XVI

—Sí, era tiempo... Yo me lo tenía muy bien merecido. Por poco no lo

cuento, señor don Beltrán. Me recogió el santero de una ermita que hay

en Roquetas, y a su caridad y a la de su mujer debo la vida. No sé

cuántos días me tuvieron en aquella cueva, debajo de la iglesia, donde

había unos santos viejos tirados en el suelo, con las caras comidas de

polilla, y toda la pintura y la estofa de sus trajes descascaradas por

la humedad. Uno de ellos, que era por las trazas san Antonio de Padua,

pero sin niño, pues este y las manos se le habían quemado en un fuego

de los altares, se puso en pie una noche, y llegándose a mí, me habló...

—¡Nelet!...

—Le veía y le oía, señor don Beltrán, como a usted le oigo y le veo.

Díjome que Dios estaba muy enojado conmigo por mis grandes pecados,

y que en castigo de haber yo perjudicado a tantas pobres mujeres

fingiéndoles un cariño mentiroso, me pondría en el alma un amor

violentísimo y verdadero hacia persona que nunca me había de querer, y

con esta pasión no satisfecha, y con este fuego no apagado, padecería

todo lo que hice padecer a las mujeres que engañé.

—Soñó usted, en verdad, un ejemplo precioso de justicia y expiación.

—Verdadero o soñado, fue un aviso del cielo, según me dijo el fraile

mínimo con quien me confesé al siguiente día, porque yo estaba

arrepentido, sentía como un pestilente sabor de boca, la suciedad de

mi conciencia, y quería limpiarla. Meses después, el mismo fraile de

Roquetas (ya exclaustrado), que miraba por mi salvación espiritual y

corporal, me aconsejó que me alistase en la facción y peleara por los

derechos santísimos del altar y del trono. Así lo hice a fines del 35;

presentome a Cabrera, que me recibió muy bien, y para que me fogueara

me mandó a la partida de Quílez, después a la de Tena. Gracias a mi

arrojo en los combates, a mi puntualidad en el servicio, adelanté

bastante en mi carrera. Era ya alférez y me hallaba en Valderrobres, en

febrero del año pasado, cuando los monstruos liberales dieron muerte

a la madre de Cabrera; teníamos en rehenes en el dicho Valderrobres

a cuatro señoras: la esposa del coronel Fontiveros; Mariana Guardia,

hermana de un urbano de Beceite; Paca Urquiza y Cinta Foz, hermana

y madre de otro urbano. Don Ramón las trataba con mucho miramiento,

convidándolas a su mesa algunos días, y cortejaba a la Paquita: se

corría la voz de que era su novio por lo fino y que se casaría con

ella. Pero cuando supo la muerte de María Griñó, el furor de aquel

hombre fue tal, que juró al cielo derramar sangre inocente hasta anegar

los valles y volver rojos los pequeños y los grandes ríos. A mí me tocó

el paso amargo de fusilar a las cuatro mujeres. La Mariana Guardia me

gustaba, y bromeando le había dicho yo cuatro cuchufletas de tentación,

picado de mi antiguo vicio... Al ponerlas de rodillas en el cuadro,

después de confesadas por el padre Vallés, el mismo frailecico que a

mí me auxilió en Roquetas, las pobres, llorando como Magdalenas, me

pidieron por Dios que no las matase. Pero yo, ¿qué había de hacer? La

disciplina, que es más fuerte que la conciencia, me hizo de hierro el

corazón... Murieron... A Mariana tuvimos que rematarla, porque con los

tiros primeros no quería morirse, y sus ojos se cuajaron, echándome una

mirada que me traspasó... Ello fue que sentí luego un frío mortal,

y al poco rato caí con tremenda pataleta y convulsiones, blasfemando

y clavándome las uñas en el rostro... Por la noche, hallándome en un

catre, donde me pusieron con los brazos atados para que no me golpeara,

vino el demonio, y cogiéndome por los cabellos, me llevó a un alto

monte que llaman Cretas, y allí...

—Alto, amigo —dijo don Beltrán—, esa no cuela...

—Porque no cree en ello. Pero yo sí, y sostengo todo lo que he dicho.

Tan cierto como que estamos aquí, lo es que me vi en el picacho de

Cretas, entre una caterva de demonios que allí estaban congregados; y

después de zarandearme jugando conmigo a la pelota, me mandaron que les

adorase, a lo que yo no accedí, y pusiéronme delante toda mi historia,

representada en las figuras de las mujeres que perdí y ultrajé, las

cuales iban pasando como las estampas de un libro... Ni por esas me

conquistaron; y cuando el demonio mayor, o capitán de ellos, me volvió

a mi catre, arrojándome en él medio muerto, llamé al padre Vallés, que

me consoló, haciéndome aprender de memoria oraciones que bien rezadas

ahuyentarían los espíritus malignos.

—¿Pero cree usted eso, pobre Nelet?

—¡Que si lo creo! —exclamó el guerrero con una convicción tan profunda

y tenaz que don Beltrán juzgó inútil emplear contra ella las armas de

la razón—. ¡Pues si fuera tan cierto que he de salvarme!

—Siga, y lleguemos pronto al punto principal: ¿quién es ella?

—Ahora sale... Restablecido de aquel mal demoníaco, de cuando en

cuando venía por mí el diablo que quería ser mi amigo, y me llevaba

por los aires, o al fondo de las cuevas que hay en la Portillada, o a

los breñales espesos del río Nonaspe, en lugares a donde ni los búhos

penetran. Era el mes de agosto, y me hallaba con el _Fraile Esperanza_

en Calaceite, de vuelta del Mas del Hortal, donde nos habíamos batido

con Nogueras, cuando me encontré, sin saber cómo, frente a una caverna,

en noche cerrada, y oí una música preciosísima, que no puedo comparar a

ninguna música de este mundo.

—Sobre todo a la de la banda de Tortosa.

—De la gruta salió una luz azul, muy suave..., y por fin, de en medio

de esta luz una mujer... No puedo dar idea ni de la luz ni de la

hermosura de la señora, ni sé cuál de las dos cegaba y confundía más.

—Sería rubia...

—No, señor; morena, de ojos negros, el pelo suelto y corto, caído

sobre los hombros con infinita gracia, la mirada como de los santos

en oración, los pies desnudos, el cuerpo vestido de un sayal de

penitente...

—Verde y con asa... Marcela... Ya me figuraba yo que en esto habían de

venir a parar todas esas jugarretas diabólicas... Bueno, ¿y le dijo

usted algo?... ¿Ella le habló?

—No, señor; palabras no hubo; nada más que el quedarme yo extático,

como sin sangre en las venas, la voluntad sobrecogida, y sentir que

toda la vida la tenía en el corazón, y que en él se me metió un amor

muy vivo y abrasador que de aquí no ha querido salir más.

—Pero se me ocurre una grave objeción. Fíjese usted en las fechas antes

de lanzarse a referir sus leyendas, Nelet. Ha dicho que en agosto fue

la maravillosa visión. Pues en agosto, según mi cuenta, Marcela no

había salido aún de Sijena, ni podía presentársele en esa traza de

penitente...

—Pues ahí está lo maravilloso, lo sobrenatural, que confunde a los que

solo creen y testifican las cosas ordenadas conforme al tiempo y a la

verdad que se toca. Yo vi a Marcela antes de que ella adoptase la vida

y hábitos de peregrina. Y en esta anticipación de las cosas advierto

que es ella la destinada por Dios a la obra del terrible castigo que

quiere imponerme, condenándome a una sed no saciada, y a un afecto no

correspondido.

—Bueno; concretemos. ¿Dónde vio usted a Marcela en realidad... de ella

misma?

—En la Ginebrosa, y no me sorprendió el verla, pues ya la conocía por

su aparición, que he referido.

—¿Le habló usted?

—Le pedí amores, y me contestó muy esquiva, huyendo de mí. El segundo

encuentro fue en Nuestra Señora del Pueyo. Le habló con galantería fina

y discreta que salía del corazón, y me dijo que no sentía por mí más

que asco y desprecio. Yo iba mandando una partida; en mi desesperación

se me ocurrió fusilarla, para matar con ella mi tormento... Pero no me

atreví. Despidiéndola, le dije: «Vete, hechura de Lucifer, adonde yo

no te vea más, que si otra vez te cruzas en mi camino, te fusilo sin

compasión...». Parecíame que sacrificándola me libraba de mi suplicio,

y que después podía seguir queriéndola hasta que me muriese o me

matasen... Darle muerte no me parecía crueldad, sino una forma de amar,

a mi manera, estilo de gran pecador y visionario de cosas grandes...

—¿El tercer encuentro...?

—De él fue usted testigo.

—¡Ah!... En la maldita Codoñera. Tiemblo de recordarlo... De lo que

sigue tengo noticia, y la última es que Cabrera la mandó a un convento,

porque no gusta de monjitas correntonas.

—Sí, señor..., y el convento donde está encerrada es este.

—¡Este! ¡Valiente pillo! —dijo don Beltrán levantándose y dando algunos

pasos hacia el coro.

—Cuidado, señor..., que no nos conviene llamar la atención.

—Como si lo viera. Los tratos de usted con los demonios ya sé yo en

qué vendrán a parar, caballero Nelet —indicó el prócer, volviendo

al banco—. Estamos preparando una hazaña donjuanesca: violación de

clausura, rapto de virgen del Señor... Pero entendámonos: ¿trata usted

de sacarla por su gusto, por el orgullo de robar una monja, o porque

ella le ha dicho: «Nelet, ¿cuándo tocan a robar?».

—Ella no me ha dicho eso; pero constándome que le agrada la libertad,

hace días, por un propio muy listo que mandé a Nules, le propuse

abrirle las puertas de su encierro, y me contestó que en ello no había

pecado, sino observancia de las disposiciones del Concilio de Trento.

El capellán del 3.º, hombre muy leído, me ha prestado unos librotes

en que están la fundación e historia de Sijena, y con esa lectura mi

conciencia no se escandaliza del hecho de libertar a Marcela. Estoy

tranquilo; he tomado mis medidas...

—Todo esto, mi querido Nelet —dijo don Beltrán reverdecido—, es

hermoso, es poético y dramático. De la esencia de estas aventuras de

amor vive el alma.... Por tales emociones y otras semejantes, no es el

mundo un presidio. Dígame usted...

—Ahora, mi ilustre amigo, no puedo decir más, porque tenemos que

separarnos. Es la hora precisa de ver a la demandadera, la cual ha de

darme de palabra o por escrito una razón, por donde sabré si la empresa

se acomete esta noche o se deja para la de mañana. Aguárdeme aquí, que

no estará solo más que el tiempo que yo tarde en esta diligencia.

Mientras estuvo solo, Urdaneta se dio a reflexionar en el extraño

caso, que a su parecer justificaba el dicho del teniente Estercuel. La

guerra, el país, la raza, renovaban en todo los tiempos medievales.

La vida tomaba esplendores poéticos y risueñas tintas que se mezclaban

con el rojizo siniestro de la sangre, tan sin medida derramada. Exceso

de vida era quizás, plétora de sentimientos y pasiones. El fondo, por

añadidura, ofrecía característica decoración natural y el teatro más

adecuado a tal desbordamiento de vida. La mezquina civilización _a la

moderna_ se desvanecía, se borraba como un afeite mal aplicado, dejando

solo las querellas feudales, el ardor místico, la superstición, las

crueldades horrendas y eminentes virtudes, el heroísmo, la poesía, la

intervención de ángeles y demonios, que andaban sueltos y desmandados

por el mundo.

Volvió Nelet gozoso al cuarto de hora, y cogiendo del brazo a su amigo,

le llevó fuera, a punto que un monaguillo a cerrar se disponía.

—Y qué, ¿será esta noche? —preguntó el anciano, taconeando fuerte por

el puentecillo de la acequia.

—Aún no he leído su carta —replicó Nelet, que de la fuerza del contento

temblaba.

—¡Ha escrito!...

—Y además me manda unos versos. Vámonos a prisa, que por el ruido que

se oye y la gente que se ve venir hacia estos barrios, paréceme que

ha terminado la corrida. Esta noche, después que yo lea la carta,

seguiremos hablando... Aún me queda lo mejor. Porque yo no le he

contado a usted a humo de pajas mis desgracias y aspiraciones. Yo he

visto en el señor don Beltrán de Urdaneta, noble de antiguo cuño,

caballero muy corrido y de grandísima ciencia en cosas mujeriles,

la única persona del mundo que puede guiarme al fin que deseo tanto

como mi salvación: que Marcela me ame, que pueda yo, triunfando de su

esquivez, dar al traste con la leyenda de mi castigo, que me espetó san

Antonio en la ermita de Roquetas.

—Yo tendré un placer inmenso —dijo el aragonés, parándose para hacerse

oír mejor— en ilustrar a usted con mis conocimientos en materia tan

grave. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí: ciencia

dolorosa, amigo mío, porque los maestros no llegamos a este doctorado

sino a fuerza de amarguras y sufrimientos. En mí tendrá usted un asesor

desinteresado; pero deje aparte toda consulta referente a espíritus

más o menos diabólicos, pues yo no los he visto en mi vida, ni sé

nada de esos caballeros. Eliminadas las potencias infernales, yo le

aconsejaré lo más eficaz para conquistar el corazón y la voluntad de

esa doncella... ¡Y que no es floja bestiecilla la que hay que domar!...

Santa y arisca, filósofa y hombruna... Pero ya veremos, ya veremos...

Llegaban al centro de la calle Mayor, donde se aposentaban, y ya no

pudieron hablar más de su asunto, porque Nelet se vio rodeado de

compañeros y amigos. Todos ellos, y don Beltrán no de los últimos,

pensaron en matar el hambre, lo que no era difícil entre un vecindario

casi totalmente afecto a la Causa, y que se desvivía por obsequiar a

sus defensores. En los bajos del ayuntamiento, las estancias habían

sido convertidas en comedores, donde se agolpaban oficialidad,

capellanes y calificados vecinos del pueblo, mientras en el piso alto

se hacían regios honores al general y a su Estado Mayor. Los compañeros

de Nelet se acomodaron en una salita próxima a la escalera, donde

se les dispuso espléndido comistraje, con mariscos y pescado, arroz

exquisito y otros manjares de grande estimación. Con no poca estrechez

se fueron acomodando, no sin designar un puesto al noble cautivo. Mas

no había tomado la primera cucharada de sopa, cuando entró un ayudante

del general con este mensaje:

—El señor de Urdaneta, que suba. El general le convida a comer.

—¡A mí!... ¿Está usted seguro de que...?

—Vamos, dese prisa. Están aguardando por usted.

La campaña del Maestrazgo · 第 18 / 34 题