Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño

principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando

que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico;

una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre

por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta

invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el

aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los

raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos,

y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le

auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka,

capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron.

Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico,

sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso

marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que

contar los hechos de Rama, tendría que apelar á los críticos y

cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar

que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo;

otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos

de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen

más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna

tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en

virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día

7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de

Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor;

quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los

brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los

antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer

ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.

Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la

cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha

creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para

conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo,

propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo,

con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas

civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión de cada sabio

entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida

predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios

favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto:

leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo

nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en

punto á cronología.

En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de

empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el

no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos

de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan

los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los

persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á

ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador,

profeta, semidiós ó dios antediluviano.

Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y

no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre

Petavio, le coloca nuestra _Guía de Forasteros_. Una vez sentado y

admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir

muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la

cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos

y desarrollos de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van

desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus

innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de

tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y

prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de

Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer

rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del

Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince

ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en

que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando

nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la

dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es

quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien

le nombró luego su primer Ministro.

Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento

en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los

reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la

reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían

por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna,

que por todos estos nombres es conocida. El rey ó Faraón, que por

entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible

personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los

egipcios.

En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los

sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas,

protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka,

capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real

de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano

reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran

Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.

Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa

allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las

sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros

doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de

Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado

prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han

leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido.

Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia,

Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la

historia de los caldeos, asirios y babilonios. Merced á tan raros

trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología,

la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del

Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos

pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era

llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años

después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de

Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos

objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos

alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con

nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid,

en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre

dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de

Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de

Nabucodonosor I.

Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren

mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios,

en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y

divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson

dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la

historia de los antiguos imperios del Asia. Recientes descubrimientos

la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no

bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la

ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos

á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó

treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó

siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo,

tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil

vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos

inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el

novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede

llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus

lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con

prueba plena.

Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria

anterior á Nemrod.

Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á

los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya

capital fué Ur, á orillas del Eufrates.

Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de

los cusitas ó caldeos.

El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio

de las Cuatro Razas. Aquel _fuerte cazador delante del Señor_ tuvo por

súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las

razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó

etiópico.

De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de

reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún

se descubren vestigios.

Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de

Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo

después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí

que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y

restableció el Imperio, por breve tiempo.

Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los

semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás

razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí

predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro

era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por

antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les

estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.

Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba

en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien

algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino,

tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á

fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de

Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.

Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva

historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso

seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para

los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto

es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas

no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente

fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que

Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes

siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que

empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando

ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los

himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega.

Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro,

están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en

libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos

del tiempo de los Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos

poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el

_Shah-Nameh_ ó _Libro de los Reyes_. Á imitación y como continuación del

Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros _Namehs_ ó

_Libros_, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y

fecundos. Hay el _Gerschap-Nameh_, el _Barsu-Nameh_, el

_Djusgan-hir-Nameh_, el _Feramur-Narneh,_ el _Banu-Guyasp-Nameh_, el

_Bahman-Nameh_, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los

Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y

lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el

ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica

epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos

medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares

tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los

Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises,

Esplandianes y Lisuartes; ó si los _Namehs_, con las hazañas y guerras

que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras

de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y

verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del

vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los

sucesos referidos por Firdusi y otros épicos de Persia pertenecen á la

historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo,

refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega

toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser

tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el _Vendidad_ y el

_Desatir_, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores

al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy

fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los

autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran _dehkanes_, esto

es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre

casa, cuyas genealogías debieron guardarse.

En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro,

deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.

En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo

Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta

iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó

separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors,

Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en

la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas

blancos.

Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid,

emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga.

Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á

reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra

primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi

ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino

y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto

me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone

que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á

Gobineau en su _Historia de los Persas_, quien hace que viva y reine

Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.

Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La

capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella

introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo

nuestra historia.

II.

Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio

de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la

orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa ciudad, cuyas

casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El

Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el

Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le

separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por

límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el

Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza

de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos

nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales.

En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como

una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.

Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria

de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan

vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que

llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La

fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de

los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que

componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por

ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en

Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á

Grecia llevasen los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con

extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de

siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en

partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de

pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se

producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas

cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños.

Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se

apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los

esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino

también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de

las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas

antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, _pozos fínicos_.

Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del

Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre

incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden

menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo _para sí_, porque en

realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de

raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los

que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos,

como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier

otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la

agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se

empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas

hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y

utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y

adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y

hacían, por último, el comercio.

Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo

mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la

perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se

hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el

Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían

que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por

tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix,

que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin

embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto,

cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se

prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las

edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh, aunque exponiéndose

á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario

salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros

del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado

Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que

la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres

de arimaspes, grifos y gorgones.

Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro

comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil

labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de

la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las

comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy

Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da

ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas

venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante

muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves

economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason

y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea.

Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de

oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún

etimologista ingenioso se atreva á sostener, en confirmación de lo

dicho, que la palabra _colcha_ viene de Colcos ó de Colchida, puesto que

las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar

de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una

zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las

arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y

pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no

ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se

valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las

arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la

exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.

Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos,

pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el

mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto

mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse

entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de

las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á

remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció

el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con

los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y

provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como

hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el

Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado

estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las

montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos.

Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid,

llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada

fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del

monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de

los _pelavanes_, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del

Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían

guarnición asiria ó árabe.

Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio,

pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos

era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro,

al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin;

su capital, Zibay; Behek su monarca.

La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los

vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían

socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia y por la ley

pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios,

caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército

numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los

vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se

vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.

Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y

muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres

escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también

artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.

De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los

muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y

apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor

primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de

Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en

dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en

sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de

Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y

sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al

famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios,

descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa

aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos

edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que

tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son

inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 12 / 18 段