Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron

lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.

Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los

perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio.

Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron

el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre

ellos.

--Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;--dijo Amrafel al

rey.

En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido

recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con

arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron

aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las

cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma

los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada

sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.

--¡Á ellos!--exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel,

Samec y los demás le seguían.

Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los

vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus

armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de

las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban

flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los

bandidos.

Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con

más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo

una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron

dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las

_sarabaras_. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas,

cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.

En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo

lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo,

habíanse puesto á bastante distancia.

Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del

escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido

salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron

de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en

acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el

brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos

empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada

punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que

usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte.

Los romanos la llamaron _sica_, de donde proviene el nombre de

_sicario_. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á

su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.

El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo,

comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos

estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos

hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á

los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de

los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á

morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los

bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era

deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir

ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos

antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe,

empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de

atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:

--Es preferible la muerte.

Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por

la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían

más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el

Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:

--¡Todos á pié, agrupados en torno mío!

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á

tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su

caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los

sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle.

Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud

maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el

punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro,

las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos,

excelentes flecheros.

Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos;

pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una

especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas.

Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se

volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey

Tihur.

Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea,

quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La

línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los

lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo

requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara

al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los

costados.

De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos

habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella

formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no

tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le

segó la garganta.

Lo más recio de la pelea era en el vértice del ángulo, donde estaba el

Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando

paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro

golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y

pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con

esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de

otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada

tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados

habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra

ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.

El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo

bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de

combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á

otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que

cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á

Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y

antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo,

destrozándole y sacándole las entrañas.

Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de

bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se

acercaban.

Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el

rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles

para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió

entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin

deshacerse hacia los fugitivos.

Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para

atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto

durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.

Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon,

ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga

apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de

Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas

y de piedras.

Al ver los de los cuchillos ó _sicas_ que sus compañeros, con los arcos

y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los

vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros

de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron

los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron

inultas.

En silencio admirable, sin una voz, sin una queja, sin una imprecación,

seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún

otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le

ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento

acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la

espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y

doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los

arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no

pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que

disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la

honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio

bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la

sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó

desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y

luenga cabellera rubia.

No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no

sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada,

vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los

manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle

en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur

creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose

hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole

un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.

--No ha de quedar bandido vivo;--exclamó.--Es menester que todos mueran.

Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No

es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos

de ladrones.

Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase

transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo

deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes,

alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros

del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa

llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo

extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada,

exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de

aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La

fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel

instante.

Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los

bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado

con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los

otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban

desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó

arrastrándose como serpientes.

El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte

por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron

el polvo cinco vesilianos más.

Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos,

cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á

reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho

esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás

objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda,

más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie

combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir

ó matar.

Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces

mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno,

aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.

Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto.

Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros

perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la

formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los

vesilianos y dos de los esclavos que habían acudido á socorrerlos.

Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la

guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.

Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las

balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey;

pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar

el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.

Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno

otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez

su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el

resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal

vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento

tumulto, les hacía perder el tino.

Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más

audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur,

que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con

la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al

cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y

estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza,

le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de

que era capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la

fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta

estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso

y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á

herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con

tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias

de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La

noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de

los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi

simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan

rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de

espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al

caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le

arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera

levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el

tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en

una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.

Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á

emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur,

y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de la sangre, si

Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.

Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se

revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey

para defenderle hasta morir.

Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros

vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba

otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir

matando.

El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las

fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.

Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente

causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos,

sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por

un capricho suyo.

Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho,

este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha

habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en

pleno siglo XIX, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y

millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan

humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que

Tihur no lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la

muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable

exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del

alcázar.

Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus

compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se

recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:

--Defiéndete y déjame.

Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la

espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su

favorito, pero quedó retraído é inerte.

Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los

bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque

sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo

débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y

de pelear como los otros, ó más que los otros.

Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad

que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los

espíritus de sus mayores.

De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una

flecha que vino á clavarse en el pecho de uno de los bandidos y le hizo

caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después

silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha

no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra

inteligente, un espíritu invisible las disparaba.

Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio

aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á

confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.

Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de

entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una

extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y

zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como

si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi

igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete

llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo;

su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil;

negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y

simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.

Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba,

echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal,

armadas así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose

ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano

que hablaba el Rey Tihur:

--El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te

salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec!

¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!

Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer

su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle

Tihur:

--¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un _ized_, un genio, un

enviado de Ahura-Mazda.

Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en

medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y

parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y

muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.

Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en

dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que

habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de

la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la

retirada.

En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos

los guerreros vesilianos, empuñaron los arcos y acosaron é hirieron con

sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado

medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey

Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos,

cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se

pusieron á perseguir á los bandoleros.

El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.

--No ha de quedar ninguno vivo--había dicho,--y efectivamente, parecía

que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de

esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos

á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.

VII.

Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos

ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de

Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y

cargas.

Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre,

porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la

herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció

al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni

peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado

ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran

pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo

después de herido.

Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura.

Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin

embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas

en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una

vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la

cual seguía al guerrero misterioso.

En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á

hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de

ella podían fiarse.

Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber

sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda,

prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la

plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos

mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y

tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos,

pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era

aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes, mostraba los colmillos

afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y

fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al

cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para

apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y

de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una

moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de

nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.

En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera

podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la

Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.

Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y

signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos

ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que

Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.

Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un

licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor

infundió en el rey un sueño grato y delicioso.

Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido,

que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni

la vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á

caballo.

Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y

se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los

últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar

del combate.

Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el

mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento

para reposar aquella noche.

Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.

Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero

desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 15 / 18 段