XIV

Mejor tratado desde aquel día, el prisionero vio urbanidad y

benevolencia en algunos rostros; pero nada lo maravilló como la

radical mudanza del capitán Santapau, a quien conocía por el familiar

nombre de Nelet. Empezando por mostrarse con él menos esquivo, se

humanizó en un día, en otro se trocaron sus asperezas en afabilidad

cariñosa, y acabó por declarar a don Beltrán su sentimiento de haberle

ofendido y su deseo de trabar con él amistad. Aceptó gustoso este

cambio de actitud el buen viejo, y sospechando que alguna recóndita

intención se traía su flamante amigo, esperó a conocerle mejor para

juzgarle. Respecto al paradero de Marcela, a quien había perdido de

vista desde antes de la acción de Buñol, díjole Nelet que Cabrera la

había mandado encerrar en un convento de monjas, hasta que decidiera

el Vicario general por don Carlos, que actualmente se hallaba en

Navarra. A juicio de Cabrera, no era decoroso ni ejemplar que una

señora religiosa anduviese al zancajo por los caminos, suelta de

toda disciplina; pero Santapau no participaba de esta opinión,

pues las benedictinas de Sijena estaban exentas de clausura, como

había declarado nada menos que el concilio de Trento. Conocedor del

monasterio y de su poética historia, el capitán había estudiado

el asunto, y podía demostrar a su jefe la razón y derecho con que

peregrinaba la santa señora y esposa de Cristo, Marcela Luco.

—Bien, hijo, bien —dijo don Beltrán, barruntando a dónde iba a parar

el guapo Nelet—. También yo veo con simpatía la libertad monjil, y

en este caso la creo muy acepta a los ojos de Dios, pues, si no me

engaño, Marcela corretea en seguimiento de intereses que quiere aplicar

a grandiosas fundaciones pías, para mayor esplendor de la fe y de la

Iglesia.

Decían esto camino de Valencia, como a tres leguas de Chiva, donde

habían pernoctado. Las intenciones de Caín llevaba Cabrera en

aquella marcha, pues informado por sus espías de que los restos de

la división de Crehuet, derrotada tres días antes en Buñol, andaban

por aquel término, iba en su seguimiento, bien afiladas las uñas para

destrozarlos. ¡Espléndido país aquel, hermoso cielo, alegres campiñas,

que aun en invierno dan testimonio de su fecundidad! Aspiraba don

Beltrán el templado aire que por el aliento metía en los cuerpos la

vida, la esperanza, el contento del vivir; que duplicaba el vigor de

los jóvenes, y a los viejos les aliviaba el peso de los años. Pensaba

que aun para despedirse de la existencia es bueno un suelo feraz, un

ambiente templado, una tierra pródiga en flores y frutos.

Los mil doscientos cristinos de infantería y el escuadrón de Lanceros,

que, con los milicianos de Valencia y Liria, habían recibido órdenes

de concentrarse en la capital, marchaban confiados, mal dirigidos,

desconociendo con angelical inocencia el país que pisaban y el enemigo

que tan cerca tenían. Como unos borregos de Dios se entregaron al

descanso en un pueblo llamado Pla del Pou... Cuando más descuidados

estaban, vieron encima la caballería carlista. No les dio tiempo ni

para tomar posiciones, ni siquiera para escapar con algún orden. No fue

batalla, fue una carnicería sañuda: desordenada la caballería cristina,

se enredó en ella la infantería, como una deshecha madeja en las patas

de un animal que da vueltas sobre sí mismo. Los carlistas no combatían;

mataban a su gusto y satisfacción. Los liberales no eran soldados,

sino reses. Algunos de a caballo pudieron escapar; los pistolos que

no perecieron en la matanza, entregáronse a discreción, para que los

matarifes hicieran de ellos lo que quisiesen. Por de pronto, allá iban

todos, prisioneros y vencedores, hacia Valencia, y ya que para embestir

a esta grande y fuerte ciudad no tenía Cabrera poder bastante, se

plantó en Burjasot, lugar cercano, para verla al menos y que ella le

viese. Aunque de escaso relieve, la eminencia en que está fundado aquel

pueblo es como atalaya que domina la huerta feracísima, y a lo lejos

el apretado caserío de la ciudad, guarnecida del verdor perenne de los

naranjos, y destacando sus torres y chapiteles sobre una espléndida

faja de mar azul.

Tan contentos llegaron a Burjasot los soldados del absolutismo, que

no pensaron más que en celebrar su triunfo con la vena de abundancia

que aquella lozana tierra les ofrecía. Guerreros infatigables que

devoraban leguas y corrían de una comarca a otra con presteza gatuna,

traían hambre atrasada. El país donde comúnmente operaban, Maestrazgo,

desierto de las Palmas, riberas del Palancia y Mijares, riberas del

Guadalope y Río Martín, puertos de Beceite y de Ademuz, estaban ya

esquilmados. Valencia era el oasis, la frescura, el descanso, la vida

plácida con regalos mil. No fue de iniciativa de Cabrera, como se ha

creído, el festín de Burjasot; fue idea de algunos jefes, y de la

oficialidad y subalternos, que ya anhelaban comer y beber sin tasa

para reponer el cuerpo de tantas fatigas. Bien se lo habían ganado:

lo menos que podían hacer era consagrar un día, unas horas a dar a

sus cuerpos algún goce de gula, pues todo no había de ser marchas,

hambres y sofoquinas. Pedido permiso al general, este lo dio de buena

gana, porque si sabía utilizar hasta la última tira de pellejo de sus

soldados, también gustaba de que se divirtiesen y solazaran cuando la

ocasión lo permitía.

Parte del vecindario invadió el campamento, metiéndose entre la tropa.

Iban unos por afecto a la causa carlista; otros por curiosidad; muchos

por ofrecer y colocar hortalizas, carne, peces, patos, frutas y hasta

flores, que ya abundaban en aquel despuntar de la primavera. Habían

dispuesto celebrar la comilona en aquella parte culminante del pueblo,

formada de terreno calizo, bajo el cual se extienden los famosos silos

o graneros subterráneos para depósito de cosechas. La iglesia de San

Roque, objeto de gran devoción, situada también en la eminencia y no

lejos del pueblo, encara su frontis hacia Valencia y el mar, como

recreándose en tan bello panorama.

Pronto se vio la vasta planicie llena de cuanto Dios crió, viandas

regaladas, viandas adquiridas. Se nombró una comisión que cuidase de

allegar cucharas y tenedores, algo de mantelería y vasos para los

jefes, y el obsequioso vecindario facilitó al instante todo cuanto se

deseaba. Por aquí se encendían hogueras; por allá preparaban peroles y

sartenes; en un grupo de soldados desplumaban patos; en otro desollaban

corderos. Subían el pueblo en hombros zafras de aceite y pellejos de

vino, cestos de naranjas, rimeros de lechugas. Soldado había que en

estos acarreos se atracaba de forraje, como aperitivo. El vino empezó

a correr desde el primer momento, vaciando los pellejos en jarros,

estos en los pocos vasos que había para tantas bocas. Los carlistas más

señalados en la localidad por su fanatismo subieron sobre sus duros

cráneos grandísimas mesas, y montones de sillas, enganchadas traviesa

con pata. Manteles también vinieron, aunque no tantos como habrían sido

menester. Toda escasez se podía perdonar menos la del vino, que se

remedió duplicando la provisión de hinchadas corambres.

A las tres y media el aspecto de la bacanal era imponente: comían,

devoraban sin orden ni medida, la tropa en el suelo, diseminada en

grupos a los bordes de la meseta; los sargentos sentados también en

tierra, formando cuadros con relativa corrección; más allá oficiales,

unos de rodillas, otros _ensillados_, algunos tendidos a la romana.

Frente a la ermita había mesas, donde se veía la figura clerical de

Llangostera y la cara de corcho de Tallada, en la cual se confundían la

picaresca malicia y la ferocidad. Otras personas calificadas se veían

por allí: el subdelegado castrense, del cual podían ser retrato los

odres de vino que acababan de traer; intendentes, cirujanos, mariscales

mayores. Los capellanes se señalaban por su ausencia, pues una grave

ocupación les retenía en el pueblo. Cabrera, mal humorado, sintiendo

algún recrudecimiento de sus achaques, y molestia en sus mal cerradas

heridas, se sentó un rato en la primera mesa; después iba de una parte

a otra, hablando con todos, recibiendo felicitaciones. Las miradas se

le iban hacia Valencia; apretaba las mandíbulas cuando sus íntimos le

decían:

—Don Ramón, estamos a las puertas del cielo... Haga una de las suyas, y

llévenos allá.

En las clases inferiores reinaba una jovialidad frenética. Grupo

hubo en que empezaron por los postres, las dulces algarrobas; luego

descuartizaban un pato, tirando en cruz de las patas y alones. Aquí

comían las lechugas sin aliñar, en rama; allí naranjas a bocados

mordiendo la cáscara, y encima pescado frito, o a medio freír; vino

sin tasa; después bollos de aceite, y lonjas de tocino con azúcar. En

las mesas o tenderetes de preferencia hubo arroces quemados, arroces

crudos, anguilas, pajeles, pájaros y hasta morcillas; en otros comían

el cordero a medio asar, chorreando sangre, partiéndolo con las

espadas, por no abundar los cuchillos. El regimiento 1.º de Tortosa

tenía una murga militar de una docena de instrumentos, trombones

abollados, bombo, platillos y chinesco. Agregados a ella algunos

músicos cogidos a las tropas de la reina, compusieron una mediana

banda, la cual, desde los comienzos del banquete tocaba _escogidos

trágalas_, la jota y otras piezas de baile. Su discorde ruido hacía

juego con los manjares a medio condimentar y con la desafinada alegría

del festín. Aquí y allí gritaban: «¡Que se callen esos perros!» y

tenían razón, pues los de la banda eran verdaderos sicarios del arte

musical.

Casi a la fuerza fue llevado don Beltrán por Nelet a uno de los grupos

que comían en el suelo; y apenas se había sentado, viendo que el

capitán se retiraba, le dijo:

—¿Pero usted, Santapau, no come?

A lo que contestó Nelet, condolido de sí mismo:

—Ahora no puedo: tengo que fusilar.

—¿Pero qué?... ¡Ahora!... —exclamó aterrado el viejo, levantándose de

un brinco, inverosímil para su edad.

—¿Pues qué creías tú, abuelo? —dijo un teniente, que desde el principio

de la comida estaba entre dos luces—. ¿Creías que les íbamos a

perdonar..., y a convidarles encima?

Antes de que pudiera contestarles, resonó el estruendo de una

descarga... Corrió don Beltrán hacia donde la humareda se veía, y

distinguiendo los desnudos bultos de cadáveres junto al tapial del

cementerio contiguo a la iglesia, lanzó una exclamación de horror y

se llevó las manos a la cara. Veinte infelices habían caído ya. A

poco trajeron otra cuerda: eran veinticinco, entre ellos los cadetes

valencianos que acababan de ingresar en el ejército, y se estrenaban

en aquella tragedia. Venían en cueros, resignados, los menos con pocos

ánimos, tropezando en el camino; los más, altaneros, provocativos.

Algunos de ellos, alargando sus brazos hacia la embriagada turbamulta

del festín, gritaron frenéticos... «¡Viva Isabel II!»... La descarga

les cortó la palabra y el fervor de sus exclamaciones; luego, los

tiros sueltos para rematarles sonaban a cacería. Excitados con los

vivas insolentes de las víctimas, la soldadesca entregada a la gula

prorrumpió en gran vocerío aclamando a los suyos, escarneciendo a

los vencidos, que no tenían bastante con la muerte. Mientras traían

otra cuerda del cercano corral donde les desnudaban, en la explanada

vaciaron más pellejos. Los vacíos yacían en el suelo como cuerpos

despanzurrados, sanguinolentos. En algunos grupos, donde con la

borrachera se había perdido hasta el último destello de razón,

gritaban: «Más, más». ¿Qué pedían? ¿Más bebida o más muertes? Las dos

cosas: vino bautizado con sangre.

Soldados del _Serrador_ y de Tallada cogían entre dos los muertos,

por pies y cabeza, y los iban arrojando a un lado, formando montón.

Las gentes del pueblo, que al principio de la matanza se aproximaron

con instintiva curiosidad y querencia insana del terror, huían ya

despavoridas. La musiquilla seguía lanzando su chillar bufonesco en

medio de la melopea espantosa de tal tragedia, declamada por los

fusiles de una parte, de otra por los ayes lastimeros o los arrogantes

apóstrofes de las víctimas. Si pavoroso era el estruendo de las

descargas, no lo era menos el graznido lúgubre de la banda o murga, y

el coro desenfrenado y soez de los que comían, bebían y pateaban sobre

el propio Calvario... Movido de inmensa compasión, de un sentimiento de

protesta contra tanta barbarie, se fue don Beltrán con paso torpe hacia

donde fusilaban... Le entró el delirio de unir un grito suyo al de los

que gritando morían. No sabía por dónde andaba... Una mano vigorosa le

apartó diciéndole:

—¿A dónde va, buen hombre? Atrás, o le coge una bala...

Retirose, metiendo los pies en un charco de sangre... Vio los cuerpos

desnudos retorciéndose en el suelo, y la presteza con que los

remataban, como quien extermina una plaga de animales dañinos. Huyó el

pobre señor horrorizado, sin saber a dónde iba a parar; y más abatido

por efecto del pavor que del cansancio, se dejó caer en tierra. Una

nueva descarga, alaridos, vivas y mueras, y el coro de los bebedores,

que ya era ronco, con voces arrastradas, grotescas, llevaron al colmo

su espanto. Se tapaba los oídos: sus miradas buscaban en el movimiento

de los grupos algo que indicase la terminación de la matanza; pero

nada veía. El humo cubría la hecatombe. Volviendo sus ojos al cielo,

ansiando ver algo que borrase de su espíritu la impresión de tales

horrores, contempló un instante la inmensidad azul, calmosa y pura.

La campaña del Maestrazgo · 第 16 / 34 题