No había concluido la función. Despachados los sargentos y oficiales,
empezaron a exterminar soldados... De arriba gritaban:
—¡Más, más..., todos!
Y los que se acercaron a Cabrera intentando convencerle de que el
escarmiento no debía pasar de allí, oyeron de él la fría respuesta:
—Hoy no les niego nada.
El general, molestado por horrible acedía, y con su boca llena de
un amargor insano, el rostro lívido, la mirada menos brillante que
de ordinario, no había tomado más que un poco de vino con agua. Su
inapetencia habría necesitado quizás, para remediarse, espectáculos
menos terribles; o era que ni aun con los triunfos recientes se hallaba
satisfecho, y su insaciable ambición pedía más al adusto genio que le
protegía. En medio de las alegrías del festín y de los horrores de
la matazón, más que matanza, su espíritu se distraía de la realidad
presente, para volar hacia la ciudad cercana, bella y rica. Los ojos
se le iban hacia allá, como si contar quisiera las torres y cimborrios
de la que solemos llamar _ciudad del Cid_. ¡Qué no daría aquel nuevo
dominador de pueblos por poderla llamar suya! Mirándola con ojos de
codicia más que de amor, parecía decirle: «Ya ves cómo trato a mis
enemigos. Permito a mis soldados que hagan esta pira de cadáveres, para
que en ella veas a Cabrera. Aquí estoy; mírame; quiero que tiembles
mirándome, quiero que toda España tiemble ante mí».
Terminados los fusilamientos, un amigo de Nelet recogió a don Beltrán,
atontado de la fuerza del susto, y le llevó a su alojamiento. A prima
noche, Nelet le hizo acostar, dándole vino caliente, y el pobre señor,
con los cuidados que su amigo, antes enemigo, le prodigaba, descansó
del molimiento y de la pavorosa impresión, despertándose al toque de
diana con regular apetito y el espíritu fortificado de resignación, así
cristiana como filosófica. Vivía en los dominios del terror trágico
y en las fronteras de la muerte: cuando llegara para él la hora del
martirio, sabría, pues, afrontarlo con valor y dignidad.
Desayunándose con los restos del banquete, las tropas se pusieron en
marcha muy temprano, dejando intacta la pila de muertos para que los
enterraran los vecinos de Burjasot, si querían; algunos batallones
se aproximaron a Valencia simulando un ataque. El amago, sin más
objeto que amedrentar al vecindario, significaba un ¡_si voy..._!
Pero no iba: para tal empresa no bastaban la audacia y la agilidad.
Contentábase Cabrera con aumentar su hueste, con organizarla y darle
hábitos y educación de ejército poderoso; sus crueldades no eran el
nefando goce del mal, como en el depravado cura Lorente: eran los
resortes de una infernal política, pues en su conocimiento del país
y de los hombres, el _leopardo_ no veía más camino que la fascinación
terrorífica para domar a los pueblos. Destruyendo media España,
aseguraba el imperio sobre la otra media.
Hecha la demostración ante los muros de Valencia, emprendió Cabrera
con su ejército la marcha hacia la Plana de Castellón, sin decir a
nadie a dónde iba ni qué planes llevaba. Santapau, recién ascendido a
comandante, mandaba el 3.º de Tortosa, y en su estreno de plaza montada
brindó a don Beltrán con la participación de su cabalgadura, llevándole
a la grupa en todo aquel caminar, que no fue de los más acelerados.
Dispuso el jefe una marcha por la margen derecha del Palancia, como
si quisiera embestir a Segorbe; descendió inopinadamente hasta Sot de
Ferrer; pasó el río, y a los dos días de lo de Burjasot, pernoctaba
en Alfandeguilla. Afirmose en tan larga correría la amistad entre don
Beltrán y Nelet, ganando este con delicadas confianzas el corazón
del anciano. A poco de emprender la primer jornada, y observándole
taciturno y receloso, díjole que el general había manifestado, respecto
a su noble cautivo, sentimientos de benevolencia y estimación. La
verdad de esto demostráronla los hechos, pues en la parada que hicieron
en Rafelbuñol, presentándose la noche lluviosa y fría, Cabrera mandó a
don Beltrán un capote suyo en buen uso para que se abrigase. Cuidaba en
tanto Nelet de apartar para él la mejor comida, y en los alojamientos
le agenciaba toda la comodidad posible. Tanta era en Urdaneta la
gratitud como la confusión, y llegó a sospechar que tales obsequios
significaban un refinamiento de crueldad, y que le regalaban como a los
condenados a muerte antes de quitarles la vida. Descansando y comiendo
al pie de unos robustos algarrobos, después de pasar el Palancia, Nelet
intentó quitarle de la cabeza los temores de fusilamiento, diciéndole
que tal vez Cabrera le retenía con fines muy distintos de los que
supone la prisión por rehenes. No comprendía el viejo qué fines podían
ser aquellos, dada su inutilidad, y ambos estimaron que el noble señor
debía esperar los acontecimientos, tomando lo que le dieran, comiendo
de lo mejor que hubiese, y abriendo su espíritu a la confianza.
—Dispuesto estoy —dijo Urdaneta— a comer todo lo que me traigan, y a
ponerme la ropa del general, si continúa mandándome algunas piezas
útiles. Pero mi espíritu no puede estar sereno, pues no se aparta de mi
mente la matanza de Burjasot. Soy cristiano; protesto en silencio de
estos horrores, y pido a Dios que los castigue.
—Lo de Burjasot —replicó Nelet con fría naturalidad— no es otra cosa
que una hilada más de la pirámide de justicia que juró construir don
Ramón, hallándose en Valderrobres, en febrero del año pasado. Esa
pirámide no es aún bastante alta para que pueda lucir en su cima la
imagen de aquella santa mujer, María Griñó... Pero ya tocan marcha.
Andando, señor mío. Vamos a Nules, que es plaza nuestra. Yo le aseguro
a usted que allí tendremos ocasión... y además motivos de hablar
largamente.
A las diez de la mañana del siguiente día fue recibido Cabrera en Nules
con arcos de triunfo, cortinas, músicas y danzas populares. Salieron
a felicitarle y a ofrecerle ramitos de flores las chicas guapas del
pueblo; huelgas y merendonas tenían dispuestas los calificados, y por
la tarde corrida de toros en la plaza. En buena casa fue alojado don
Beltrán, y tanto él como Santapau tratados a cuerpo de rey. Salió el
comandante a obligaciones del servicio y a diligencias privadas, de que
su amigo no tuvo conocimiento hasta la tarde, en la ocasión y sitio que
pronto se sabrá. Comieron opíparamente, y cuando toda la oficialidad y
el Estado Mayor a la plaza se encaminaban para ver la función de toros,
Nelet propuso al anciano que, pues ellos no eran aficionados al barullo
y tenían algo que platicar, se fueran a dar un paseo por donde menos
ruido hubiese de festejo y de muchedumbre. Conforme en ello Urdaneta,
se metieron por calles y travesías buscando la soledad, que fácilmente
encontraron, por estar todo el golpe del vecindario en la corrida.
La villa, de construcción arábiga, blanca, de suelo plano y fácil,
les engañó con la tortuosa red de sus calles; y cuando creían haber
andado poco, halláronse lejos, en un arrabal separado del pueblo por
anchas acequias. Metiéndose por entre dos tapias, fueron a dar frente
a una iglesia de frontispicio blanqueado con excepción de la puerta
de piedra, barroca, de columnas salomónicas, de retorcidos follajes y
garambainas.
—Como está usted cansado —dijo Nelet— y esta iglesita nos brinda con
su soledad y silencio, tan a punto para el descanso como para la buena
conversación, entremos, señor don Beltrán, y aquí hablaremos todo lo
que nos dé la gana.
—Dígame, compañero —indicó el viejo cuando Nelet, llevándole de la
mano, le metió en la iglesia, y se sentaron los dos en un banco—. ¿Es
que yo me he quedado completamente ciego, o que está esto más oscuro
que boca de lobo?
—No tema por su vista. Yo tampoco veo nada. Venimos deslumbrados de la
calle. Aquí nadie nos molesta ni nos oye. Voy a mi cuento, empezando
por decir a usted que el hombre más desgraciado del mundo, el más digno
de lástima, es el que con usted habla en este momento. Pensará usted
quizás que mis penas son obra de la imaginación, a lo que contesto
que, aun admitiendo esa idea, no dejan de ser efectivos, terribles,
insoportables los sufrimientos de su servidor. ¡Con decirle que en
Burjasot, cuando mandaba los fusilamientos, envidiaba a los pobres que
allí matábamos como moscas...!
—Pasión de ánimo se llama esa enfermedad; y ella debe de ser motivada
por una mala impresión, por un vivo querer no satisfecho.
—Ya pone su dedo en mi llaga... ¡y cómo me duele! No me equivoqué al
pensar que usted, hombre muy corrido, que ha vivido en esas sociedades
de tono, buen conocedor de hombres y mujeres y de todo el tinglado
social, es el único para confidente, quizás para médico de mis males.
—¡Yo!... Tate..., tate... Amigo Nelet, o soy un niño inocente, o es
causa de sus desdichas ese trastorno del alma, a veces del cuerpo,
que llaman amor. Entre paréntesis... Ya principio a distinguir los
altares... ¿No hay allí dos viejas?
—No, señor: son dos sillas.
—Me da en la nariz, Nelet amigo, que esto es convento de monjas. He
sentido a mi espalda como un murmullo, como un roce de faldas..., y un
cierto olor de incienso de monja..., que es un olor eclesiástico muy
particular... ¿Me equivoco?
—No, señor.
—¿Está aquí detrás el coro?
—Y al través de la verja parece que veo un par de bultos blancos...
—Bueno, siga usted... ¿Conque amor? Y admito, sí señor, que pueda yo
ser médico de tal achaque por mi consumada experiencia, por lo que han
visto estos ojos, por los innumerables afectos de diferentes clases que
han turbado este viejo corazón. Adelante, y abreviemos: ¿quién es ella?
—Antes de saber quién es ella, sabrá usted quién es él. Manuel
Santapau, nacido en un _mas_ próximo a Gandesa, de padres labradores
ricos, no debió a estos una crianza perfecta. Hijo único, sus padres
no supieron enderezarle desde niño por los buenos caminos, y en vez
de contener su natural voluntarioso, le dejaron tomar vuelo; sus
travesuras hacían gracia, y sus sinrazones eran alabadas antes que
reprendidas, resultando que cuando unas y otras, con la edad, empezaron
a ser maliciosas, ya no había autoridad que las contuviera. En fin,
señor: yo, desde los dieciséis años, escandalicé la villa en que
vivíamos, que era entonces Gandesa, y más tarde hice campo de mis
abominaciones a Reus, a Vendrell y a Cambrils. Ausente de la casa de mi
padre, salvo en las épocas en que iba a reponer mi bolsa, me lanzaba
yo con otros amigos no menos inclinados a la vagancia, de pueblo en
pueblo, cometiendo tropelías sin fin. Mis estudios, que no pasaron de
leer y escribir y algo de cuentas, se completaron después en el libro
del mundo, donde aprendíamos toda la ciencia del mal. Era vasto nuestro
terreno, y en él ejercíamos diferentes artes malignas; pero la peor
de estas, y en que yo principalmente despuntaba, era la de seducir
doncellas con mil engaños para abandonarlas luego miserablemente.
Si robábamos alguna vez en ciudades o despoblados, era por modo de
travesura; nuestro botín consistía siempre en jamones y morcillas,
aves y otros comestibles, y jamás tomamos dinero de nadie. Esta es la
verdad; y así como digo lo malo, digo lo bueno o lo menos malo. Alguna
muerte tuvimos sobre nuestras conciencias, todas en riña, a veces
por defendernos de padres burlados, a veces por pendencias de esas
que, sin saber cómo, salen del vino... porque, eso sí, a borrachos y
camorristas, nadie nos ganaba. Aunque me esté mal el decirlo, mi buena
figura era la mejor ayuda de mi perversidad en la campaña de conquistar
mujeres, embobarlas y perderlas sin ninguna compasión. El demonio, que
no Dios, me había dado el rostro para enamorar y las palabras dulces y
mentirosas; y con tales medios, cada día era yo más terrible acosador
del sexo femenino, llegando a no respetar ya soltera ni casada,
seduciendo también por depravación a las que no eran bonitas, y a las
religiosas, a las altas, y a las bajas y a las medianas...
—Perdone usted, Nelet —dijo don Beltrán, que no podía contener las
ganas de interrumpirle—. El tipo de don Juan, que existe desde el
principio del mundo y es de todas épocas, tiene en la nuestra, por lo
muy reglamentada que está la sociedad, poco terreno para sus audacias.
Se lo dice quien ha visto mucho mundo; quien, si se pusiera a contar
lances y aventuras donjuanescas, no acabaría en siete meses. Y yo
pregunto: ¿cómo pudo usted ejercer tan largo tiempo de caballero
seductor, sin tropezar con la justicia que le metiera en la cárcel, con
un padre que le descalabrara, o un marido que le partiera por la mitad?
—Lo encontré, sí señor: tuve mi castigo. Un marido, de Tortosa, me
cogió desprevenido una noche, y con una barra me abrió la cabeza.
Después agarrome por una pata y me tiró a una acequia, donde me habría
ahogado si esta llevara más de medio palmo de agua.
—Acabáramos... Reconozca usted que ya era tiempo, querido Santapau.