Mejor tratado desde aquel día, el prisionero vio urbanidad y
benevolencia en algunos rostros; pero nada lo maravilló como la
radical mudanza del capitán Santapau, a quien conocía por el familiar
nombre de Nelet. Empezando por mostrarse con él menos esquivo, se
humanizó en un día, en otro se trocaron sus asperezas en afabilidad
cariñosa, y acabó por declarar a don Beltrán su sentimiento de haberle
ofendido y su deseo de trabar con él amistad. Aceptó gustoso este
cambio de actitud el buen viejo, y sospechando que alguna recóndita
intención se traía su flamante amigo, esperó a conocerle mejor para
juzgarle. Respecto al paradero de Marcela, a quien había perdido de
vista desde antes de la acción de Buñol, díjole Nelet que Cabrera la
había mandado encerrar en un convento de monjas, hasta que decidiera
el Vicario general por don Carlos, que actualmente se hallaba en
Navarra. A juicio de Cabrera, no era decoroso ni ejemplar que una
señora religiosa anduviese al zancajo por los caminos, suelta de
toda disciplina; pero Santapau no participaba de esta opinión,
pues las benedictinas de Sijena estaban exentas de clausura, como
había declarado nada menos que el concilio de Trento. Conocedor del
monasterio y de su poética historia, el capitán había estudiado
el asunto, y podía demostrar a su jefe la razón y derecho con que
peregrinaba la santa señora y esposa de Cristo, Marcela Luco.
—Bien, hijo, bien —dijo don Beltrán, barruntando a dónde iba a parar
el guapo Nelet—. También yo veo con simpatía la libertad monjil, y
en este caso la creo muy acepta a los ojos de Dios, pues, si no me
engaño, Marcela corretea en seguimiento de intereses que quiere aplicar
a grandiosas fundaciones pías, para mayor esplendor de la fe y de la
Iglesia.
Decían esto camino de Valencia, como a tres leguas de Chiva, donde
habían pernoctado. Las intenciones de Caín llevaba Cabrera en
aquella marcha, pues informado por sus espías de que los restos de
la división de Crehuet, derrotada tres días antes en Buñol, andaban
por aquel término, iba en su seguimiento, bien afiladas las uñas para
destrozarlos. ¡Espléndido país aquel, hermoso cielo, alegres campiñas,
que aun en invierno dan testimonio de su fecundidad! Aspiraba don
Beltrán el templado aire que por el aliento metía en los cuerpos la
vida, la esperanza, el contento del vivir; que duplicaba el vigor de
los jóvenes, y a los viejos les aliviaba el peso de los años. Pensaba
que aun para despedirse de la existencia es bueno un suelo feraz, un
ambiente templado, una tierra pródiga en flores y frutos.
Los mil doscientos cristinos de infantería y el escuadrón de Lanceros,
que, con los milicianos de Valencia y Liria, habían recibido órdenes
de concentrarse en la capital, marchaban confiados, mal dirigidos,
desconociendo con angelical inocencia el país que pisaban y el enemigo
que tan cerca tenían. Como unos borregos de Dios se entregaron al
descanso en un pueblo llamado Pla del Pou... Cuando más descuidados
estaban, vieron encima la caballería carlista. No les dio tiempo ni
para tomar posiciones, ni siquiera para escapar con algún orden. No fue
batalla, fue una carnicería sañuda: desordenada la caballería cristina,
se enredó en ella la infantería, como una deshecha madeja en las patas
de un animal que da vueltas sobre sí mismo. Los carlistas no combatían;
mataban a su gusto y satisfacción. Los liberales no eran soldados,
sino reses. Algunos de a caballo pudieron escapar; los pistolos que
no perecieron en la matanza, entregáronse a discreción, para que los
matarifes hicieran de ellos lo que quisiesen. Por de pronto, allá iban
todos, prisioneros y vencedores, hacia Valencia, y ya que para embestir
a esta grande y fuerte ciudad no tenía Cabrera poder bastante, se
plantó en Burjasot, lugar cercano, para verla al menos y que ella le
viese. Aunque de escaso relieve, la eminencia en que está fundado aquel
pueblo es como atalaya que domina la huerta feracísima, y a lo lejos
el apretado caserío de la ciudad, guarnecida del verdor perenne de los
naranjos, y destacando sus torres y chapiteles sobre una espléndida
faja de mar azul.
Tan contentos llegaron a Burjasot los soldados del absolutismo, que
no pensaron más que en celebrar su triunfo con la vena de abundancia
que aquella lozana tierra les ofrecía. Guerreros infatigables que
devoraban leguas y corrían de una comarca a otra con presteza gatuna,
traían hambre atrasada. El país donde comúnmente operaban, Maestrazgo,
desierto de las Palmas, riberas del Palancia y Mijares, riberas del
Guadalope y Río Martín, puertos de Beceite y de Ademuz, estaban ya
esquilmados. Valencia era el oasis, la frescura, el descanso, la vida
plácida con regalos mil. No fue de iniciativa de Cabrera, como se ha
creído, el festín de Burjasot; fue idea de algunos jefes, y de la
oficialidad y subalternos, que ya anhelaban comer y beber sin tasa
para reponer el cuerpo de tantas fatigas. Bien se lo habían ganado:
lo menos que podían hacer era consagrar un día, unas horas a dar a
sus cuerpos algún goce de gula, pues todo no había de ser marchas,
hambres y sofoquinas. Pedido permiso al general, este lo dio de buena
gana, porque si sabía utilizar hasta la última tira de pellejo de sus
soldados, también gustaba de que se divirtiesen y solazaran cuando la
ocasión lo permitía.
Parte del vecindario invadió el campamento, metiéndose entre la tropa.
Iban unos por afecto a la causa carlista; otros por curiosidad; muchos
por ofrecer y colocar hortalizas, carne, peces, patos, frutas y hasta
flores, que ya abundaban en aquel despuntar de la primavera. Habían
dispuesto celebrar la comilona en aquella parte culminante del pueblo,
formada de terreno calizo, bajo el cual se extienden los famosos silos
o graneros subterráneos para depósito de cosechas. La iglesia de San
Roque, objeto de gran devoción, situada también en la eminencia y no
lejos del pueblo, encara su frontis hacia Valencia y el mar, como
recreándose en tan bello panorama.
Pronto se vio la vasta planicie llena de cuanto Dios crió, viandas
regaladas, viandas adquiridas. Se nombró una comisión que cuidase de
allegar cucharas y tenedores, algo de mantelería y vasos para los
jefes, y el obsequioso vecindario facilitó al instante todo cuanto se
deseaba. Por aquí se encendían hogueras; por allá preparaban peroles y
sartenes; en un grupo de soldados desplumaban patos; en otro desollaban
corderos. Subían el pueblo en hombros zafras de aceite y pellejos de
vino, cestos de naranjas, rimeros de lechugas. Soldado había que en
estos acarreos se atracaba de forraje, como aperitivo. El vino empezó
a correr desde el primer momento, vaciando los pellejos en jarros,
estos en los pocos vasos que había para tantas bocas. Los carlistas más
señalados en la localidad por su fanatismo subieron sobre sus duros
cráneos grandísimas mesas, y montones de sillas, enganchadas traviesa
con pata. Manteles también vinieron, aunque no tantos como habrían sido
menester. Toda escasez se podía perdonar menos la del vino, que se
remedió duplicando la provisión de hinchadas corambres.
A las tres y media el aspecto de la bacanal era imponente: comían,
devoraban sin orden ni medida, la tropa en el suelo, diseminada en
grupos a los bordes de la meseta; los sargentos sentados también en
tierra, formando cuadros con relativa corrección; más allá oficiales,
unos de rodillas, otros _ensillados_, algunos tendidos a la romana.
Frente a la ermita había mesas, donde se veía la figura clerical de
Llangostera y la cara de corcho de Tallada, en la cual se confundían la
picaresca malicia y la ferocidad. Otras personas calificadas se veían
por allí: el subdelegado castrense, del cual podían ser retrato los
odres de vino que acababan de traer; intendentes, cirujanos, mariscales
mayores. Los capellanes se señalaban por su ausencia, pues una grave
ocupación les retenía en el pueblo. Cabrera, mal humorado, sintiendo
algún recrudecimiento de sus achaques, y molestia en sus mal cerradas
heridas, se sentó un rato en la primera mesa; después iba de una parte
a otra, hablando con todos, recibiendo felicitaciones. Las miradas se
le iban hacia Valencia; apretaba las mandíbulas cuando sus íntimos le
decían:
—Don Ramón, estamos a las puertas del cielo... Haga una de las suyas, y
llévenos allá.
En las clases inferiores reinaba una jovialidad frenética. Grupo
hubo en que empezaron por los postres, las dulces algarrobas; luego
descuartizaban un pato, tirando en cruz de las patas y alones. Aquí
comían las lechugas sin aliñar, en rama; allí naranjas a bocados
mordiendo la cáscara, y encima pescado frito, o a medio freír; vino
sin tasa; después bollos de aceite, y lonjas de tocino con azúcar. En
las mesas o tenderetes de preferencia hubo arroces quemados, arroces
crudos, anguilas, pajeles, pájaros y hasta morcillas; en otros comían
el cordero a medio asar, chorreando sangre, partiéndolo con las
espadas, por no abundar los cuchillos. El regimiento 1.º de Tortosa
tenía una murga militar de una docena de instrumentos, trombones
abollados, bombo, platillos y chinesco. Agregados a ella algunos
músicos cogidos a las tropas de la reina, compusieron una mediana
banda, la cual, desde los comienzos del banquete tocaba _escogidos
trágalas_, la jota y otras piezas de baile. Su discorde ruido hacía
juego con los manjares a medio condimentar y con la desafinada alegría
del festín. Aquí y allí gritaban: «¡Que se callen esos perros!» y
tenían razón, pues los de la banda eran verdaderos sicarios del arte
musical.
Casi a la fuerza fue llevado don Beltrán por Nelet a uno de los grupos
que comían en el suelo; y apenas se había sentado, viendo que el
capitán se retiraba, le dijo:
—¿Pero usted, Santapau, no come?
A lo que contestó Nelet, condolido de sí mismo:
—Ahora no puedo: tengo que fusilar.
—¿Pero qué?... ¡Ahora!... —exclamó aterrado el viejo, levantándose de
un brinco, inverosímil para su edad.
—¿Pues qué creías tú, abuelo? —dijo un teniente, que desde el principio
de la comida estaba entre dos luces—. ¿Creías que les íbamos a
perdonar..., y a convidarles encima?
Antes de que pudiera contestarles, resonó el estruendo de una
descarga... Corrió don Beltrán hacia donde la humareda se veía, y
distinguiendo los desnudos bultos de cadáveres junto al tapial del
cementerio contiguo a la iglesia, lanzó una exclamación de horror y
se llevó las manos a la cara. Veinte infelices habían caído ya. A
poco trajeron otra cuerda: eran veinticinco, entre ellos los cadetes
valencianos que acababan de ingresar en el ejército, y se estrenaban
en aquella tragedia. Venían en cueros, resignados, los menos con pocos
ánimos, tropezando en el camino; los más, altaneros, provocativos.
Algunos de ellos, alargando sus brazos hacia la embriagada turbamulta
del festín, gritaron frenéticos... «¡Viva Isabel II!»... La descarga
les cortó la palabra y el fervor de sus exclamaciones; luego, los
tiros sueltos para rematarles sonaban a cacería. Excitados con los
vivas insolentes de las víctimas, la soldadesca entregada a la gula
prorrumpió en gran vocerío aclamando a los suyos, escarneciendo a
los vencidos, que no tenían bastante con la muerte. Mientras traían
otra cuerda del cercano corral donde les desnudaban, en la explanada
vaciaron más pellejos. Los vacíos yacían en el suelo como cuerpos
despanzurrados, sanguinolentos. En algunos grupos, donde con la
borrachera se había perdido hasta el último destello de razón,
gritaban: «Más, más». ¿Qué pedían? ¿Más bebida o más muertes? Las dos
cosas: vino bautizado con sangre.
Soldados del _Serrador_ y de Tallada cogían entre dos los muertos,
por pies y cabeza, y los iban arrojando a un lado, formando montón.
Las gentes del pueblo, que al principio de la matanza se aproximaron
con instintiva curiosidad y querencia insana del terror, huían ya
despavoridas. La musiquilla seguía lanzando su chillar bufonesco en
medio de la melopea espantosa de tal tragedia, declamada por los
fusiles de una parte, de otra por los ayes lastimeros o los arrogantes
apóstrofes de las víctimas. Si pavoroso era el estruendo de las
descargas, no lo era menos el graznido lúgubre de la banda o murga, y
el coro desenfrenado y soez de los que comían, bebían y pateaban sobre
el propio Calvario... Movido de inmensa compasión, de un sentimiento de
protesta contra tanta barbarie, se fue don Beltrán con paso torpe hacia
donde fusilaban... Le entró el delirio de unir un grito suyo al de los
que gritando morían. No sabía por dónde andaba... Una mano vigorosa le
apartó diciéndole:
—¿A dónde va, buen hombre? Atrás, o le coge una bala...
Retirose, metiendo los pies en un charco de sangre... Vio los cuerpos
desnudos retorciéndose en el suelo, y la presteza con que los
remataban, como quien extermina una plaga de animales dañinos. Huyó el
pobre señor horrorizado, sin saber a dónde iba a parar; y más abatido
por efecto del pavor que del cansancio, se dejó caer en tierra. Una
nueva descarga, alaridos, vivas y mueras, y el coro de los bebedores,
que ya era ronco, con voces arrastradas, grotescas, llevaron al colmo
su espanto. Se tapaba los oídos: sus miradas buscaban en el movimiento
de los grupos algo que indicase la terminación de la matanza; pero
nada veía. El humo cubría la hecatombe. Volviendo sus ojos al cielo,
ansiando ver algo que borrase de su espíritu la impresión de tales
horrores, contempló un instante la inmensidad azul, calmosa y pura.