--Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi

gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan

obligado.

--Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.

--Sin duda,--añadió el Rey,--que eres de sangre de héroes; de antigua y

clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de

un hombre plebeyo y obscuro.

--En verdad,--replicó Tidal,--yo me inclino á creer, como tú, que la

grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que

los hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la

nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos,

si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los

hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el

humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á

preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento,

porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no

es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y

magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se

pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por

algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo

tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas

que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni

antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un

humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.

--¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco

en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo

hablar mi idioma.

--Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo

que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi

padre y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al

dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur

y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de

salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor

cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces

aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en

un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino

era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el

mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la

gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.

--¿Y no te designó esa empresa?

--No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos

de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los

ignorase hasta un momento dado.

--¿No marcó tu ayo ese momento?

--Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar:

juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada,

que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando

aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi

propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la dió con

el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.

--¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?

--Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije,

murieron siendo yo muy niño.

--Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo

el título de mercader, encubría otra condición más alta.

--No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he

hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi

familia nada de extraño ó misterioso.

--Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al

hacerte entrega de tus bienes?

--Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la

curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta

que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que

yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme,

y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y

recorriese el mundo.

--¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?

--Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más

distantes, de sus artes, de sus ciencias y de sus productos; y sobre

todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre

inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura

de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á

los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.

--¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?

--En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros

los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más

mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando

llegase á perderlo todo.

--Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á

ser pródigo.

--Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra

parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi

toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y

el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo

referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he

gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin

jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy

superior á mi edad.

--¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?

--Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido

que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó

más temprano.

--Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto,

¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te

ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna

otra cosa.

Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar

cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo

declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña,

que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor

sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de

confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me

desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo

el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía

voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al

oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una

confianza sin límites.

--Yo jamás podré desdeñarte--replicó el Rey,--y tu amistad será el mayor

bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no

procedas de ligero revelándome esa alcuña.

--No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación

irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.

--¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?

--Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta

prueba de confianza.

--¿Y cuándo te dieron el consejo?

--Hoy mismo.

--¿Quién?

--La vieja extraña que me acompañaba.

--¿La conoces tú desde hace mucho tiempo?

--Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella

tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe

también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de

mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á

socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30

remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de

los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir

al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles

ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte

con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me

faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se

habían concertado con piratas iberos y albaneses.

Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron

resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas

los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus

guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo

nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua

escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en

tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar

un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte

de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número

de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro,

no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te

aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino

emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando

tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen.

Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado.

Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he

dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los

barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la playa desierta del

Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo

aquí para la empresa la más gente que pudo.

Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio

y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo

varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por

la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos

y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde

en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla

cautiva.

La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades

y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de

los piratas, como habla la tuya y otras varias.

Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de

ella y la enteraron de todos sus proyectos.

La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que

habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de

mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles,

puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi

apodo, sino también mi nombre incomunicable.

Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos

y te estaban aguardando en la emboscada.

Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé

lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el

fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su

descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la

excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley

pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos

sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una

expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me

abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me

causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído.

Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando

y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras.

--Eres libre,--me dijo,--toma tus armas, levántate y sígueme. Tus

guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes,

en un hondo letargo.

Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me

informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de

libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes.

Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la

vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre

contigo. Mi alcuña es _Seher-Gav_; el _Toro-Vigitante_.

ZARINA

(FRAGMENTO)

[una barra decorativa]

ZARINA

I

La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está

llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro,

suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez

con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y

nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede

fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que

las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de

vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un

poeta.

Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo

firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco.

No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen

más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que

los del día; pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que

la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo

substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía

se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde

se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es

degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes

ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño

quizá salgan nunca.

En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos,

como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos

que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que

hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al

despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la

inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y

como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano

del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos

hoy tanto nos encanta y envanece.

De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra

edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas,

traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones, descifrando

alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados,

imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y

semi-dioses.

¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación

lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no

hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las

historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la

erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice?

Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y

como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me

ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible

que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica,

fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á

comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los

casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje,

sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que

él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal

entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una

pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en

forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde el

centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos?

Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia.

No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque

no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que

los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes

severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y

guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las

hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas,

retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro

luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva

tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de

preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de

estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser

rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa.

No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro

que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más

vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya

dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la

duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor que la del rayo,

acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el

momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta

siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más

íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los

personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su

compañía, averiguando cuanto les ha sucedido.

De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan

para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor

más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se

propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección

moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún

problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me

propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo

consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo

para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de

la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya

existieron y que me son simpáticos.

Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á

la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me

faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor; pero

todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la

teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y

consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y

contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en

la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de

mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de

bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha

saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra

la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que

en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de

Nebonasar.

Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad

relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y

prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos

años antes de Cristo.

Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en

Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y

surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de

Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después

del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la

ciudad por Arbaces el medo y Belesu el babilonio, estaba, á pesar del

tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.

Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos

ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.

II.

Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo

tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es,

ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si

dijéramos _el poseedor ó dueño de gallardos mulos_; en asirio le

llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica,

Vakistarra, que significa _el que lleva la lanza_. Traducido este

título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los

persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se

llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.

Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado

de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los

ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y

prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder

darle un nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene

muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges,

y Estrianges le llamaremos.

_Nada hay nuevo debajo del sol_, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo

dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales;

pero son á menudo semejantes.

En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en

monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los

otros poderes.

Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios,

luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una

aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los

medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos

habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común

servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que

ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y

los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para

la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y

no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el

primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre tomado de la

lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces,

que significa _el primero_.

La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se

llamaban _busios_; y aria, y sus individuos se llamaban _arizantes_. La

plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y

voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación

de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares

vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada

ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces

habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte

monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras,

á quien hemos ya presentado á nuestros lectores.

Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de

reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las

contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester

referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y

toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra

historia ó leyenda se comprendan sin dificultad.

El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos

significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el nombre ha

sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de

un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna,

esto es, el Belicoso.

Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo

de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército

numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero

éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta

batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la

vida.

Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su

padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas

que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino

un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su

venganza.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 16 / 18 段