Sin ociosos preámbulos refirió que había pasado noches horribles de
insomnio y terror, pues al llegar a Calig, después de haberse batido
en guerrillas un día entero con las guerrillas de Oráa, le cogieron
por su cuenta como media docena de espíritus, a quienes primero tuvo
por ángeles, y luego hubo de reconocerlos por demonios efectivos, de
la familia o casta de bellacos y maleantes, pues se le presentaron
en un puesto de cantina, y convidándole a beber copas, invitáronle a
dar un paseo. Vestían de paño colorado, como oficiales de un ejército
extranjero; y cuando ya se hallaron solos con él en lugar apartado,
trocáronse por ensalmo en clérigos, y le dijeron que le casarían al
instante con la hermosa Marcela. Quiso huir Nelet; mas le cogieron, y
de un vuelo rapidísimo fue llevado al castillo de San Mateo, entrando
por la plataforma de la torre más alta.
—Nelet, si es sueño —dijo don Beltrán bondadoso—, cuéntamelo como
sueño, y con la importancia que a tales figuraciones de nuestro cerebro
debemos dar.
—Lo cuento como me pasó y como lo sentí. Preste usted atención, y
verá si es sueño o qué es. Pues, señor... El que parecía jefe de la
infernal comparsa me cogió por el brazo y me dio un rápido paseo por
el interior del castillo, arrastrados él y yo de un furioso ventarrón
que por todos los huecos entraba y salía, llevando consigo alimañas mil
volanderas y un polvo que cegaba. Y con las propias voces del aire y
los chillidos de las alimañas, mi demonio me hablaba. De todo lo que me
dijo, solo saqué en limpio que el amor que Marcela tenía a las cosas
divinas se le había trocado, por arte maléfica, en afición a hombre, a
mí, en una palabra; que en aquel momento hallábase en el santuario de
Traiguera engañando a la Virgen para que la relevara de la obligación
de sus votos. Debí manifestar al maldito diablo mi afán de trasladarme
a Traiguera..., no estoy seguro de ello..., solo sé que llevándome a
un gran sótano que hay bajo la sala de armas del castillo, me mostró
un agujero al modo de escotillón, de donde arrancan escalones hacia lo
profundo... Como polvo, como humo se desvaneció mi acompañante, dejando
tras sí un olor muy malo, y yo, precipitándome por aquella abertura,
me vi dentro de un angosto callejón labrado en la roca, y por él me
lancé, en la seguridad de salir a Traiguera. Una luz tristísima, que
yo no sabía de dónde demonios podía venir, me alumbraba en tan feo
camino. Seguí, seguí toda la noche andando; toda la noche, señor, y al
ser de día, o cuando a mí me parecía que alumbraba el sol en la región
externa de la tierra, oí ruido de aguas que manaban de aquellas peñas
y corrían por grietas y sumideros, haciendo unas como gárgaras muy
imponentes... Halleme por fin en una caverna, cuyo techo parecía la
bóveda de una catedral; en el fondo de ella varios hombres cavaban la
tierra... Acerqueme, y les vi sacar del suelo un objeto largo y pesado
de color de tierra. «¿Es eso una momia, amigos?», les pregunté. Y ellos
respondieron: «Mojama es de un muerto de metales, que agora sacamos y
resucitamos por orden de la sacra señora, para mayor grandeza de Dios
e de su religión». Sin parar mientes en lo que hacían, les pregunté por
dónde saldría más pronto a Traiguera, y su respuesta fue señalarme uno
de los conductos que desde allí partían, abiertos en la roca. Por él me
metí, y a las seis horas de camino, por mi cuenta, salí a la luz, y me
encontré, no en Traiguera, sino en el castillo de Cervera del Maestre.
—Para, querido Nelet, para —le dijo Don Beltrán—, y reconoce que todo
eso es un desatinado sueño.
—Lo reconoceré si usted se empeña en ello. Pero hay algo aquí que no
comprenderé si usted con su universal conocimiento de las cosas no
me lo explica, y es que al salir a Cervera del Maestre, encontreme
tan molido como si me hubieran dado carreras de baqueta; mis pies
sangraban; en mi cuerpo no cabían ya más cardenales... Y otra duda; si
ello fue sueño y me dormí en Calig, ¿cómo desperté en Cervera?
—¿Estás bien seguro de no haber ido a Cervera... por tu pie?
—Segurísimo. ¿Y cómo, sin creer en los poderes ocultos, se explica que
al bajar yo del castillo al pueblo de Cervera me encontré a _Malaena_,
que muy sentadita en una piedra me esperaba? ¿Cómo sabía ella que allí
estaba yo, habiéndole advertido que fuera a buscarme a Calig?
—Pues será bruja, como dicen... Y en suma, ¿qué recado te traía la
mensajera?
—Que había visto a Marcela en el castillo de San Jorge, más abajo
de Traiguera, ocupada con dos viejos en apisonar la tierra de una
sepultura recién abierta y cerrada. Apisonaban dando pataditas encima
los tres, marcando el compás, como de baile, con una oración entre
rezada y cantada. Luego que acabaron, Marcela dijo a mi embajadora que
si yo quería verla pasase el jueves (por hoy) a Vallivana.
—Y por eso estamos aquí, y por eso vamos allá. Muy bien.
—La despaché en seguida con nuevo mensaje escrito, y hoy ha de traerme
la contestación. Me espera en Salvasoria, que es aquella aldeíta que
blanquea allá lejos, en el fondo de este valle, y que desde aquí parece
un hato de ovejas sesteando entre los matorros verdes.
Siguieron; y como don Beltrán intentara quitarle de la cabeza la
pueril creencia de los caminos subterráneos, obra de la edad feudal,
dijo Nelet que a la tradición debía tal creencia y otras análogas,
como la parte fundamental que toman en nuestra vida las potencias
invisibles, ora sean ángeles, ora demonios. Replicó el anciano que la
tradición era una vieja loca, que había sido poetisa; pero que ya con
la edad chocheaba; y Santapau contó que su madre, natural de Ares del
Maestre, el riñón del Maestrazgo, hablaba de las galerías secretas
entre los castillos de la orden de Montesa y los monasterios de frailes
y monjas, como si las hubiera visto y reconocido de punta a punta.
Tomó la palabra Urdaneta para denegar tales absurdos, asegurando que
si había pasadizos bajo tierra, eran cortos, y solo servían para unir
los castillos con algún reducto cercano, caminos naturales del arte
antiguo de la fortificación. Respecto a la orden de Montesa, de quien
fue propiedad aquel territorio que veían, y otros mayores en grandísima
extensión por todo el reino alto de Valencia, dijo que él era caballero
de dicho hábito; pero que ya tales caballerías eran una ficción de
vanidad, porque todo lo sustancial de ellas se lo había tragado el
tiempo insaciable, que va devorando, devorando, y no siempre crea
cosas nuevas con que sustituir a las pasadas. En la antigua ciudad de
Olite, patria de su madre, y en la casa solar de Urdaneta, en las Cinco
Villas, subsistían no pocos retratos de esclarecidos caballeros de San
Jorge de Alfama, orden que se refundió en la de Montesa. Esta trocó su
cruz negra flordelisada por la roja y sencilla de San Jorge, que es la
que aún dura. Uno de sus remotos abuelos, según constaba en pergaminos
de la casa, don Gilaberto de Monsoria, fue Gran Maestre de Montesa, y
con esta dignidad murió en la villa de San Mateo, donde seguramente se
conservaría su sepulcro.
—Otro ascendiente mío por la línea materna, frey don Pedro Luis de
Garcerán de Borja, fue Comendador mayor, y poseía por tal dignidad las
villas y pueblos de Cuevas de Vinromá, Albocácer, Tirig, Torre den
Dumenje, y otras más que no recuerdo ahora. Clavero fue el hermano
del fundador de mi señorío de Albalate, frey don Guillén de Corbera,
almirante... Pues si las mudanzas de los tiempos y las revoluciones
no hubieran hecho escombros de todo aquel orden social, tu amigo don
Beltrán de Urdaneta sería hoy quizás Gran Maestre, y dueño, por tanto,
de las villas y lugares de San Mateo, Traiguera, Chert, La Jana y
algunos más. Figúrate... Nadie nos tosía en estos valles y montes;
con mi gente armada y esta red de castillos y fortalezas, haríamos
aquí lo que nos diera la gana: a ti te nombraría bailío para que me
gobernaras todo mi territorio; elegiríamos prior a un clérigo sumiso
que a nuestro gusto nos gobernara todo lo espiritual; a las monjas
de nuestra jurisdicción las obligaríamos a proporcionarnos todos los
milagros que fueran menester; haríamos excavaciones para sacar tesoros
escondidos y... Pero despertemos a la realidad, y caigamos innoblemente
en este lodazal de miseria, de esclavitud y vulgaridad. Veamos nuestros
castillos en ruinas, poblados de lagartos y murciélagos; nuestro poder
desvanecido como el humo; veámonos tan impotentes que sobre nadie
tenemos autoridad, y a nosotros nos mandan cuatro canallas groseros y
estúpidos. ¿Qué somos? Unos pobres peregrinos que van tras de una monja
suelta, de quien esperamos, tú una limosna de amor, yo una limosna
de pan... Ya ves... ¡Qué triste despertar!... ¡Oh tiempos, oh fin de
fines!...
Callaron largo trecho: antes de llegar a Salvasoria, se les apareció
_Malaena_ saliendo de un matojo, y Nelet se detuvo un instante con
ella para recibir razones de su embajada. Don Beltrán distinguía de la
mensajera una figurilla delgada y ágil, brazos y manos ennegrecidos,
con rostro muy semejante en color y arrugas a una pasa, con ojos
ratoniles. No hablaba más que valenciano, dulce y lacónico, apoyando
con sus flacas manos los dichos, cual si quisiera estamparlos en el
aire.
—_Pos hara_ —le dijo Nelet—, _adelantat y espéranos en la font, al peu
del mont. Allí pasaren la nit. Arreplega lleña y fes una bona fogata.
Pren estas provisions, y si pots conseguir unes criailles, fetnos un
bon guisado_.
En breve desapareció delante de los peregrinos la diligente pájara, y
ellos siguieron taciturnos: Nelet mirando al suelo, recitando entre
dientes algo que no se sabía si era oración o algún conjuro contra
diablos entrometidos y enredadores; don Beltrán mirando al monte,
recreándose en aquella plácida soledad de sagrado bosque propicio a los
misterios. Sentíase el noble viejo a mil leguas de la sociedad y de
sus afanes; diríase que ni la guerra, ni la política, ni ninguna lucha
de humanos, habían de extender hasta allí su tumulto y vocerío. Por no
ver seres vivos, ni aun cabras veían. Era la soledad de los lugares
no estrenados aún por la historia y la leyenda... La imaginación del
primer habitante los poblaba de seres invisibles, escondidos en el
silencio.
Oyendo suspirar a Nelet, su maestro le dijo:
—Muy caviloso te veo. ¿Eso que entre dientes hablas, es rezo o un
ensayo de lo que quieres decir a tu amada en la entrevista de esta
tarde?
—No la veré esta tarde, sino mañana al amanecer, que así acaba de
anunciármelo _Malaena_; y en cuanto a lo que mascullo, sepa usted que
es la contestación que debo dar a unos versos que hace días me envió
Marcela... Mi plan es glosarlos estrofa por estrofa, devolviéndole el
discurso y dándole un giro peregrino, que al propio tiempo que exprese
mis afectos, sea muestra gallarda de un buen razonar... Compongo de
memoria algunas de mis estrofas para que usted me las corrija, y en eso
vengo trabajando con los sesos bien afinados y calientes.
—Ante todo, léeme o recita los versos de esa prodigiosa mujer, pues sin
conocer la proposición poética, mal podré yo juzgar si la conclusión
rivaliza tu ingenio con el suyo.