Al amanecer, cuando empezaba a conciliar el sueño, le llamaron... Creyó
al pronto que iban a fusilarle, y dijo:
—Vamos, estoy pronto. Acabemos de una vez.
No tardó en enterarse de que le mandaban a desempeñar una obligación
harto triste: enterrar los muertos de la hecatombe de la noche
anterior; y si el primer impulso de su orgullo y dignidad fue rechazar
colérico un cometido tan impropio de su categoría, luego dejó lugar el
orgullo a la conformidad cristiana que había criado en su alma con las
meditaciones del pasado insomnio, y dando un gran suspiro, dijo:
—Vamos a donde ustedes quieran. Merezco esto y mucho más: seré
sepulturero.
La idea de que entre los cadáveres podía encontrar el de Baldomero
Galán, hizo flaquear un momento su entereza; pero logró rehacerse con
estas consideraciones: «Si está, ¡qué puedo hacer más que llorarle!
Contra los hechos, dispuestos o consentidos por Dios, nada podemos.
Enterraré al pobrecito _Mero_, alférez y mártir».
Terrible duelo y consternación produjo a don Beltrán la vista de los
dieciséis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones;
y como no podía reconocer al que buscaba sino acercándose mucho, a
todos les fue observando uno por uno, y tocaba los fríos rostros. Eran
jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del
vigor.
«No está _Mero_ —pensó, sintiéndose aliviado de un gran peso—. ¡Pobres
muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra,
España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en
su propia tierra...».
Cogió el azadón que le destinaron, y se puso a cavar tan tranquilo. La
resignación, con este humilde trabajo, fue ganando más y más espacio
en su alma, y con ella la certidumbre de que sus desdichas venían
del cielo y eran el contrapeso lógico de una vida de disipación y
goces. Junto a él vio que cavaban los dos sepultureros de la compañía
de Marcela; pero ni ellos le hablaron, ni don Beltrán les dijo una
palabra. Abiertos tres hoyos de gran capacidad, fueron cogiendo muertos
y arrojándolos dentro, unos sobre otros, y después rellenaron y
apisonaron.
«Yo creí —pensó Urdaneta cuando concluían— que esto me impresionaría
horriblemente. Pero a todo se acostumbra uno. Me desayunaría yo ahora
mismo, si me dieran con qué...».
A su carro se dirigía con esperanza de encontrar las alforjas de Mosén
Putxet, cuando le mandaron al campo donde se diría pronto la misa.
«Pues a misa», murmuró, declarándose pasivo, dispuesto a cuanto le
mandasen.
En el campo habían puesto el altar, al pie de un soberbio algarrobo,
vestido de espléndido follaje. El sol relumbraba esparciendo claridad
y alegría, y picaba más de la cuenta. Del Mediterráneo, que no se
veía, pero se adivinaba, venía una brisa suave y consoladora. Las
tropas formaban para oír misa; los jefes, a caballo, ocuparon su
puesto delante de los cuerpos. Allí vio don Beltrán al cabecilla
Forcadell, uno de los lugartenientes de Cabrera, y general de una
potente división. Su rostro inflado, risueño y de hombría de bien,
lo mismo podía ser de canónigo que de mayoral de diligencias. Pesaba
sobre un poderoso alazán; vestía zamarra peluda, chaleco blanco
abotonado hasta el cuello; la boina era de gran vuelo, blanca con fleco
dorado. De una tienda de campaña salió Mosén Putxet revestido: eran
acólitos dos granaderos del 1.º de Tortosa. Oyó la misa don Beltrán
con recogimiento, en el sitio que le designaron, y no lejos de sí, por
delante, vio a Marcela de rodillas y a los dos sepultureros. Cuando
alzaban, entre el estrépito de cornetas y tambores, el recuerdo de los
pobrecitos que había enterrado le distrajo un poco de su devoción.
Mas rehaciéndose, a punto que se santiguaba, decía para sus adentros:
«Diablos de la guerra, mucho tenéis que llorar por vuestros crímenes
para que _Ese_ os perdone».
De vuelta a su carro, Urdaneta preguntaba:
—¿Pero dónde estamos? ¿Es esta la Plana de Castellón?
Y sin enterarse de la respuesta, tendiose de largo a largo, y comiendo
de lo que le dio el buen Putxet, pronto se quedó dormido. Por la
noche, el zarandeo del carro era fuerte y molesto, señal de que iba
de prisa por ásperos declives... A la madrugada vadearon un río de
escaso caudal. La división, dotada de extraordinaria presteza de pies
y pezuñas, avanzaba tragándose las leguas. Al día siguiente, vio
don Beltrán un pueblo que llamaban Olla; después otro que nombraban
Chestalgar o cosa así. A la siguiente media noche pararon. Creyó
notar Urdaneta que se juntaba más tropa; no cesaban de sonar tambores
y clarines. Salió a estirar las piernas y dar un paseo... Putxet,
cuando se retiró a dormir, díjole que estaban cerca de Buñol o cerca
de Siete Aguas, no lo sabía con certeza, y que don Ramón, acompañado
de Llangostera, había venido a conferenciar con Forcadell. Al amanecer
oyose tiroteo por la parte que el noble cautivo, mirando las estrellas,
estimó como Levante. Por allí avanzaba una división cristina. Serían
las ocho cuando, no don Beltrán, que apenas veía, sino Putxet y otro
clérigo que con él estaba, observaron que las tropas de la reina,
vigorosamente atacadas en terreno desfavorable, se desbandaban;
que luego se rehacían reforzadas por su caballería... El tiroteo
se generalizó, llegando a ser continuo por la zona del sur... Dos
batallones carlistas salieron corriendo como demonios a embestirles por
el flanco.
—¿Qué pasa, qué pasa, amigo Putxet? —preguntaba don Beltrán.
Y el clérigo le dijo gozoso:
—La caballería no les vale esta vez... Allá va como deshecha y
desmoralizada... ¡Qué victoria, ¡_pacho_!, qué victoria!...
Sobrevino luego un incidente que determinó cierta indecisión... Fuerzas
carlistas retrocedieron. Los carros tuvieron que alejarse. De la otra
parte empujaban con furia.
De pronto vieron venir un gran tumulto, muchos jinetes que no corrían,
volaban, los ágiles corceles saltando zanjas y cercas, desmandados,
locos. Frente a ellos, en un caballo blanco, venía un hombre vestido
de colorines. Al pasar el jinete junto a la impedimenta, vieron
los que allí estaban su rostro, harto parecido al de un gato, los
ojos flamígeros, la color verdosa, henchida la nariz, como si las
ventanillas de ella quisieran rasgarse para dar paso al aliento. Su
capa blanca con vueltas rojas sujeta al cuello, ondeaba como una
bandera. En la mano blandía la espada; se le oía claramente gritar:
—_Per asi, fills meus... Seguidme... Els destrosarem... ¡Viva Carlos V!
¡Mueran eixos pillos, cobards!..._
La tromba, que tal parecía, de innúmeros caballos seguidos de tropel de
infantería, describió un vasto círculo por la llanura. Cuando se alejó,
la nube de polvo que levantaba impidió ver dónde había caído. Oyose un
chasquido formidable, como un desgarrón de masas enormes... Los carros
hubieron de alejarse más, metiéndose en una hondura desde donde poco se
distinguía.
—Este don Ramón es tremendo —gritaba Putxet alzando los brazos al
cielo, ebrio de gozo—: menuda paliza les está dando. No quedará uno
para contarlo. ¡Viva el trono legítimo, señores! Esta brillante
jornada nos abrirá las puertas de la hermosa Valencia, de la reina del
Turia... Vean... ya se disipa el polvo: por allí van desbandados los
de Isabel... distingo perfectamente los morriones... ¡Hola, hola! La
caballería parece que quiere volver grupas y hacernos cara... Ya es
tarde, ¡_pacho_!..., ya es tarde. Don Ramón, que es el dios Marte en
persona, les da una carga horrorosa, y se deja caer sobre el propio
Buñol... Adelante, valientes. ¡Viva la Virgen de los Desamparados,
nuestra Madre!
Con estas exclamaciones, de un entusiasmo pueril, iba señalando el
clérigo las peripecias del combate que desde allí podían apreciarse.
Hacia el mediodía todo el ejército carlista iba sobre Buñol,
persiguiendo a los liberales fugitivos.
—Me estoy temiendo —dijo Putxet a su amigo tomando un piscolabis en la
carreta en marcha— que tendremos función esta tarde... Sería yo muy
dichoso si, variadas las condiciones en que hoy se hace la guerra,
diéramos cuartel. Es ciertamente más humano perdonar al vencido,
¿verdad?
Llegados a la Venta de Buñol, se procedió con método, parsimonia
y naturalidad a fusilar a veintisiete oficiales y sargentos.
Afortunadamente para Urdaneta, no le mandaron a enterrar. Oyó los
tiros, vio llegar a su amigo desconcertado y melancólico, y nada más.
Dos días después, sabedor Cabrera de que una columna cristina andaba
por Alcanar, mandó contra ella a Llangostera, que la deshizo y fusiló
victorioso todo lo que quiso. Enterado también el fiero caudillo de
que el capitán general de Valencia había salido hacia Castellón con
fuerzas para relevar las guarniciones del Maestrazgo, mandó a la Plana
al _Serrador_, y desplegando una actividad increíble, prodigiosa,
organizó al propio tiempo la expedición de Forcadell a Orihuela. No
satisfecho aún con la victoria de Buñol, y habiendo recogido armas y
caballos, amén del fruto de las depredaciones en país tan rico, se fue
hacia Requena, simulando un amago a esta ciudad; mas no se detuvo hasta
Utiel: establecido allí su cuartel general, apresurose a fortificar la
posición.
Estaba de Dios que en aquella parte de su cautiverio se agravaran las
desdichas del noble don Beltrán, obligándole Dios con esto a mayor
acopio de paciencia; su amigo, el buen Putxet, se separó de él antes de
llegar a Requena, agregado a la expedición que invadir debía la tierra
de Alicante, y ya no disfrutó el pobre viejo el beneficio del carro
sino en contadas ocasiones, viéndose obligado a llevar peonilmente la
carga de sus añosos huesos. Sacando fuerzas de flaqueza pudo llegar a
Utiel, el calzado roto, los pies llagados, molido y hambriento, harto
de trabajos, incomodidades y miserias. Pero le bastaba considerar que
más había padecido Cristo por nosotros, para sacar alientos de su
propio desmayo y prepararse a mayores infortunios.
Metiéronle en un zaguán húmedo, y de allí le pasaron a una bodega, con
salida a un jardinillo petiseco, cercado de tapias; le acompañaban los
dos enterradores. De Marcela, ni estos ni don Beltrán sabían dónde
había ido a parar. En el piso alto de la misma casa se alojaba, con
otros oficiales, el capitán Nelet, que viendo desde el balcón a los
viejos sentados en el jardinillo, tomando el sol, dijo a sus amigotes:
—No sé para qué nos traen acá tales estafermos. Son tres bocas y ningún
hombre. O fusilarles, en el caso de que se compruebe que son espías, o
echarles a un camino para que se mantengan de limosna.
Como don Beltrán mirase para arriba, y con lastimero acento dijese que
lo mismo le daba a él la muerte que la mendicidad, mandole Nelet que
subiera; obediente el anciano subió la escalera con paso lento, tomando
resuello a cada cuatro peldaños, pues no podía de otro modo, y fue
recibido en una sala por el dicho Nelet y otros dos tagarotes. Entró
Urdaneta con digno continente, descubriéndose, y permaneció en pie
esperando las órdenes de aquellos bárbaros. Nelet, apoltronado en un
sillón, y rascándose las pantorrillas, le dijo:
—¿Es cierto que es usted de la aristocracia?
—Si, señor: me honro de pertenecer a la primera nobleza de Aragón.
—¿Es usted marqués?
—Mis títulos son los señoríos de la Torre de Albalate, de Olid, con
grandeza, de...
—Acabe usted, hombre, con esa letanía... Pues mire: de algún modo ha
de ganar el pan que le damos.
Diciendo esto, se quitó las botas llenas de cuajarones de barro, y
alargándolas al prócer, le dijo:
—En aquel cajón hallará usted cepillo y betún. Me las pondrá como un
espejo.
Permaneció un instante don Beltrán con su mano extendida hacia las
botas, inmóvil y rígido, empeñada su voluntad en terrible lucha
entre dos movimientos: o coger las botas y estamparlas en la cabeza
del grosero y estúpido capitán, o resignarse a tanta humillación
y aceptarla por los méritos de Jesucristo. Prevaleció este último
intento, y recibió con noble pausa las botas, recogiendo luego los
adminículos de embetunar.
—¿Fuma usted? —le preguntó Nelet, haciéndole retroceder desde la puerta.
—Sí, señor.
Le ofreció un cigarrillo, y pareciéndole poco, le dijo:
—Tome usted más, para sí y sus compañeros, que la vejez entretiene sus
tristezas con el tabaco.
—Gracias.
Y bajó el anciano tan gravemente como había subido, escalón por
escalón, sin decir nada, casi sin pensar nada...