XI

Llegó de los primeros al grupo de los peregrinos un mocetón con

zamarra, chaleco rojo y polaina de cazador, blandiendo una espada,

único signo de su jerarquía de oficial en aquella desalmada tropa, y

encarándose con Marcela, descompuesto y groserote, le gritó con acento

valenciano:

—En Mas Nuevo, la semana pasada, te dije que si te volvía a encontrar,

te fusilaba. ¿A dónde vas ahora? ¿Quién es este vejete?

—Voy a donde quiero, y este señor es quien es.

—No eches roncas... Mira, Marcela, que me tienes frita la sangre, y si

te desmandas, cumplo lo que te ofrecí.

—¡Salvaje, mátanos cuando quieras! —exclamó Marcela con tanto desdén

como energía, lanzando un rayo de sus ojos—. Delante de las bocas

de tus fusiles, yo y estos santos varones te decimos: ministro de

Satanás, toma nuestras vidas, que Dios recogerá nuestras almas. ¿Ves

estos hombres humildes; ves este anciano, de la primera nobleza de

Aragón, que abandona su casa y honores por amor a la penitencia y

los trabajos? Pues ni él, ni yo, ni los demás, tememos la muerte.

Moriremos, ¿verdad don Beltrán? Moriremos alegres, pidiendo a Dios que

perdone a nuestros verdugos.

Tales manifestaciones de santidad heroica, y la tosquedad siniestra

que vio impresa en el rostro del cabecilla, persuadieron a don Beltrán

de que había llegado su última hora. Miró en derredor suyo buscando

a Tomé. Lamentaba que la vida juvenil de su escudero fuese también

sacrificada en aquel lance. Pero el despabilado chico, al dar aviso

a su amo de la presencia de los facciosos, y antes de que estos se

acercaran, desapareció como un ave en la cercana espesura.

El bárbaro capitán contestó a las provocaciones de Marcela con estas

palabras:

—Pues te juro que habremos de daros gusto. Solo que como no tenemos

aquí capellán que os confiese, forzoso será llevaros al pueblo. Y

puesto que todos sois santos, preparaos unos con otros... Ea, en marcha.

—¿A dónde nos lleváis? —preguntó don Beltrán, que con el ejemplo de la

monja procuraba reforzarse de serenidad y entereza.

—A La Codoñera.

—¡Pues a La Codoñera! Y ojalá estuviéramos, a cuatro pasos de ese

pueblo donde hay capellán, que ya nos pesa el cuerpo, ya nos pesa la

vida, como hay Dios.

Era el capitán un hombracho hermoso, atezado de rostro, gallardo de

postura, vestido con cierta bárbara elegancia de buen ver. Mandó a los

prisioneros que se pusieran en camino, los dos enterradores delante,

entre la tropa de vanguardia; detrás, junto a él, Marcela y don

Beltrán. No debía de ser hombre tan fiero como Urdaneta creyó en los

primeros momentos, porque aproximándose a la peregrina por la izquierda

de esta, le dijo:

—Todo esto te pasa porque quieres. Sabes que te estimo. Marcela,

quédate conmigo, que más has de valer señora sentada que de monja

andariega.

—Monstruo, prefiero que me maten de un tiro a morirme de asco...

—replicó la religiosa sin mirarle—. No te acerques a mí.

—Me da la gana de acercarme, y te digo que si haces lo que te

propuse la semana pasada en Mas Nuevo, serás feliz; vamos, que no te

arrepentirás de ser mía, y se te quitarán de la cabeza esas murrias del

misticismo.

—En verdad te digo, Nelet, que los escarabajos, salamanquesas y

cucarachas que adornan el trono de inmundicia de Satanás, son menos

asquerosos que tú.

—Y yo digo que los ángeles negros, que negros los hay también, son

menos bonitos y menos salados que tú... ¿Qué ojos hay como los tuyos?

¿Qué boca se iguala con ese panal de santa miel? ¿Pues y ese cuerpo que

debajo de las estameñas se cimbrea como un junco con carne? Marcela,

si has olvidado que eres mujer, yo haré que lo recuerdes y te alegres

de recordarlo.

—¡A matar pronto! Abra el dragón sus fauces, y tráguenos. Extienda el

buitre su garra, y destrócenos. Somos de Dios, y a Él van nuestras

almas.

—Si no me das la satisfacción de tenerte a mi lado, me consolaré con el

goce de fusilarte... Es un gusto, créelo, un gusto fusilar a quien se

ama; así sabe uno que no ha de ser para otro... y ver ese lindo cuerpo

retorciéndose... y luego cogerlo uno, y meterlo en el hoyo y agasajarlo

con tierra...

—¡A matar, a matar pronto! —repitió Marcela, iluminado el rostro, la

boca seca—. Morir por Dios, morir en la pureza, viendo cómo el alma se

aparta de tanta inmundicia, es la mayor gloria...

—Bueno es que el señor capitán entienda que no somos espías —dijo don

Beltrán, que al ver los afectos amorosos del cabecilla empezó a cobrar

esperanzas—. Nosotros íbamos por aquí a nuestros asuntos de penitencia

y a practicar las obras de misericordia.

—¡Por Dios, no sea usted cobarde, don Beltrán! —dijo Marcela viva y

colérica, dándole tan fuerte pellizco que le hizo ver las estrellas.

—¡Hija!..., ¡ay! Pues bien valiente que soy, ya lo ves... ¡Ay!, tus

dedos son tenazas. Me has arrancado un pedazo de carne. ¡Si yo también

quiero que me fusilen!... Pero, francamente, si hemos de morir,

suprimamos los pellizcos.

Antes de llegar a La Codoñera, se les unió el grueso de la partida. El

jefe, que debía de ser de graduación equivalente a la de comandante o

más, examinó a los prisioneros.

—¿Es usted Peinado? —le preguntó don Beltrán plegando los ojos y

aproximándose—. Si es Peinado, no extrañe que por causa de mi corta

vista no le reconozca. Fuimos amigos hace años.

—No señor, no soy Peinado: soy Tena —dijo el cabecilla, hombre pequeño

y vivo que no carecía de formas corteses—. Peinado está con el general

en jefe.

Y volviéndose luego a Nelet, le dio órdenes:

—Llévales contigo, pero no entres en La Codoñera. Por el atajo te

corres esta tarde hacia Belmonte, y de allí, sin parar, a Valderrobres,

donde me juntaré contigo mañana temprano. Yo tomaré la vuelta de

Torrecilla, a ver si cojo la columna del marqués del Palacio... A estos

cuatro simples no se les fusila. Si ella no fuera hembra, y ellos unos

vejestorios, les daríamos cincuenta palos... Eso les vale. Llévales a

Valderrobres, y yo les recogeré allí. Ya sabes que me dijo don Ramón

que si otra vez cogíamos a esta saltamontes, se la lleváramos. Quiere

conocerla.

No se habló más, y en marcha todo el mundo. Muy entrada la noche,

llegaron los prisioneros de Nelet a Valderrobres; y aunque en el

camino se les había dado algún reparo de alimento, don Beltrán no

podía tenerse de hambre y fatiga; los huesos le dolían como si se los

hubieran machacado; pero más que la molestia física le agobiaba la

desesperación, resultante del tristísimo fin de su loca aventura.

«Tenía razón Estercuel —decía desplomando su humanidad sobre el suelo

de un establo vacío en que les encerraron—. En plena Edad Media.

¡Maldita sea la tal Edad Media y el perro que la inventó!... Esto es

horrible, Dios mío... A tal desastre me ha traído una vana ilusión,

más propia de niño inexperto que de anciano sesudo... ¿Y cómo salgo

yo ahora de esta cisterna en que me ha precipitado mi desatino? ¿Cómo

me libro de estos cafres?... ¡Para que me fíe otra vez de santos y de

peregrinas, de monjas milagreras que entierran ollas! Esta tarasca me

ha perdido, y ahora no será ella quien me salve... Merezco, sí, lo

que me pasa, por codicioso, por crédulo, por niño... chocho... ¡Ay de

mí! ¡Vaya una vejez, vaya un fin de la existencia! ¡Yo que vine por

proveerme del pan de la vida, y ahora me veo prisionero, amenazado de

muerte, envilecido entre esta canalla, y teniendo que aguantar sus

groserías...! Me pegaría si no estuviera en tal estado, que no caben ya

más dolores en mi cuerpo miserable...».

Esto se dijo, procurando el descanso. Por suerte suya, aproximáronse

a él los otros viejos, y acumulado el calor de todos, hallaron alguna

defensa contra el frío. Por el opuesto lado se arrimó después Marcela,

que sentadita rezaba en alta voz, hasta que don Beltrán, incomodado

del sonsonete, le dijo:

—Rece para sí, hermana, que los viejos necesitamos dormir. Sabe Dios

qué mañana nos espera.

Y a la madrugada, sintiendo el prócer un gran peso que le oprimía, y

comprendiendo que era el cuerpo de la santa mujer, que en el abandono

del sueño se caía de aquel lado, le dijo:

—Suspéndase un poco, hermana, que me agobia todo el lado izquierdo y no

puedo respirar.

Retirose la monja lamentándose de haberse dormido, pues su ánimo era

velar la noche entera, y se aprovechó del empujón de don Beltrán para

despabilarse y continuar sus rezos.

Lleváronles al otro día muy de mañana por el desfiladero de Beceite a

salir a la Cenia, camino endemoniado, propio de cabras y guerrilleros.

Intenciones tuvo don Beltrán de pedir que le arrojaran en el camino

para que se lo comieran los buitres, o que le fusilaran de una vez,

pues así se acababan sus martirios. Compadecido el capitán Nelet, que

no era mal hombre, aunque de genio harto arrebatado, le dio de comer,

socorriole además con un trago de aguardiente, y por fin, le atravesó

sobre la carga de una mula que llevaba sacos de forraje. Marcela

continuaba a pie, y a ratos se aproximaba al anciano para dirigirle

estos o parecidos consuelos:

—En opinión del beato padre san Juan de la Cruz, tratándose de

trabajos, cuanto mayores y más graves son, tanto mejor es la suerte del

que los padece.

—Déjame a mí de padres beatos de la Cruz —le contestó Urdaneta—, que la

que tengo sobre mí pesa bastante... ¿Cómo quieres que me alegre de esta

situación? Dime que me resigne y hablarás con seso...

Al cansancio y tristeza de tal viaje, uníase el temor de que la columna

carlista encontrase otra de la reina, y rompieran el fuego cogiendo en

medio a los infelices que no habían hecho armas ni por Carlos ni por

Isabel. Dos días pasaron en esta ansiedad sin que nada de particular

ocurriese; y al ver que descendían con precaución por ásperas

pendientes, don Beltrán, sin poder apreciar por sí mismo el territorio,

entendió que iban hacia la Plana. En una aldehuela poco distante de

Albocácer, se agregaron a una numerosa tropa carlista, que más que

columna era ya división, y allí tuvo el pobre anciano la suerte de

encontrar un alma compasiva, un capellán que sin conocerle, o más bien

reconociéndole por su traza y modo de hablar caballero de nacimiento,

le prodigó atenciones y cuidados, acomodándole al fin en un carro de

provisiones, donde el pobre señor se creía transportado del infierno a

la gloria.

«Dios no desampara a los buenos —se dijo—, y yo soy bueno, aunque

otra cosa crea esa bigardona volandera que ahora se empeña en meterme

monje del Císter. Yo no hice nunca mal a nadie, como no fuera a mí

mismo... ¡Fraile yo! ¡Y me da a escoger entre la cogulla y una miseria

deshonrosa!... ¡Vive Dios!, que puesto en tan horrible dilema, no sé a

qué carta quedarme».

Completó el capellán sus atenciones con la constante compañía, de que

sobrevino una real amistad. Llamábase Mosén Putxet, y era tortosino, un

sí es no es ilustrado y muy corriente en todo. Contole que en aquellos

días habían trabado pelea, en los campos de Torreblanca, Cabrera y

Borso, llevando este la mejor parte. No cerradas aún las graves heridas

que en Torre de Arévalo le pusieron a la muerte, Cabrera recibió

un balazo en el muslo. A su serenidad y arrojo debió la salvación.

Retirada su gente a Cuevas de Vinromá, el caudillo se ocultó en la casa

del cura de La Jana, donde permaneció algunos días en lastimoso estado,

febril, exangüe. La suerte suya y de sus tropas fue que Borso no supo

aprovecharse de la victoria, y con su inacción dio tiempo a que Cabrera

se curase, como él lo hacía siempre, de prisa y corriendo; a que en el

lecho dictara disposiciones para rehacer su ejército; a que este, con

ligereza inaudita, le secundase, marchando de nuevo en busca de nuevos

triunfos, con su general a la cabeza, llevado en parihuelas.

—Por lo que usted me dice, nos encontramos en el cráter de un volcán

—observó Urdaneta—, y estoy a punto de presenciar sangrientas batallas.

Sea lo que Dios quiera. Sin duda es su voluntad que acabe yo mis días

en medio de estos horrores.

—A todo se acostumbra uno —le dijo Putxet—. Mire: los primeros días

no podía yo habituarme a la guerra; pero ya me voy haciendo a tales

crueldades, y pienso que Dios las consiente para que venga pronto el

triunfo de su religión santísima.

No se atrevió el ladino viejo a manifestar al capellán lo que sobre

esto pensaba, temeroso de perder su amistad, que en aquella triste

aventura érale tan provechosa. Pasaba don Beltrán en vela las noches,

y gran parte del día durmiendo, sin que supiera por qué adquirió en

la molicie del carro esta costumbre. Una tarde, hallándose en letargo

dulcísimo, después de comido y bebido con cierto regalo, soñó con

terremotos, incendios, erupciones de volcanes. Despertando de súbito,

hirió sus oídos horrísono estruendo de tiros, y echando la cabeza fuera

del toldo, vio que en una loma cercana estaban batiéndose facciosos y

cristinos. Ellos debían de ser; mas no distinguía el pobre señor las

boinas y morriones. Vio, sí, los fogonazos, y oía el murmullo de la

pelea, como la reventazón contra peñascos de las olas embravecidas.

Parado su carro junto a otros, poca gente vio Urdaneta en su derredor.

Tras el pánico primero, una esperanza risueña animó el afligido

corazón del anciano. ¡Si resultaba que la división o columna cristina

que allí peleaba era la brigada de Borso, y obtenía la victoria; si

resultaba que en dicha columna venía _Mero_, y _Mero_ quedaba ileso,

qué felicidad! Muy hermosas eran estas ideas para que la realidad las

confirmase. Al ponerse el carro en movimiento, creyó Urdaneta que los

carlistas se pronunciaban en retirada. Mas, ¡ay!, era lo contrario. Los

cristinos abandonaban sus posiciones, y los facciosos iban sobre ellos

ebrios de furor. Así lo comprendió por las voces que de lejos venían,

por la alegría que en derredor suyo estallaba... El carro avanzó a

retaguardia de los batallones victoriosos, y a poco vino la noche.

Pararon. Urdaneta preguntó:

—¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama el lugar donde se ha dado esta batalla?

Respondiéronle con una retahíla valenciana, de la cual no sacó nada

en limpio. A poco de la parada, y cuando repartían el rancho, oyó

entre ásperas voces del dialecto alguna castellana que anunciaba el

fusilamiento de los prisioneros del ejército vencido. A don Beltrán

se le erizó el cabello, y recostándose sobre los sacos, se hizo un

ovillo... «Que me fusilen también a mí, Señor, y así acabarán mis

sufrimientos». Pasado un rato, un extraño ruido le hizo abrir los

ojos. Vio a lo lejos fulgor de antorchas; sonaron luego disparos, una

descarga... después otra y otras, a las que siguió un lúgubre silencio.

«¡Pobre _Mero_! —murmuró el anciano—: que Dios te acoja en su santo

seno».

Al poco llegó Mosén Putxet, y subiendo al carro, donde tenía las

alforjas, dijo a su amigo:

—Estoy rendido; no puedo más. Cada lance de estos es para mí una

enfermedad grave.

Y sacando de las alforjas el buen repuesto que llevaba, invitó a su

compañero a participar de la cena. Excusose el prócer con su falta

de apetito, y el otro, declarándose también inapetente, afirmó que

sin gana tenía que alimentarse, so pena de hallarse al día siguiente

desfallecido.

—¡A dieciséis he tenido que confesar! —dijo con dolorido acento—. Esto

es muy triste. Las leyes de la guerra, implacables, lo conceptúan

necesario... para asegurar el triunfo del trono legítimo y de la

religión veneranda... Hace usted mal, amigo mío, en no tomar algo. No

se puede abandonar la nutrición del cuerpo. Verdad que usted, si ahora

no tiene gana, a cualquier hora de la noche tomará lo que guste. Yo,

pasadas las doce, no puedo, porque tengo que decir misa. Mañana es

domingo: por eso se ha determinado que la _aplicación de los castigos_

se efectuara esta noche... ¡Cruento sacrificio! ¡Maldita guerra! ¡Que

sea necesaria la destrucción de vidas para llegar a la paz, y la

injusticia para llegar a la justicia, y la crueldad para llegar a la

benignidad!... Como usted ve, tengo que alimentarme. Son muchas horas

desde las doce de la noche a las diez de la mañana, hora de la misa de

campaña...

Terminada la cena, no tardó el capellán en dormirse. Don Beltrán

velaba; veló hasta el amanecer, engolfado en severas reflexiones. En

tan triste noche, precursora de días más tristes, el viejo aristócrata,

despreciando a su amigo, se sintió religioso, profundamente religioso.

La campaña del Maestrazgo · 第 13 / 34 题