--Á mi hermano Arioc--contestó el Rey Tihur.--Tú prepara lo conveniente,

pues hemos de partir mañana, al rayar el día.

--¿Quién irá contigo?

--Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro

pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis

dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que

sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y

refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi

carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos

ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que

mañana despunte la aurora.

Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y

dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:

--Tu voluntad será cumplida.

Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.

IV.

En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y

andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura,

podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de

caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas

é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de

Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más

recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde

albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de

grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera

satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar,

pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y

hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún

escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras.

Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella

mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por

largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica

dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil

el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que

estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser

apaleado, herido ó muerto.

En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en

absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos,

pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar

consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado

disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil

empresa.

Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había

que recelar entonces hasta llegar cincuenta _parasangas_ ó leguas al Sur

de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde

vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien

cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al

llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo.

El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de

Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en

el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.

Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el

Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara,

célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos

modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un

inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy

Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara,

caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso,

hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está

Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas

ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde

vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las

posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase,

pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños

preparativos.

Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo

se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla

decidido el rey.

Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de

disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en

balde.

Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que

llamaríamos ahora Regente del Reino.

Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes

de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras

del más vivo y doloroso sentimiento.

Las esclavas del _gineceo_ se afligieron también; pero se resignaron

pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía

poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos

hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía

conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que

sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella

alma que ardía en sed de lo sobrehumano.

La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían

encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot

se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya

luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su

dueño, que sin duda la aguardaba.

Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot

andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio

nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la

puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un

sueño, dijo maquinalmente:

--¿Quién es?--aunque bien sabía que era ella.

--Soy yo; tu sierva Peridot--respondió una voz argentina.

Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava.

Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en

un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del

rey.

Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre

los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los

_izeds_, _anses_, _amschaspands_, _apsaras_, _peris_ y _genios_, hubiera

nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente.

Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era

deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía

tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la

bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la

luz y el fuego del cielo.

Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas

de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los

sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose

airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran

masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y

recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de

hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas,

dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro.

Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el

ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar,

no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma

tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura

beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.

Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una

corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo

mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en

regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo,

prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus

grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un

poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en

sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora;

y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una

sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales

y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde

no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos

terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las

apsaras.

En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal

vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de

penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime,

su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que

nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos

momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada

que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al

querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez

pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en

vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han

de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como

el _a b c_ del habla celestial.

Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y

teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:

--¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me

abandonas?

--Así lo quiere mi destino,--respondió el Rey Tihur.

--¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo?

¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los

peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir

todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que

inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba

lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus

campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en

esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.

--No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo

expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender.

El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu

hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo

vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto

que esperarme tranquila.

--¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y

los celos me abrasarán el alma?

--¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales?

Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres

visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y

están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te

negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay

otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que

muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te

pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener

celos del objeto vago é inexplicable de este amor?

--Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava

debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no

hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el

espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si

quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los

misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros

sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega

prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi

voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de

naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para

llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma;

para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu

conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre.

Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se

rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás

una esclava.

Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había

otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios

los labios de que salían.

Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:

--La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz

el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un

viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los

inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los

robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no

te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración

me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia

te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz

cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé

estimar, pero no pagar. Las puertas del _gineceo_ están abiertas para

tí. Eres libre; válete de tu libertad.

Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos

sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de

rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó

lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.

--Yo soy tu esclava--prorrumpió;--yo quiero ser y seré siempre tu

esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más

poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con

inmortal cariño.

Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su

frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban

ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse

por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de

hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que

pendían al cuello del Rey Tihur.

--La hiedra--dijo--es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga.

Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de

males y que te recuerde mi afecto.

El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán;

y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró

no amar á otra mujer más que á ella.

En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y

sobrevino el alba.

Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será

decirlo ahora.

Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no

aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado

y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas

hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra

mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.

El momento de despedirse de Peridot era llegado. La despedida fué

tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para

que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.

Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey

en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien

como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta

por donde había entrado.

Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió

la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y

desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.

V.

Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en

brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur

salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco

días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas,

donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al

día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser

solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde

reposar aquella noche.

En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra

historia.

Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy

de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de

púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de

cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que

como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.

Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la

orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la

orilla, y esperaron el alba para pasar el río.

Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente

de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa

de fieras ó de bandidos.

Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie

y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á

prepararlo todo para el paso del río.

Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos,

mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían

preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á

flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el

rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en

la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas

y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y

hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente,

iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con

largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas,

tiraban de ellas nadando.

El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el

escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis

guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas

sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos

esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se

volcasen.

El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora

tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más

de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar

distaba aún otra media legua del punto de desembarque.

Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:

--Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran

peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán

perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes

jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á

la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos

hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses,

que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso

gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras

embarcaciones.

No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo

de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el

primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce

guerreros que en la misma balsa venían.

Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de

las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros

que habían venido nadando.

El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las

acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y

precioso estaba con el Rey Tihur.

Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento

sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase

la sospecha.

El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la

opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.

VI.

En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la

vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles

arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el

mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al

terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el

andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas

veces.

En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en

su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El

desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.

Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria

solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y

floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.

En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos

y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores

amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.

Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos

infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría

creído percibir el movimiento de gente emboscada.

No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación

desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano

extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las

dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.

Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo

azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la

tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras,

que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar

solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á

bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus

siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á

nuestros caminantes.

Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como

sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.

El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á

caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto.

Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó

cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á

los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una

túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de

estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce

también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el

talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con

puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha,

grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa,

donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar

un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de

acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso,

que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza

para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de

estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo,

por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por

último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas,

unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia,

según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de

_sarabaras_.

Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino

un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo

modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo,

en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes

cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y

para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que

cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los

caballos.

Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río

en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los

dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido,

aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la

caravana pasase.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 14 / 18 段