—¡Jesús, qué delicia! —exclamó Nelet, después de una corta pausa—.
¡Casarme con ella!... ¡Marcela mi mujer! ¡Y retirarnos a una vida
pacífica, laboriosa y agradable!... ¡Y tener hijos, muchos hijos!...
Sepa usted, don Beltrán, que hacienda no me falta. Conservo parte de
las heredades de la familia..., entre ellas un _mas_ que es la gloria,
cerca de Cambrils.
—Rico tú, más rica ella, el matrimonio se impone —dijo el anciano con
tal gravedad que a Nelet pareciole que hablaba por su boca el Concilio
de Trento—. Has de saber que Juan Luco, padre de esa extraordinaria
hembra, poseía grandes caudales, que yacen sepultados bajo tierra en
diferentes puntos: me consta.
—Algo de esto oí; mas no le daba crédito.
—¡Si serás tú simple! Crees en los demonios, y pones en duda los hechos
más naturales y corrientes... De acuerdo con su hermano Francisco,
que también ha dado en la flor de que le canonicen, Marcela se
propone consagrar todo ese metálico que hoy yace bajo tierra a una
grande obra de fundación religiosa... Figúrate qué desatino... ¡Como
si no tuviéramos en España bastantes conventos! ¡Y en qué ocasión
se le ocurre emplear dinero en albergues para frailes y monjas...
cuando Mendizábal, de una plumada, ha echado por tierra las órdenes
monásticas...! Pero poniéndonos en lo razonable, y a fin de no
contrariar abiertamente la voluntad de la monjita, la dejaremos que
consagre parte del tesoro a satisfacer aquel deseo santo, reservando un
buen pico para las obligaciones sacratísimas que dejó pendientes Juan
Luco. ¿No te parece?
—Si he de hablar claro, señor don Beltrán, amo a Marcela con amor
del alma y fuego de todo mi ser, sin que esta pasión sea turbada ni
envilecida por ninguna ambición tocante a intereses... Por mi vida, que
más la quiero pobre; que a mis brazos venga sin otra propiedad que la
estameña que cubre la hermosura de su cuerpo; estameña que yo trocaré
gustoso por las sedas más ricas.
—Pero, hijo, lo que abunda no daña. Tú no tienes culpa de que la
santa sea una ricachona. La mejor demostración que puedes dar de tu
delicadeza es permitir que Marcela funde o restaure algún conventito
no muy grande, y que dedique luego una parte no floja de sus especies
metálicas a dar cumplimiento a la voluntad de su padre..., a
restituciones que son sagradas, hijo, sagradas...
—Con todo estoy conforme, pues cuanto usted me dice parece dictado de
la misma razón y del perfecto conocimiento de la vida humana. No ha
sido poca suerte para mí encontrar tal amigo y asesor.
—A buen árbol te has arrimado, hijo... Lo que yo no hiciere en este
negocio, cuenta que nadie lo haría... Y si te parece, yo iré a
recogerme, que me siento cansado y soñoliento... Alguien habrá que me
diga dónde voy a tender esta noche mis pobres huesos.
Llevole Nelet muy solícito a la cama que a él le habían destinado, y se
determinó, con insomnio y desasosiego de amante, a pasar toda la noche
en pie. Las solitarias calles de Nules le vieron rondar, al pálido
fulgor de las estrellas, y disparar suspiros contra los blancos muros
de las _mónicas_, santuario y prisión de la bella teóloga.
Habiendo partido Cabrera al día siguiente en dirección al Júcar, por
la noche se efectuó con facilidad y sin ningún tropiezo la evasión
de Marcela, facilidad en parte debida a las ingeniosas disposiciones
de Nelet, en parte a las ganas que tenían las señoras Mónicas de que
la prófuga de Sijena se fuera a otra parte con sus filosofías y sus
latines. Mucho sintió Urdaneta no haber sido testigo de un caso que
tenía por interesante y teatral. Contole el galán que Marcela había
salido con su empaque de penitente, tal como en libertad la habían
conocido, y que él, atento a seguir los sabios dictámenes de su amigo,
se había mostrado atentísimo y caballerescamente cortesano, pero con
cierta frialdad parecida al desdén, según el programa trazado. Habiendo
dicho a la monja que no le había movido a libertarla más que su amor
a la religión y su respeto a las decisiones del concilio de Trento,
replicó ella que agradecía su libertad; mas para que el favor fuese
completo, había de buscar Nelet a los dos viejos enterradores que la
acompañaban comúnmente, y llevárseles para que la guiaran en su camino.
No le fue difícil al enamorado dar con Zaida y Alfajar, y aquel día
muy temprano la monja y sus servidores o discípulos habían partido
juntos hacia Villavieja. Tuvo buen cuidado Santapau de advertir a su
ídolo que no se alejase de la tropa que él mandaba, pues de otro modo
podría topar con quien de nuevo la cogiese y encerrara, obedeciendo las
órdenes de Cabrera.
—En todo, hijo mío querido —dijo don Beltrán satisfecho—, has
procedido con tanto tacto como previsión. Atento, y al propio tiempo
desdeñoso..., solícito en buscar a los viejos, que sin peligro de su
virtud la acompañan..., y por último, precavido para tenerla siempre a
la mano y que no se nos escabulla.
—Trato de inspirarme en usted, que todo lo sabe, pues aunque yo he sido
hombre muy corrido de mujeres, hacía mis conquistas al modo de pueblo,
y con la rudeza y malos modos de mi educación aldeana. ¿Cómo dice usted
que llaman a los que se dedican a engañar mujeres y hacen de esto un
oficio?
—Donjuanes.
—Pues si yo he sido un donjuanillo de pueblo bajo, sin finura, sin
retóricas, basto y llanote, usted ha sido un señor donjuán cortesano.
Echose a reír Urdaneta, y no tuvieron tiempo de más explicaciones,
porque tocaron marcha, y el regimiento de Nelet, componiendo con otros
dos una brigada, al mando de Pertegaz, fue al socorro del _Serrador_,
que apretado se veía en el sitio de Burriana. Cuando llegaron ya era
tarde, porque el _Serrador_ venía en retirada por causa de la gran
resistencia que opusieron los valientes urbanos, socorridos por una
columna de Castellón. Pocos días después, los urbanos, por orden de
Borso, abandonaron la plaza, y entró en ella el cabecilla faccioso
con el sentimiento de no encontrar a ningún jefe de la Milicia ni de
tropa a quien fusilar. Pertegaz tomó la vuelta de Cantavieja para
unirse a Cabañero, y Nelet volvió a incorporarse a la división de
Llangostera, que marchó hacia Lucena y de aquí a Albocácer, recogiendo
cuanto encontraba, hombres y caballerías, víveres y forrajes,
animales y personas. En todas estas marchas y contramarchas, don
Beltrán se aburría de lo lindo, y Nelet no tuvo el gusto de encontrar
a Marcela más que dos veces: la una, en la rambla de la Viuda; la
otra, en Nuestra Señora de Hortiseda. Apenas pudo hablarle en el
primer encuentro; pero en el segundo si platicaron, y por consejo de
su noble maestro se lanzó a demostraciones más expresivas, después
de haber empleado los desdenes sin resultado práctico. No debió de
quedar satisfecho el comandante, porque cuando partió con sus tropas
en auxilio de Cabañero, que sitiaba a Cantavieja, iba muy temeroso de
que le cogieran por su cuenta los demonios que atormentarle solían.
Rendida Cantavieja por traición, quedáronse las fuerzas de Nelet a
mitad del camino, en Iglesuela del Cid, donde recibieron orden de
Cabrera para marchar a la Cenia, punto fortificado por los carlistas a
la subida de los puertos de Beceite. Allí se enteraron de que Oráa era
general en jefe del ejército del Centro, y que, decidido a dar impulso
a las operaciones, había dividido su hueste en tres cuerpos, que
mandaban los brigadieres Nogueras, Corral y Sequera; supieron asimismo
que el infatigable y diabólico don Ramón se aprestaba a defenderse
contra enemigo tan poderoso como _Lobo Cano_, que así llamaban a don
Marcelino, y seguramente, si con él no podía, había de _marearle_ con
sus audaces movimientos y prodigiosos brincos de un extremo al otro
del país. Por de pronto, apresuraba la expugnación de la histórica
villa de San Mateo, para no dar tiempo a que en su auxilio fuesen los
de la reina. Grandes acontecimientos se preparaban: don Beltrán, que
era amigo de Oráa, confiaba mucho en su pericia; mas conociendo ya el
fragoso terreno de aquella guerra, y la fiereza y dura condición de los
que en él peleaban por el absolutismo, no veía cerca ni lejos el menor
vislumbre de paz. La naturaleza era allí tan guerrera como el hombre.
Estaba de Dios que antes de salir de la Cenia presenciaran Nelet y don
Beltrán espectáculo tan lastimoso como el de Burjasot, pues conducidos
allí los prisioneros de San Mateo (que se rindió como Cantavieja, por
flaqueza o deslealtad de algunos de sus defensores), se procedió con
toda tranquilidad a exterminarlos por un procedimiento fácil y barato.
Apenas llegaron, metiéronles en diferentes mazmorras; algunos fueron
recluidos dentro de un horno de pan. Y si por economía de víveres se
les mataba de hambre, por ahorrar cartuchos se determinó concluirles
a bayonetazos. Edificado el pueblo en eminencia rocosa, presenta
por uno de sus costados un tajo formidable, vertiginosa caída a la
profundidad aterradora de un barranco, donde brama un torrente entre
peñas y zarzales. Al borde de este precipicio fueron conducidos de dos
en dos los prisioneros, después de confesados por el padre Chambó, cura
párroco de la Cenia. Unos cuantos _números_ hacían de matachines; otros
tantos arrojaban los cuerpos a la hondura tenebrosa y fría. Treinta
y ocho oficiales y sargentos perecieron de este modo, sin contar un
cadete de doce años, que fue al matadero emparejado con su padre,
comandante del fuerte rendido de San Mateo. La última res sacrificada
fue una cantinera portuguesa.
No tuvo papel Santapau en esta tragedia, pues habiéndose trocado, por
la virtud de su amorosa llama, de feroz en benigno y humanitario,
siempre que le daba en la nariz olor de degollina, se ponía malo;
y realmente lo estuvo de la cabeza y del corazón. Sin quejarse
tanto como su amigo, don Beltrán no gozaba de buena salud. Ambos se
alegraron cuando se dio la orden de que Nelet marchase con la mitad
de su regimiento a relevar la guarnición de Benifazá, lugar que
también tenían toscamente fortificado en el centro de aquel núcleo
de montes elevadísimos que llaman la Tinenza. Por los desfiladeros
del río de la Cenia, faldeando la Peña del Águila, pasaron de la zona
de Rosell a Benifazá, y a la célebre abadía cisterciense fundada por
don Jaime, edificio devastado sucesivamente por tres guerras, la de
las Germanías, la de Sucesión y la que ahora se relata. Daba pena
ver su noble arquitectura mutilada por bárbaras manos: aquí señales
de incendios, allá desplomados muros, la iglesia con medio techo de
menos, la torre melancólica y sin campanas, con sus espadañas ciegas
y mudas, las junturas pobladas de jaramagos y ortigas, y el claustro,
en fin, con solo tres costados, más triste que todo lo demás, y más
poético y ensoñador. Aposentaron a don Beltrán en un pasadizo entre el
claustro y la iglesia, donde gozaba de la hermosa vista del despedazado
monumento, que apreciar podía en su esbeltez de conjunto, no en sus
riquísimos detalles. No era lego en arqueología el buen aragonés, y
sentía verdadera pasión por el estilo llamado románico y su elegante
austeridad: en tiempos más felices había visitado con entusiasmo de
artista los monasterios de Veruela y San Juan de Peña; conocía el de
Rueda como su propia casa, y todo lo románico y gótico del siglo XIII
que encierran las ilustres villas y ciudades de Aragón. Se extasiaba
recorriendo los venerables restos de la construcción medieval, los tres
ábsides semicirculares, el claustro, la sala del capítulo, el palacio
abacial; y tan dulce encanto encontró en aquella paz y en el poético
lenguaje de las nobles y tristes piedras, que habría deseado permanecer
allí todo el tiempo que su prisión durase.
También Nelet se sentía muy a gusto en el monasterio, que perfectamente
cuadraba a su espíritu en aquella ocasión, como estuche ajustado a
la joya que guarda. La dolencia que trajo de la Cenia se le calmó
el primer día; mas repuntó al segundo con sus murrias negras y sus
vibraciones nerviosas, anunciándole la visita de los entes infernales
que con él se divertían. Los ratos libres de servicio pasábalos con
don Beltrán, sentaditos en un rincón del claustro, hablando cada
cual de sus tristezas. Como el présbita que se hace leer un libro de
letra menuda, Urdaneta rogaba a su amigo que _le leyese_ el claustro,
esto es, que examinara uno por uno los capiteles y el simbolismo que
representaban, para poder él juzgar de obra tan bella, como si con sus
propios ojos la deletreara. Después de describir varias esculturas en
que no halló ningún interés, dijo Nelet con estupor:
—¡Ay, aquí veo mi propia historia!... No, no se ría: es mi historia,
que aquí representaron aquellos artífices algunos siglos antes de que
yo viniera al mundo.
—¿Qué ves, hijo?
—En este capitel del ángulo, por la parte de dentro, veo un guerrero
que adora a una penitente. Él está de rodillas; ella, en la tosquedad
de estos relieves, ofrece gran semejanza con Marcela, los pies
desnudos, suelto el cabello... En el capitel de fuera se ve la misma
peregrina, con una cruz... Yo no estoy aquí..., parece como si me
hubiera ido... Debo de estar más allá... Déjeme ver... Aquí no estoy;
forman el adorno unos como perritos o leoncitos, y luego sigue otro
con cabezuelas de ángeles, entre las púas retorcidas de cardos
borriqueros... ¡Ah!, ya parecí..., aquí estoy, en este otro capitel, y
me tiene cogido por el pescuezo el demonio que se permite conmigo sus
bromas cargantes... Sigue otro en que hay muchas mujeres chiquitas,
desnudas, entre llamas, que son las hembras que deshonré y perdí, y por
mi culpa están en el purgatorio o en el infierno...
—Hombre, no saques las cosas de quicio. Será otra leyenda que nada
tiene que ver contigo... ¿Qué hay más allá?
—Pues un caballero con cruz en el pecho, como de templario, con un
cuerno de caza en el cinto, en la una mano una pica y en la otra un
halcón.
—Caballero noble... Ese soy yo... No me niegues que puedo ser yo.
—¿Cómo he de negarlo, si hasta se le parece en lo airoso de la
figura?..., pues en el rostro tiene un cierto aire...
—Dime otra cosa..., fíjate bien. ¿No estoy hablando con alguna dama de
alta alcurnia, reina o princesa?
—No señor... Está usted solo.
—No puede ser. Puede que el tiempo haya desgastado la otra figura. Dama
ilustre debe de haber, que me acompaña en el noble ejercicio de la
caza; y si no es así, no soy yo el que miras, Nelet.
—Créalo usted o no lo crea, yo sostengo, amigo mío, que vivimos en
estos pedruscos. Esto que aquí nos rodea no es cosa muerta; esto
tiene alma, como la tienen los montes, el viento, las cavernas, y los
torrentes que cantan y rezan en las profundidades...