Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras,

casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á

perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el

mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como

defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de

mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula

griega, Júpiter amarró á Prometeo con cadenas de diamantes, y donde un

buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró

libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el

monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y

habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas;

casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los

circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos

referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas

del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al

Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea

la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes,

diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su

oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas

caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los

iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se

llamaron iberos también.

Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir

aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y

sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de

recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los

del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence

son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin

haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones

que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la

hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra,

donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por

donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese

tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara,

mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de

inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza

vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus

azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de

Georgia y de la más acendrada y exquisita.

Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el

Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar

la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y

nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien

pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus

descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya

pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y

desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre

estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas

comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de

_ibha_, que en el idioma de los vedas vale tanto como _familia_, ya de

_avara_, que en el mismo idioma significa _occidente_.

Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del

Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los

desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más

importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué

extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun

los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y

está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del

Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también,

en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso

sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se

apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales.

Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas

invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte

de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó

kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras.

Parece además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil

años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va

hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á

todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á

causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó

kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido

su primer rey.

Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey

de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman _sauromatas_ ó

_sármatas_, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la

ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución

que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y

mejorasen de dueño.

La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido

destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien

llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque

poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un

héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el

poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono,

libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota

diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del Demavend, donde unas

serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no

le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de

tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.

Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual

tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el

imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso,

los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de

Zoroastro.

Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios,

habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada

entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias

á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias

llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y

filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más

tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz,

de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más

interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es

la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un _athravan_

zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada

por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona,

era el mismísimo Avesta.

Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré

cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus

triunfos sobre los hijos de Asur.

Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó

sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y

mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de

flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel

de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las

amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido

á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea,

penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron

todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y

terribles.

Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á

Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su

patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.

Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador,

no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la

Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las

fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.

El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros del Norte, y no á

los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para

destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte,

que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está

que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había

de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los

babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en

otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una

nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la

tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy

remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el

Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta

ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros

del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin

misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase

de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.

En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos

escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron

en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron

auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y

heroica contra ellos, tratando de arrojarlos de sus Estados, durante

más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.

III.

Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de

esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido

nuestro héroe Estrianges.

Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había

ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado

el corazón por una enherbolada flecha enemiga.

Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre

poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de

Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga

hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado

en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos

en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando

poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.

Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de

Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras

alimañas, de las muchas que se crían en aquellos montes, cuyas

ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de

la Partiena.

Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de

Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como

guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que

se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á

punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se

había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y

cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus

manos.

Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino,

y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de

ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha

prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo

de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el _dandy_ ó el _gomoso_ más

perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes

sus contemporáneos.

Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey,

que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y

tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más

resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus

prendas de carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es,

como si dijéramos, _que ella sea fuerte_. Darvasastu lo fué en amor como

en todo.

El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se

ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que

entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes

vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el

poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.

Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa,

lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió

aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y

Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo

confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la

princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse,

pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si

bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella

edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser

Estrianges yerno del Rey Astibaras.

Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y

prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz

matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por parte de

él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos

extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.

Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel.

Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á

su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á

otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto

él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su

amor.

De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á

nuestro refrán castellano: _á falta de pan, buenas son tortas_; y como

todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer

por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.

La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio,

atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que

se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo

perfecto.

Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:

--Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres;

yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi

pecho un manantial abundante de cariño, el cual ella no conoce y del

cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué

esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás

á manifestarse?

Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular

eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras,

y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los

maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres

casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se

le asemejase.

En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa

felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera

estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril.

Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión.

Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.

Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la

actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar

sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico.

Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito

de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar.

Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la

hermosura del universo, las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y

grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las

flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por

entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como

misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio

de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin

revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges

dedicando á la magia.

Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia

blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura

religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en

Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y

creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia.

IV.

Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese

núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde

pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma.

Consultó á los _athravanes_ y magos, y se dió á entender, en vista de la

consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese

su idea en la mente, así tampoco había idea en mente alguna, por vaga y

confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De

aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era

idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para

que se aquietase en él su voluntad.

Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era

difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible.

--En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del

tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está

el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses

enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive

también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en

condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por

esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras

el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya

venido á esta mansión terrena, y exista sólo su _feruer_, esto es, su

esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi

amor es _feruer_ ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable

que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea

criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz.

Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía

en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes,

allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres

hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las

_pairikas_ ó _peris_. Estrianges llegó á sospechar si andaría él

enamorado de una _pairika_.

De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de

su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo

imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de

este ser?

Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran

paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa

situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba.

Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un

flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se

bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas

es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y

aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los

demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra

parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos

logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez, la masa, la

inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando

sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable

de la vida y de la inteligencia.

Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este

flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en

letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de

dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á

ser ubicuo.

Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro,

fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que

era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de

los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le

suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces

convento ó congregación en Ecbatana.

Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á

tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para

volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido,

y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido

objeto de su idea confusa.

Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas

había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes

del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes

le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de

oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de

púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la

imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su

cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves

curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente,

despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su

luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en

ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de

oro.

Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta

duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia

allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida.

Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y

miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó

advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como

el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada

se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter.

Por un momento pensó Estrianges que aquella mujer no era más que su

propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas

confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como

la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece

que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la

realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia,

por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando

entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su

alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con

acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á

deslindar cuál fuese:--¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me

perturba?--Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la

inquietud y el enojo, exclamó la mujer:--_¡Hilka, hilka, bescha,

bescha!_--conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso

hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y

artes ocultas, y que significa:--_¡Véte, véte, malo, malo!_ La fuerza de

este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de

los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se

conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su

vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló

despierto, en su lecho y en su propia alcoba, al lado de la princesa

Darvasastu, su legítima consorte.

Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces

excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan

potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 17 / 18 段