Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi
todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy
pocas veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún
entonces largo tiempo callados.
Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre,
postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya
podrido, y aún a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébel
pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que entró
bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba
precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó
en Nébel su mirada espantada.
--¿Hace mucho tiempo que usas eso?--le preguntó él al fin.
--Sí--murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.
Nébel la miró aún y se encogió de hombros.
Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia
terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía
de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
desgraciada, sustrayéndole la droga.
--¡Octavio! ¡me va a matar!--clamó ella con ronca súplica.--¡Mi hijo
Octavio! ¡no podría vivir un día!
--¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!--cortó Nébel.
--¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
Lidia.
--¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
--Sí... Los médicos me habían dicho...
El la miró fijamente.
--Es que está mucho peor de lo que imaginas.
Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió
los labios en un casi sollozo.
--¿No hay médico aquí?--murmuró.
--Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
abrió una carta.
--¿Noticias?--preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.
--Sí--repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
--¿Del médico?--volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
--No, de mi mujer--repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.
A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.
--¡Octavio! ¡mamá se muere!...
Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:
--Pla... pla... pla...
Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
vacío.
--¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?--preguntó.
--¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fué a
buscar a tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá!--cayó
sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.
Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato
los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes
manchas violeta.
A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó
que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
valijas en el carruaje.
--Toma esto--le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
diez mil pesos.
Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
de lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.
--¡Toma, pues!--repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre
ella.
--Perdóname--le dijo.--No me juzgues peor de lo que soy.
En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le
tendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un
largo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia
de la cintura y la besó hondamente en la boca.
El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
se perdía.
Pero Lidia no se asomó.
#LOS OJOS SOMBRIOS#
Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude
evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y
aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a
saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de
carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de
Europa, después de larga ausencia.
Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o
diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.
Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi
parte, lo informé de mi noviazgo con Elena--y su reciente ruptura.
Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle
dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.
--No crea en esas sacudidas--me dijo Zapiola con aire tranquilo y
serio.--Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará
después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más
complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido
más feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de gran
provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un
amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a
mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;
era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y
exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran
enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir
con este modo de ser.
Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy
pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,
esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí
ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.
--No sé qué tiene que ver el orgullo con esto--le observé.
--¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos
mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la
ponderación justa de lo que has visto!
--Te juro...
--¡Bah; déjame en paz!--concluyó cada vez más irritado con mi
tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.
Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más
exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de
ojeras brillaban de fiebre.
--¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado
de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.
Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando
ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto
tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel
cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.
Cuando salimos, Vezzera me dijo:
--¿Y?... ¿es como te he dicho?
--Sí--le respondí.
--¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión
conforme a la realidad?
--Esta vez, sí--no pude menos de reirme.
Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.
--¡Parece--me dijo de pronto--que no hicieras sino concederme por suma
gracia su belleza!
--¿Pero estás loco?--le respondí.
Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su
respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al
fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.
--De veras, de veras me juras que te parece linda?
--¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?
Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios
femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al
recuerdo de su novia.
Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,
respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.
Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente
semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:
--¿Por qué no quieres ir?
--No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para
esas cosas.
--¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!
--¿Yo?
--Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente
esto: ¿Por qué no quieres ir más?
--¡No tengo ganas!... ¿Te gusta?
Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un
hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se
precipitaba su tisis.
Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.
--Hace días que las noto más flacas... ¿Sabes por qué no quieres ir
más? ¿Quieres que te lo diga?
Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada
le cerraba los labios.
--¡Vamos! No seas... cálmate, que es lo mejor.
--¡Es que te lo voy a decir!
--¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?--le
interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé
cariñosamente.
--Acuéstate un momento... estás mal.
Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.
Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:
--¿Sabes lo que te iba a decir?... Que no querías que María se
enamorara de ti... Por eso no ibas.
--¡Qué estúpido!--me sonreí.
--Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!
Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.
--Esta noche vamos--le dije.--¿Quieres?
--Sí, quiero.
Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si
hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo
preocupada de mi larga ausencia.
--Pregúntale siquiera--se rió Vezzera con visible afectación--por qué
ha pasado tanto tiempo sin venir.
María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña
sorpresa:
--¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!
Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó un
instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba
con los ojos.
--Aunque deba avergonzarme eternamente--repuse--confieso que hay algo
de verdad...
--¿No es verdad?--se rió ella.
Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices
de Vezzera, conocí su tensión de nervios.
--Dile que te diga--se dirigió a María--por qué realmente no quería
venir.
Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.
Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con
el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer
las cejas.
--¿Hay otra cosa?--se sonrió con esfuerzo.
--Sí, Zapiola te va a decir...
--¡Vezzera!--exclamé.
--... Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no
venir más aquí... ¿sabes por qué?
--Porque él cree que usted se va a enamorar de mí--me adelanté,
dirigiéndome a María.
Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;
pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el
cansancio de sus ojos.
--¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?
--No, supondrás... era una broma--se rió él también.
La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.
--Eres un canalla--me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando
salimos.
--Sí--me respondió mirándome claramente.--Lo hice a propósito.
--¿Querías ridiculizarme?
--Sí... quería.
--¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra
mí?
No me contestó, encogiéndose de hombros.
--¡Anda al demonio!--murmuré. Pero un momento después, al separarme,
sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.
--¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no
sabes lo que pienso?
--No--le respondí secamente.
--¡No mientes, no estás mintiendo?
--No miento.
Y mentía profundamente.
--Bueno, me alegro... Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que
volvamos allá?
--¡Nunca! Se acabó.
Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.
--¿No quieres ir más?--me dijo con voz ronca y extraña.
--No, nunca más.
--Como quieras, mejor... No estás enojado, ¿verdad?
--¡Oh, no seas criatura!--me reí.
Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí...
Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde
la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.
Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.
--Vengo a pedirte una cosa--comenzó.
--¡Déjate de cosas!--interrumpí.--¿Por qué has salido con esta noche?
¿No ves que estás jugando tu vida con esto?
--La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba...
mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.
--¡No! ya te dije.
--¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no
quieres ir?
--Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?
La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.
--Entonces--articuló con voz profundamente tomada--es lo que pienso,
lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo...
Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.
Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la
cabeza sobre sus brazos en la mesa.
--Quédate--le dije.--Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.
Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin
entonación alguna:
--Es que me dan unas ganas locas de matarme...
--¡Por eso! ¡Quédate aquí!... No estés solo.
Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.
Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando
la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría
sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.
Y aún así, persistía siempre el motivo.
Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de
Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era
demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que
en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había
hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que
estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.
Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta
felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus
pulmones no daban más... era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a
María, como él hubiera deseado..., etc.
Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación
de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta--para mí
que lo conocía--era la desesperación de celos que lo llevó al
suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia
tranquila, no tenía ningún valor.
En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la
imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de
Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que
algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,
pero con un cadáver entre nosotros.
Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando la
menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no
podía sostener mi mirada un solo momento.
--Entonces,--le dije al fin levantándome--creo que lo más discreto es
que no vuelva más a verla.
--Creo lo mismo--me respondió.
Pero no me moví.
--¿Nunca más?--añadí.
--No, nunca... como usted quiera--rompió en un sollozo, mientras dos
lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.
Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto
se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de
ella y le abracé la cabeza.
--Sí, mi alma querida...¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no
importa nada...¿quieres?
--¡No, no!--me respondió--no podríamos... no, ¡imposible!
--¡Después, sí, mi amor!... ¿Sí, después?
--¡No, no, no!--redobló aún sus sollozos.
Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel
imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.
Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?
--¡María!--se dirigió a una joven que pasaba del brazo.--Es hora ya;
son las tres.
--¿Ya? ¿las tres?--se volvió ella.--No hubiera creído. Bueno, vamos.
Un momentito.
Zapiola me dijo entonces:
--Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le he
contado. Y su caso... Espere un segundo.
Y mientras me presentaba a su mujer:
--Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.
La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que
él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reir
destellan felicidad.
--Sí,--repuso sencillamente--sufrimos un poco...
--¡Ya ve!--se rió Zapiola despidiéndose.--Yo en lugar suyo volvería al
salón.
Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio
de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió
Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.
Y yo no hacía sino recordarlos.
#EL SOLITARIO#
Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no
tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo
su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como
las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad
comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años
proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.
Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba
negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de
origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto
enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus
vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.
No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil--artista
aún,--carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo
cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de
codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para
arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al
transeunte de posición que podía haber sido su marido.
Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos
trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María
deseaba una joya--¡y con cuánta pasión deseaba ella!--trabajaba de
noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus
chispas de brillante.
Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las
tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del
engarce. Pero cuando la joya estaba concluída--debía partir, no era
para ella,--caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se
probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por
ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y
la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.
--Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,--decía él al fin,
tristemente.
Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en
su banco.
Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a
consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim
prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer
se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda
tranquilidad.
--¡Y eres un hombre, tú!--murmuraba.
Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.
--No eres feliz conmigo, María--expresaba al rato.
--¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz
contigo? ¡Ni la última de las mujeres!... ¡Pobre diablo!--concluía con
risa nerviosa, yéndose.
Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer
tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los
labios apretados.
--Sí... ¡no es una diadema sorprendente!... ¿cuando la hiciste?
--Desde el martes--mirábala él con descolorida ternura--dormías de
noche...
--¡Oh, podías haberte acostado!... ¡Inmensos, los brillantes!
Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.
Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y
apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un
ataque de sollozos.
--¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para
halagar a su mujer! Y tú... y tú... ni un miserable vestido que
ponerme, tengo!
Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede
llegar a decir a su marido cosas increíbles.
La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo
menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus
joyas, Kassim notó la falta de un prendedor--cinco mil pesos en dos
solitarios.--Buscó en sus cajones de nuevo.
--¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.
--Sí, lo he visto.
--¿Dónde está?--se volvió extrañado.
--¡Aquí!
Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el
prendedor puesto.
--Te queda muy bien--dijo Kassim al rato.--Guardémoslo.
María se rió.
--Oh, no! es mío.
--Broma?...
--Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser
mío... Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.
Kassim se demudó.
--Haces mal... podrían verte. Perderían toda confianza en mí.
--¡Oh!--cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la
puerta.
Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó
y la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba
sentada en la cama.
--¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!
--No mires así... Has sido imprudente, nada más.
--¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide
un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a mí! ¡Infame!
Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.
Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más
admirable que hubiera pasado por sus manos.
--Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.
Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre
el solitario.
--Una agua admirable...--prosiguió él--costará nueve o diez mil pesos.
--Un anillo!--murmuró María al fin.
--No, es de hombre... Un alfiler.
A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda
trabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.
Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillante
ante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.
--Si quieres hacerlo después...--se atrevió Kassim.--Es un trabajo
urgente.
Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.
--María, te pueden ver!
--Toma! ¡ahí está tu piedra!
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.
Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo
la mirada a su mujer.
--Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?
--No--repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos
le temblaban hasta dar lástima.
Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en
plena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían
de las órbitas.
--¡Dame el brillante!--clamó.--¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!
¡Dámelo!
--María...--tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.
--¡Ah!--rugió su mujer enloquecida.--¡Tú eres el ladrón, miserable!
¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba a
desquitar... cornudo! ¡Ajá! Mírame... no se te había ocurrido nunca,
¿eh? ¡Ah!--y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando
Kassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de
un botín.
--¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío,
Kassim miserable!
Kassim la ayudó a levantarse, lívido.
--Estás enferma, María. Después hablaremos... acuéstate.
--¡Mi brillante!
--Bueno, veremos si es posible... acuéstate.
--Dámelo!
La bola montó de nuevo a la garganta.
Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una
seguridad matemática, faltaban pocas horas ya.
María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con
ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.
--Es mentira, Kassim--le dijo.
--¡Oh!--repuso Kassim sonriendo--no es nada.
--¡Te juro que es mentira!--insistió ella.
Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.
--¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.
Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las
manos, lo siguió con la vista.
--Y no me dice más que eso...--murmuró. Y con una honda náusea por
aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.
No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su marido
continuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.
--¡Dámelo!
--Sí, es para ti; falta poco, María--repuso presuroso, levantándose.
Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos
de la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante
resplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fué
al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la
blancura helada de su camisón y de la sábana.
Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi
descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el
camisón desprendido.
Su mujer no lo sintió.
No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura
inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno
desnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler
entero en el corazón de su mujer.
Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de
párpados. Los dedos se arqueron, y nada más.
La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un
instante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el
solitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entonces
retirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.
#LA MUERTE DE ISOLDA#
Concluía el primer acto de _Tristán e Isolda_. Cansado de la agitación
de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de
vecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un
palco balcón.
Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez por
su mercantil vulgaridad y la diferencia de año con su mujer, menos que
cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas
que más que en el rostro, aún bien hermoso, están en la perfecta
solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos.
Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo
provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca
las mujeres.
La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y
porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un
cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.
Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras
miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella
mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al
sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que
haya tenido nunca.
Fué aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi
largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.
Fué asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su
marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra
vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba
hacia allá, y después de un momento de inmovilidad de ambas partes, se
saludaron.
Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre
feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y
cinco años, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura,
que expresaba inequívoca voluntad.
--Se conocen--me dije--y no poco.
En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto
a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza
un poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció
más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del
mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía
inmóviles.
Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero
antes de concluir aquél salió por el pasillo opuesto. Miré al palco, y
ella también se había retirado.
--Final de idilio--me dije melancólicamente.
El no volvió más y el palco quedó vacío.
* * * * *
--Sí, se repiten--sacudió amargamente la cabeza.--Todas las
situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y
se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su
_Tristán_ también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido
alarido de pasión que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto
como usted a esa obra, y acaso más... No me refiero, querrá creer, al
drama de _Tristán_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera
de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como
una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha
muerta, es otra cosa... Usted asistió al preludio de una de esas
repeticiones... Sí, ya sé que se acuerda... No nos conocíamos con
usted entonces... Y precisamente a usted debía de hablarle de esto!
Pero juzga mal lo que vió y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!...
Oigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo
más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por
dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo
que era yo entonces--en lo bueno únicamente, por suerte.--Y segundo,
porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,
después de lo que va a oir. Oigame:
La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fuí su novio,
hice cuanto me fué posible para que fuera mía. La quería mucho, y
ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante,
privado de tensión, mi amor se enfrió.
Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba
con la dicha de mi nombre--se me consideraba buen mozo entonces--yo
vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con
muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.
Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a
un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi
persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a
prometerle el tren necesario, y me lo dió a entender claramente.
Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga
suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas
torturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusiva
consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y
esta vez no fuí yo quien se exasperó.
Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con
Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el
amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no
iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.
La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,
habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de
subir con su hija a una esfera mucho más alta.
Una noche fuí allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo
mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.
--Qué tienes--me dijo.
--Nada--le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejó
hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistemente. Al fin
apartó los ojos contraídos y entramos.
La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un
momento y desapareció.
Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...
Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la
mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.
--¡Es evidente!...--murmuró.
--Qué--le pregunté fríamente.
La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro
se demudó:
--¡Que ya no me quieres!--articuló en una desesperada y lenta
oscilación de cabeza.
--Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo--respondí.
No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.
Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamente
mi mano y el cigarro, su voz se rompió:
--¡Esteban!
--Qué--torné a decirle.
Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el
sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento
después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.
Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud--no veía más que
injusticia--acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso
cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, me
levanté con un violento chasquido de lengua.
--Yo creía que no íbamos a tener más escenas--le dije paseándome.
No me respondió, y agregué:
--Pero que sea ésta la última.
Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un
momento después:
--Como quieras.
Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:
--¡Pero qué te hecho! ¡qué te he hecho!
--¡Nada!--le respondí.--Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo
que estamos en el mismo caso. Estoy harto de estas cosas!
Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se
incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:
--Como quieras.
Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor
propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:
--Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.
No comprendió, y me miró con extrañeza. Había cometido la primer
infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.
--¡Es claro!--apoyé brutalmente--porque de mí no has tenido
queja...¿no?
Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme
agradecida.
Comprendió más mi sonrisa que las palabras, y salí a buscar mi
sombrero en el corredor, mientras que con un ¡ah!, su cuerpo y su alma
se desplomaban en la sala.
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente
cuánto la quería y lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo,
matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia
alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna,
que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con
la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los
Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin:
ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y
luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las
lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que
le hemos causado, es la más bella luz que pueda inundar un corazón
de hombre.
¡Y concluído! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que
acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la
merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre
alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la
irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.
Desesperado, humillado, crucé por delante de la puerta, y la vi echada
en el sofá, sollozando el alma entera sobre sus brazos. ¡Inés!
¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,
sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi,
me detuve.
--¡Inés!--llamé.
Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su
alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le
hacía mi amor, esta vez sí, inmenso amor!
--No, no...--me respondió.--¡Es demasiado tarde!
* * * * *
Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más agotada y
tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podían
apartar de los míos aquella adorable belleza del palco, sollozando
sobre el sofá...
--Me creerá--reanudó Padilla--si le digo que en mis muchos insomnios
de soltero descontento de sí mismo, la tuve así ante mí... Salí de
Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran
fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había
casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace
un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.
No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el
encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre
hecho, que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez
como yo lo fuí, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza
viril que hay en mi recuerdo.
Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el
teatro... Comprendí, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se
había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al
verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi
alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla
perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años.
¡Inés! Su hermosura, su mirada, única entre todas las mujeres, habían
sido mías bien mías, porque me habían sido entregadas con
adoración--también apreciará usted esto algún día.
Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando
de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa
partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama
viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y
volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me
miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos,
estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró
en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacia diez años. ¡Y
_Tristán_ siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra
felicidad yerta!
Salí entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, aproximándome a
ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera
yo sido un miserable...
Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi
sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.
Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
Como diez antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida en el diván del
antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su dicha deshecha.
¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo.
¡Diez años!... ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!
Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los
sollozos, murmuré:
--¡Inés!
Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me
respondió bajo sus brazos:
--No, no...¡Es demasiado tarde!...
#EL INFIERNO ARTIFICIAL#
Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas
con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un
gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar
pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina
con los pulgares del pie doblados hacia abajo.
No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa del
cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el
anestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmente
suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y
como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable
teatro de sus borracheras.
El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda,
inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a
la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego
pasan cosas singulares.
Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una
tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos--inconclusa
por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su
lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en
él.
... ¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,
entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se
arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.
Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido
como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un
hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene
la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada
enloquecida de ansia.
Es todo cuanto queda de un cocainómano.
--¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!
El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con
la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo
prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.
Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio
le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?...
--¡Por las fisuras craneanas!... ¡Pronto!
¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de
rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la
jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.
Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo
se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué
molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?
El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no
reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no
había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se
entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación
viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,
sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión
que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.
--Y eso, así... ¿la cocaína?--murmuró.
La voz de adentro sonó con inefable encanto.
--¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años,
desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de
una gota!... Sí, es por la cocaína... ¿Y usted? Yo conozco ese olor...
¿cloroformo?
--Sí--repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso
artificial. Y agregó en voz baja:--El cloroformo también... Me
mataría antes que dejarlo.
La voz sonó un poco burlona.
--¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos
vecinos míos... Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.
--Es cierto;--pensó el sepulturero--acabarían conmigo. Pero el otro no
se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que
había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba
la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fué
capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí
misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,
manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.
La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.
--Usted se mataría... ¡Linda cosa! Yo también me maté... ¡Ah, le
interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo,
traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces
lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.
El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en
los codos y el frasco bajo las narices, esperó.
--¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina... ¿Usted conoce
el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga,
entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna,
una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.
Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha
visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente
puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo
nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.
Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por
seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fué con su
hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos
quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria,
el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre
dió de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa,
para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.
Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa
quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer
estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un
ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos...
Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque
cerebral, y yo acudí a la morfina.
--Deje eso--me dijo el médico,--no es para usted.
--¿Qué, entonces?--le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa
que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.
El hombre se compadeció.
--Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no darán.
Sulfonal, brional, estramonio...¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de
infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama
vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una
sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,
momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora;
instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez
centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por
entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!... Mi mujer murió.
Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede
imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de
morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a
tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta
veces más que la dosis mortal.
Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida,
emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más
nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones
que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera
el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína,
un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día,
qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se
pretende suprimir un solo día la droga!
Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas
y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,
sin vida--miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día
radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más
hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me
entregué atado de pies y manos para la curación.
Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente
para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a
descocainizarme.
¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para
entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un
frasquito con cocaína... Ahora calcule usted lo que es pasión.
Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome.
Un largo viaje emprendido dióme no sé qué misteriosas fuerzas de
reacción, y me enamoré entonces.
La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa
fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo
ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su
vez, se resquebrajaba visiblemente.
--Sí,--prosiguió la voz,--es el principio... Concluiré de una vez. A
usted, un colega, le debo toda esta historia.
Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano,
o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en
mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía
sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado
para una esencia: su envase natural.
La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva
inyección antes de entrar, me vió decaer bruscamente en su presencia,
idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes,
bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vió, pálida y sin
moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la
noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto
así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su
hermano menor epiléptico...
Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había
leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.
Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de
un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto
más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo
toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso
artificial.
En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y
elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes.
Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de
su Jicky.
Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por
fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que
mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había
vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en
el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la
muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara
encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes,
vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido
inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada
sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el
frasco de Jicky.
Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo--¡y cuán hermosa
estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el
ardiente lujo de su falda inmaculada!
Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás
a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party
debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones
llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su
sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza
echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.
Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que
los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de
defensa--los morfinómanos las conocen bien!--sentí todo el profundo
goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho
años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su
belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala
iluminada. Tan brusca fué la sacudida, que me hallé sentado en el
diván, mirándola. ¡Diez y ocho años... y con esa hermosura!
Ella me vió llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró
con fría extrañeza.
--Sí...--murmuré.
--No, no...--repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en
pesados movimiento de su cabellera.
Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.
¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si
mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre,
ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el
suelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una hora
entera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se mantenía
también inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.
Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpago
de ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honor
masculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día en
el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en
comparación del de ese momento, ¿comprende usted? ¡Para qué vivir, si
el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía
salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un
instante, para hundirme en ese final!
Me levanté y fuí adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún
estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.
--Matémonos--le dije.
Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su
frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:
--Matémonos--murmuró.
Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la
lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.
--Aquí no--agregó.
Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa
resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta y
cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí
mismo, y me maté a mi vez.
Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente,
y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos
o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en
mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que
la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba
cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!
¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando
vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos
muertos, que volvían obstinados...
La voz se quebró de golpe.
--¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!
#LA GALLINA DEGOLLADA#
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro
hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre
los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la
boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba
tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la
misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si
fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando
al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,
y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del
patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas
colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y
desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus
padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir
mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa
honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un
mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin
esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La
criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en
el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con
esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del
mal, en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el
instinto; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habían
ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
--¡Hijo, mi hijo querido!--sollozaba ésta, sobre aquella espantosa
ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
--A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá
mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no
más allá.
--¡Sí!... ¡sí!...--asentía Mazzini.--Pero dígame: ¿Usted cree que es
herencia, que...?
--En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi a
su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No
veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a su
hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de
otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del
primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre,
su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,
veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un
loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el
proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más
honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aún sentarse. Aprendieron al fin
a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el
rostro. Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes u
oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia.
Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a más del
insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.
--Me parece--díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos--que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.
--Es la primera vez--repuso al rato--que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
--De nuestros hijos, ¿me parece?
--Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?--alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
--¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
--¡Ah, no!--se sonrió Berta, muy pálida--¡pero yo tampoco, supongo!...
¡No faltaba más!...--murmuró.
--¿Qué no faltaba más?
--¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es
lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
--¡Dejemos!--articuló, secándose por fin las manos.
--Como quieras; pero si quieres decir...
--¡Berta!
--¡Como quieras!
Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y
locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,
esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a
los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de
su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores
de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se
vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido
el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con
cruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
persona. Antes se contenían aún por la común falta de éxito; ahora que
éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor
la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado
a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban
casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda
remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de
las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la
criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o
quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre,
los fuertes pasos de Mazzini.
--¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?...
--Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
--¡No, no te creo tanto!
--Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti...¡tisiquilla!
--¡Qué! ¿qué dijiste?...
--¡Nada!
--¡Si, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que
prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
--¡Al fin!--murmuró con los dientes apretados.--¡Al fin, víbora, has
dicho lo que querías!
--¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos!
¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los
de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez:
--¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la
meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la
ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con
todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vez
siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hiriente
fueron los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupió
sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su gran
culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir
una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían
tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que
mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándola
con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de
conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración
tras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombros
pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo... rojo...
--¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horas
de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa
horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, más irritable era su humor con los
monstruos.
--¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires,
y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
escapóse en seguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco.
El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta.
Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,
eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero
faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para
alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de
la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
dieron miedo.
--¡Soltáme! ¡dejáme!--gritó sacudiendo la pierna. Pero fué atraída.
--¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!--lloró imperiosamente. Trató aún de
sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
--Mamá, ¡ay! Ma...--No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el
cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se
había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida
segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.
--Me parece que te llama--le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento
después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,
Mazzini avanzó en el patio:
--¡Bertita!
Nadie respondió.
--¡Bertita!--alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fué tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la
espalda se le heló de horrible presentimiento.
--¡Mi hija, mi hija!--corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al
pasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujó
violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso
llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
interpuso, conteniéndola:
--¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus
brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un
ronco suspiro.
#LOS BUQUES SUICIDANTES#
Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un
buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni
hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor
de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.
Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han
tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan
por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.
Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.
Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre
en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van
deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio,
de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las
tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos
errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede
incluir lo acaecido al _María Margarita_, que zarpó de Nueva York el
24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una
corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un
paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al
_María Margarita_. En el buque no había nadie. Las camisetas de los
marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una
máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si
hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha
ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a
Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente
cierta, por otro lado.
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla
presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer
inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién
casada se atrevió:
--¿No serán águilas?...
El capitán se sonrió bondadosamente:
--¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente.
Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su
cuenta y riesgo, y hablando poco.
--¡Ah! ¡si nos contara, señor!--suplicó la joven de las águilas.
--No tengo inconveniente--asintió el discreto individuo.--En dos
palabras--y en los mares del norte, como el _María Margarita_ del
capitán--encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo--viajábamos
también a vela--nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono
que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos la
marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló
a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última
anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no
sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas
desapariciones súbitas.
Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo
buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de
camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el
puente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron
en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de
lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la
cocina hervía aún una olla con papas.
Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente
llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo
fuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a
beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a
la hora la mayoría cantaba ya.
Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las
velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar
aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de
hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.
Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo
silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente,
sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la
camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al
sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño
ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la
apatía común.
Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al
agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me
tocaban en el hombro.
--¿Qué hora es?
--Las cinco--respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las
manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato
mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.
Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el
remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los
otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño
aún, y se tiró al agua.
Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,
sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los
de los demás buques. Esto es todo.
Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.
--¿Y usted no sintió nada?--le preguntó mi vecino de camarote.
--Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada
más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:
en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra
lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al
rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.
--¡Farsante!--murmuró.
--Al contrario--dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su
tierra.--Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se
hubiera tirado al agua.
#EL ALMOHADON DE PLUMA#
Su luna de miel fué un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el
carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo
quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento
cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva
mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El,
por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses--se habían casado en abril--vivieron una dicha
especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido
cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
semblante de su marido la contenía en seguida.
La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La
blancura del patio silencioso--frisos, columnas y estatuas de
mármol--producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el
brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas
paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de
una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un
largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante,
había concluído por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún
vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al
fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba
indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le
pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,
echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego
los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en
su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fué ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma
detención, ordenándole calma y descanso absolutos.
--No sé--le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía
baja.--Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos,
nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia
de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más
desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el
dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
Pasábanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía
casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin
cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra
ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los
ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y
labios se perlaron de sudor.
--¡Jordán! ¡Jordán!--clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la
alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dió un alarido
de horror.
--¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y
después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió
y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en
la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una
vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber
absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor
mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.
La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.
--Pst...--se encogió de hombros desalentado su médico.--Es un caso
serio... poco hay que hacer...
--¡Sólo eso me faltaba!--resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente
sobre la mesa.
Alicia fué extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde,
pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no
avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope
casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar
desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer
día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.
No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos
que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por
la colcha.
Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar
a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el
dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más
que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de
los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama,
sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
--Señor--llamó a Jordán en voz baja.--En el almohadón hay manchas que
parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre
la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de
Alicia, se veían manchas de sangre.
--Parecen picaduras--murmuró la sirvienta después de un rato de
inmóvil observación.
--Levántelo a la luz--le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó
mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
que los cabellos se le erizaban.
--¿Qué hay?--murmuró con la voz ronca.
--Pesa mucho--articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y
sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.
Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dió un grito de horror
con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los
bandós:--sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las
patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca--su trompa, mejor dicho--a las sientes de
aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo,
pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fué vertiginosa.
En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana
parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
almohadones de pluma.
#EL PERRO RABIOSO#
El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco
santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar
su escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba
delante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a
una fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, con su escopeta
aún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en la necesidad de
matarlo de un tiro.
* * * * *
#Marzo 9--#
Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabioso
entró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi
memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.