranque llevó la cuestión al terreno de la sinceridad y llaneza:

—No sé si es humano o es divino el sentimiento que aquí me trae,

Marcela, sentimiento por el cual iría yo tras de ti hasta el fin del

mundo. Lo que te he dicho en mis cartas, ahora lo repito con el apoyo

de mi buen amigo; y es que te quiero. Dios encendió en mí una llama que

me devora y consume. Si me niegas el amor que te pido, creeré que este

fuego es un pedazo del infierno metido en mí.

—¡Oh!, eso no —dijo Marcela prontamente—, que el amor viene siempre de

Dios. Fuego del cielo es lo que te quema el alma, Nelet; mas no has de

pretender que yo rompa mis votos para darte la tranquilidad. El amor,

nacido en el alma, puede en ella tener su remedio, pues como divino,

con divinos medios se modera y aplaca.

—Eso no —dijo el anciano—, con perdón de la ciencia, el amor como

sentimiento de pura humanidad, solo en la esfera humana encuentra su

remedio.

—Perdóneme el señor don Beltrán; déjeme concluir. Ha dicho Séneca que

el afecto de amor no se rige por la razón. Es sabido que el demasiado

amor es muy peligroso y acarrea desastres y muertes. Y así, yo repito

ahora el dicho de Quilón Lacedemonio: «No amarás ni desearás nada

demasiadamente». Y de que el amor no se rige por la razón, tenemos en

la antigüedad ejemplos mil. Pigmalión y Álcidas Rodio amaron estatuas;

Pasifae Reina amó a un toro; Semíramis a un caballo; Jerjes Rey a un

árbol plátano; Hortensio Orador amó a una murena pescado; Cipariso a

una cierva, y muerta la cierva, murió él también de pesar...

—Pero yo no amo a una estatua, ni a un pez, ni a un árbol —dijo Nelet

con viveza—, sino a una mujer, a un ser vivo y hermoso, en quien Dios

puso todas las perfecciones...

—Déjame acabar mi argumento.

—Dejarla... sí, dejarla —indicó don Beltrán, que notaba en Marcela un

gran gusto de hablar de amor, y el empeño de disimularlo con frialdades

eruditas.

—Hemos sentado que el amor no se rige por la razón —prosiguió la

santa—. Y ahora, tratando de penetrar en la esencia de ese sentimiento,

digo que lo que mueve el amor del hombre es toda perfección de

naturaleza...

—Muy bien.

—Admirable.

—No lo digo yo: lo dice Aristóteles. Las cosas que incitan y mueven

el amor en el hombre son: sapiencia, hermosura, eutrapelia, que es

como decir buena conversación... Pues apartando el alma de estas

perfecciones de naturaleza, a que llamo perfecciones imperfectas, y

embebiéndola en la única perfección perfecta, que es Dios, el amor

humano se extingue, y el alma se ve purificada, gozosa y satisfecha en

el verdadero amor.

—Todo eso es muy sabio —dijo Nelet en pie, impaciente, decidido a

llevar las cosas por lo humano, pues tanta divinidad y sutileza de

palabra le enfadaban—, pero a mí no me traigas ese cuento de que el

amor de Dios quita el amor de mujer... No: a Dios se le quiere como

Dios y a la mujer como mujer. Hombre soy, mujer tú. ¿Por qué no hemos

de amarnos y ser felices? ¿Para qué nos ha criado Dios? ¿Para que nos

aborrezcamos uno a otro y le queramos a Él? No, Marcela... Eso es un

disparate, aunque lo digan Séneca, Aristóteles o san Simplicio. En

cuestión de amor sé yo tanto como esos y más, más... Si quieres darme

una razón para no amarme, deja a Dios y a los santos en el cielo, y

háblame como se habla entre criatura y criatura. Dime que no te agrado,

que no soy de tu gusto, y ante este argumento, que no es sabio ni está

en latín, no tendré más remedio que callarme y devorar mi amargura y

morirme de pena... Sí, Marcela, porque tu desprecio es mi sentencia de

muerte...

—Bien, muy bien, Nelet —gritó don Beltrán radiante de satisfacción—.

Así habla un hombre, y así te quiero, hijo mío.

—Hemos venido a pedirte una contestación a lo que de palabra y por

escrito te he dicho. Yo estoy loco por ti. Desde antes de conocerte te

amaba, y antes de verte te veía, y tan llena de ti tengo mi alma, que

no hay en ella intención ni pensamiento que no sean tuyos..., de lo

que se sigue que has de escoger entre quererme y que yo acabe mi vida.

Esto es quererte a ti y querer también a Dios. Pero no me pidas, ¡ay!,

que quiera a Dios solo sin dejar nada para lo humano, porque eso es

imposible.

Marcela mordía un palito de la rama del espino, sin fijar los ojos en

ninguno de los caballeros, perdida su mirada en vagos espacios. Don

Beltrán se aproximó a ella para observar su rostro, en el cual creía

notar cierta turbación o pugna de sentimientos, y aprovechando estado

tan ventajoso, hizo seña a Nelet de que callase, dejándola un rato en

aquel solemne careo consigo misma.

La campaña del Maestrazgo · 第 23 / 34 题