había dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en
los primeros días de urgente instalación, que aserrar tablas para las
puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor
desahogo de trabajo, mi mujer se había contentado--verdad que bajo un
poco de presión por mi parte--con magníficas puertas de arpillera.
Como estábamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no dañaba
nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da
al corredor central, fué por donde entró y me mordió el perro rabioso.
Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los demás la sensación de
clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Pero
estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de
noche alrededor de nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebre
angustia. Es un grito corto, metálico, de agonía, como si el animal
boqueara ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere un
animal rabioso.
Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor
contrariedad, desde que llegáramos no había hecho más que llover. El
monte cerrado por el agua, las tardes rápidas y tristísimas; apenas
salíamos de casa, mientras la desolación del campo, en un temporal sin
tregua, había ensombrecido al exceso el espíritu de mamá.
Con esto, los perros rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que por su
casa había andado uno la noche anterior, y que había mordido al suyo.
Dos noches antes, un perro barcino había aullado _feo_ en el monte.
Había muchos, según él. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al
asunto, pero no así mamá, que comenzó a hallar terriblemente
desamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento salía al
corredor para mirar el camino.
Sin embargo, cuando nuestro chico volvió esa mañana del pueblo,
confirmó aquello. Había explotado una fulminante epidemia de rabia.
Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un peón
había tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y el
animal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patas
delanteras, había cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrillo
y un chancho que halló en el trayecto.
Más noticias aún. En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma
madrugada, otro perro había tratado inútilmente de saltar el corral de
las vacas. Un inmenso perro flaco había corrido a un muchacho a
caballo, por la picada del puerto viejo. Todavía de tarde se sentía
dentro del monte el aullido agónico del perro. Como dato final, a las
nueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiación de los
perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado.
Había de sobra para que mamá perdiera el resto de animación que le
quedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a los
perros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presenció en su
niñez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotado
y lluvioso, provocáronle verdaderas alucinaciones de perros que
entraban al trote por la portera.
Había un motivo real para este temor. Aquí, como en todas partes donde
la gente pobre tiene muchos más perros de los que puede mantener, las
casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que
los peligros del oficio--un tiro o una mala pedrada--han dado
verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculos
flojos. No se siente jamás su marcha. Roban--si la palabra tiene
sentido aquí--cuánto les exige su atroz hambre. Al menor rumor--no
huyen porque esto haría ruido, sino se alejan al paso, doblando las
patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan así, tranquilamente,
media o una hora, para avanzar de nuevo.
De aquí la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra casa una de las
tantas merodeadas, estábamos desde luego amenazados por la visita de
los perros rabiosos, que recordarían el camino nocturno.
En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco olvidada, iba
caminando despacio hacia la portera, oí su grito:
--Federico! ¡Un perro rabioso!
Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega
línea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedí,
sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal se
fué. Recorrí inútilmente el camino, sin volverlo a hallar.
Pasaron dos días. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza,
mientras el número de perros rabiosos aumentaba. Como no se podía
exponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados,
la escuela se cerró, y la carretera, ya sin tráfico, privada de este
modo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a las
doce, adquirió lúgubre silencio.
Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido
miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecía, veía avanzar
por entre el pasto ojos fosforescentes. Concluída la cena se encerraba
en su cuarto, el oído atento al más hipotético aullido.
Hasta que la tercera noche me desperté, muy tarde ya: tenía la
impresión de haber oído un grito, pero no podía precisar la sensación.
Esperé un rato. Y de pronto un aullido corto, metálico, de atroz
sufrimiento, tembló bajo el corredor.
--¡Federico!--oí la voz traspasada de emoción de mamá--¿sentiste?
--Sí--respondí, deslizándome de la cama. Pero ella oyó el ruido.
--¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios!
¡Juana! ¡Dile a tu marido que no salga!--clamó desesperada,
dirigiéndose a mi mujer.
Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la
puerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la
cintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que un
aullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la voz
desesperada de mamá.
--¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no
salgas! ¡Juana! ¡Dile a tu marido!...
--¡Federico!--se cogió mi mujer a mi brazo.
Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que el
animal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta.
Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negro
triángulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo de
asomar el cuerpo, cuando sentí que algo firme y tibio me rozaba el
muslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eché
violentamente atrás la cabeza con un golpe de rodilla, y súbitamente
me lanzó un mordisco, que falló en un claro golpe de dientes. Pero un
instante después sentí un dolor agudo.
Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido.
--¡Federico! ¿Qué fué eso?--gritó mamá que había oído mi detención y
la dentellada al aire.
--Nada: quería entrar.
--¡Oh!...
De nuevo, y esta vez detrás del cuarto de mamá, el fatídico aullido
explotó.
--¡Federico! ¡Está rabioso! ¡Está rabioso! ¡No salgas!--clamó
enloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella.
Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legítimo
razonamiento: Salí afuera con la lámpara en una mano y la escopeta en
la otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que me
daría perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en el
extremo de un horcón.
Recorrí los corredores. No se oía un rumor, pero de dentro de las
piezas me seguía la tremenda angustia de mamá y mi mujer que esperaban
el estampido.
El perro se había ido.
--¡Federico!--exclamó mamá al sentirme volver por fin.--¿Se fué el
perro?
--Creo que sí; no lo veo. Me parece haber oído un trote cuando salí.
--Sí, yo también sentí... Federico: ¿no estará en tu cuarto?... ¡No
tiene puerta, mi Dios! ¡Quédate adentro! ¡Puede volver!
En efecto, podía volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juro
que fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz
prendida hasta que amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama,
vigilando sin cesar la arpillera flotante.
Antes me había curado. La mordedura era nítida, dos agujeros violeta,
que oprimí con todas mis fuerzas, y lavé con permanganato.
Yo creía muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el día
anterior se había empezado a envenenar perros, y algo en la actitud
abrumada del nuestro me prevenía en pro de la estricnina. Quedaban el
fúnebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo
primero. De aquí, seguramente, mi relativo descuido con la herida.
Llegó por fin el día. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un
transeunte mató de un tiro de revólver al perro negro que trotaba en
inequívoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi
parte que librar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer para no
bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, había
sido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todo
esto, a los cinco minutos de la mordedura. ¿Qué demonios podía temer
tras esa correción higiénica? En casa concluyeron por tranquilizarse,
y como la epidemia--provocada seguramente por una crisis de llover sin
tregua como jamás se viera aquí--había cesado casi de golpe, la vida
recobró su línea habitual.
Pero no por ello mamá y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta
exacta del tiempo. Los clásicos cuarenta días pesan fuertemente, sobre
todo en mamá, y aún hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el más
leve trastorno, ella espera el día de mañana para echar de su
espíritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda de
aquella noche.
El único fastidio, acaso, que para mí ha tenido esto, es recordar
punto por punto lo que ha pasado. Confío en que mañana de noche
concluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en mí
los ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresión
el primer indicio de enfermedad.
* * * * *
#Marzo 10--#
¡Por fin! Espero que de aquí en adelante podré vivir como un hombre
cualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas de
muerte. Ya han pasado los famosos cuarenta días, y la ansiedad, la
manía de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de mí,
pasaron también para siempre.
Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo
particular: contándome, punto por punto, todos los terrores que han
sufrido sin hacérmelo ver. El más insignificante desgano mío las sumía
en mortal angustia: ¡Es la rabia que comienza!--gemían. Si alguna
mañana me levanté tarde, durante horas no vivieron, esperando otro
síntoma. La fastidiosa infección en un dedo que me tuvo tres días
febril e impaciente, fué para ellas una absoluta prueba de la rabia
que comenzaba, de donde su consternación, más angustiosa por furtiva.
Y así el menor cambio de humor, el más leve abatimiento,
provocáronles, durante cuarenta días, otras tantas horas de inquietud.
No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siempre
para el que ha vivido engañado, aún con la más arcangélica buena
voluntad, con todo me he reído buenamente.--¡Ah, mi hijo! ¡No puedes
figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que su
hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa...¡pero rabioso,
rabioso!...
Mi mujer, aunque más sensata, ha divagado también bastante más de lo
que confiesa. ¡Pero ya se acabó, por suerte! Esta situación de mártir,
de bebé vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de
muerte, no es seductora, a pesar de todo. ¡Por fin, de nuevo!
Viviremos en paz, y ojalá que mañana o pasado no amanezca con dolor de
cabeza, para resurrección de las locuras.
* * * * *
#Marzo 15--#
Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No
hay ya más, creo, posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayo
todo el día, cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen
mis pasos, un crispante espionaje de mi expresión cuando estamos en la
mesa, todo esto se va haciendo intolerable.--¡Pero qué tienen, por
favor!--acabo de decirles.--¿Me hallan algo anormal, no estoy
exactamente como siempre? ¡Ya es un poco cansadora esta historia del
perro rabioso!--¡Pero Federico!--me han respondido, mirándome con
sorpresa.--¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!
¡Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y día,
día y noche, a ver si la estúpida rabia de su perro se ha
infiltrado en mí!
* * * * *
#Marzo 18--#
Hace tres días que vivo como debería y desearía hacerlo toda la vida.
¡Me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!
* * * * *
#Marzo 19--#
¡Otra vez! ¡Otra vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos de
encima, como si sucediera lo que parecen desear: que esté rabioso.
¡Cómo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora no
disimulan más, y hablan precipitadamente en voz alta de mí; pero, no
sé por qué, no puedo entender una palabra. En cuanto llego cesan de
golpe, y apenas me alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo.
No he podido contenerme y me he vuelto con rabia:--¡Pero hablen,
hablen delante, que es menos cobarde!
No he querido oir lo que han dicho y me he ido. ¡Ya no es vida la que
llevo!
* * * * *
#8 p.m.#
¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Ah, yo sé por qué quieren
dejarme!...
* * * * *
#Marzo 20--(6 a.m.)#
¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡He
pasado toda la noche despertándome a cada momento! ¡Perros, nada más
que perros ha habido anoche alrededor de casa! ¡Y mi mujer y mi madre
han fingido el más perfecto sueño, para que yo solo absorbiera por los
ojos los aullidos de todos los perros que me miraban!...
* * * * *
#7 a.m.#
¡No hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarme
había tres enroscadas en la palangana! ¡En el forro del saco había
muchas! ¡Y hay más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casa
de víboras! ¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahora
comprendo por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora comprendo todo!
¡Quería irse por eso!
* * * * *
#7.15 a.m.#
¡El patio está lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!...
¡Socorro!...
* * * * *
¡Mi mujer se va corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!... ¡Ah,
la escopeta!... ¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero no
importa...
* * * * *
¡Qué grito ha dado! Le erré... ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hay
una enorme!... ¡Ay! ¡Socorro, socorro!!
* * * * *
¡Todos me quieren matar! ¡Las han mandado contra mí, todas! ¡El monte
está lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!...
Ahí viene otro asesino... ¡Las trae en la mano! ¡Viene echando víboras
en el suelo! ¡Viene sacando víboras de la boca y las echa en el suelo
contra mí! ¡Ah! pero ese no vivirá mucho... ¡Le pegué! ¡Murió con
todas las víboras!... ¡Las arañas! ¡Ay! ¡Socorro!!
* * * * *
¡Ahí vienen, vienen todos!... ¡Me buscan, me buscan!... ¡Han lanzado
contra mí un millón de víboras! ¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo no
tengo más cartuchos!... ¡Me han visto!... Uno me apunta...
#A LA DERIVA#
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el
pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió una
yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre
engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La
víbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su
espiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y
durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos
puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia
su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y
de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como
relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la
pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un
trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa
hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de
ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un
ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
--¡Dorotea!--alcanzó a lanzar en un estertor.--¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
--¡Te pedí caña, no agua!--rugió de nuevo.--¡Dame caña!
--¡Pero es caña, Paulino!--protestó la mujer espantada.
--¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó
uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
--Bueno; esto se pone feo--murmuró entonces, mirando su pie lívido y
ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la
carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y
llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el
aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a
su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del
Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú
corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la
canoa, y tras un nuevo vómito--de sangre esta vez--dirigió una mirada
al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el
pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con
grandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó que
no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir
ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y
el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta
arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
--¡Alves!--gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
--¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!--clamó de nuevo, alzando
la cabeza del suelo.--En el silencio de la selva no se oyó un sólo
rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la
corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,
altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas
bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,
en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un
silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y
calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de la
canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la
sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y
aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del
rocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría
en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No
sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su
compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrón
míster Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de
oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya
entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura
crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una
pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando
a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que
iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el
tiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tres
años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho
meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la
respiración también...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había
conocido en Puerto Deseado, un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o
jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
--Un jueves...
Y cesó de respirar.
#LA INSOLACION#
El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto
y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte,
entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía
la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,
monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del
monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados
de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en
abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.
A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría
reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la
calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía
al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de
mejor compensado trabajo.
Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al
lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían
inmóviles, pues aún no había moscas.
Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:
--La mañana es fresca.
Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija,
parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:
--En aquel árbol hay dos halcones.
Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron
mirando por costumbre las cosas.
Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el
horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas
delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse,
decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un
pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el
dedo enfermo.
--No podía caminar--exclamó, en conclusión.
Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:
--Hay muchos piques.
Esta vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de
largo rato:
--Hay muchos piques.
Callaron de nuevo, convencidos.
El sol salió, y en el primer baño de luz, las pavas del monte lanzaron
al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros,
dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie
en beato pestañeo. Poco a poco, la pareja aumentó con la llegada de
los otros compañeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio
superior, partido por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondú, de
nombre indígena. Los cinco fox-terriers, tendidos y muertos de
bienestar, durmieron.
Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del
bizarro rancho de dos pisos--el inferior de barro y el alto de madera,
con corredores y baranda de chalet--habían sentido los pasos de su
dueño que bajaba la escalera. Míster Jones, la toalla al hombro, se
detuvo un momento en la esquina del rancho y miró el sol, alto ya.
Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente, tras su solitaria
velada de whisky, más prolongada que las habituales.
Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas,
meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros
conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Se alejaron con
lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo
presto abandonar aquél por la sombra de los corredores.
El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes; seco,
límpido, con catorce horas de sol calcinante que parecía mantener en
fusión el cielo, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada
en costras blanquecinas. Míster Jones fué a la chacra, miró el trabajo
del día anterior y retornó al rancho. En toda esa mañana no hizo nada.
Almorzó y subió a dormir la siesta.
Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de
fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los
perros, muy amigos del cultivo, desde que el invierno pasado habían
aprendido a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba
el arado. Cada uno se echó bajo un algodonero, acompañando con su
jadeo los golpes sordos de la azada.
Entretanto el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente
de sol, el aire vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra
removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la
cabeza, rodeada hasta los hombros por el flotante pañuelo, con el
mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban de planta, en
procura de más fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga los
obligaba a sentarse sobre las patas traseras para respirar mejor.
Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño páramo de greda que ni
siquiera se había intentado arar. Allí, el cachorro vió de pronto a
míster Jones que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco. Old se
puso en pie, meneando el rabo. Los otros levantáronse también,
pero erizados.
--Es el patrón,--exclamó el cachorro, sorprendido.
--No, no es él,--replicó Dick.
Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sordamente, sin apartar los
ojos de míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro,
incrédulo, fué a avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
--No es él, es la Muerte.
El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.
--¿Es el patrón muerto?--preguntó ansiosamente. Los otros, sin
responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud de
miedoso ataque. Sin moverse, míster Jones se desvaneció en el aire
ondulante.
Al oir los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin
distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado algún
caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.
Los fox-terriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado
aún, se adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de
la experiencia de sus compañeros, que cuando una cosa va a morir,
aparece antes.
--¿Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón?--preguntó.
--Porque no era él,--le respondieron displicentes.
Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las
patadas, estaba sobre ellos. Pasaron el resto de la tarde al lado de
su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido gruñían, sin saber
adonde. Míster Jones sentíase satisfecho de su guardiana inquietud.
Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la
calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del
rancho, en cuyo piso alto míster Jones recomenzaba su velada de
whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la doble caída de las
botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los perros, entonces,
sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa
dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos
convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que
la voz cazadora de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el
sollozo de nuevo. El cachorro ladraba. Había pasado media hora, y los
cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico
extendido e hinchado de lamentos--bien alimentados y acariciados por
el dueño que iban a perder--continuaban llorando su doméstica miseria.
A la mañana siguiente míster Jones fué él mismo a buscar las mulas y
las unció a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba
satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca
bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el paso rápido de
las mulas, la carpidora saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas;
pero un tornillo en que ya al comprar la máquina había notado una
falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo,
recomendándole el caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la
cabeza al sol fundente de mediodía e insistió en que no galopara un
momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no
habían dejado un momento a su patrón, se quedaron en los corredores.
La siesta pesaba, agobiaba de luz y silencio. Todo el contorno estaba
brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho, la tierra blanquizca
del patio, deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en
trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los
fox-terriers.
--No ha aparecido más--dijo Milk.
Old, al oir _aparecido_, levantó las orejas sobre los ojos.
Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se puso en pie y
ladró, buscando a qué. Al rato el grupo calló, entregado de nuevo a su
defensiva cacería de moscas.
--No vino más--dijo Isondú.
--Había una lagartija bajo el raigón,--recordó por primera vez Prince.
Una gallina, el pico abierto y las alas caídas y apartadas del cuerpo,
cruzó el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la
siguió perezosamente con la vista, y saltó de golpe:
--¡Viene otra vez!--gritó.
Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el
peón. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con prudente
furia a la Muerte que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza
baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba a seguir. Al pasar
frente al rancho dió unos cuantos pasos en dirección al pozo, y se
degradó progresivamente en la cruda luz.
Míster Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje
de la carpidora, cuando vió llegar inesperadamente al peón a caballo.
A pesar de su orden, tenía que haber galopado para volver a esa hora.
Culpólo, con toda su lógica nacional, a lo que el otro respondía con
evasivas razones. Apenas libre y concluída su misión, el pobre
caballo, en cuyos ijares era imposible contar el latido, tembló
agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó al peón a
la chacra, aún rebenque en mano, para no echarlo si continuaba oyendo
sus jesuíticas disculpas.
Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón,
se había conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de
preocupación, y en consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el
peón, cuando oyeron a míster Jones que gritaba a éste, lejos ya,
pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén estaba cerrado,
el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó su
casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un
peón, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.
Los perros le acompañaron, pero se detuvieron a la sombra del primer
algarrobo; hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el
ceño contraído y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la
soledad pudo más, y con agobiado trote siguieron tras él.
Míster Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia,
desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea
recta a su chacra. Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el
diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado, retoñado desde
que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en
bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La
tarea, seria ya con día fresco, era muy dura a esa hora. Míster Jones
lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja restallante y
polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga
y acres vahos de nitratos.
Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer
quieto bajo ese sol y ese cansancio; marchó de nuevo. Al calor
quemante que crecía sin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora
el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no
se sentía un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardíaca
que no permitía concluir la respiración.
Míster Jones se convenció de que había traspasado su límite de
resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de
las carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le
empujaran violentamente el cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el
pasto. Apresuró la marcha para acabar con eso de una vez... y de
pronto volvió en sí y se halló en distinto paraje: había caminado
media cuadra, sin darse cuenta de nada. Miró atrás y la cabeza se le
fué en un nuevo vértigo.
Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de
fuera. A veces, agotados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se
sentaban precipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol. Al
fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el trote.
Fué en ese momento cuando Old, que iba adelante, vió tras el alambrado
de la chacra a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia
ellos. El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza y confrontó.
--¡La Muerte, la Muerte!--aulló.
Los otros la habían visto también, y ladraban erizados. Vieron que
atravesaba el alambrado, y un instante creyeron que se iba a
equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo con
sus ojos celestes, y marchó adelante.
--¡Que no camine ligero el patrón!--exclamó Prince.
--¡Va a tropezar con él!--aullaron todos.
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no
directamente sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en
apariencia errónea, pero que debía llevarlo justo al encuentro de
míster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo concluía,
porque su patrón continuaba caminando a igual paso como un autómata,
sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Hundieron el rabo y
corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se
produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero
fué inútil toda el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su
hermano materno, fué de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y
en cuatro días liquidó todo, volviéndose en seguida. Los indios se
repartieron los perros que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e
iban todas las tardes con hambriento sigilo a comer espigas de maíz en
las chacras ajenas.
#EL ALAMBRE DE PUA#
Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde
su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de
capuera--desmonte que ha rebrotado inextricable--no permitía paso ni
aún a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde
el malacara pasaba.
Ahora recorría de nuevo la chacra, trotando inquieto con la cabeza
alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los
relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos,
en que había sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo
más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres
veces en el día para beber. Prometíase aquél entonces no abandonar un
instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja
pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga
a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse
cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte
inextricable. Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara
respondía a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a
boca llena.
Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy
sencillamente: Cruzando por frente al chircal que desde el monte
avanzaba cincuenta metros en el campo, vió un vago sendero que lo
condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara,
deshojando árboles.
La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había
hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado.
Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a conocer
perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo camino que
con el alazán habían formado a lo largo de la línea del monte. Y aquí
estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la senda
formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de
modo que el alazán, acostumbrado a recorrer ésta de sur a norte y
jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.
En un instante estuvo unido a su compañero, y juntos entonces, sin más
preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras jóvenes, los
dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya
de memoria.
El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aún a caballos.
Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros
de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco
salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado capueras
hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en media
hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde
alcanza un pescuezo de caballo.
Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la
capuera hasta que un alambrado los detuvo.
--Un alambrado,--dijo el alazán.
--Sí, alambrado,--asintió el malacara. Y ambos, pesando la cabeza
sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía
un alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y
una plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los
caballos entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a
la derecha.
Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en pie por el fuego, había
caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que
sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la
escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.
--Es yerba,--constató el malacara, haciendo temblar los labios a medio
centímetro de las hojas coriáceas. La decepción pudo haber sido
grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a
pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su
camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo
con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera,
abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno
camino real.
Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía
todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad
presente, había infinita distancia. Más por infinita que fuera, los
caballos pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con
perezosa atención los alrededores, quitáronse mutuamente la caspa del
pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.
El día, en verdad, favorecía tal estado de alma. La bruma matinal de
Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente
puro, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma,
cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de
tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con precisión
admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar
a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún
más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, que sentían de
frente el sol, casi horizontal todavía, entrecerraban los ojos al
dichoso deslumbramiento.
Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de
luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del
camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas
en pleno invierno...
Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al
alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarían, ellos, los
caballos libres!
Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa
madrugada, alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni
monte, ni desmonte, nada era para ellos obstáculo. Habían visto cosas
extraordinarias, salvando dificultades no creíbles, y se sentían
gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más
estrafalaria que ocurrírseles pudiera.
En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas
detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la
tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban
inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.
--¿Por qué no entran?--preguntó el alazán a las vacas.
--Porque no se puede--le respondieron.
--Nosotros pasamos por todas partes,--afirmó el alazán, altivo.--Desde
hace un mes pasamos por todas partes.
Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente
el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a
los intrusos.
--Los caballos no pueden,--dijo una vaquillona movediza.--Dicen eso y
no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.
--Tienen soga--añadió una vieja madre sin volver la cabeza.
--¡Yo no, yo no tengo soga!--respondió vivamente el alazán.--Yo vivía
en las capueras y pasaba.
--¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.
La vaquillona movediza intervino de nuevo:
--El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los
contiene. ¿Y entonces?... ¿Ustedes no pasan?
--No, no pasamos,--repuso sencillamente el malacara, convencido por la
evidencia.
--¡Nosotras sí!
Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las
vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del
Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.
--Esta tranquera es mala,--objetó la vieja madre.--¡El sí! Corre los
palos con los cuernos.
--¿Quién?--preguntó el alazán.
Todas las vacas volvieron a él la cabeza con sorpresa.
--¡El toro, Barigüí! El puede más que los alambrados malos.
--¿Alambrados?... ¿Pasa?
--¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.
Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que
un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por
aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible
que puede hallar el deseo de pasar adelante.
De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el
toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila
recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su
inferioridad.
Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca,
intentó hacerla correr a un lado.
Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no
corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo
inteligente: el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena,
había asegurado la tarde anterior los palos con cuñas.
El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos
entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados
mugidos sibilantes.
Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado
lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa, tendiéndolo
violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pasó
arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y las
vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero a
las vacas falta evidentemente la decisión masculina de permitir en la
piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo
retiraban presto con mareante cabeceo.
Los caballos miraban siempre.
--No pasan,--observó el malacara.
--El toro pasó,--repuso el alazán.--Come mucho.
Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alambrado por la fuerza
de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante ahora, llegó
hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso
ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de
alcanzarlo.
--¡Añá!... Te voy a dar saltitos...--gritaba el hombre. Barigüí,
siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes.
Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a
la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la decisión pesada y
bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un
agudo violineo de alambres y de grampas lanzadas a veinte metros.
Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su
rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que
saltaba el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo
cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido,
retrocedieron por el camino en dirección a su chacra.
Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del
hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro,
siéndoles dado oir la conversación.
Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre había
sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por
inaccesibles que hubieran sido dentro del monte; alambrados, por
grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo
arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los
vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes
destrozos de aquella. Pero como los pobladores de la región
difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por
duros que les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos
en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse
mucho con esto.
De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al
polaco cazurro.
--¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro!
Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!
El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con extraordinario y
meloso falsete.
--¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa!
¡Toro sigue vaca!
--¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!
--¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!
--Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!
--¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe!...
--¡Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero
tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el
alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.
--¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!
--Es que ahora no va a pasar por el camino.
--¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!
--No va a pasar.
--¿Qué pone?
--Alambre de púa... pero no va a pasar.
--¡No hace nada púa!
--Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a
lastimar.
El chacarero se fué. Es como lo anterior, evidente, que el maligno
polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si
cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado
infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:
--¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!
Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su
chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había
cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio
del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde hacía un cuarto
de hora, un punto fijo de la distancia. Detrás de él, las vacas
dormitaban al sol ya caliente, rumiando.
Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron
los ojos despreciativas:
--Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.
--¡Barigüí sí pasó!
--A los caballos un solo hilo los contiene.
--Son flacos.
Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:
--Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más
aquí,--añadió señalando los alambres caídos, obra de Barigüí.
--Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.
--No va a pasar más. Lo dijo el hombre.
--El comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.
El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto
al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe
en el alambrado que iba a construir el hombre.
La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre
que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer,
olvidándose de las vacas.
Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se
acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al
chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre
rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.
--Le digo que va a pasar,--decía el pasajero.
--No pasará dos veces,--replicaba el chacarero.
--¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va
a pasar!
--No pasará dos veces,--repetía obstinadamente el otro.
Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:
--... reir!
--... veremos.
Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés.
El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no
conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.
--¡Curioso!--observó el malacara después de largo rato.--El caballo va
al trote y el hombre al galope.
Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa
mañana. Sobre el cielo pálido y frío, sus siluetas se destacaban en
negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán
detrás. La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del
sol, adquiría a esa hora crepuscular una transparencia casi fúnebre.
El viento había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en
que el termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado
expandía su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante
neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra
ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino
costeaba el monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y
húmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.
Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho,
que hacía sonar el cajoncito de maíz, oyó su ansioso trémulo. El viejo
alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la
aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que
pudiera pasar.
Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa
neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez
el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado,
salvando la tranquera abierta aún.
La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el
calor excesivo prometia para muy pronto cambio de tiempo. Después de
trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas
en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y
su paso: querían ver cómo era el nuevo alambrado.
Pero su decepción, al llegar, fué grande. En los postes
nuevos,--obscuros y torcidos,--había dos simples alambres de púa,
gruesos, tal vez, pero únicamente dos.
No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras había
dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron
atentamente aquello, especialmente los postes.
--Son de madera de ley--observó el malacara.
--Sí, cernes quemados.
Y tras otra larga mirada de examen, constató:
--El hilo pasa por el medio, no hay grampas.
--Están muy cerca uno de otro.
Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio,
aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del
cercado anterior, desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que
el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al
terrible toro?
--El hombre dijo que no iba a pasar--se atrevió, sin embargo, el
malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz,
por lo cual sentíase más creyente.
Pero las vacas lo habían oído.
--Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó
ya.
--¿Pasó? ¿Por aquí?--preguntó descorazonado el malacara.
--Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.
Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos
entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en
los cuernos dejó en suspenso a los caballos.
--Los alambres están muy estirados--dijo después de largo examen el
alazán.
--Sí. Más estirados no se puede...
Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en
cómo se podría pasar entre los dos hilos.
Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.
--El pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.
--Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan,--oyeron al alazán.
--¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!
Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el
toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente
al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los
caballos, inmóviles, alzaron las orejas.
--¡Come toda avena! ¡Después pasa!
--Los hilos están muy estirados...--observó aún el malacara, tratando
siempre de precisar lo que sucedería si...
--¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre!--lanzó la
vaquilla locuaz.
En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el
toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí
muy serio y con el ceño contraído.
El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dió
principio a los mugidos con bravatas de cornadas. El hombre avanzó
más, y el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la
avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del
camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se
lanzó sobre el alambrado.
--¡Viene Barigüí! ¡El pasa todo! ¡Pasa alambre de púa!--alcanzaron a
clamar las vacas.
Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó la cabeza y
hundió los cuernos entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de
alambre, un estridente chirrido que se propagó de poste a poste hasta
el fondo, y el toro pasó.
Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados
desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre. La bestia, presa de
estupor, quedó un instante atónita y temblando. Se alejó luego al
paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se
echó, con un ronco suspiro.
A mediodía el polaco fué a buscar a su toro, y lloró en falsete ante
el chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar.
Pero su dueño, comprendiendo que le costaría mucho trabajo curarlo--si
esto aún era posible--lo carneó esa tarde, y al día siguiente al
malacara le tocó en suerte llevar a su casa, en la maleta, dos kilos
de carne del toro muerto.
#LOS MENSÚ#
Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a
Posadas en el _Silex_, con quince compañeros. Podeley, labrador de
madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluída, y con pasaje
gratis, por lo tanto. Cayé--mensualero--llegaba en iguales
condiciones, mas al año y medio, tiempo necesario para chancelar
su cuenta.
Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abierta en largos
tajos, descalzos como la mayoría, sucios como todos ellos, los dos
mensú devoraban con los ojos la capital del bosque, Jerusalem y
Gólgota de sus vidas. ¡Nueve meses allá arriba! ¡Año y medio! Pero
volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida del obraje, era
apenas un roce de astilla ante el rotundo goce que olfateaban allí.
De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con haber. Para esa gloria
de una semana a que los arrastra el río aguas abajo, cuentan con el
anticipo de una nueva contrata. Como intermediario y coadyuvante,
espera en la playa un grupo de muchachas alegres de carácter y de
profesión, ante las cuales los mensú sedientos lanzan su ¡ahijú! de
urgente locura.
Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada, y rodeados de
tres o cuatro amigas, se hallaron en un momento ante la cantidad
suficiente de caña para colmar el hambre de eso de un mensú.
Un instante después estaban borrachos, y con nueva contrata sellada.
¿En qué trabajo? ¿En dónde? Lo ignoraban, ni les importaba tampoco.
Sabían, sí, que tenían cuarenta pesos en el bolsillo, y facultad para
llegar a mucho más en gastos. Babeantes de descanso y dicha
alcohólica, dóciles y torpes, siguieron ambos a las muchachas a
vestirse. Las avisadas doncellas condujéronlos a una tienda con la que
tenían relaciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al
almacén de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas
renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de
peinetones, ahorcáronse de cintas--robado todo con perfecta sangre
fría al hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que el mensú
realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.
Por su parte Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites
de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras
Podeley, más juicioso, insistía en un traje de paño. Posiblemente
pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un montón de
papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora después
lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de
botas, poncho al hombro--y revólver 44 en el cinto, desde
luego--repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre
los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo.
Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú,
arrastrando consigo mañana y tarde por las calles caldeadas, una
infección de tabaco negro y extracto de obraje.
La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en
dinero de anticipo les hacía lanzar 10 pesos por una botella de
cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin
ojear siquiera.
Así en constantes derroches de nuevos adelantos--necesidad
irresistible de compensar con siete días de gran señor las miserias
del obraje--el _Silex_ volvió a remontar el río. Cayé llevó compañera,
y ambos, borrachos como los demás peones, se instalaron en el puente,
donde ya diez mulas se hacinaban en íntimo contacto con baúles,
atados, perros, mujeres y hombres.
Al día siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cayé examinaron
sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé
había recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75,
respectivamente.
Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto, si
un mensú no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No
recordaban haber gastado ni la quinta parte.
--¡Añá...!--murmuró Cayé--No voy a cumplir nunca...
Y desde ese momento tuvo sencillamente--como justo castigo de su
despilfarro--la idea de escaparse de allá.
La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
para él, que sintió celos del mayor adelanto acordado a Podeley.
--Vos tenés suerte... dijo.--Grande, tu anticipo...
--Vos traés compañera--objetó Podeley--eso te cuesta para tu
bolsillo...
Cayé miró a su mujer, y aunque la belleza y otras cualidades de orden
más moral pesan muy poco en la elección de un mensú, quedó satisfecho.
La muchacha deslumbraba, efectivamente, con su traje de raso, falda
verde y blusa amarilla; luciendo en el cuello sucio un triple collar
de perlas; zapatos Luis XV, las mejillas brutalmente pintadas, y un
desdeñoso cigarro de hoja bajo los párpados entornados.
Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44: era realmente lo único
que valía de cuanto llevaba con él. Y aún lo último corría el riesgo
de naufragar tras el anticipo, por minúscula que fuera su tentación
de tallar.
A dos metros de él, sobre un baúl de punta, los mensú jugaban
concienzudamente al monte cuanto tenían. Cayé observó un rato
riéndose, como se ríen siempre los peones cuando están juntos, sea
cual fuere el motivo, y se aproximó al baúl, colocando a una carta, y
sobre ella, cinco cigarros.
Modesto principio, que podía llegar a proporcionarle el dinero
suficiente para pagar el adelanto en el obraje, y volverse en el mismo
vapor a Posadas a derrochar un nuevo anticipo.
Perdió; perdió los demás cigarros, perdió cinco pesos, el poncho, el
collar de su mujer, sus propias botas, y su 44. Al día siguiente
recuperó las botas, pero nada más, mientras la muchacha compensaba la
desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros despreciativos.
Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el collar en cuestión, y
una caja de jabones de olor que halló modo de jugar contra un machete
y media docena de medias, quedando así satisfecho.
Habían llegado, por fin. Los peones treparon la interminable cinta
roja que escalaba la barranca, desde cuya cima el "Silex" aparecía
mezquino y hundido en el lúgubre río. Y con ahijús y terribles
invectivas en guaraní, bien que alegres todos, despidieron al vapor,
que debía ahogar, en una baldeada de tres horas, la nauseabunda
atmósfera de desaseo, patchulí y mulas enfermas, que durante cuatro
días remontó con él.
* * * * *
Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario podía subir a siete
pesos, la vida de obraje no era dura. Hecho a ella, domada su
aspiración de estricta justicia en el cubicaje de la madera,
compensando las rapiñas rutinarias con ciertos privilegios de buen
peón, su nueva etapa comenzó al día siguiente, una vez demarcada su
zona de bosque. Construyó con hojas de palmera su cobertizo--techo y
pared sur--dió nombre de cama a ocho varas horizontales, nada más; y
de un horcón colgó la provista semanal. Recomenzó, automáticamente,
sus días de obraje: silenciosos mates al levantarse, de noche aún, que
se sucedían sin desprender la mano de la pava; la exploración en
descubierta de madera; el desayuno a las ocho, harina, charque y
grasa; el hacha luego, a busto descubierto, cuyo sudor arrastraba
tábanos, barigüís y mosquitos; después el almuerzo, esta vez porotos y
maíz flotando en la inevitable grasa, para concluir de noche, tras
nueva lucha con las piezas de 8 por 30, con el yopará del mediodía.
Fuera de algún incidente con sus colegas labradores, que invadían su
jurisdicción; del hastío de los días de lluvia que lo relegaban en
cuclillas frente a la pava, la tarea proseguía hasta el sábado de
tarde. Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al almacén a
proveerse.
Era éste el real momento de solaz de los mensú, olvidándolo todo entre
los anatemas de la lengua natal, sobrellevando con fatalismo indígena
la suba siempre creciente de la provista, que alcanzaba entonces a
cinco pesos por machete, y ochenta centavos por kilo de galleta. El
mismo fatalismo que aceptaba esto con un ¡añá! y una riente mirada a
los demás compañeros, le dictaba, en elemental desagravio, el deber de
huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta ambición no estaba en
todos los pechos, todos los peones comprendían esa mordedura de
contra-justicia, que iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en
la entraña misma del patrón. Este, por su parte, llevaba la lucha a su
extremo final, vigilando día y noche a su gente, y en especial a los
mensualeros.
Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, tumbando piezas entre
inacabable gritería, que subía de punto cuando las mulas, impotentes
para contener la alzaprima, que bajaba a todo escape, rodaban unas
sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, todo bien
mezclado. Raramente se lastimaban las mulas; pero la algazara era
la misma.
Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga. Harto ya de
revirados y yoparás, que el pregusto de la huída tornaba más
indigestos, deteníase aún por falta de revólver, y ciertamente, ante
el winchester del capataz. ¡Pero si tuviera un 44!...
La fortuna llególe esta vez en forma bastante desviada.
La compañera de Cayé, que desprovista ya de su lujoso atavío lavaba la
ropa a los peones, cambió un día de domicilio. Cayé esperó dos noches,
y a la tercera fué a casa de su reemplazante, donde propinó una
soberbia paliza a la muchacha. Los dos mensú quedaron solos charlando,
resultas de lo cual convinieron en vivir juntos, a cuyo efecto el
seductor se instaló con la pareja. Esto era económico y bastante
juicioso. Pero como el mensú parecía gustar realmente de la dama--cosa
rara en el gremio--Cayé ofreciósela en venta por un revólver con
balas, que él mismo sacaría del almacén. No obstante esta sencillez,
el trato estuvo a punto de romperse, porque a última hora Cayé pidió
se agregara un metro de tabaco en cuerda, lo que pareció excesivo al
mensú. Concluyóse por fin el mercado, y mientras el fresco matrimonio
se instalaba en su rancho, Cayé cargaba concienzudamente su 44, para
dirigirse a concluir la tarde lluviosa tomando mate con aquellos.
* * * * *
El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con chubascos de cinco
minutos, se descomponía por fin en mal tiempo constante, cuya humedad
hinchaba el hombro de los mensú. Podeley, libre hasta entonces,
sintióse un día con tal desgano al llegar a su viga, que se detuvo,
mirando a todas partes qué podía hacer. No tenía ánimo para nada.
Volvió a su cobertizo, y en el camino sintió un ligero cosquilleo en
la espalda.
Sabía muy bien qué eran aquel desgano y aquel hormigueo a flor de
estremecimiento. Sentóse filosóficamente a tomar mate, y media hora
después un hondo y largo escalofrío recorrióle la espalda bajo
la camisa.
No había nada que hacer. Se echó en la cama, tiritando de frío,
doblado en gatillo bajo el poncho, mientras los dientes,
incontenibles, castañeaban a más no poder.
Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el crepúsculo, tornó a
mediodía, y Podeley fué a la comisaría a pedir quinina. Tan claramente
se denunciaba el chucho en el aspecto del mensú, que el dependiente
bajó los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien volcó
tranquilamente sobre su lengua la terrible amargura aquella. Al volver
al monte, halló al mayordomo.
--Vos también--le dijo éste, mirándolo--y van cuatro. Los otros no
importa... poca cosa. Vos sos cumplidor... ¿Cómo está tu cuenta?
--Falta poco... pero no voy a poder trabajar...
--¡Bah! Curate bien y no es nada... Hasta mañana.
--Hasta mañana--se alejó Podeley apresurando el paso, porque en los
talones acababa de sentir un leve cosquilleo.
El tercer ataque comenzó una hora después, quedando Podeley aplomado
en una profunda falta de fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no
pudiera ir más allá de uno o dos metros.
El descanso absoluto a que se entregó por tres días--bálsamo
específico para el mensú, por lo inesperado--no hizo sino convertirle
en un bulto castañeteante y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya
fiebre anterior había tenido honrado y periódico ritmo, no presagió
nada bueno para él de esa galopada de accesos casi sin intermitencia.
Hay fiebre y fiebre. Si la quinina no había cortado a ras el segundo
ataque, era inútil que se quedara allá arriba, a morir hecho un ovillo
en cualquier vuelta de picada. Y bajó de nuevo al almacén.
--¡Otra vez vos!--lo recibió el mayordomo.--Eso no anda bien... ¿No
tomaste quinina?
--Tomé... No me hallo con esta fiebre... No puedo trabajar. Si
querés darme para mi pasaje, te voy a cumplir en cuanto me sane...
El mayordomo contempló aquella ruina, y no estimó en gran cosa la vida
que quedaba allí.
--¿Cómo está tu cuenta?--preguntó otra vez.
--Debo veinte pesos todavía... El sábado entregué... Me hallo muy
enfermo...
--Sabés bien que mientras tu cuenta no esté pagada, debés quedar.
Abajo... podés morirte. Curate aquí, y arreglás tu cuenta en seguida.
¿Curarse de una fiebre perniciosa, allí donde se la adquirió? No, por
cierto; pero el mensú que se va puede no volver, y el mayordomo
prefería hombre muerto a deudor lejano.
Podeley jamás había dejado de cumplir nada, única altanería que se
permite ante su patrón un mensú de talla.
--¡No me importa que hayas dejado o no de cumplir!--replicó el
mayordomo.--¡Pagá tu cuenta primero, y después veremos!
Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente el deseo de
desquite. Fué a instalarse con Cayé, cuyo espíritu conocía bien, y
ambos decidieron escaparse el próximo domingo.
Pero al día siguiente, viernes, hubo en el obraje inusitado
movimiento.
--¡Ahí tenés!--gritó el mayordomo, tropezando con Podeley.--Anoche se
han escapado tres... ¿Eso es lo que te gusta, no? ¡Esos también eran
cumplidores! ¡Como vos! Pero antes vas a reventar aquí, que salir de
la planchada! ¡Y mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo!
¡Ya saben!
La decisión de huir, y sus peligros, para los que el mensú necesita
todas sus fuerzas, es capaz de contener algo más que una fiebre
perniciosa. El domingo, por lo demás, había ya llegado; y con falsas
maniobras de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho de tal
o cual, la vigilancia pudo ser burlada, y Podeley y Cayé se
encontraron de pronto a mil metros de la comisaría.
Mientras no se sintieran perseguidos, no abandonarían la picada;
Podeley caminaba mal. Y aún así...
La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, una voz ronca:
--¡A la cabeza! ¡A los dos!
Y un momento después surgían de un recodo de la picada, el capataz y
tres peones corriendo. La cacería comenzaba.
Cayé amartilló su revólver sin dejar de avanzar.
--¡Entregáte, añá!--gritóles el capataz.
--Entremos en el monte--dijo Podeley.--Yo no tengo fuerza para mi
machete.
--¡Volvé o te tiro!--llegó otra voz.
--Cuando estén más cerca...--comenzó Cayé.--Una bala de winchester
pasó silbando por la picada.
--¡Entrá!--gritó Cayé a su compañero.--Y parapetándose tras un árbol,
descargó hacia allá los cinco tiros de su revólver.
Una gritería aguda respondióles, mientras otra bala de winchester
hacía saltar la corteza del árbol.
--¡Entregáte o te voy a dejar la cabeza...!
--¡Andá no más!--instó Cayé a Podeley.--Yo voy a...
Y tras nueva descarga, entró en el monte.
Los perseguidores, detenidos un momento por las explosiones,
lanzáronse rabiosos adelante, fusilando, golpe tras golpe de
winchester, el derrotero probable de los fugitivos.
A 100 metros de la picada, y paralelos a ella, Cayé y Podeley se
alejaban, doblados hasta el suelo para evitar las lianas. Los
perseguidores lo presumían; pero como dentro del monte, el que ataca
tiene cien probabilidades contra una de ser detenido por una bala en
mitad de la frente, el capataz se contentaba con salvas de winchester
y aullidos desafiantes. Por lo demás, los tiros errados hoy habían
hecho lindo blanco la noche del jueves...
El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron, rendidos. Podeley
se envolvió en el poncho, y recostado en la espalda de su compañero,
sufrió con dos terribles horas de chucho, el contragolpe de
aquel esfuerzo.
Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la picada, y cuando la
noche llegó, por fin, acamparon. Cayé había llevado chipas, y Podeley
encendió fuego, no obstante los mil inconvenientes en un país donde,
fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debilidad por la luz,
sin contar los hombres.
El sol estaba muy alto ya, cuando a la mañana siguiente encontraron al
riacho, primera y última esperanza de los escapados. Cayé cortó doce
tacuaras sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas fuerzas
fueron dedicadas a cortar los isipós, tuvo apenas tiempo de hacerlo
antes de enroscarse a tiritar.
Cayé, pues, construyó solo la jangada--diez tacuaras atadas
longitudinalmente con lianas, llevando en cada extremo una atravesada.
A los diez segundos de concluída se embarcaron. Y la hangadilla,
arrastrada a la deriva, entró en el Paraná.
Las noches son esa época excesivamente frescas, y los dos mensú, con
los pies en el agua, pasaron la noche helados, uno junto al otro. La
corriente del Paraná que llegaba cargado de inmensas lluvias, retorcía
la jangada en el borbollón de sus remolinos, y aflojaba lentamente los
nudos de isipó.
En todo el día siguiente comieron dos chipas, último resto de
provisión, que Podeley probó apenas. Las tacuaras taladradas por los
tambús se hundían, y al caer la tarde, la jangada había descendido a
una cuarta del nivel del agua.
Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres murallones de bosque,
desierto del más remoto ¡ay!, los dos hombres, sumergidos hasta la
rodilla, derivaban girando sobre sí mismos, detenidos un momento
inmóviles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sosteniéndose apenas
sobre las tacuaras casi sueltas que se escapaban de sus pies, en una
noche de tinta que no alcanzaban a romper sus ojos desesperados.
El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tierra. ¿Dónde? No
sabían... un pajonal. Pero en la misma orilla quedaron inmóviles,
tendidos de espaldas.
Ya deslumbraba el sol cuando despertaron. El pajonal se extendía
veinte metros tierra adentro, sirviendo de litoral a río y bosque. A
media cuadra al sur, el riacho Paranaí, que decidieron vadear cuando
hubieran recuperado las fuerzas. Pero éstas no volvían tan rápidamente
como era de desear, dado que los cogollos y gusanos de tacuara son
tardos fortificantes. Y durante veinte horas la lluvia transformó al
Paraná en aceite blanco, y al Paranaí en furiosa avenida. Todo
imposible. Podeley se incorporó de pronto chorreando agua, apoyándose
en el revólver para levantarse, y apuntó. Volaba de fiebre.
--¡Pasá, añá!...
Cayé vió que poco podía esperar de aquel delirio, y se inclinó
disimuladamente para alcanzar a su compañero de un palo. Pero el
otro insistió:
--¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandeá el río!
Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo.
Cayé obedeció; dejóse llevar por la corriente, y desapareció tras el
pajonal, al que pudo abordar con terrible esfuerzo.
Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero, recogiendo el revólver
caído; pero Podeley yacía de nuevo de costado, con las rodillas
recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al aproximarse
Cayé alzó la cabeza, y sin abrir casi los ojos, cegados por el
agua, murmuró:
--Cayé... caray... Frío muy grande...
Llovió aún toda la noche sobre el moribundo, la lluvia blanca y sorda
de los diluvios otoñales, hasta que a la madrugada Podeley quedó
inmóvil para siempre en su tumba de agua.
Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el bosque, el río y la
lluvia, el mensú agotó las raíces y gusanos posible; perdió poco a
poco sus fuerzas, hasta quedar sentado, muriéndose de frío y hambre,
con los ojos fijos en el Paraná.
El _Silex_, que pasó por allí al atardecer, recogió al mensú ya casi
moribundo. Su felicidad transformóse en terror, al darse cuenta al día
siguiente de que el vapor remontaba el río.
--¡Por favor te pido!--lloriqueó ante el capitán--¡No me bajen en
Puerto X! ¡Me van a matar!... ¡Te lo pido de veras!...
El _Silex_ volvió a Posadas, llevando con él al mensú empapado aún en
pesadillas nocturnas.
Pero a los diez minutos de bajar a tierra, estaba ya borracho, con
nueva contrata, y se encaminaba tambaleando a comprar extractos.
#YAGUAÍ#
Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra--un
sólido bloque de mineral de hierro--y dió una cautelosa vuelta en
torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el
negro peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox-terrier. Allí abajo,
sin embargo, estaba la lagartija. Giró nuevamente alrededor, resopló
en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el
bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no
impedía un sistemático olfateo a ambos lados.
Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco
refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la
opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la
depresión de la atmósfera acompaña la falta de aire, tornábase
imposible en un día de viento norte. Era éste un flamante conocimiento
del fox-terrier, en quien luchaba aún la herencia del país
templado--Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya--donde sucede
precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó
bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba
inmensamente la respiración. Y como los perros transpiran muy poco,
Yaguaí apreciaba cuanto es debido el viento evaporizador sobre la
lengua danzante puesta a su paso.
El termómetro alcanzaba en ese momento a 40°. Pero los fox-terriers de
buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud
se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica
que la roja arena tornaba aún más calcinante, había lagartijas.
Con la boca ahora cerrada, Yaguaí transpuso el tejido de alambre y se
halló en pleno campo de caza. Desde septiembre no había logrado otra
ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro de las pocas
que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fué entonces a bañar.
A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del
bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales,
pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluído
un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos
metros de hondura, tendiéndose en larga escarpa por un lado, a modo de
tajamar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas de dos
meses, lo que es bien meritorio en Misiones.
Allí se bañaba el fox-terrier, primero la lengua, después el vientre
sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía
luego a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su
camino. Al caer el sol, tornaba al pozo; de aquí que Yaguaí sufriera
vagamente de pulgas, y con bastante facilidad el calor tropical para
el que su raza no había sido creada.
El instinto combativo del fox-terrier se manifestó normalmente contra
las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó
por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque
a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los
peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la
obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si
bien la admiración de aquellos no pasaba del cuadro de caza.
--Eso--dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de
cabeza,--no sirve más que para bichitos...
El dueño de Yaguaí lo oyó:
--Tal vez--repuso,--pero ninguno de los famosos perros de ustedes
sería capaz de hacer lo que hace ese.
Los hombres se sonrieron sin contestar.
Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte, y su
maravillosa aptitud para la caza a la carera, que su fox-terrier
ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; pero él no tenía cómo hacerlo.
Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados
que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque
él tenía un perro, no podía sino _a veces_ alcanzarlos de un palo...
Cooper prestó la escopeta, y aún propuso ir esa noche al rozado.
--No hay luna--objetó el peón.
--No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.
Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se
lanzó en seguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.
Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera
de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los
dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna.
Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.
Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar
muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El
perro del peón halló una pista, muy lejos, que perdió en seguida. Una
hora después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa.
La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. Se olvidó luego de
ello, mientras el fox-terrier continuaba cazando ratas, algún lagarto
o zorro en su cueva, y lagartijas.
Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes,
pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras
en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El
termómetro se mantenía a 38-40, sin la más remota esperanza de lluvia.
Durante cuatro días el tiempo se cargó; con asfixiante calma y aumento
de calor. Y cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur
devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un
mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa sequía.
El fox-terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque
cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no
respiran bien, echados. Con la lengua de fuera y los ojos entornados,
asistió a la muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La
huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una
blancura amarillenta, y a fines de Noviembre sólo quedaban de él
columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca,
heroica entre todas, resistía bien.
El pozo del fox-terrier--agotada su fuente--perdió día a día su agua
verdosa, y tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien
ahora hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del
monte forzaba hasta aquél.
En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar
poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a 15 al
amanecer, llegaba a 41 a las dos de la tarde. La sequedad del aire
llevaba a beber al fox-terrier cada media hora, debiendo entonces
luchar con las avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de
sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la
triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor
roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un
sol que mataba instantáneamente a las hormigas rubias.
Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier, los bloques de
hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de
calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la
depresión de la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su
agua de cinc, esperando la caída de la tarde para revivir. La
atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al
horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río,
sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el
viento cesaba por completo y en el aire aún abrasado Yaguaí arrastraba
por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras, recortándose
inmóviles sobre el río cuajado en rubí, infundían en el paisaje una
sensación de lujoso y sombrío oasis.
Los días se sucedían iguales. El pozo del fox-terrier se secó, y las
asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron
para él esa misma tarde.
Desde tiempo atrás, el perrito blanco había sido muy solicitado por un
amigo de Cooper, hombre de selva cuyos muchos ratos perdidos se
pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos
para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatíes, lo que
envolviendo una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también
la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella
sistemáticamente al perro que no supo cogerlo.
Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox-terrier en un asunto de
irara, que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que
un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente entre
cruz y pescuezo, no era un perro cualquiera, por más corta que tuviera
la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le prestara
a Yaguaí.
--Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón--le decía.
--Tiene tiempo--respondía Cooper.
Pero en esos días abrumadores--la visita de Fragoso avivando el
recuerdo de aquello--Cooper le entregó su perro a fin de que le
enseñara a correr.
Corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo Cooper.
Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en
octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y
porotos, totalmente perdida. Esto último, específico para el cazador,
tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la
nueva alimentación. El, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca
simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o
cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera,
conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come,
para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido
ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les
daban cada día.
Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta--maniobra ésta
que entraba en el sistema educacional del cazador;--pero el hambre,
que llevaba a aquellos naturalmente al monte a rastrear para comer,
inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, único lugar del mundo donde
podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán siempre
malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí, caza
desde su creación por simple sport.
Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo
Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus
tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores
tiempos para esa enseñanza.
Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse, las
últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano,
y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las
entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida había adquirido con pasmosa
rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del
país. Aprendió entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos,
avanzando con cautela, las piernas dobladas y elásticas, hundiéndose
lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil.
Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de
un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defendía a
éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos
platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con
grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto
de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del
hollín pegoteado de una olla, y--alguna vez--de la miel recogida y
guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para
apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los
ojos, aguachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada
encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y
provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso,
de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba
furtivamente por los caminos.
La sequía continuaba; el monte quedó poco a poco desierto, pues los
animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes
arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del
abrevadero de las bestias, con éxito mediano, pues siendo éste muy
frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor tornábase
desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y disgustos
con el propietario de su tierra, no tenía humor para cazar, ni aún por
hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una
circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jauría.
Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con
él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura
vegetal--vaguísima, si se quiere,--pero que acusaba un poco de vida en
aquel infierno de calor y seca. En efecto, la región había sido menos
azotada, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se
sostenían en pie.
No comieron ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, los
perros no olvidaron aquella sensación de frescura, y a la noche
siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla
del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico
trémulo a la otra costa. La luna salía entonces, con su amarillenta
luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el río a
flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso que en agua
normal no da fondo a tres metros.
Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el
maizal más cercano. Allí el fox-terrier vió cómo sus compañeros
quebraban los tallos con los dientes, devorando en secos mordiscos que
entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo mismo; y
durante una hora, en el rozado negro de árboles quemados, que la
fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron
de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente.
Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido
demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura
con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sintieron mucho.
* * * * *
Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, en el fondo de la
colonia. El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra
excelente; y aquellas inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo
con el machete, debían de preparar magníficos rozados.
Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y
quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de
lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó
plomo, y en las horas más calientes se transparentaban en el horizonte
lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a 39 y el viento norte
soplando con furia, trajeron al fin doce milímetros de agua, que
Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vió nacer, lo vió
crecer magníficamente hasta cinco centímetros, pero nada más.
En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotos, viven
infinidad de roedores. Cuando aquél se seca, sus huéspedes se
desbandan, el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones; y de
este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron
en seguida restregándose el hocico mordido. Fragoso mató esa misma
noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.
Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente, él y sus compañeros
se internaban en el monte (aunque el fox-terrier no corría tras el
rastro, sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de
urúes), cuando el primero se sorprendió del rodeo que efectuaban sus
compañeros para no cruzar el rozado. Yaguaí avanzó por éste, no
obstante; y un momento después lo mordian en una pata, mientras
rápidas sombras corrían a todos lados.
Yaguaí vió lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque
tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y
duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre,
humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las
ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse,
ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas
hambrientas que invadían literalmente el rancho.
Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y
músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del
viejo combate con la irara; era la misma mordida sobre la cruz: un
golpe seco de mandíbula, y a otra rata.
Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con
larga serie de juramentos en voz alta, dió su maizal por perdido. ¿Qué
podía hacer Yaguaí solo? Fué al rozado, acariciando al fox-terrier, y
silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los
dientes de las ratas en el hocico, chillaban, restregándolo a dos
patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el
primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar
burbujas sanguinolentas por la nariz.
En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox-terrier para
salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las
martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la
plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de
nueva plantación, y Fragoso se vió forzado a ir a San Ignacio en busca
de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no
podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues
las últimas aventuras, colocando al fox-terrier en su verdadero teatro
de caza, habían levantado muy alta la estima del cazador por el
perrito blanco.
En el camino, el fox-terrier oyó, lejano, el ruido de carretería de
los pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vió a la vera del
bosque a las vacas que soportando la nube de tábanos, doblaban los
catiguás con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado
hasta alcanzar las hojas. Vió al mismo monte subtropical secándose en
los pedregales, y sobre el brumoso horizonte de las tardes de 38-40,
volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.
Media hora después llegaban a San Ignacio, y siendo ya tarde para
llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la mañana siguiente su
visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron
mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al que
el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del
caballo de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo.
* * * * *
Las circunstancias anormales porque pasaba el país con la sequía de
cuatro meses--y es preciso saber lo que esto supone en Misiones--hacía
que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia,
llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día,
Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por
los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un
poblador haragán llega a enseñar a sus cachorros esta maniobra para
aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la
paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón
nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era
asimismo dura.