—Sí, era tiempo... Yo me lo tenía muy bien merecido. Por poco no lo
cuento, señor don Beltrán. Me recogió el santero de una ermita que hay
en Roquetas, y a su caridad y a la de su mujer debo la vida. No sé
cuántos días me tuvieron en aquella cueva, debajo de la iglesia, donde
había unos santos viejos tirados en el suelo, con las caras comidas de
polilla, y toda la pintura y la estofa de sus trajes descascaradas por
la humedad. Uno de ellos, que era por las trazas san Antonio de Padua,
pero sin niño, pues este y las manos se le habían quemado en un fuego
de los altares, se puso en pie una noche, y llegándose a mí, me habló...
—¡Nelet!...
—Le veía y le oía, señor don Beltrán, como a usted le oigo y le veo.
Díjome que Dios estaba muy enojado conmigo por mis grandes pecados,
y que en castigo de haber yo perjudicado a tantas pobres mujeres
fingiéndoles un cariño mentiroso, me pondría en el alma un amor
violentísimo y verdadero hacia persona que nunca me había de querer, y
con esta pasión no satisfecha, y con este fuego no apagado, padecería
todo lo que hice padecer a las mujeres que engañé.
—Soñó usted, en verdad, un ejemplo precioso de justicia y expiación.
—Verdadero o soñado, fue un aviso del cielo, según me dijo el fraile
mínimo con quien me confesé al siguiente día, porque yo estaba
arrepentido, sentía como un pestilente sabor de boca, la suciedad de
mi conciencia, y quería limpiarla. Meses después, el mismo fraile de
Roquetas (ya exclaustrado), que miraba por mi salvación espiritual y
corporal, me aconsejó que me alistase en la facción y peleara por los
derechos santísimos del altar y del trono. Así lo hice a fines del 35;
presentome a Cabrera, que me recibió muy bien, y para que me fogueara
me mandó a la partida de Quílez, después a la de Tena. Gracias a mi
arrojo en los combates, a mi puntualidad en el servicio, adelanté
bastante en mi carrera. Era ya alférez y me hallaba en Valderrobres, en
febrero del año pasado, cuando los monstruos liberales dieron muerte
a la madre de Cabrera; teníamos en rehenes en el dicho Valderrobres
a cuatro señoras: la esposa del coronel Fontiveros; Mariana Guardia,
hermana de un urbano de Beceite; Paca Urquiza y Cinta Foz, hermana
y madre de otro urbano. Don Ramón las trataba con mucho miramiento,
convidándolas a su mesa algunos días, y cortejaba a la Paquita: se
corría la voz de que era su novio por lo fino y que se casaría con
ella. Pero cuando supo la muerte de María Griñó, el furor de aquel
hombre fue tal, que juró al cielo derramar sangre inocente hasta anegar
los valles y volver rojos los pequeños y los grandes ríos. A mí me tocó
el paso amargo de fusilar a las cuatro mujeres. La Mariana Guardia me
gustaba, y bromeando le había dicho yo cuatro cuchufletas de tentación,
picado de mi antiguo vicio... Al ponerlas de rodillas en el cuadro,
después de confesadas por el padre Vallés, el mismo frailecico que a
mí me auxilió en Roquetas, las pobres, llorando como Magdalenas, me
pidieron por Dios que no las matase. Pero yo, ¿qué había de hacer? La
disciplina, que es más fuerte que la conciencia, me hizo de hierro el
corazón... Murieron... A Mariana tuvimos que rematarla, porque con los
tiros primeros no quería morirse, y sus ojos se cuajaron, echándome una
mirada que me traspasó... Ello fue que sentí luego un frío mortal,
y al poco rato caí con tremenda pataleta y convulsiones, blasfemando
y clavándome las uñas en el rostro... Por la noche, hallándome en un
catre, donde me pusieron con los brazos atados para que no me golpeara,
vino el demonio, y cogiéndome por los cabellos, me llevó a un alto
monte que llaman Cretas, y allí...
—Alto, amigo —dijo don Beltrán—, esa no cuela...
—Porque no cree en ello. Pero yo sí, y sostengo todo lo que he dicho.
Tan cierto como que estamos aquí, lo es que me vi en el picacho de
Cretas, entre una caterva de demonios que allí estaban congregados; y
después de zarandearme jugando conmigo a la pelota, me mandaron que les
adorase, a lo que yo no accedí, y pusiéronme delante toda mi historia,
representada en las figuras de las mujeres que perdí y ultrajé, las
cuales iban pasando como las estampas de un libro... Ni por esas me
conquistaron; y cuando el demonio mayor, o capitán de ellos, me volvió
a mi catre, arrojándome en él medio muerto, llamé al padre Vallés, que
me consoló, haciéndome aprender de memoria oraciones que bien rezadas
ahuyentarían los espíritus malignos.
—¿Pero cree usted eso, pobre Nelet?
—¡Que si lo creo! —exclamó el guerrero con una convicción tan profunda
y tenaz que don Beltrán juzgó inútil emplear contra ella las armas de
la razón—. ¡Pues si fuera tan cierto que he de salvarme!
—Siga, y lleguemos pronto al punto principal: ¿quién es ella?
—Ahora sale... Restablecido de aquel mal demoníaco, de cuando en
cuando venía por mí el diablo que quería ser mi amigo, y me llevaba
por los aires, o al fondo de las cuevas que hay en la Portillada, o a
los breñales espesos del río Nonaspe, en lugares a donde ni los búhos
penetran. Era el mes de agosto, y me hallaba con el _Fraile Esperanza_
en Calaceite, de vuelta del Mas del Hortal, donde nos habíamos batido
con Nogueras, cuando me encontré, sin saber cómo, frente a una caverna,
en noche cerrada, y oí una música preciosísima, que no puedo comparar a
ninguna música de este mundo.
—Sobre todo a la de la banda de Tortosa.
—De la gruta salió una luz azul, muy suave..., y por fin, de en medio
de esta luz una mujer... No puedo dar idea ni de la luz ni de la
hermosura de la señora, ni sé cuál de las dos cegaba y confundía más.
—Sería rubia...
—No, señor; morena, de ojos negros, el pelo suelto y corto, caído
sobre los hombros con infinita gracia, la mirada como de los santos
en oración, los pies desnudos, el cuerpo vestido de un sayal de
penitente...
—Verde y con asa... Marcela... Ya me figuraba yo que en esto habían de
venir a parar todas esas jugarretas diabólicas... Bueno, ¿y le dijo
usted algo?... ¿Ella le habló?
—No, señor; palabras no hubo; nada más que el quedarme yo extático,
como sin sangre en las venas, la voluntad sobrecogida, y sentir que
toda la vida la tenía en el corazón, y que en él se me metió un amor
muy vivo y abrasador que de aquí no ha querido salir más.
—Pero se me ocurre una grave objeción. Fíjese usted en las fechas antes
de lanzarse a referir sus leyendas, Nelet. Ha dicho que en agosto fue
la maravillosa visión. Pues en agosto, según mi cuenta, Marcela no
había salido aún de Sijena, ni podía presentársele en esa traza de
penitente...
—Pues ahí está lo maravilloso, lo sobrenatural, que confunde a los que
solo creen y testifican las cosas ordenadas conforme al tiempo y a la
verdad que se toca. Yo vi a Marcela antes de que ella adoptase la vida
y hábitos de peregrina. Y en esta anticipación de las cosas advierto
que es ella la destinada por Dios a la obra del terrible castigo que
quiere imponerme, condenándome a una sed no saciada, y a un afecto no
correspondido.
—Bueno; concretemos. ¿Dónde vio usted a Marcela en realidad... de ella
misma?
—En la Ginebrosa, y no me sorprendió el verla, pues ya la conocía por
su aparición, que he referido.
—¿Le habló usted?
—Le pedí amores, y me contestó muy esquiva, huyendo de mí. El segundo
encuentro fue en Nuestra Señora del Pueyo. Le habló con galantería fina
y discreta que salía del corazón, y me dijo que no sentía por mí más
que asco y desprecio. Yo iba mandando una partida; en mi desesperación
se me ocurrió fusilarla, para matar con ella mi tormento... Pero no me
atreví. Despidiéndola, le dije: «Vete, hechura de Lucifer, adonde yo
no te vea más, que si otra vez te cruzas en mi camino, te fusilo sin
compasión...». Parecíame que sacrificándola me libraba de mi suplicio,
y que después podía seguir queriéndola hasta que me muriese o me
matasen... Darle muerte no me parecía crueldad, sino una forma de amar,
a mi manera, estilo de gran pecador y visionario de cosas grandes...
—¿El tercer encuentro...?
—De él fue usted testigo.
—¡Ah!... En la maldita Codoñera. Tiemblo de recordarlo... De lo que
sigue tengo noticia, y la última es que Cabrera la mandó a un convento,
porque no gusta de monjitas correntonas.
—Sí, señor..., y el convento donde está encerrada es este.
—¡Este! ¡Valiente pillo! —dijo don Beltrán levantándose y dando algunos
pasos hacia el coro.
—Cuidado, señor..., que no nos conviene llamar la atención.
—Como si lo viera. Los tratos de usted con los demonios ya sé yo en
qué vendrán a parar, caballero Nelet —indicó el prócer, volviendo
al banco—. Estamos preparando una hazaña donjuanesca: violación de
clausura, rapto de virgen del Señor... Pero entendámonos: ¿trata usted
de sacarla por su gusto, por el orgullo de robar una monja, o porque
ella le ha dicho: «Nelet, ¿cuándo tocan a robar?».
—Ella no me ha dicho eso; pero constándome que le agrada la libertad,
hace días, por un propio muy listo que mandé a Nules, le propuse
abrirle las puertas de su encierro, y me contestó que en ello no había
pecado, sino observancia de las disposiciones del Concilio de Trento.
El capellán del 3.º, hombre muy leído, me ha prestado unos librotes
en que están la fundación e historia de Sijena, y con esa lectura mi
conciencia no se escandaliza del hecho de libertar a Marcela. Estoy
tranquilo; he tomado mis medidas...
—Todo esto, mi querido Nelet —dijo don Beltrán reverdecido—, es
hermoso, es poético y dramático. De la esencia de estas aventuras de
amor vive el alma.... Por tales emociones y otras semejantes, no es el
mundo un presidio. Dígame usted...
—Ahora, mi ilustre amigo, no puedo decir más, porque tenemos que
separarnos. Es la hora precisa de ver a la demandadera, la cual ha de
darme de palabra o por escrito una razón, por donde sabré si la empresa
se acomete esta noche o se deja para la de mañana. Aguárdeme aquí, que
no estará solo más que el tiempo que yo tarde en esta diligencia.
Mientras estuvo solo, Urdaneta se dio a reflexionar en el extraño
caso, que a su parecer justificaba el dicho del teniente Estercuel. La
guerra, el país, la raza, renovaban en todo los tiempos medievales.
La vida tomaba esplendores poéticos y risueñas tintas que se mezclaban
con el rojizo siniestro de la sangre, tan sin medida derramada. Exceso
de vida era quizás, plétora de sentimientos y pasiones. El fondo, por
añadidura, ofrecía característica decoración natural y el teatro más
adecuado a tal desbordamiento de vida. La mezquina civilización _a la
moderna_ se desvanecía, se borraba como un afeite mal aplicado, dejando
solo las querellas feudales, el ardor místico, la superstición, las
crueldades horrendas y eminentes virtudes, el heroísmo, la poesía, la
intervención de ángeles y demonios, que andaban sueltos y desmandados
por el mundo.
Volvió Nelet gozoso al cuarto de hora, y cogiendo del brazo a su amigo,
le llevó fuera, a punto que un monaguillo a cerrar se disponía.
—Y qué, ¿será esta noche? —preguntó el anciano, taconeando fuerte por
el puentecillo de la acequia.
—Aún no he leído su carta —replicó Nelet, que de la fuerza del contento
temblaba.
—¡Ha escrito!...
—Y además me manda unos versos. Vámonos a prisa, que por el ruido que
se oye y la gente que se ve venir hacia estos barrios, paréceme que
ha terminado la corrida. Esta noche, después que yo lea la carta,
seguiremos hablando... Aún me queda lo mejor. Porque yo no le he
contado a usted a humo de pajas mis desgracias y aspiraciones. Yo he
visto en el señor don Beltrán de Urdaneta, noble de antiguo cuño,
caballero muy corrido y de grandísima ciencia en cosas mujeriles,
la única persona del mundo que puede guiarme al fin que deseo tanto
como mi salvación: que Marcela me ame, que pueda yo, triunfando de su
esquivez, dar al traste con la leyenda de mi castigo, que me espetó san
Antonio en la ermita de Roquetas.
—Yo tendré un placer inmenso —dijo el aragonés, parándose para hacerse
oír mejor— en ilustrar a usted con mis conocimientos en materia tan
grave. El corazón de la mujer no tiene secretos para mí: ciencia
dolorosa, amigo mío, porque los maestros no llegamos a este doctorado
sino a fuerza de amarguras y sufrimientos. En mí tendrá usted un asesor
desinteresado; pero deje aparte toda consulta referente a espíritus
más o menos diabólicos, pues yo no los he visto en mi vida, ni sé
nada de esos caballeros. Eliminadas las potencias infernales, yo le
aconsejaré lo más eficaz para conquistar el corazón y la voluntad de
esa doncella... ¡Y que no es floja bestiecilla la que hay que domar!...
Santa y arisca, filósofa y hombruna... Pero ya veremos, ya veremos...
Llegaban al centro de la calle Mayor, donde se aposentaban, y ya no
pudieron hablar más de su asunto, porque Nelet se vio rodeado de
compañeros y amigos. Todos ellos, y don Beltrán no de los últimos,
pensaron en matar el hambre, lo que no era difícil entre un vecindario
casi totalmente afecto a la Causa, y que se desvivía por obsequiar a
sus defensores. En los bajos del ayuntamiento, las estancias habían
sido convertidas en comedores, donde se agolpaban oficialidad,
capellanes y calificados vecinos del pueblo, mientras en el piso alto
se hacían regios honores al general y a su Estado Mayor. Los compañeros
de Nelet se acomodaron en una salita próxima a la escalera, donde
se les dispuso espléndido comistraje, con mariscos y pescado, arroz
exquisito y otros manjares de grande estimación. Con no poca estrechez
se fueron acomodando, no sin designar un puesto al noble cautivo. Mas
no había tomado la primera cucharada de sopa, cuando entró un ayudante
del general con este mensaje:
—El señor de Urdaneta, que suba. El general le convida a comer.
—¡A mí!... ¿Está usted seguro de que...?
—Vamos, dese prisa. Están aguardando por usted.