alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de
alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo
afuera vió una mancha blanca que avanzaba dentro del patio.
Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos transpasantes del animal
arrastrándose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto,
que no pudo explicar y se desvaneció en seguida. Llegó hasta el lugar,
pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo.
--¿Qué fué, papá?--le preguntó desde la cama su hija.--¿Un perro?
--Sí--repuso Cooper colgando la escopeta.--Le tiré un poco de
cerca...
--¿Grande el perro, papá?
--No, chico.
Pasó un momento.
--¡Pobre Yaguaí!--prosiguió Julia.--¡Cómo estará!
Súbitamente Cooper recordó la impresión sufrida al oir aullar al
perro: algo de su Yaguaí había allí... Pero pensando también en cuán
remota era esa probabilidad, se durmió.
Fué a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el
rastro de sangre, halló a Yaguaí muerto al borde del pozo del bananal.
De pésimo humor volvió a casa, y la primer pregunta de Julia fué por
el perro chico.
--¿Murió, papá?
--Sí, allá en el pozo... es Yaguaí.
Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fué al pozo.
Julia, después de mirar un momento inmóvil, se acercó despacio a
sollozar junto al pantalón de Cooper.
--¡Qué hiciste, papá!
--No sabía, chiquita... Apártate un momento.
En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra encima, y regresó
profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que
lloraban despacio para que su padre no los sintiera.
#LOS PESCADORES DE VIGAS#
El motivo fué cierto juego de comedor que míster Hall no tenía aún, y
su fonógrafo fué quien le sirvió de anzuelo.
Candiyú lo vió en la oficina provisoria de la _Yerba Company_, donde
míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.
Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna,
contentándose con detener su caballo un poco al través delante del
chorro de luz, y mirar a otra parte. Pero como un inglés, a la caída
de la noche, en mangas de camisa por el calor, y con una botella de
whisky al lado, es cien veces más circunspecto que cualquier mestizo,
míster Hall no levantó la vista del disco. Con lo que vencido y
conquistado, Candiyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en
cuyo umbral apoyó el codo.
--Buenas noches, patrón ¡Linda música!
--Sí, linda--repuso míster Hall.
--¡Linda!--repitió el otro.--¡Cuánto ruido!
--Sí, mucho ruido--asintió míster Hall, que hallaba no desprovistas de
profundidad las observaciones de su visitante.
Candiyú admiraba los nuevos discos:
--¿Te costó mucho a usted, patrón?
--Costó... qué?
--Ese hablero... los mozos que cantan.
La mirada turbia, inexpresiva e insistente de míster Hall, se aclaró.
El contador comercial surgía.
--¡Oh, cuesta mucho!... ¿Usted quiere comprar?
--Si usted querés venderme...--contestó llanamente Candiyú, convencido
de la imposibilidad de tal compra. Pero míster Hall proseguía
mirándolo con pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del disco a
fuerza de marchas metálicas.
--Vendo barato a usted... ¡cincuenta pesos!
Candiyú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y a su maquinista,
alternativamente:
--¡Mucha plata! No tengo.
--¿Usted qué tiene, entonces?
El hombre se sonrió de nuevo, sin responder.
--¿Dónde usted vive?--prosiguió míster Hall, evidentemente decidido a
desprenderse de su gramófono.
--En el puerto.
--¡Ah! yo conozco usted... ¿Usted llama Candiyú?
--Así es.
--¿Y usted pesca vigas?
--A veces, alguna viguita sin dueño...
--¡Vendo por vigas!... Tres vigas aserradas. Yo mando carreta.
¿Conviene?
Candiyú se reía.
--No tengo ahora. Y esa... maquinaria, tiene mucha delicadeza?
--No; botón acá, y botón acá... yo enseño. ¿Cuándo tiene madera?
--Alguna creciente... Ahora debe venir una. ¿Y qué palo querés usted?
--Palo rosa. ¿Conviene?
--¡Hum!... No baja ese palo casi nunca... Mediante una creciente
grande, solamente. ¡Lindo palo! Te gusta palo bueno, a usted.
--Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene?
El mercado prosiguió a son de cantos británicos, el indígena
esquivando la vía recta, y el contador acorralándolo en el pequeño
círculo de la precisión. En el fondo, y descontados el calor y el
whisky, el ciudadano inglés no hacía un mal negocio, cambiando un
perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, mientras el
pescador de vigas, a su vez, entregaba algunos días de habitual
trabajo a cuenta de una maquinita prodigiosamente ruidera.
Por lo cual el mercado se realizó, a tanto tiempo de plazo.
Candiyú vive en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su
hígado es aún capaz de combinar cualquier cosa después del último
ataque de fiebre, en diciembre pasado, debe vivir todavía unos meses
más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero
puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden
inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término en una
fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de
loro implume.
Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa. Tenía entonces por oficio
honorable el cuidado de un bananal ajeno, y--poco menos lícito--el de
pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan
vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada
en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga
que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y
pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina
de una viga, destacándose en el horizonte montuoso, lo lanzaba en su
chalana al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa
no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado
o halando de un pieza de 10 x 40, vale cualquier remolcador.
* * * * *
Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las
lluvias habían comenzado después de setenta y cinco días de seca
absoluta que no dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del
obraje consistía en ese momento en siete mil vigas--bastante más que
una fortuna. Pero como las dos toneladas de una viga, mientras no
están en el puerto, no pesan dos escrúpulos en caja, Castelhum y Cía.
distaban muchísimas leguas de estar contentos.
De Buenos Aires llegaron órdenes de movilización inmediata; el
encargado del obraje pidió mulas y alzaprimas; le respondieron que con
el dinero de la primera jangada a recibir le remitirían las mulas, y
el gerente contestó que con esa mulas anticipadas, les mandaría la
primer jangada.
No había modo de entenderse. Castelhum subió hasta el obraje y vió el
stock de madera en el campamento, sobre la barranca del Ñacanguazú
al norte.
--¿Cuánto?--preguntó Castelhum a su encargado.
--Treinticinco mil pesos--repuso éste.
Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. Y sin contar la
estación impropia.
Bajo la lluvia que unía en un solo hilo de agua su capa de goma y su
caballo, Castelhum consideró largo rato el arroyo arremolinado.
Señalando luego el torrente con un movimiento del capuchón:
--¿Las aguas llegarán a cubrir el salto?--preguntó a su compañero.
--Si llueve mucho, sí.
--¿Tiene todos los hombres en el obraje?
--Hasta este momento; esperaba órdenes suyas.
--Bien--dijo Castelhum.--Creo que vamos a salir bien. Míster
Fernández: Esta misma tarde refuerce la maroma en la barra, y comience
a arrimar todas las vigas aquí a la barranca. El arroyo está limpio,
según me dijo. Mañana de mañana bajo a Posadas, y desde entonces, con
el primer temporal que venga, eche los palos al arroyo. ¿Entiende? Una
buena lluvia.
El encargado lo miró abriendo cuanto pudo los ojos.
--La maroma va a ceder antes que lleguen cien vigas.
--Ya sé, no importa. Y nos costará muchísimos miles. Volvamos y
hablaremos más largo.
Fernández se encogió de hombros y silbó a los capataces.
En el resto del día, sin lluvia pero empapado en calma de agua, los
peones tendieron de una orilla a otra en la barra del arroyo, la
cadena de vigas, y el tumbaje de palos comenzó en el campamento.
Castelhum bajó a Posadas sobre una agua de inundación que iba
corriendo nueve millas, y que al salir del Guayra se había alzado
siete metros la noche anterior.
Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y
durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El
arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua ladrillo.
Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la
ropa pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada
esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa
viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos
los peones lanzaban su ¡a...ijú! de triunfo. Y luego, los esfuerzos
malgastados en el barro líquido, la zafadura de las palancas, las
costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.
Bruscamente, por fin, el diluvio cesó. En el súbito silencio
circunstante, se oyó el tronar de la lluvia todavía sobre el bosque
inmediato. Más sordo y más hondo, el retumbo del Ñacanguazú. Algunas
gotas, distanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. Pero el
tiempo proseguía cargado, sin el más ligero soplo. Se respiraba agua,
y apenas los peones hubieron descansado un par de horas, la lluvia
recomenzó--la lluvia a plomo, maciza y blanca de las crecidas. El
trabajo urgía--los sueldos habían subido valientemente--y mientras el
temporal siguió, los peones continuaron gritando, cayéndose y tumbando
bajo el agua fría.
En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante contuvo a los primeros
palos que llegaron, y resistió arqueada y gimiendo a muchas más; hasta
que al empuje incontrastable de las vigas que llegaban como catapultas
contra la maroma, el cable cedió.
* * * * *
Candiyú observaba el río con su anteojo, considerando que la creciente
actual, que allí en San Ignacio había subido dos metros más el día
anterior--llevándose por lo demás su chalana--sería más allá de
Posadas, formidable inundación. Las maderas habían comenzado a
descender, pero todas ellas, a juzgar por su alta flotación, eran
cedros o poco menos, y el pescador reservaba prudentemente
sus fuerzas.
Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde siguiente Candiyú
tuvo la sorpresa de ver en el extremo de su anteojo una barra, una
verdadera jangada de vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí.
Madera de lomo blanquecino, y perfectamente seca.
Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba, y paleó al encuentro de
la caza.
Ahora bien, en una creciente del Alto Paraná se encuentran muchas
cosas antes de llegar a la viga elegida. Arboles enteros, desde luego,
arrancados de cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos.
Vacas y mulas muertas, en compañía de buen lote de animales salvajes
ahogados, fusilados o con una flecha plantada aún en el vientre. Altos
conos de hormigas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal vez;
camalotes y espuma a discreción,--sin contar, claro está, las víboras.
Candiyú esquivó, derivó, tropezó y volcó muchas veces más de las
necesarias para llegar a la presa. Al fin la tuvo; un machetazo puso
al vivo la veta sanguínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo
derivar con ella oblicuamente algún trecho. Pero las ramas, los
árboles, pasaban sin cesar arrastrándolo. Cambió de táctica; enlazó su
presa, y comenzó entonces la lucha muda y sin tregua, echando
silenciosamente el alma a cada palada.
Una viga, derivando con una gran creciente, lleva un impulso
suficientemente grande para que tres hombres titubeen antes de
atreverse con ella. Pero Candiyú unía a su gran aliento, treinta años
de piraterías en río bajo o alto, deseando--además--ser dueño de un
gramófono.
La noche, negra, le deparó incidentes a su plena satisfacción. El río,
a flor de ojo casi, corría velozmente con untuosidad de aceite. A
ambos lados pasaban y pasaban sin cesar sombras densas. Un hombre
ahogado tropezó con la guabiroba; Candiyú se inclinó y vió que tenía
la garganta abierta. Luego visitantes incómodos, víboras al asalto,
las mismas que en las crecidas trepan por las ruedas de los vapores
hasta los camarotes.
El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo el agua, pero era
arrastrado a pesar de todo. Al fin se rindió; cerró más el ángulo de
abordaje, y sumó sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la
canal, que rasaba los peñascos del Teyucuaré. Durante diez minutos el
pescador de vigas, los tendones del cuello duros y los pectorales como
piedra, hizo lo que jamás volverá a hacer nadie para salir de la canal
en una creciente, con una viga a remolque. La guabiroba se estrelló
por fin contra las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú
quedaba la fuerza suficiente--y nada más,--para sujetar la soga y
desplomarse de boca.
Solamente un mes más tarde tuvo míster Hall sus tres docenas de
tablas, y veinte segundos después,--ni más ni menos--entregó a Candiyú
el gramófono, incluso veinte discos.
La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor
que lanzó contra las vigas--y esto por bastante más de treinta
días--perdió muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ignacio y
visita a míster Hall, admirará sinceramente los muebles del citado
contador, hechos de palo rosa.
#LA MIEL SILVESTRE#
Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce
años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron
en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este
queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la
caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos
el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus
peligros como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes les
buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con
gran asombro de sus hermanos menores--iniciados también en Julio
Verne--sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.
Acaso, sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más
formal, a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las
escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a tal
extremo arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom-boot.
Benincasa, habiendo concluído sus estudios de contaduría pública,
sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No que su
temperamento fuera ese, pues antes bien era un muchacho pacífico,
gordinflón y de cara uniformemente rosada, en razón de gran bienestar.
En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para preferir un té con
leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del
bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de su
deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una
noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa
quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa.
Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos
strom-boot.
Apenas salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los
yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el
contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y
sucios contactos.
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que
contener el desenfado de su ahijado.
--¿A dónde vas ahora?--le había preguntado sorprendido.
--Al monte; quiero recorrerlo un poco--repuso Benincasa, que acababa
de colgarse el winchester al hombro.
--¡Pero infeliz! no vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si
quieres... O mejor, deja esa arma y mañana te haré acompañar por
un peón.
Benincasa renunció. No obstante, fué hasta la vera del bosque y se
detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las
manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable
maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de
nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio
de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido,
Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche--aunque de un carácter singular.
Dormía profundamente, cuando fué despertado por su padrino.
--¡Eh, dormilón! levántate que te van a comer vivo.
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los
tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su
padrino y dos peones regaban el piso.
--¿Qué hay, qué hay?--preguntó, echándose al suelo.
--Nada... cuidado con los pies; la corrección.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que
llamamos _corrección_. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan
velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras.
Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos,
alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada
en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente,
pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río
devorador. Los perros aullan, los bueyes mugen, y es forzoso
abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el
esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco días, según su
riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
No resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el
obraje abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la
corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la
mordedura.
--Pican muy fuerte, realmente--dijo sorprendido, levantando la cabeza
a su padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no
respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la
invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la
noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fué al monte, esta vez con un machete, pues había
concluído por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho
más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su
acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas,
azotarse la cara y cortarse las botas, todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la
impresión--exacta por lo demás--de un escenario visto de día. De la
bullente vida tropical, no hay más que el teatro helado; ni un animal,
ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía, cuando un sordo
zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco,
diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con
cautela, y vió en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras,
del tamaño de un huevo.
--Esto es miel--se dijo el contador público con íntima gula.--Deben de
ser bolitas de cera, llenas de miel...
Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después
de un momento de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena
humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba
cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran
en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y
oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya
liviana, se clarificó en milífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos
animalitos!
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y
alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las
abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían
polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de
sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía
distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a
resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa
miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían
útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal
goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que
agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la
boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en
pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de
Benincasa. Fué inútil que prolongara la suspensión y mucho más que
repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había
mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos,
Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el
suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
vaivén del paisaje.
--Qué curioso mareo...--pensó el contador--y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer
de nuevo sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las
piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las
manos le hormigueaban.
--¡Es muy raro, muy raro, muy raro!--se repitió estúpidamente
Benincasa, sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza.--Como
si tuviera hormigas... la corrección--concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
--¡Debe de ser la miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de
terror; no había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y
el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de
morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le
cohibió todo medio de defensa.
--¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡Ya no
puedo mover la mano!...
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de
garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su
angustia cambió de forma.
--¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él,
dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba.
Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba
vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia, la
posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto
lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra
la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado
río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora
oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo el calzoncillo, el
río de hormigas carnívoras que subían.
* * * * *
Su padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de
carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que
merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron
suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o
paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan
en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los
casos su condición--tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir
Benincasa.
#NUESTRO PRIMER CIGARRO#
Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a
mí, nuestra tía con su muerte.
Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche,
cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:
--¡Qué extraño!... Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato
contestó:
--Es cierto... ¿No sientes nada?
--No... sueño.
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos
cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela,
y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.
Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las
criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
pasen en su casa. Esta vez nuestra tía--¡casualmente nuestra
tía!--¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo
la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que
saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran
acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al
primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en
mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por
primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.
Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos
hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una
hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al
lado de Inés.
Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus
hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros,
convertidos en furiosos Robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos
de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío
y húmedo sosiego. Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados
en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras
rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca
que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso.
Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos
Robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de
familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de
comenzar nuestra exploración.
Pasábamos el día entero huroneando por la quinta bien que las
higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo
también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un
viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce
metros sobre el fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los
culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester
explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos
llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto
tras un macizo de cañas, nos fué permitida esta maniobra sin que mamá
se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética primó
siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta
que una gran lluvia, llenando el pozo, nos proporcionara satisfacción
artística, a la par que científica.
Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fué el
cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido
aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales,
varas dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra. Las hojas secas,
detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de
polvo y briznas al menor contacto.
Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la
sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la
semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fué allí donde una tarde, avengonzados de nuestra poca iniciativa,
inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente
dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el
que había venido con Inés de Buenos Aires.
Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase
atribuído sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto
actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al
padrastrillo.
--Te aseguro--decía él a mamá, señalándonos con el mentón--que
desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar
mucho trabajo.
--¡Déjalos!--respondía mamá cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de
sopa.
A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de
cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril
virtud, esperamos el artefacto. Este consistía en una pipa que yo
había fabricado con un trozo de caña, por depósito; una varilla de
cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recién
colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.
En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con
religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro;
y sentándonos entonces con las rodillas altas, encendí la pipa y
aspiré. María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se
cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa, más abominable.
Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.
--¿Rico?--me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.
--Rico--le contesté pasándole la horrible máquina.
María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente,
noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios,
lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fué mayor que el mío.
--Es rico--dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se
llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.
Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a
aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que
me había hecho alabarle la nausebunda fogata.
--¡Psht!--dije bruscamente, prestando oído;--me parece el gargantilla
del otro día... debe de tener nido aquí...
María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y
los ojos escrudiñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente
de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel
honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del
tabaco, sin que nuestro orgullo sufriera.
Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy
distinto resultado.
Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habíanos ya
levantado la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi
hermana y yo. Nos quejamos a mamá.
--¡Bah!, no hagan caso--nos respondió, sin oirnos casi;--él es así.
--¡Es que nos va a pegar un día!--gimoteó María.
--Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho?--añadió
dirigiéndose a mí.
--Nada, mamá... Pero yo no quiero que me toque!--objeté a mi vez.
En este momento entró nuestro tío.
--¡Ah! aquí está el buena pieza de tu Eduardo... ¡Te va a sacar canas
este hijo, ya verás!
--Se quejan de que quieres pegarles.
--¿Yo?--exclamó el padrastrillo midiéndome.--No lo he pensado aún.
Pero en cuanto me faltes al respeto...
--Y harás bien--asintió mamá.
--¡Yo no quiero que me toque!--repetí enfurruñado y rojo.--¡El no es
papá!
--Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. ¡En fin, déjenme
tranquila!--concluyó apartándonos.
Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los
ojos.
--¡Nadie me va a pegar a mí!--asenté.
--¡No... ni a mí tampoco!--apoyó ella, por la cuenta que le iba.
--¡Es un zonzo!
Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con
furibunda risa y marcha triunfal:
--¡Tío Alfonso... es un zonzo! ¡Tío Alfonso... es un zonzo!
Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su
mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del
Cigarro Pateador, epíteto éste a la mayor gloria de la mula Maud.
El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete
que rodeado de papel de fumar, fué colocado en el atado de cigarrillos
que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a
la siesta.
Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara
excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había
bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío,
adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su
cigarrillo.
Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni
aliento para contarlas. Sólo sé que una siesta el padrastrillo salió
como una bomba de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.
--¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se
van a acordar de mí!
--¡Alfonso!
--¿Qué? ¡No faltaba más que tú también!... ¡Si no sabes educar a tus
hijos, yo lo voy a hacer!
Al oir la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi
hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta
entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de
mamá. El padrastrillo me vió entonces y se lanzó sobre mí.
--¡Yo no hice nada!--grité.
--¡Espérate!--rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.
--¡Alfonso, déjalo!
--¡Después te lo dejaré!
--¡Yo no quiero que me toque!
--¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura!
Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un
juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que
estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante salía yo como de
una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi
tío detrás.
En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los
naranjos y los perales, y fué en este momento cuando la idea del pozo,
y su piedra, surgió terriblemente nítida.
--¡No quiero que me toque!--grité aún.
--¡Espérate!
En ese instante llegamos al cañaveral.
--¡Me voy a tirar al pozo!--aullé para que mamá me oyera.
--¡Yo soy el que te voy a tirar!
Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre,
di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté
de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.
Tío desembocó en seguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá
en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se
aplastaba.
El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes
sus ojos dilatados, y se aproximó al pozo. Trató de mirar adentro,
pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar,
y después de una atenta mirada al pozo y sus alrededores, comenzó
a buscarme.
Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío
Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo
con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias
subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer
para hallarme.
Descubrió en seguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con
admirable olfato; pero fuera de que la hojarasca diluviana me ocultaba
del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que
no buscaba bien, en consecuencia.
Fué pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando
entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso
era bien claro: ¿con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había
suicidado para evitar que él me pegara?
Pasaron diez minutos.
--¡Alfonso!--sonó de pronto la voz de mamá en el patio.
--¿Mercedes?--respondió aquél tras una brusca sacudida.
Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo,
alterada.
--¿Y Eduardo? ¿Dónde está?--agregó avanzando.
--¡Aquí, conmigo!--contestó riendo.--Ya hemos hecho las paces.
Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él
pretendía ser beatífica sonrisa, todo fué bien.
--¿No le pegaste, no?--insistió aún mamá.
--No. ¡Si fué una broma!
Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el
padrastrillo.
Celia, mi tía mayor, que había concluído de dormir la siesta, cruzó el
patio y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después
Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.
--¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!
Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme,
con vida aún?... El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal
vez, quién sabe... Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres;
y Mercedes...
--¡Pobre, pobre madre!--repetía mi tía.
Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad
corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los
entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota
probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual,
hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed
de venganza.
Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole
Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo en seguida la seguridad
de una catástrofe.
--¡Eduardo, mi hijo!--clamó arrancándose de las manos de su hermana
que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.
--¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!
--¡Mi hijo! ¡mi hijo! ¡Alfonso!
Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al
pozo. Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto
horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora
antes, y lanzó un espantoso alarido.
--¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso!
¡Me lo has muerto!
Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo
la desesperación de mamá, puesto que yo--motivo de aquella--estaba en
verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la
emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas
semi-trágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!
Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.
--¡Hum!... ¡Pegarme!--rezongaba yo, aún bajo la hojarasca.
Levantándome entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y
recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquel era el
momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.
El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar
infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución
Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez.
Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el ceño contraído
y los dientes crispados sobre la boquilla.
Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el
cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de
mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a
destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca,
aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo.
* * * * *
Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo
horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar
dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá
sacudiéndome.
--¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te
perdonaré el dolor que me has causado!
--¡Pero, vamos!--decíale mi tía mayor--¡no seas loca, Mercedes! ¡Ya
ves que no tiene nada!
--¡Ah!--repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso
suspiro.--¡Sí, ya pasó!... Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse
hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío!...
El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de
desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo para un momento de mayor
calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de
la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.
Abrí al fin los ojos, me sonreí y volví a dormirme, esta vez honrada y
profundamente.
Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.
--¿Qué merecerías que te hiciera?--me dijo con sibilante rencor.--¡Lo
que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que
son gracias!
Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago
continuaba todavía adherido a la garganta. Sin embargo, le respondí:
--¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!
¿Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, expresan
acaso desesperado valor?
Es posible. De todos modos, el padrastrillo, después de mirarme
fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana
un poco caída.
--Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio--murmuró.
--Creo lo mismo--le respondí.
Y me dormí.
#LA MENINGITIS Y SU SOMBRA#
No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de
Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
de todo esto.
He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una
tarjeta de Funes, que dice así:
_Estimado amigo:
Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche
por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo
Luis María Funes_.
Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
cierto que tiene dos hermanas bastante monas.
Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que
una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor
Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que
con Funes.
Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:
--Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a
esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?
--Me parece que sí--no pude menos que responderle.
--Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?
--Todo lo que quiera--le respondí francamente, aunque poniéndome al
mismo tiempo en guardia.
Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres
entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:
--¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?
¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
a un loco.
--¿María Elvira Funes?--repetí.--Ningún grado ni ninguna inclinación.
La conozco apenas. Y ahora...
--No, permítame--me interrumpió.--Le aseguro que es una cosa bastante
seria... ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada
entre Vds. dos?
--¡Pero está loco!--le dije al fin.--¡Nada, absolutamente nada! Apenas
la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
haberme visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por
décima vez, inclinación particular hacia ella.
--Es raro, profundamente raro...--murmuró el hombre, mirándome
fijamente.
Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese--y lo
era,--pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.
--Creo que tengo ahora el derecho...
Pero me interrumpió de nuevo:
--Sí, tiene derecho de sobra... ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
broma... La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a
la muerte... ¿Entiende algo?--concluyó mirándome bien a los ojos.
Yo hice lo mismo con él durante un rato.
--Ni una palabra--le contesté.
--Ni yo tampoco--apoyó encogiéndose de hombros.--Por eso le he dicho
que el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
allá? Es indispensable.
--Iré--le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.
Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota
qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.
* * * * *
Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en
mi vida. Metempsícosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse
loco. Véase:
Fuí a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un
rato, esforzándonos como dos zonzos, puesto que comprendiéndolo así
evitábamos mirarnos, en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró
Ayestarain, y Luis María salió, dejándome sobre la mesa el paquete de
cigarrillos, pues se me habían concluído. Mi ex condiscípulo me contó
entonces lo que en resumen es esto:
Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
María Elvira se había sentido mal--cuestión de un baño demasiado frío
esa tarde, según opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la
noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la mañana siguiente,
mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a más no pedir.
Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
proyecciones sicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y
giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
pero que absorbe su vida entera. Es una obsesión--prosiguió
Ayestarain,--una sencilla obsesión a 42°. Tiene constantemente fijos
los ojos en la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se
resiente de esa muda ansiedad que la está matando, y desde ayer hemos
pensado con mis colegas en calmar eso... No puede seguir así. ¿Y sabe
Vd.--concluyó--a quién nombra cuando el sopor la aplasta?
--No sé...--le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba bruscamente
de ritmo.
--A Vd.--me dijo, pidiéndome fuego.
Quedamos, bien se comprende, un rato mudos.
--¿No entiende todavía?--dijo al fin.
--Ni una palabra...--murmuré aturdido, tan aturdido, como puede
estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la
portezuela... Pero yo tenía ya casi treinta años, y pregunté al
médico qué explicación razonable se podía dar de eso.
--¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere Vd. que se sepa
de eso? Ah, bueno... Si quiere una a toda costa, supóngase que en una
tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en
cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio eso,
tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
fondo, lo mismo da. Una planta magnífica... ¿Le basta eso? No podría
decirle una palabra más. ¿Por qué Vd., precisamente, que apenas la
conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en su
cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa
de esto?
--Sin duda...--repuso a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al
mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito
de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico, después.
En ese momento entró Luis María.
--Mamá lo llama--dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una sonrisa
forzada:
--¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?... Sería cosa de volverse loco
con otra persona...
Esto de _otra persona_ merece una explicación. Los Funes, y en
particular la familia de que comenzaba a formar tan ridícula parte,
tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
fortuna, que me parece lo más cierto. Siendo así, se daban por
pasablemente satisfechos con que las fantasías amorosas del hermoso
retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero, en vez de
mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posición social.
Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía
honor el joven patricio.
--Es extraordinario...--recomenzó Luis María, haciendo correr con
disgusto los fósforos sobre la mesa. Y un momento después, con una
nueva sonrisa forzada:
--¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no?
Creo que vuelve Ayestarain.
En efecto, éste entraba.
--Empieza otra vez...--sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis
María. Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa
forzada de esa noche:
--¿Quiere que vayamos?
--Con mucho gusto--le dije. Y fuimos.
Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo,
todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía
haberlo esperado, fué la penumbra del dormitorio. La madre y la
hermana, de pie, me miraron fijamente, respondiendo con una corta
inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber pasar de allí.
Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa
de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando,
pero éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué
a la cama.
Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos
aman, cuando uno se va acercando mucho a ellos. Pero la luz de
aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
acercaba, el mareado relampagueo de dicha, hasta el estrabismo, cuando
me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a 37° los volveré
a hallar.
Balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios
resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido (¡qué iba a
hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia
mí. Su intención era tan inequívoca que le tomé la mano,
--Siéntese ahí--murmuró.
Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté.
Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más extraña
y disparatada:
Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía una
mano ardida en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado
opuesto, de pie, el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis
María. Apoyadas en el respaldo, en el fondo, la madre y la hermana. Y
todos sin hablar, mirándonos con el ceño fruncido.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un momento
en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los
míos, y recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras
otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre mí,
confiada en profunda felicidad.
¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho más.
Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió más
entre la suya.
--Todavía no...--murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a su
cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo,
y otra vez los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando
tornaban a apartarse inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos
o tres veces miré exclusivamente al médico; pero éste bajó las
pestañas, indicándome que esperara. Y tuvo razón, al fin, porque de
pronto, bruscamente, como un derrumbe de sueño, la enferma cerró los
ojos y se durmió.
Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón. No
era fácil decir algo--yo al menos. La madre por fin se dirigió a mí
con una triste y seca sonrisa:
--Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!
¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que
les parecía horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a
ser para mí en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre.
Ayestarain, que nos había dejado un instante, salió muy satisfecho del
estado de la enferma; descansaba con una placidez desconocida aún. La
madre miró a otro lado, y yo miré al médico: podía irme, claro que sí,
y me despedí.
* * * * *
He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi
habitual vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis
María, madre, hermanas, médicos y parientes colaterales. Porque si se
concreta bien la situación, ella da lo siguiente:
Hay una joven de diez y nueve años, muy bella sin duda alguna, que
apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente.
Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
también--ingeniero, si se quiere--que no recuerda haber pensado dos
veces seguidas en la joven en cuestión. Todo esto es razonable,
inteligible y normal.
Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por
el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el
delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus
amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.
¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación, que haré
conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.
* * * * *
Sí, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este mediodía a
verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.
--¿Meningitis?--me dijo--¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía, y
anoche también... Hoy ya no tenemos idea de lo que será.
--Pero, en fin--objeté,--siempre una enfermedad cerebral...
--Y medular, claro está... Con unas lesioncillas quién sabe dónde...
¿Vd. entiende algo de medicina?
--Muy vagamente...
--Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale...
Era un caso para marchar a todo escape a la muerte... Ahora hay
remisiones--tac--tac--tac, justas como un reloj...
--Pero el delirio--insistí--¿existe siempre?
--¡Ya lo creo! Hay de todo allí... Y a propósito, esta noche lo
esperamos.
Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije
que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche
anterior, y que no pensaba ir más.
Ayestarain me miró fijamente:
--¿Por qué? ¿Qué le pasa?
--Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá... Dígame:
¿Vd. tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente
ridícula; si o no?
--No se trata de eso...
--Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido... ¡Curioso que
no comprenda!
--Comprendo de sobra... Pero me parece algo así como...--no se
ofenda--cuestión de amor propio.
--Muy lindo!--salté--¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! ¡Les
parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que
me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño
fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestión de amor propio,
arréglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.
Ayestarain comprendió al parecer la parte de verdad que había en lo
anterior, porque no insistió, y hasta que se fué no volvimos a hablar
de aquello.
Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez minutos
acabo de recibir una esquela del médico, así concebida:
_Amigo Durán:
Con todo su bagaje de rencores, nos es indispensable
esta noche. Supóngase una vez más que Vd. hace de
cloral, brional, el hipnótico que menos le irrite los
nervios, y véngase_.
Dije un momento antes que lo malo era la precedente
carta. Y tengo razón, porque desde esta mañana no
espero sino esa carta...
* * * * *
Durante siete noches consecutivas--de once a una de la mañana, momento
en que remitía la fiebre, y con ella el delirio--he permanecido al
lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes.
Me ha tendido a veces su mano como la primera noche, y otras se ha
preocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta,
pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que
en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupación por mi
existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de sicología
singular de que un novelista podría sacar algún partido. Por lo que a
mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado
fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso
no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien que
la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia
ridiculez de remedio innocuo. La segunda noche sentí menos mi
insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno
sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y
sueño ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza a la mía.
¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no
sabe quien soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a 40°, se pagan en
el día, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual
esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor
nocturno... Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el día en
que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
más de mí.
Crueldad ésta que apreciarán en toda su cálida simpatía, los hombres
que están enamorados--de una sombra o no.
* * * * *
Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y
que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la
presencia de María Elvira.
--Sí, compañero--me dice. Libre de veladas ridículas, de amores
cerebrales, y ceños fruncidos... ¿Se acuerda?
Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se
echa a reir y agrega:
--Le vamos a dar en cambio una compensación... Los Funes han vivido
estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe, pues, si han
olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere... Por
lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona--dicho sea
de paso--y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello...
¿Qué dice Vd.?
--Digo--le he respondido--que casi estoy tentado de declinar el honor
que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa...
Ayestarain se echó a reir.
--¡No embrome!... Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza...
--Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, eh? Para
eso no se olvidaban de mí!
Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.
--¿Sabe lo que pienso, compañero?
--Diga.
--Que usted es el individuo más feliz de la tierra.
--¿Yo, feliz?...
--O más suertudo. ¿Entiende ahora?
Y quedó mirándome. ¡Hum!--me dije a mí mismo:
O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece que lo
abrace hasta romperle el termómetro dentro del bolsillo. El maligno
tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso... Pero vuelvo a lo de
idiota, que es lo más seguro.
--¿Feliz?...--insistí sin embargo--¿Por el amor estrafalario que Vd.
ha inventado con su meningitis?
Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un
vago, vaguísimo dejo de amargura.
--Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo...--ha murmurado,
cogiéndome del brazo para salir.
En el camino--hemos ido al Águila, a tomar el vermut--me ha explicado
bien claro tres cosas.
1°: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente
necesaria, dado el estado de profunda excitación--depresión--todo en
uno--de su delirio.--2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni
más ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que
pudiera parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial
de todo aquel amor.--3°: que los Funes han confiado sencillamente en
mi educación, para que me dé cuenta--sumamente clara--del sentido
terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la
enferma ante mí.
--Sobre todo lo último, ¿eh?--he agregado a guisa de comentario.--El
objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que
María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?
--¡Claro!--se ha encogido de hombros el médico.--Póngase Vd. en su
lugar...
Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola
probabilidad de que ella...
Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si
bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría
decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que hacía para
hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a
quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está
celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su
hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan
bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche
subida seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de
Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante.
¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de
Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre, cayera esta
noche sobre su cabeza...
Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:
_Delirio de nuevo. Venga en seguida_.
* * * * *
Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
hombre discreto. Véase esto ahora:
Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera
vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los
ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda
su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir:
--Soy feliz--se sonrió.
Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra
vez.
--Y después...--murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
que tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
extravía la mirada en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus
ojos. Y esta vez oí bien claro, sentí claramente sobre mi rostro
esta pregunta:
--Y cuando sane y no tenga más delirio...¿me querrás todavía?
¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón! ¡_Después_!
¡Cuando no tenga _más delirio_! ¿Pero estábamos todos locos en la
casa, o había allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi
incesante angustia del _después_? ¿Cómo es posible que ella dijera
eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o no? Luego mi María
Elvira...
No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado
yo; apenas había murmurado ella con una sonrisa... y se durmió.
De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos de
saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién, de entre
nosotros, puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las
cosas, para ser claras, deben ser planteadas así: La enferma con
delirio, que por una aberración sicológica cualquiera, ama,
_únicamente_ en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el
mismo X, que desgraciadamente para él, no se siente con fuerzas para
concretarse exclusivamente a su papel medicamentoso. Y he aquí que la
enferma, con su meningitis y su inconsciencia--su incontestable
inconsciencia--murmura a nuestro amigo:
_Y cuando no tenga más delirio... me querrás todavía?_
Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo.
Anoche, cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la
solución, que sería ésta: María Elvira, en su fiebre, soñaba que
estaba despierta. ¿A quién no ha sido dado soñar que está soñando?
Ninguna explicación más sencilla, claro está.
Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos,
que empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se
puede mentir: cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura
extrañeza los rostros familiares, para caer en extática felicidad ante
uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ese, uno tiene el
derecho de soñar toda la noche con aquel amor--o seamos más
explícitos: con María Elvira Funes.
* * * * *
¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún.
¿Fuí yo o no, por Dios bendito, aquél a quien se le tendió la mano, y
el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún
los rostros bien amados de la casa? ¿Fuí yo o no el que apaciguó en
sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de
amor de mi María Elvira?
Si, fuí yo. Pero eso está acabado, concluído, finalizado, muerto,
inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo...
Volví a verla a los veinte días después. Ya estaba sana, y cené con
ellos. Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos
sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que
cooperé cuanto me fué posible, pues en esos veinte días transcurridos
no había sido mi preocupación menor, pensar en la discreción de que
debía yo hacer gala en esa primera entrevista.
Todo fué a pedir de boca, no obstante.
--Y Vd.--me dijo la madre sonriendo--¿ha descansado del todo de las
fatigas que le hemos dado?
--Oh, era muy poca cosa!... Y aún--concluí riendo también--estaría
dispuesto a soportarlas de nuevo...
María Elvira se sonrió a su vez.
--Vd. sí; pero yo, no, le aseguro!
La madre la miró con tristeza:
--¡Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
ocurrido... En fin--se volvió a mí con agrado.--Vd. es ahora--podríamos
decir--de la casa, y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.
El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.
--Fume, fume, y no haga caso.
--¡Pero Luis María!--le reprochó la madre, semi-seria--cualquiera
creería al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durán!
--No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me
entiende.
Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades
más o menos sosas; pero no se lo agradecí en lo más mínimo.
Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los
ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana.
Había esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una
sombra, o más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo,
pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como
de un capullo taciturno, se había levantado aquella espléndida figura
fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como se
mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo
los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña. Pero
nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación
de no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi
juego. Era un sujeto--no digamos sujeto, sino ser--absolutamente
desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me haría
recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora
frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:
--¿Y cuando esté sana... me querrás todavía?
¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a
fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral!
Olvidarla... Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que
no podía hacer.
Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas
colocando a éste entre su hermana y yo; podía así mirarla impunemente,
so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi
interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más
invisible cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, era un vivo
deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su
falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.
Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente,
pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando
con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
sobre mis sienes:
--Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?
¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí, y oprimí un instante aquella
mano fría, amable y rápida.
* * * * *
Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María
Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre, admito
esto. Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos
posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del
menor interés. De encantos--¡Dios me perdone!--todo lo que ella
quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte
noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi
respecto, no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de
dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María
Elvira se precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he
aquí todo.
En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien.
Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagaré de amor firmado sobre
una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no.
* * * * *
Nueve de la mañana.--No es hora sobremanera decente de acostarse, pero
así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar.
Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.
Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María
Elvira. Y después de bailar, hablamos así:
--Estos puntitos de la pupila--me dijo, frente uno de otro en la
mesita,--no se me han ido aún. No sé qué será... Antes de mi
enfermedad no los tenía.
Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese
detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.
Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era
tarde.
--Sí,--le dije, observando sus ojos;--me acuerdo de que antes no los
tenía...
Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:
--Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.
¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
pecho! Era posible hablar de eso, por fin!
--Eso creo--repuse.--Más que nadie, no sé... Pero si; en el momento a
que se refiere, más que nadie, con seguridad.
Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.
¡Ah, sí!--se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya,
alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.
Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos,
supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como
si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de
film, agregó de costado:
--Cuando era mi amor, al parecer.
--Perfectamente bien dicho--le dije--su amor _al parecer_.
Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.
--No...
Y se calló.
--¿No... qué? Concluya.
--¿Para qué? Es una zoncera.
--No importa; concluya.
Ella se echó a reir:
--¿Para qué? En fin...¿no supondrá que no era _al parecer_?
--Es un insulto gratuito--le respondí.--Yo fuí el primero en constatar
la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor... _al parecer_.
--¡Y dale!...--murmuró.--Pero a mi vez el demonio de la locura me
arrastró tras aquel ¡_y dale_! burlón, a una pregunta que nunca
debiera haber hecho.
--Oigame, María Elvira--me incliné:--¿Vd. no recuerda nada, no es
cierto, nada de aquella ridícula historia?
Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con
atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo
no nos disgustan.
--¿Qué historia?--dijo.
--La otra, cuando yo vivía a su lado...--le hice notar con suficiente
claridad.
--Nada... absolutamente nada.
--Veamos; míreme un instante...
--No, ni aunque lo mire...--me lanzó en una carcajada.
--No, no es eso... Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no
sepa... Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo...
dos o tres palabras nada más... la última noche que tuvo fiebre?
María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó
luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo
la cabeza:
--No, no recuerdo...
--¡Ah!--me callé.
Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.
--¿Qué--murmuró.
--¿Qué... qué?--repetí.
--¿Qué le dije?
--Tampoco me acuerdo ya...
--Sí, se acuerda... ¿Qué le dije?
--No sé, le aseguro...
--Sí, sabe... ¿Qué le dije?
--¡Veamos!--me eché de nuevo sobre la mesa.--Si Vd. no recuerda
absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre,
¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?
El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo,
contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una
corta sacudida de hombros.
--Vamos--me dijo bruscamente.--Quiero bailar este vals.
--Es justo--me levanté.--El sueño de vals que bailábamos no tiene nada
de divertido.
No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los
ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.
--¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?--me dijo de pronto, sin
dejar de recorrer el salón con la vista.
--Un vals de delirio... no tiene nada que ver con esto--me encogí a
mi vez de hombros.
Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no
dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que
buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada--la
ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:
--Si quiere, entonces, baile este vals con su amor...
--... _al parecer_. No agrego una palabra más--repuse, pasando la mano
por su cintura.
* * * * *
Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María
están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde
luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente.
Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se
permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está
sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e
incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.
En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien
quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?
Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces--en
su casa, desde luego, todos los miércoles.
Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y
flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros.
Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.
¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes
una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.
Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles.
Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira,
lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que
la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación.
Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después
se detenía ante nosotros.
--¿De qué hablan?
--De muchas cosas; de Vd. en primer término--respondió el médico.
--Ah, ya me parecía...--Y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara
sostenida en la mano.
--Sigan; ya escucho.
--Contaba a Durán--dijo Ayestarain,--que casos como el que le ha
pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor
inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que
el suyo.
--¿Más feliz? ¿Y por qué?
--Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio,
en este caso, Vd. era únicamente quien amaba...
¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un
tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada.
Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se
levantó riendo:
--Los dejo para que hagan las paces.
--¡Maldito bicho!--murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.
--¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?
--Dígame, María Elvira--exclamé--¿le ha hecho el amor a Vd. alguna
vez?
--¿Quién, Ayestarain?
--Sí, él.
Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:
--Sí--me contestó.
--¡Ah, ya me lo esperaba!... Por lo menos ese tiene
suerte...--murmuré, ya amargado del todo.
--¿Por qué?--me preguntó.
Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro
lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.
--¿Por qué?--insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las
mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un
papel--jamás supe de dónde pudo salir--y me miraba, subiendo y bajando
imperceptiblemente las cejas.
--¿Por qué?--repuse al fin.--Porque él ha tenido por lo menos la
suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede
hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se
entendiera lo que digo...¿comprende ahora?
María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió
negativamente la cabeza, con su papel en los labios.
--¿Es cierto o no?--insistí, pero ya con el corazón a loco escape.
Ella tornó a sacudir la cabeza:
--No, no es cierto...
--¡María Elvira!--llamó Angélica de lejos.
Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna.
Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez
fría tan fuera de propósito como aquella vez.
María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.
--Me voy--me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando
afrontaba un flirt.
--¡Un solo momento!--le dije.
--¡Ni uno más!--me respondió alejándose ya y negando con la mano.
¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo,
hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el
sillón contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un
espejo, por imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir,
sobre todo. ¡Intuiciones viriles! ¡Sicologías de hombre corrido! Y la
primer coqueta cuya rodilla está marcada allí, se burla de todo eso
con una frescura sin par!
* * * * *
No puedo más. La quiero como un loco, y no sé, lo que es más amargo
aún, si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado,
y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de
blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que personas
de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era, sin
embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: _La meningitis y Su
Sombra_. Me desperté, y volví a soñar: el tal salón de baile estaba
frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco
de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes,
pero tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre _La
meningitis y Su Sombra_.
¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a
Europa, a Norte América, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.
¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome
solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos
juntos? ¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que le podrá
hacer a mis planos esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental!,
aunque no quiera); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay
para qué divertir más a las María Elvira.
* * * * *
Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de
anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que
vi a María Elvira.
Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria
esperanza de suicida, fuí la tarde anterior de mi salida a despedirme
de los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo,
por donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.
María Elvira estaba indispuesta--asunto de garganta o jaqueca--pero
visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando
músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo
de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los
labios pálidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre,
más hermosa aún para mí, porque la perdía.
Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.
Al principio no me comprendió.
--¿Se va? ¿Y adónde?
--A Norte América... Acabo de decírselo.
--¡Ah!--murmuró, marcando bien claramente la contracción de los
labios. Pero en seguida me miró, inquieta.
--¿Está enfermo?
--¡Pst!... no precisamente... No estoy bien.
--¡Ah!--murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios,
abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.
Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.
Se volvió a mí.
--¿Por qué se va?--me preguntó.
--¡Hum!--me sonreí--Sería muy largo, infinitamente largo de contar...
En fin, me voy.
María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión, preocupada y
atenta, se tornó sombría.
Concluyamos, me dije. Y adelánteme:
--Bueno, María Elvira...
Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda, de jaqueca.
--Antes de irse--me dijo--¿no me quiere decir por qué se va?
Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como
en un relámpago, la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo
y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"... ¡Ah, no, yo
también! ¡Con aquello tenía bastante!
--Me voy--le dije bien claro--porque estoy hasta aquí, de dolor,
ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?
Tenía aún la mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la
música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
mesura, y me miró de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:
--¿Y si yo... le pidiera que no se fuera?...
--¡Pero por Dios bendito!--exclamé--¡No se da cuenta de que me está
matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
infelicidad! ¿Qué ganamos, qué gana Vd. con estas cosas? ¡No, basta
ya! ¿Sabe Vd.--agregué adelantándome--lo que Vd. me dijo aquella
última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?
Quedó inmóvil, toda ojos.
--Si, dígame...
--¡Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, Vd. me
dijo bien claro esto: y--cuan--do--no tenga--más--de--li--rio, me
que--rrás toda--ví--a? Vd. tenía delirio aún, ya lo sé... ¿Pero qué
quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome
vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!... Esto es
bien claro también, eh? ¡Ah! le aseguro que no es vida la que llevo!
¡No, no es vida!
Había apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que
después de lo que había dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se
derrumbaban para siempre jamás.
Pero era menester concluir y me volví: ella estaba a mi lado, y en sus
ojos--como en un relámpago, de felicidad esta vez--vi en sus ojos
resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía
muerta ya.
--¡María Elvira!--exclamé, grité, creo.--¡Mi amor querido! ¡Mi alma
adorada!
Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluído, vencida,
entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho, postura
cómoda a su cabeza.
* * * * *
Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es
bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque así lo
he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más
lejos porque--y aquí está lo más gracioso de esta nuestra
historia--ella está aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la
lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas
observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos
engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo
demás, ella cree conmigo que la impresión general de la narración,
reconstruída por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que
pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no está
del todo mal.
En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última
línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal,
sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa
los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco
centímetros.
--¿Es verdad?--murmura--o arrulla, mejor dicho.
--¿Se puede poner arrulla?--le pregunto.
--¡Sí, y esto, y esto! Y me da un beso.
¿Qué más puedo añadir?