—Más poeta eres de lo que yo creía —dijo don Beltrán, cogiéndole del
brazo para pasear por el claustro—. Por cierto que una queja tengo de
ti, y es que, habiéndote escrito Marcela, según me has dicho, más de
una carta, acompañada de versos, aún no me los has enseñado.
—No solo he de mostrárselos, sino que quiero que ponga su mano de
maestro en los que yo, en respuesta de los suyos, estoy inventando...
Rompió don Beltrán en una risa placentera; mas no pudieron seguir
ocupándose en aquel ameno asunto, porque se acercó el ayudante
del batallón, llamando a Santapau para urgentes resoluciones del
servicio. Toda la tarde y parte de la noche estuvo atareadísimo, dando
cumplimiento a órdenes de Cabrera para proveer a una corta de árboles,
con objeto de proteger el camino cubierto entre la casa del abad y un
_mas_ situado a tiro de fusil, dominando el río y el sendero. Al día
siguiente contó el comandante a su maestro que, no pudiendo dormir
después de su trabajo, había visto a Marcela, o más bien una parte no
más de su persona...
—Pero tan claramente, amigo Urdaneta, como le estoy viendo a usted
ahora.
—¡Demonio! ¿Y qué parte de su persona veías? ¿Se puede saber?
—Los dientes... Mire usted que es raro. No hay, créalo, en todo el
mundo dientes como los suyos, blancos como la leche, y tan iguales y
bonitos que se emboba uno mirándolos... Por arriba y por abajo de las
dos hiladas, veía yo un poco de los labios... y nada más.
—Eso es que sonreía. Buena señal. ¿Y una sola vez lo viste?
—Más de veinte, y hoy también como unas ocho veces.
—Aunque aquí estamos muy bien, es lástima que las obligaciones
militares nos separen de la divina Marcela.
Díjole Nelet que desde antes de ir a la Cenia, era tal su anhelo de
verla y hablarle, que había discurrido establecer comunicación con
ella. Tanto tiempo ausente del ser que adoraba, era peor desgracia
que la muerte. Habiendo tenido la suerte de encontrar a un pastor
viejo, muy conocedor de aquellos montes y cañadas, devoto de Marcela,
a quien como santa miraba, le dio el encargo de rastrearla y descubrir
sus guaridas. Al segundo día de estar en Benifazá, le había traído el
pastor razones satisfactorias. Marcela habitaba con preferencia en
las alturas, como las águilas, y en los santuarios de más devoción
del país. Había morado algún tiempo en la Muela de Ares, después pasó
a la cueva de la Balma, de allí a la Virgen de los Ángeles, cerca
de San Mateo, y en aquellos días se hallaba en el santuario de la
Traiguera, entre Chert y Vinaroz. Como preguntara don Beltrán sí había
recibido carta en prosa o verso, replicó que las razones de que había
sido mensajero el pastor eran verbales. Marcela enviaba un cordial
saludo a sus dos amigos, asegurando que en todas sus oraciones pedía
al Señor y a la Virgen que les diera salud y buenas ideas. A Nelet,
particularmente, le enviaba nuevas expresiones de su agradecimiento,
y la promesa de acudir al punto que él designara, si algo tenía que
decirle.
—¡Oh! Magnífico... No repugna acudir a la cita. Vamos bien, querido
Nelet, pero muy bien... ¡Ay!, es triste cosa que ni yo por prisionero,
ni tú por militar, esclavo de la ordenanza, podamos trasladarnos a
donde nos llama nuestro deseo.
—En eso pienso, señor mío —dijo Santapau caviloso—. Y harto ya de
la esclavitud del servicio, estoy decidido a pedir mi licencia por
enfermo, instalándome donde ella esté, aunque para esto tenga que hacer
vida de penitente.
Aseguró Urdaneta, suspirando y casi lloroso, que él haría lo mismo
si pudiese, agregándose a los enterradores que escoltaban a la
divina mujer, y dedicándose con ellos al manejo de la pala y azadón
donde fuese menester remover la tierra. Añadió Nelet que para la
comunicación con la monja había encontrado mensajero más rápido que
el pastor, y era una mujercita del barranco de Vallivana, a quien
llamaban _Malaena_, también con cariz de penitente o mendiga errante,
envejecida por los trabajos, la miseria y los sufrimientos. Madre
fue de dos hijos que andaban en la partida de Pertegaz, y cogido por
Nogueras uno de ellos con un parte del _Serrador_, le fusilaron; al
otro le aplicó Boil la misma pena en Concud, cerca de Teruel. Sin
parientes ni habientes, viviendo de arrancar leña y vender teas,
era _Malaena_ un puro espíritu, pues entre sus huesos y su piel no
encontrara el escalpelo más diligente una hebra de carne. Frecuentaba
los bosques; sabía escoger hierbas oficinales; comía raíces y mendrugos
de pan, reblandecidos en el agua. En ligereza para pasar de un valle
a otro, salvando las más altas muelas, y los puertos pedregosos,
no la igualaban más que los pájaros. Aunque en algunos caseríos de
Salvasoria la tenían por bruja y la recibían a pedradas, era una pobre
y santa mujer, sencilla, inocente y fiel. Al escogerla Santapau para
embajadora, vio en ella un ave discreta y solícita; y para tenerla
en su gracia, empezó por regalarle una saya nueva, pañuelos, y todas
las alpargatas que para sus montaraces correrías necesitase. Estas
fueron inauguradas por un mensaje amoroso, en que puso Nelet sus cinco
sentidos, consultándolo con don Beltrán, el cual hizo varias enmiendas,
más para templar que para encender el ardor pasional del desgraciado
joven.
Si la guerra vino de improviso a perturbar estos planes, tan distintos
de la contienda entre Isabel y Carlos, luego los favoreció, como se
verá más adelante. El 4 de mayo avanzó el general Oráa desde Vinaroz
contra Cabrera y el _Serrador_, que ocupaban la Cenia y Rosell. En
una y otra parte les atacó con brío, desalojándoles después de reñido
combate. La fuerza de Benifazá acudió en apoyo del _Serrador_, y tanto
este como Cabrera hubieron de buscar refugio en la sierra de Bel. Dos
días estuvieron tiroteándose en aquellas alturas las guerrillas de uno
y otro bando, hasta que Oráa, falto de provisiones, hubo de retirarse
a Vinaroz, y Cabrera y el _Serrador_ volvieron a ocupar la Cenia y
Rosell. Tal era la guerra del Maestrazgo, un tomar y dejar posiciones
y un perseguirse y sorprenderse, sin ventaja de los liberales, que no
podían abandonar largo tiempo su base de operaciones; el juego solo
aprovechaba a los carlistas, que estaban en su casa, y desalojados de
la sala, se metían en la cocina; perseguidos en esta, se escabullían
por el cañón de la chimenea, y desde el tejado seguían combatiendo.
El ejército cristino, como se ha dicho, tuvo que bajar a Vinaroz: comió
y volvió a subir, custodiando un convoy de víveres para socorrer a
Morella, algo apurada de bucólica en aquellos días. Queriendo cortarle
el paso, apostó Cabrera su gente en Chert; pero el _lobo cano_ anduvo
más listo; conocida la jugada, dispuso sus tropas con arte y burló la
astucia del _leopardo_. Trabose batalla, en que el _lobo_ llevó la
mejor parte, ganando sin dificultad el paso de Vallivana y entrando
en Morella sin grave tropiezo. Repitiose a la vuelta la jugada,
con mayor gasto de cartuchos y algunas bajas; pero el _lobo_ pasó,
rodeando las alturas de Catí, mientras su rival, desconcertado por este
hábil movimiento, bajó a esperarle en el valle de San Mateo, donde
la caballería cristina le hizo frente, obligándole a volverse a las
alturas. Poco afortunado Cabrera en aquellos lances, dividió de nuevo
su ejército, y dejando a Llangostera en el Maestrazgo, se corrió con
el _Serrador_ y el _Fraile Esperanza_ hacia Murviedro, donde esperó
inútilmente sorprender a Nogueras, y de allí le veremos volver pronto
hacia el norte con la celeridad del rayo, para sitiar a Gandesa.
En el tiempo invertido en estas operaciones, que solo por el cansancio
que producían al enemigo eran al carlismo provechosas, pasó el buen
Urdaneta días de ansiedad amarguísima, confinado primero en Chert,
luego en La Jana, deplorando la ausencia de su amigo, de quien nada
sabía; oyendo sin cesar el vivo tiroteo que por esta y la otra
encañada, de este y el otro monte venía; ignorante de quién perdiera
o ganara en aquellos combates, a su parecer fantásticos y aéreos,
sostenidos en las alturas o en los desfiladeros por bandadas de aves,
más que por hombres. Eran las guerras de fábula, entre animales de
pluma o pelo, veloces, y que prontamente corrían de un punto a otro,
sin dejar rastro. Recluido en la impedimenta de Llangostera, que
escoltaban pocos infantes y caballos, sufrió el hombre tristezas,
hambres y tratos groseros, hasta que puestas en marcha las acémilas,
cuando ya toda la rambla de Cervera y pasos de Vallivana estaban libres
de cristinos, tuvo la satisfacción de ver a Nelet, que al frente de un
corto destacamento de soldados venía de San Mateo, y lo primero que
hizo el joven guerrero fue correr a abrazarle cariñoso. Poco le faltó
a don Beltrán para echarse a llorar del gusto que aquel encuentro le
daba, y antes que pudieran comunicarse sus afectos, hubo de notar
Urdaneta que el rostro de su amigo, demacrado y macilento, revelaba
enfermedad honda o turbaciones del ánimo. No quiso el comandante
entretenerse en explicaciones, dejándolas para cuando llegasen al
poblacho donde habían de dormir. Solo dijo que sintiéndose mal de
salud, había pedido permiso a Cabrera para reponerse con algunos
días de descanso, y para cumplir un voto a la Santísima Virgen de
Vallivana. Como se condoliera el maestro de no poder acompañarle ni
en el descanso ni en la piadosa peregrinación, díjole Nelet que pues
en Catí encontrarían a Cabañero, bien se podía esperar que el bravo
aragonés, deudor de don Beltrán por beneficios recibidos, le mostraría
su gratitud en aquella ocasión sin faltar a sus deberes militares.
Consolado con esta idea, recobró el noble señor su tranquilidad, ya que
no su alegría, y charlando de los sucesos recientes, se encaminaron uno
y otro a Catí, venciendo trabajosamente la subida asperísima que a tan
enriscada posición conduce.
Lo primero de que se ocupó en el pueblo Santapau fue de ver a Cabañero,
que con su legión zaragozana y oscense allí estaba desde el día
anterior, y hablarle del desgraciado prócer a cuya generosidad debía
el jefe aragonés los primeros zapatos que se puso en su vida. Así lo
reconoció el tal, manifestándose muy sorprendido de que en pasos tan
desdichados se viera el noble señor de Albalate y Olid. Corrió a verle,
y besándole afectuoso las manos, oyó de don Beltrán las explicaciones
que este quiso darle de los motivos por que había venido a ser cautivo
de Cabrera, y de hallarse en rehenes, la más aflictiva situación de
un hombre, ¡ay!, en tiempos tan calamitosos. Compadecido Cabañero, y
expresando su voluntad sincera de influir con el jefe para libertarle,
le convidó a su mesa, harto pobre en verdad; pero aceptable en tales
circunstancias. Tocado por Nelet el punto delicado de la escapadita a
Vallivana para cumplir el voto que _los dos habían hecho_ de visitar a
la Santísima Virgen, accedió Cabañero a que el prisionero se ausentase
del ejército por dos días no más, dejándole una garantía más valiosa
que todos los rehenes o _prendas vivas_.
—Mi palabra de honor, ¿no es eso? —dijo don Beltrán alargando su mano
flaca—. Pues la tienes.
Respondió el aragonés con gallarda confianza que la palabra de
tan insigne caballero le bastaba para tener bien cubierta su
responsabilidad, y no se habló más del asunto.
Vierais, pues, a la mañanita siguiente, a Manuel Santapau y al señor de
Urdaneta salir de Catí, solos, a pie, cada cual amparado de un nudoso
garrote: el uno inerme, el otro armado de pistolas y un cuchillo de
monte. Llevaba de añadidura Nelet provisión de pan y otras cosillas
de sustancia liadas en un pañuelo. En el descenso de la montaña, por
senderos de ovejas que sorteaban la pendiente con ángulos y curvas
dilatadas, pudieron apreciar el grandioso panorama que a su vista se
ofrecía; belleza incomparable de que también gozó don Beltrán, pues
si no apreciaba las menudencias y tonos medios del paisaje, percibía
claramente las grandes masas rocosas, que por su coronamiento romo
y achatado, en aquella formación geológica, son llamadas _muelas_.
Las vertientes cubiertas de verde espesura son en algunos puntos
suaves; en otros caen rápidamente, querenciosas de la vertical: todas
de imponente majestad y hermosura. En una de las revueltas vieron el
alto de la Virgen de la Salud, cerca de San Mateo, coronado por el
santuario eminente; en otra revuelta, hacia el oeste, la Muela de Ares,
cima chata en la sierra de la Higuera. Hacia el norte distinguían el
oscuro monte de Vallivana cubierto de verdor, y más allá asomaban el
Castell de Cabres, la Moleta del Cid y los montes de la Cenia. Ningún
ser humano encontraron en el camino. Llegado que hubieron a un ameno
grupo de alisos entre peñas, se sentaron a descansar y a reponerse con
un frugal almuerzo, y tumbados allí, en medio de la paz y quietud más
deliciosas, Nelet empezó a desembuchar las noticias y peregrinos hechos
que ansiaba someter al consejo de su amigo.