La entrada de don Beltrán en la sala del festín, donde ya ocupaban sus
asientos los comensales; el despejo y cortesía con que, adelantándose
hacia el general, compendió en una sola frase el saludo y las gracias
por el honor que se le dispensaba, cautivaron a todos los allí
presentes: bien se veía al aristócrata de raza, maestro en arte
social. Con raras excepciones, los jefes carlistas que se sentaban
a la mesa del general eran unos pobres gaznápiros, elevados por sus
prendas militares a posiciones de las cuales desdecía su educación. Tal
coronel había sido arriero, el otro pescador; sacristán, uno de los
intendentes; contrabandista de mar y bandido de tierra el jefe de la
caballería, sin que ninguno de ellos poseyese el genial instinto con
que Cabrera supo borrar de sus modales la humildad de su origen. Mal
vestido y roto, don Beltrán descollaba entre aquella gente, que aun en
el modo de mirarle revelaba la conciencia de su inferioridad. Hubo uno,
vecino de Nules, que, menos avisado que los demás, se permitió decir al
prócer:
—Vamos, abuelo, que no estará usted poco _inflao_. En toda su vida ha
tenido honor como este... ¡comer con nuestro general ilustrísimo!
—Honor grande, que agradezco mucho —replicó don Beltrán—; pero que no
es nuevo para mí. Yo he comido con Napoleón.
Esto de comer con tan grande celebridad produjo estupor, que se fue
trocando en admiración. A lo largo de la mesa sonó un murmullo.
Cabrera, hombre muy desahogado en toda circunstancia, mandó a Cala y
Valcárcel, sentado a su izquierda, que desocupase el puesto, y haciendo
una seña al caballero aragonés, le dijo:
—¡Con Napoleón!... ¿Luego era usted su amigo? Véngase a mi lado para
que me cuente...
Trocados los asientos, ocupó Urdaneta la izquierda del general, y
accediendo a sus deseos, prosiguió así:
—No debí decir Napoleón, sino Bonaparte, porque ello fue antes de la
primera campaña de Italia. Él tenía entonces menos edad que tiene usted
ahora; era delgado, melenudo...
—Sí, sí —dijo Cabrera con admiración infantil—, poseo su retrato en la
_Vida de Napoleón_ con láminas, que he leído cien veces, pues no ha
existido hom...bre en el mundo que yo admire más.
Refirió don Beltrán escenas y pasajes interesantísimos de 1795 y 96,
años IV y V de la República (¡ya había llovido!), por él presenciados,
y añadió anécdotas graciosas, más atractivas que la historia misma; y
con tal agrado Cabrera lo oía, que hasta se le olvidaba el comer por no
perder concepto ni palabra.
Y entre cuento y cuento, viéndose el aristócrata tan obsequiado, se
decía, comiendo tranquilamente: «Tanta finura me da muy mala espina,
pues de este tío no hay que esperar compasión: cuando se le hinchan las
narices, ni hay para él amigos, ni tienen valor alguno sus atenciones
y arrumacos. No puedo olvidar lo que me ha contado Nelet. A las cuatro
desdichadas mujeres que en rehenes tenía en Valderrobres, las sentaba
a su mesa, prodigándoles obsequios mil. A la de Fontiveros le permitía
dar paseítos en una jaca, que aparejaron para ella, y a la chica de
Urquiza le hacía el amor por lo fino con tanta insistencia, que hasta
corrió la voz de que se casaban. Todo lo cual, ¡Dios mío!, no impidió
que las mandara fusilar al saber la muerte de la Griñó. ¡Vaya un nene!
Y no hay que hablar de arrebato, pues Cabrera supo lo de su madre el
20, si no estoy equivocado, y la matanza de las rehenes fue el 27.
Sentenciadas días antes, no las mandó ejecutar hasta que no supo que
sus dos hermanas, presas en Tortosa, se habían escapado... No me fío,
_leopardo_, no me fío de tus halagos, y aunque me pases por el lomo la
pata blanda, con las uñas escondidas, sé que las tienes muy afiladas,
y que el mejor día, cuando más tranquilo esté el pobre don Beltrán...,
¡pum!, al otro mundo...».
—¿Por qué suspira usted? —le preguntó Cabrera—. ¿Está descontento del
trato que le damos?
—¡Oh!, no, señor. Estoy muy satisfecho y muy agradecido. Encuentro
simpatías en su ejército, y en él he podido hacer algunas amistades
gratísimas. Pero bien sabe usted que la privación de la libertad
difícilmente halla consuelo.
—Es muy sensible —le dijo el _leopardo_ hacia el fin de la comida o cena—
que la ley de guerra, que no puedo eludir, no puedo..., me obligue a
tenerle a usted bien trinca...ado en mi ejército, para que su vida me
garantice la de otro aristócrata que tiene en su poder Iriarte... Pero
usted podría ahorrarme a mí el disgusto..., ya me entiende, y al propio
tiempo salir de esta situación molesta... Sí, señor, comprendo que es
car...gante eso de estar un hombre con la idea de que le van a pegar
cuatro tiros... Sí, señor, usted podría...
«Te veo venir», pensó el anciano, antes de preguntarle cuál era el
remedio de su angustiosa incertidumbre.
—¿Por qué el señor don Beltrán de Urdaneta, de la primera nobleza de
Aragón, no se presta a reconocer al único rey legítimo de España? Para
Su Majestad sería muy grato; y a mi entender, si usted se decidiese,
le seguirían otros nobles de Aragón y de Castilla. Fírmeme usted una
declaración en el sentido que le propongo, y yo la co...municaré al
instante a mi rey...
—Señor general —dijo el noble caballero después de toser y limpiar
el gaznate para expresarse con toda claridad—, estimo en lo que vale
la excelente intención con que usted me propone ese reconocimiento
de los derechos del infante, y espero que usted estimará del mismo
modo la lealtad con que me veo precisado a evadir todo compromiso con
la causa carlista. En conciencia, y estudiado el asunto, creo que la
sucesión a la corona pertenece a la hija de Fernando VII, y habiéndolo
declarado así solemnemente como prócer del reino, no es decoroso para
mí deponer ahora en favor del augusto príncipe, a quien reverencio como
a tío carnal de nuestra reina. Fácilmente comprenderá usted, ilustre
soldado, que en mi clase y en mi raza, la religión del honor y de la
consecuencia no nos obliga menos que la otra religión con sus dogmas
santísimos. Ni por cuantos bienes hay en el mundo, ni por la vida, que
es el primero de los bienes, mancillaría yo con una traición el nombre
que llevo... Y dicho esto con toda la entereza de que soy capaz, y todo
el respeto que a usted debo, he de manifestarle también que aunque
partidario de Isabel, y convencido de la legalidad de sus derechos,
no he tomado parte a su favor en esta contienda ni con armas, ni con
escritos, ni en ninguna otra forma. Soy hombre de paz, y acato las
leyes de la nación, vengan como vinieren. Ni guerrero he sido nunca, ni
tampoco político. La pelea y la conspiración me son desconocidas. Soy
un hombre honrado, isabelino en la intención, neutral en la conducta.
No desconozco la convicción y lealtad con que tremola usted la bandera
del infante. Pero yo no la seguiré nunca; ni puede usted catequizarme
ofreciéndome la vida mía, que hoy tiene en su mano. Y si en vez de
tener usted en rehenes este cabo de vida, ya caduca, triste y de ningún
valor, tuviera usted una vida robusta; si yo fuera joven y mirase ante
mí un porvenir de treinta, cuarenta o cincuenta años, lo mismo que
ahora le digo le diría..., siempre con la consideración que debo a un
hombre de su valer y de su inteligencia.
Oyó con atención y agrado el soldado del absolutismo esta declaración,
dicha con cierto énfasis oratorio, y estimó delicadas las razones del
caballero.
—Basta, señor mío, y no hablemos más del asunto —le dijo—. Yo lo
siento por usted..., y también por la Causa, que, digan lo que quieran,
no se ve muy apoyada por la grandeza de sangre... Pero ya vendrán, ya
vendrán todos... Solo que llegarán tarde, y les pondremos en última
fila. Para entonces ya habremos creado nosotros, digo, el rey, una
aristocracia nueva, sacada de las filas de la lealtad... ¿Qué hizo
Napoleón cuando se vio sin nobleza de abolengo? Pues fabricarla. De
sus generales hizo duques y príncipes, y hasta reyes... Traemos entre
manos la fundación de una sociedad nueva, pueblo nuevo, ejército
flamante, aristocracia acabadita de salir... Y ustedes, los de la
corte isabelina, se irán a cuidar cabras, o a destripar terrones...
Sí, señor; si yo lo dispusiera, así sería. A todos los marqueses y
archipámpanos que no han reconocido a Carlos V, les pondría yo una
azada en la mano, y... ¡hala!, a labrarme las tierras del común...
Terminó la cuestión de un modo festivo, y con ella la comida. Retirose
don Beltrán, expresando nuevamente al _leopardo_ su estimación, _quand
même_, y se fue a dar con Nelet, que ansioso le esperaba. En una sala
del mismo edificio, y en las propias mesas donde habían comido, los
oficiales jugaban al ajedrez o las damas. Cabrera, una vez alzados los
manteles, se puso a trabajar con dos secretarios, dictando oficios
y comunicaciones para el gobierno de lo que con visos de Estado
tenía bajo su mano. No solo había creado un ejército, sino una
administración civil, tal como esta podría existir en aquella vida de
constante inquietud, de movilidad epiléptica.
Y en verdad que el Estado en esbozo y su terreno inseguro le venían
corto a don Ramón Cabrera, hombre que por su inteligencia comprensiva,
su voluntad potente y sus dotes de organización, había nacido para más
altas empresas. Su inquietud continua, la palidez de su rostro, el
estado nervioso y febril en que de ordinario se encontraba, no eran más
que la impaciencia loca para llegar a donde quería ir, el sentimiento
de la desproporción entre sus facultades y la poca materia gobernable
que cogía entre las manos. Lo que había creado con esfuerzo monstruoso,
con los golpes fulminantes de su coraje guerrero, con su nativo
conocimiento de los hombres y del país era mezquino para quien se
sentía capaz de manejar un imperio... Algo de esto pensó don Beltrán,
recordando lo que hablaron durante la comida, y el rostro siempre
melancólico de Cabrera: «Es un hombre que, con tener mucho entre las
manos, aún tiene más en la cabeza, y de este desequilibrio proviene
su aspecto de gato triste..., dormilón, cuando sus ojos no despiden
rayos. Su crueldad es la irritación contra el género humano porque no
se le somete de golpe. Si este hombre triunfara y pudiera manifestar
tranquilo y seguro lo que lleva en su corazón y en su cabeza, sería un
dictador severo y paternal, rigorista y clemente, próvido para todo, y
hasta liberal dentro de su poder soberano indiscutible».
No le dejó Nelet hablar de nada que no fuera su asunto, y en cuanto
tuvieron ocasión de arrinconarse, lejos del barullo de los jugadores,
reanudaron el sabroso tema.
—No puede ser hasta mañana por la noche —dijo el militar—... Ahora
sobreviene una dificultad que trato de vencer esta noche misma.
Dícese que el general vuelve mañana hacia Liria: no sé qué planes
tiene. Llangostera se queda aquí para ir sobre San Mateo, y después
no sé a dónde. Yo he pedido que me destinen a su división, pues deseo
aproximarme a mi pueblo, donde necesito proveerme de ropa y dar un
vistazo a mis intereses.
—Y en tal caso, ¡ay de mí!, habremos de separarnos...
—Creo que no. He hablado a Llangostera, que es grande amigo mío y
paisano, y espero conseguir que se quede usted con nosotros. Daremos
al general esta noche una razón que no tiene réplica. A Llangostera
corresponde fusilarle a usted, en caso de que maten al hermano del
conde de Catí, porque el tal estaba en su división cuando le cogieron.
La cosa es de clavo pasado...
—¡Y tan pasado! No sabía que entre carlistas hubiera tales etiquetas.
—¡Anda..., y que se cumplen con todo rigor! En fin, que vendrá usted
con nosotros.
—Mucho me place; y en cuanto a mi fusilamiento, lo mismo me da que sea
Pedro que sea Juan el que me mande a mejor vida... Me alegraré, sí,
de que sea usted el encargado de darme los tiros, pues no dudo que
usted mandará que me apunten bien al corazón, para que mi muerte sea
instantánea, y no esté yo pataleando como un buey a medio degollar...
Con que vamos a nuestro negocio.
—Dígame sinceramente, echando mano de todo su saber mundano, si una vez
libre Marcela, debo ir tras ella y emprender su conquista por asalto...
¿Cree que es mejor poner paralelas?
—Hijo, sí: el asalto no es prudente hasta que la plaza no esté bien
castigada y con ganas de rendirse. No haga usted la tontería de
embestirla con violencia... Al contrario, es muy hábil aparentar
desgana de entrar en el recinto, afectar que se desean los
procedimientos del asedio galante, colmarla de atenciones, sin mostrar
al principio una ansiedad viva de amor... Mujer que vive en el
idealismo, fíjese usted bien, con el idealismo debe ser atacada.
—¡Oh, qué talento tiene usted —dijo Nelet, abrazándole gozoso—, y cómo
conoce el corazón humano! Ha sido gran suerte para mí encontrar tal
amigo.
—Y para mí también. Entre paréntesis, si quieres que yo hable con
el desahogo que facilita la comunicación entre maestro y discípulo,
permíteme que te tutee... Pues, sí: como ella tira a lo espiritual,
conviene que aprendas tú algo de fraseología mística y hojarasca de
librillos devotos. Nada de violencias. Paralelas, hijo, paralelas y
fuegos parabólicos... por elevación. Según dices, no eres en este caso
un seductor vulgar; solicitas el alma, el amor...
—El amor, sí, grande, abrasador como el mío —dijo Nelet con acento
teatral.
Movido de compasión y de un paternal interés, quiso el buen Urdaneta
que sus consejos le llevaran por el camino menos aventurado y
escabroso. Díjole que de los infinitos casos y ejemplos que atesoraba
el archivo de su experiencia, escogía los de color más honrado y puro.
Antes que atacar a la hermosa Marcela con asechanzas o artificios de
mala ley, debía esperar a que ella se rindiera, poniendo en ejecución
para esto los ardides de un hombre lealmente enamorado. Bueno sería
empezar con la estratagema de los desdenes, la fingida frialdad o
indiferencia, que en multitud de casos subyugan más pronto que los
extremos de cariño; bueno sería también mostrarse rival de ella
en lo de suspirar por este o el otro santo, o por misterios de la
religión; y si esto no resultaba eficaz, se emplearía el galanteo
fino y respetuoso, el anhelo de sacrificarse por la persona amada, el
propósito de emprender trabajos no menos grandes que los de Hércules,
para obtener por recompensa una mirada dulce, una leve ternura, un
favor sencillo. Tampoco vendría mal manifestarse caballero amador
sin esperanza, por el gusto y la satisfacción espiritual, sin ningún
melindre de los sentidos, haciendo gala de constancia a prueba de
desprecios, de una adoración pura, en que el alma del galán fuera como
esas sustancias puestas al fuego que nunca se derriten ni consumen.
Alcanzado el primer éxito, se intentaría curar a la beata mujer de su
místico arrebato, sacándola de aquel soñar continuo en una perfección
imposible; y atraída al terreno de la vida corriente, se le propondría
el matrimonio cristiano, bendecido por Dios: la unión honrada de dos
almas y dos cuerpos por toda la vida.
—Este y no otro es el camino, querido Nelet —concluyó don Beltrán con
serena entonación—, que puede aconsejarte un hombre cargado de años y
de experiencia. Creo que si vas resueltamente por él, Dios te ayudará,
indultándote del castigo que mereciste por tus pecados de libertinaje.
Sí, sí, hijo mío: pues amas a Marcela, hazla tuya honradamente, y
constituye con ella una familia, y ten hijos que criarás en la virtud y
en el santo temor de Dios.
Tan grande entusiasmo despertó en el apasionado joven esta elocuente
exhortación de su amigo, que se le saltaron las lágrimas, y hubo de
dominar con vivo esfuerzo su emoción, para no manifestarla ruidosamente
ante la muchedumbre de jugadores que llenaba la sala.