Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar

conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la

historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De

otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni

gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo

procuro y procuraré siempre ser muy breve.

Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir.

Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban

la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un

carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de

bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de

los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro,

y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas

estaban separadas unas de otras por arbolado y jardines. Fuera del

recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que

ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa

había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó

tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para

los bueyes.

En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una

pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de

la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos

machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una

enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora,

la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y

convocaba á los guerreros.

Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían

la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á

un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las

airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo

había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo

del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.

En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes

los padres de familia. El rey, como Melquisedec, era el primero de

todos.

El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser

Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la

idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el

cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al

príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus

tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y

para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo

bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco

de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien,

le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.

El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó

Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le

servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego

del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran

sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú

otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.

Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros

escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos,

flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á pie, ya á caballo, y

constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los

ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de

peligro.

El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y

primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos

caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que

contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa

colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres

adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas,

y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas,

despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.

Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones.

Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos

y de osos ornaban los muros.

En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó

_gineceo_. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes

y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de

los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas

bellas esclavas.

El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había

casado nunca y carecía de sucesión legítima. Un hermano suyo debía

heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y

libres vasallos.

Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles

doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey

Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo,

aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á

pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único

defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan

generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo

entrañable.

Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían

al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una

melancolía profunda, misteriosa, invencible.

Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito

Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en

la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos

mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.

En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia.

Preguntábanse unos á otros:

--¿Qué tendrá el rey?--pero nadie daba contestación satisfactoria.

III.

La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal

de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de

este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo,

como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor

sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin

hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la

existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con

un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que

no es este fin parece vanidad y miseria.

La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que

miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general

en el día, estriba en una mera figura retórica: en el _eufemismo_. El

que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y

considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que

aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y

muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe

gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen

de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y

sublime del Rey Tihur. Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de

su hastío y desesperación _byroniana_, ya con un empleo, ya con unas

cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de

Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los

desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran

ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el _genio_ y de la

estupidez y ruindad del vulgo para con él.

No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de

buena ley, y, por consiguiente, incurables.

Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no

mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su

alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo,

pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le

perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.

Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia

más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan

aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para

distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.

Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto

el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del

rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos

misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito

Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente

coloquio.

Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del

aspecto y traza de ambos interlocutores.

Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que

era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de

sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo

atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído

en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de

astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas,

Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales

le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.

Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle

por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha

espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un

largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos

desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba

en las orejas zarcillos, y en la vestidura, hasta la misma fimbria ú

orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y

que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se

entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón,

sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin

duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy

respetable y encumbrado, llamándole _un señor de muchas campanillas_.

Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y

aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras

los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y

patriarcas.

La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro,

corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas

de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último,

elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil,

muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del

palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron

posteriormente _esceptuco_ en la corte de los acheménides.

Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los

asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de

todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas, describió

lo que llaman en sánscrito un _pradakshina_, ó dígase trazó un círculo ó

arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se

paró silencioso enfrente de su amo.

Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de

finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los

borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La

rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba

recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y

robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que

hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los

músculos, cuerdas y tendones.

Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la

cabeza, bien proporcionada y hermosa.

Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste

y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse

entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y

blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó

baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo

en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En

fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y

majestuoso, como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente

del Júpiter de Fidias.

Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan

ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió

el silencio de esta suerte:

--Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.

Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.

El rey prosiguió:

--Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo

creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo

persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como

yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y

vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal

vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios,

pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra

conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro

día?

--Lo que pasa después de la muerte es un misterio,--respondió

Amrafel;--pero lo natural en el hombre es creer en una existencia

ulterior é imperecedera.

Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y

castas, y todos creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de

diverso modo.

--¿Te satisface alguna de esas explicaciones?

--Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del

aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y

el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos

confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una

gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro

individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la

inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia;

más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario

la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y

se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se

individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su

desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que

el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal

donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose

á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la

indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir

en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es

la voluntad.

--Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar

la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente

capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le

constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que

compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca.

Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en

qué consiste este no sé qué?

--Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.

--Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban

jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de

algún modo, comunicar con ellas?

--Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos

comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el

oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y

debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las

sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y

energía maravillosas.

--¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la

evocación de las sombras?

--No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.

--¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?

--Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración;

pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las

sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las

sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible

para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.

--De suerte--dijo el Rey Tihur,--que si sólo por estilo grosero y rudo

pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada

de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables,

sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?

--Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus

ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los

vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no

se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que

gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero

del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos

penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá

después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces

producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las

estaciones.

--Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio

de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la

muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados

sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á

conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.

--Son, en efecto, pavorosos.

--¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?

--Lo ignoro.

--Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar

inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero

ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme

en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un

medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres

que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos

á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?

--No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que

nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos

sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á

imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres

que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo nos circundan.

En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á

mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior

á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario,

poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.

--¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos

obedezcan y sirvan?

--Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio

soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que

nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y

comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por

favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones

virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos

maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio

luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.

--Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando

los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas

solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los

sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni

he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido en las tumbas

el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses,

á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar

satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan

baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo

divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo

divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes,

de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el

bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste;

veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en

suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco

más? ¿No valgo más?

--No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte.

Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante

la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en

la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó

de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los

espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una

mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán

entonces.

--¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco de ese fin grande y

sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees

tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los

espíritus no podrán leerle en ella?

--Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea

posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si

es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante

merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su

sobrehumano auxilio.

Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy

hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella

reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:

--Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de

los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y

amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he

conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose;

quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido,

para que mi entendimiento se satisfaga.

--¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en

lo que anhelas?

--No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi

propia ventura pienso en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo

el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no

puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De

ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda

aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y

humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi

deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho

olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros

sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma

estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero

en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia

de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que

no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El

imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni

corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han

enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley

pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para

que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él

como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra;

iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los solitarios é

iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de

Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.

La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.

--¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan

largas y peligrosas peregrinaciones?

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 13 / 18 段