Ya por despistar a los cristinos, ya por otras razones o ardides
estratégicos, determinó Cabrera fortificar a Utiel, y lo primero en
que puso mano fue el convento o colegio de Escolapios y la iglesia
parroquial, gótica, de buena y sólida fábrica. Para despejar las
inmediaciones del primero de aquellos edificios, mandó demoler varias
casas y cortar todos los árboles de una alameda que al camino salía.
Empleáronse en tales obras noche y día multitud de hombres, y no hay
que decir que el señor de Albalate y los dos ancianos fueron aplicados
a este trabajo. Vierais allí al primer noble de Aragón descargando
hachazos en los añejos troncos. Por primera vez en su vida era
leñador, oficio que le pareció menos innoble que el de sepulturero
y limpiabotas. El sargento que les mandaba y dirigía era por demás
insolente y grosero, de estos que se envalentonan con los humildes.
Grande era la resignación de Urdaneta, que se había propuesto tomar
por modelo al patriarca Job; mas hubo ocasiones en que se vio a dos
dedos de perder su pasiva actitud, por la fuerza explosiva de la
dignidad aristocrática, que romper quería sus cadenas, atropellando
paciencia, humildad y cristianismo. Viendo que aquel bruto abofeteaba
inhumanamente a dos infelices que no habían entendido sus órdenes,
o que por exceso de fatiga se mostraban perezosos, sintió el prócer
vibración en todo su ser, efecto de la honda crisis o lucha de
opuestos sentimientos, y se dijo: «Haré un esfuerzo sobrehumano por
contenerme si ese gandul pone sus manos en mi cara; pero dudo que pueda
conseguirlo, pues antes de que el corazón se humille, el estallido de
mi dignidad hará que le parta la cabeza de un hachazo».
Felizmente, con él no se desmandó el bárbaro sargento; no hacía más que
rezongar, dar voces y decir a los viejos:
—_El que no traballa no menja; que aquí no estem para mantindre vagos._
Terribles hambres pasaban los tres al volver rendidos a la bodega y
patinillo en que tenían su alojamiento. Nadie se cuidaba de darles de
comer. El enterrador que hablaba, y que tenía por nombre Pedro Zaida,
salía en demanda de alimentos; no hiciera lo propio don Beltrán,
prefiriendo perecer de necesidad a pedir su ración; el otro, nombrado
Alfajar, tampoco pedía, por carecer de palabra. Así pasaron algunos
días, manteniéndose de mendrugos de pan y de sobras de rancho, que
Zaida recogía en los vecinos alojamientos, hasta que Nelet y los
oficiales del piso alto se apiadaron de la miseria de los prisioneros,
y les mandaban los restos de su comida. En un caldero bajaban la
bazofia; de ella comían los infelices viejos, siendo tan atentos
Zaida y Alfajar que escogían para el señor los huesos vestidos aún de
hilachas de carne, los trozos de comida menos deshechos, y las que
podrían llamarse golosinas, reservándose para sí lo peor. «Hasta en
esta región de miseria bochornosa se encuentran seres delicados, se
encuentran caballeros», decía para sí Urdaneta, renunciando a tales
preferencias, e imponiendo el reparto equitativo de piltrafas. A
menudo, en estas u otras escenas semejantes, rodaban lagrimones por su
cara. Una tarde salieron los oficiales al balcón para verles comer. A
poco llegó el asistente con un pedazo de pastel en un plato y restos de
bizcocho borracho, y entregándolo a los cautivos, díjoles que aquello
mandaban para el señor marqués. Luego volvió el chico con tres puros
y el braserillo para encenderlos. Fumaron, y dieron las gracias a los
señores, que riendo les miraban. Uno de los de arriba decía:
—Ese marqués del Cuerno paréceme un grandísimo pillastre...
Don Beltrán calló, no haciendo al deslenguado ni el honor de mirarle.
Luego, a una insinuación de Nelet, que parecía dicha en defensa del
anciano, se retiraron del balcón los oficiales. Volvieron los viejos
al trabajo, que aquel día consistió en arrastrar los troncos hacia
las entradas y puertas de la villa, para armar con ellos estacadas o
parapetos. Cuando Urdaneta llegaba por las noches a su alojamiento y
se tendía en el frío suelo junto a sus amigos, sin más abrigo que las
pellizas de estos; cuando, después de cenar lo que Zaida trajese o de
arriba les mandasen, procuraba embriagar con el sueño sus infortunios,
se le iba el pensamiento a la gran casa de Cintruénigo, la casa de
Idiáquez, y hacía revivir en su mente el edificio y las personas,
la vida toda de aquella señoril residencia. ¡Ay!, lo que allá tuvo
por humillación, era ya como una broma inocente. Modificadas por las
enseñanzas de la realidad sus ideas y opiniones, lo que en Cintruénigo
conceptuaba contrario a su decoro, ¿qué era? Nada en comparación de
la presente ignominia y miseria. Las estrecheces que allá estimó
intolerables, eran abundancias y delicias en parangón de lo de Utiel.
Recordaba con desconsuelo el orden de aquella noble casa, donde todo
estaba a punto, donde nada faltaba para comodidad y regalo de sus
habitantes.
Y pensando en esto, se le representaba su nieto: le veía niño, tan
cariñoso, tan dulce, tan formalito, tan amante de su abuelo... Era
su propia sangre, encarnación de su nombre y nobleza... ¿Qué haría
Rodrigo si le viese en tan extremada desdicha? La misma _doña Urraca_,
si viese a su suegro, el noble Urdaneta, sufriendo tanta vileza y
oprobio, comiendo sobras y migajas de la mesa de los oficiales, ¿qué
pensaría?... Frente a su conciencia, que severa se encaraba con él,
reconocía el grave error de no tolerar las asperezas o defectos de los
convivientes, para que estos toleraran los suyos. Bien claro veía que
todas sus querellas con la familia eran por motivos que ya se le hacían
vanos, pueriles. Veía también toda la fealdad de su soberbia, causante
principal del malhadado viaje a tierra de Teruel; veía su codicia,
su afán de atesorar dineros, que en su edad provecta casi no le eran
necesarios. Pero amaba el rumbo y quería ser siempre amo y señor,
dispensador de mercedes. ¡Bien le castigaba Dios, y cuán gallardamente
le aplicaba su justicia severa!... Y mirándolo bien, no era Rodriguito
tan digno de menosprecio y rencor. Poseía todas las cualidades que a
su abuelo le faltaban. Actos de verdadera maldad, nadie podía señalar
en él. Y en cuanto a la impertinente, mandona y atrabiliaria _doña
Urraca_, sus defectos no eran motivo para aborrecerla, Señor.
Estas reflexiones, en que se confundía la turbación de la conciencia
con la dulzura de las memorias de familia, le habrían llevado al sueño
reparador, si no lo estorbaran las picazones de su cuerpo, el sentirse
acribillado por atroces punzadas que parecían mordidas. Daba vueltas a
un lado y otro, y rascándose contra las durezas del suelo, volvían sus
reflexiones a distraerle del acerbo picor.
«¡Vaya, que si Juana Teresa conociera la cama en que duerme el padre
de su difunto esposo, lloraría de lástima; sí que lloraría!... ¡Ella
que cifra su orgullo en la limpieza ideal de las camas, ella, en quien
más que gusto es manía el tenerlas pulcras, inmaculadas, como las
vestiduras de los ángeles!... No hay en el mundo sábanas y almohadas
como las de mi casa de Cintruénigo: huelen a manzanas, a violetas, a
algo más oloroso que las flores, el aseo... Si Juana Teresa y mi nieto
me vieran en esta inmundicia, llorarían... ¡pobrecitos de mi alma!... y
no solo llorarían de compasión, sino de rabia por no poder remediarlo».
Salía Cabrera con mil o dos mil hombres, los más de los días, como en
diversión militar, para hostilizar a Requena y figurar su propósito
de ponerle sitio. En una de estas excursiones, al regresar del campo
entrando por la puerta de Caudete, donde se trabajaba para hacerla
infranqueable, apeose del caballo y examinó las obras. Con seca frase
autoritaria hizo la crítica de lo que no le parecía bien; indicó los
defectos y el modo de subsanarlos con el menor trabajo posible. Viendo
avanzar a don Beltrán, que a duras penas sustentaba una espuerta de
tierra, dio algunos pasos hacia él y le preguntó si era el caballero
Urdaneta.
—Para servir a usted, general —dijo el anciano, mirándole atento y sin
descargarse la espuerta.
—Lleva usted mucho peso... _Eh, tú, Lleuiset, no carregues masa a eixe
pobre home, qu’es un señor poch acostumat a traballs. Sous molt brutos,
y no teniu ni pizca de criteri ni talent, ¡caramba! Es precis que
sapian distinguir entre un home y un señor. A atres que son burros de
veritat, els traten como si foren señorets, y no teniu llástima d’este
pobre vell, acostumat a anar sobre alfombres_.
Comprendió el anciano que hablaba en su favor; y como al propio
tiempo le quitaran la pesada carga que llevaba, murmuró una frase de
gratitud. Cabrera no se hartaba de mirarle, fijándose últimamente en
sus pies y en las destrozadas botas. También don Beltrán contempló a
sus anchas al afamado guerrillero, a quien vio por primera vez en el
campo de Buñol, pasando como un rayo al frente de infernal cabalgata.
Reconoció en él la cara de soberbio gato, que ya había visto y quedó
grabada en su memoria: cara triangular, de pómulos salientes, ojos
grandísimos y negros con la ceja corrida, la nariz de mala forma con
las ventanillas siempre palpitantes. Vestía con elegancia y cierta
presunción de originalidad, no escaseando en su ropa los dorados y
relumbrones; la capa blanca con forro encarnado completaba su típica
figura. Con militar saludo se despidió para entrar en el pueblo. Por
la noche, hallándose los tres viejos en el patinillo, comiendo de las
sobras enviadas por Nelet, llegó un ordenanza que se puso a gritar en
la puerta:
—¿Quién es aquí el marqués?... ¡Eh, marqués!
—Yo soy, buen amigo —dijo Urdaneta, que respondía por aquel título—.
¿Qué se ofrece?
—Pues aquí me manda el general con estas botas —dijo el chico mostrando
un par no muy nuevo, pero en buen estado.
—¡Ah..., ya!..., para que se las limpie... Bien: déjalas ahí.
—No es para que se las limpie, jinojo, sino para que se las ponga... Ya
veo que le hacen falta. El general le manda estas, que no se pone ya,
y para usted están que ni pintadas; todavía en buen uso. Ya le miró a
usted la pata, y sabe que le vendrán bien.
—¡Oh!..., ¡Dios! —exclamó el aristócrata, decidiéndose a recoger el
regalo—. ¿Y el general se acuerda de este infeliz?... Dile que estoy
muy agradecido... ¡Oh, botas de la paciencia, de la humillación, venid
a mis pies!
Y cuatro días después, hallándose en Cheste, emprendida la marcha
sigilosa de todo el ejército hacia el llano de Valencia, fue
sorprendido don Beltrán por un recado del general llamándole a su
presencia en la casa ayuntamiento, donde se alojaba. Allá se fue el
noble viejo, y encontró a don Ramón en una estancia del piso bajo
con trazas de escuela pública, por los cartelones de letras gordas
que colgaban de las paredes. Estaba el caudillo de sobremesa con dos
mujeres guapísimas, de nacarada tez y ojos hechiceros, ataviadas a
estilo popular. Los _caragols_ sobre las sienes, cruzados por ganchos
de oro; el moño de trenzas, atravesado por las agujas, ofrecían el
clásico modelo del peinado valenciano. En sus orejas llevaban los
arcaicos _polques_ de oro con esmeraldas y perlas barrocas, joyas
de apariencia bizantina, y en el cuello hilos de aljófar. Toda la
vestimenta, de tisú, era lujosa y elegante dentro de la más escrupulosa
propiedad. Sin verlas más que como imágenes borrosas, o como bocetos
de admirables pinturas, don Beltrán, olfateando belleza con su
especial nariz de perito en mujeres, las diputó por grandes señoras
disfrazadas de campesinas ricas. Sentábanse a izquierda y derecha
del general, muy arrimaditas; luego seguía un capellán, que parecía
granadero, y al otro lado un cabecilla, en quien, por la facha y rostro
de clérigo afligido, creyó reconocer don Beltrán a Llangostera.
Sospechó el noble aragonés, no sin fundamento, que Cabrera le llamaba
para mostrarle a sus amigos como un objeto de curiosidad, como un ente
raro, consistente la rareza en el vivo contraste entre tanta nobleza y
miseria tanta. Mas no era este el único móvil del llamamiento: había
otro, que el general expresó después de contestar al cortés saludo del
caballero:
—Pues le he mandado venir para advertirle que... esté preparado...
—¿Preparado a qué, general?
—Haría usted mal en creer que le tenemos aquí por gusto de su
co...mpañía —dijo Cabrera, que hablando familiarmente tartamudeaba un
poco: su lengua, disparándose en articulaciones rapidísimas, tropezaba
a cada instante.
—¿Para qué debo prepararme, general?
—El sistema de represalias, que, como usted sabe, es obra de esos
infames cristinos, me obliga a la crueldad, con... contra los
sentimientos de mi corazón.
—Ya entiendo. Es para fusilarme. Bien preparado estoy. Esta vida que
arrastro, señor, vale tan poco para mí, que el quitármela, más que de
cruel, le acreditará a usted de piadoso.
—Yo lo siento..., sabe Dios que lo siento. Co...mpadezco a los que me
veo precisado a sacrificar... Me duele, aunque mis enemigos crean otra
cosa y me llamen tigre... Pero yo digo: todas las inocencias del mundo
juntas no valen la inocencia de mi madre.
—Aunque no temo la muerte, mi conciencia, mi respeto a la verdad, me
obligan a declarar que ni soy espía, ni he venido a esta tierra con
ningún fin político ni militar.
—Sé que no es usted espía. Me lo ha dicho la monja Marcela, que me
merece crédito... Pero aquí cobramos vidas por vidas, y pagamos muertes
con muertes. ¿No se ha enterado usted de que la división de Iriarte ha
cogido prisionero al hermano del conde de Catí, vocal del Consejo de Su
Majestad en este reino?... Pues en cuanto sepa yo que le han fusilado,
ya está usted de más en el mundo. ¿No le parece que esto es natural,
justo y equitativo? Noble por noble, caballero por ca...ballero.
Mientras esto decía el implacable soldado, no se oyó una voz, ni un
murmullo, que indicaran protesta contra tanta barbarie, siquiera
compasión. O la costumbre de tales horrores embotaba en hombres y
mujeres todo sentimiento humanitario, o no se atrevían a manifestarlos.
—¿Puedo retirarme ya? —dijo el viejo sin hacer comentario a la
terrible conminación.
—Espere un poquito..., y sáquenos de una duda. ¿Es usted marqués de
Sariñán?
—No, señor: el marqués de Sariñán es mi nieto, por enlace de mi hijo
don Federico con una dama de la casa de Idiáquez.
—¿Ven como yo acertaba? —dijo una de las mujeres o damas disfrazadas,
por lo que comprendió Urdaneta que habían tenido discusión sobre su
personalidad.
—Y los títulos de usted ¿cuáles son? —preguntole el clérigo.
—Soy señor de la Torre y Casa-Fuerte de Albalate, señor de Rubielos,
merino mayor de Monzón, poseedor de varios lugares, fortalezas,
vasallos y pechos en el antiguo reino de Sobrarbe; señor también de
la Puebla de Olid, con grandeza de España, caballero del hábito de
Montesa, maestrante de Zaragoza..., y no sigo por no ser enfadoso a los
que me escuchan...
—¿No es usted pariente de los Cárceres? —preguntó la otra hembra bonita.
—Si, señora —replicó don Beltrán, gozoso de oír la dulce voz, cuyo
timbre le sonó a nobleza y elegancia—. Ramón Cárcer, cuarto marqués
de Castelbell, es mi sobrino, y primos de mi esposa son los Borrás y
Mezquita, así como Marianito Zagarriga, marqués de Creixel.
—Otra cosa —dijo Cabrera, a quien ya parecía enojoso hablar tanto de
nobleza—. ¿Qué tal le tratan a usted en mi cuartel general? ¿Le dan
bien de comer?
—Señor, un ejército en campaña no puede cuidar del pobre cautivo
inútil, cuya vida no importa a nadie.
—Yo quiero que sea usted tratado con la co...nsideración que merece por
su categoría... Y si alguno le faltase al respeto, lo que tarde yo en
saberlo tardaré en ordenar que le den cincuenta palos.
—No vale hoy esta pobre vida que por ella se machaquen los huesos de un
cristiano.
—_¡Pobre señor! Em dona molta llástima. ¡Y en quina dignitat porta la
seua miseria!_
Algo pudo entender el prisionero de lo que la compasiva dama decía, y
su piedad le llegó al alma. En tanto Cabrera le ofreció un cigarro,
que rehusó, porque no solía fumar a tales horas... Instó el general;
insistió la dama, que de manos de su amigo tomó el puro para
alargárselo a don Beltrán. Cuando este salió del aposento, iba como
fascinado por la voz claramente oída y el rostro turbiamente visto de
la beldad, y echaba de menos sus verdes años para corresponder a la
compasión de ella con un amor grande, solitario y sin esperanza, como
aquel inmenso infortunio de su vejez.