Con tal propósito, salió al día siguiente, como para ir á ver de nuevo á

la parida, y se fué derecha á la encina donde Dafnis y Cloe se sentaban.

Fingiéndose con primor toda consternada,--«¡Sálvame, dijo, oh, Dafnis!

¡Ay, infeliz de mí! ¡Un águila me ha robado el más hermoso de mis veinte

gansos! Fatigada con tanto peso, no he podido volar hasta lo más alto de

aquel peñón, donde anida, y se bajó con su presa á lo hondo del soto. Te

lo ruego por Pan y las Ninfas: entra conmigo en la espesura; liberta mi

ganso. Mira que no me atrevo á entrar sola, de puro medrosa. No dejes

que se descabale mi manada. ¿Quién sabe si de paso no matarás el águila,

y con eso ya no robará corderos y cabritos? Mientras, guardará Cloe

ambos rebaños. Harto la conocen las cabras, de verla siempre en tu

compañía.»

Dafnis, sin prever nada de lo que iba á pasar, se levantó muy listo,

empuñó su cayado y siguió á Lycenia. Llevósele ésta lejos de Cloe, á lo

más intrincado y esquivo del soto, y allí le mandó que se sentase á su

lado, cerca de una fuentecilla.--«¡Oh, Dafnis, le dijo, tú amas á Cloe!

Anoche me lo revelaron las Ninfas. Se me aparecieron en sueño; me

informaron de tus lágrimas de ayer, y me ordenaron que te salvase,

enseñándote las obras de Amor, las cuales no estriban sólo en beso y en

abrazo y en remedar á los carneros, sino en brincos y retozos más

dulces, y cuyo deleite dura más. Así, pues, si quieres desechar el mal

que te aflige, y conocer por experiencia los gustos que anhelas,

entrégate á mi cuidado cual aprendiz sumiso, y yo, por gracia y merced

de las Ninfas, seré tu maestra.»

Dafnis, sin refrenar su alegría, como cabrerillo cándido y rapaz

enamorado, se arrodilló á los pies de Lycenia y le suplicó que cuanto

antes le enseñase aquel oficio para ejercerle luego con Cloe. Y como si

fuera algo de raro y revelado por el cielo lo que Lycenia le había de

enseñar, prometió darle en pago un chivo, quesos frescos de nata y hasta

la cabra misma. Halló Lycenia aquella liberalidad pastoril más sencilla

y grata de lo que presumía, y empezó en seguida á instruir á Dafnis.

Mandóle que volviese á sentarse á la verita de ella; que le diese besos,

tales y tantos como él solía dar; que mientras la besaba la abrazase, y

por último, que sé tendiese á la larga.

Luego que se sentó, y que besó, y que se tendió, habiéndose cerciorado

ella de que todo estaba alerta y en su punto, hizo que él se levantase

de un lado, y se deslizó con suma destreza debajo de él, poniéndole en

el camino por tanto tiempo buscado en balde. Después nada hubo fuera de

lo que se usa. Naturaleza misma enseñó á Dafnis lo demás.

Terminada la lección amatoria, Dafnis, que guardaba su candor pastoril,

quiso correr en busca de Cloe para hacer con ella lo que acababa de

aprender, harto temeroso de que con la tardanza se le olvidase; pero

Lycenia le contuvo diciendo: «Otra cosa te importa saber, ¡oh, Dafnis! Á

mí, como soy mujer, no me hiciste daño alguno, porque ya otro hombre me

enseñó el oficio, y tomó mi doncellez en pago; pero Cloe, cuando luchare

contigo esta lucha, gemirá, llorará y derramará sangre cual si estuviere

herida. No por ello te asustes, sino cuando la persuadas á que se preste

á todo, tráetela á este sitio, para que, si grita, nadie la oiga, si

llora nadie la vea, y si derrama sangre, se lave en la fuente. No te

olvides, por último, de que yo te he hecho hombre antes de Cloe.»

No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como

si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo

que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á

Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como

perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como herida

vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la

guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que

saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella

sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar

donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió

que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia,

y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya

que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él

la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las

violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los

dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía

á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre.

Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una

barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento;

la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con

grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad.

Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo

hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y

entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos,

unían en coro sus voces en consonancia con la del principal cantor.

Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se

desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y

entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor

la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En

el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros,

donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo

repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y

era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía

directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde.

Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se

embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba

retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero

Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba

hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque

buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino

silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del

escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que

cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la

besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y

empezó á contarle la fábula de Eco, no sin concertar antes que ella le

diese diez besos más en pago de la enseñanza.--«Hay, dijo, niña mía,

muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de

los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal,

por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la

criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda

clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó

á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba;

pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez.

Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su

hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como

perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda

la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en

su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud

de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la

voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y

fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan,

apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la

Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.»

En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no sólo diez, sino muchos

más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era

mentira.

El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y

empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva

estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él

tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella

cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y

parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó

trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en

una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no

aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí,

impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza

no preguntaba la causa.

En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De

muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían

buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé,

estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto

antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el

día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría

por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente

sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y

guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había

nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le

ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre

zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para

casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres

éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y

así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos

presentes.

Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis

por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con

preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que

pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló

de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para

apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba

para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de

perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría

si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros

sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y

resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los

pretendientes, esperando vencerlos. Sólo una cosa le sobresaltaba: que

Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con

todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al

principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le

descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo

participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia,

y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un

muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas

halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría

horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por

despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte,

alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón.

«Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien

traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios

ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su

padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda

gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio

rico.»

No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento,

disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos

presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por su madre;

pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres:

lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por

la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la

mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras

te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna,

cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos

de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento

contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos.

La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres

mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y

está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual

nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella

podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar

por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.»

Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día,

se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la

mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se

fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por

la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil dracmas. No

empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su

podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar

al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena

de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió

gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero,

parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para

conseguir casarse con Cloe.

Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se

consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino

más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le

contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del

ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas,

á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien

dijo estas valerosas palabras:--«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la

zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la

tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo,

pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble

número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era

menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún,

vecino vuestro y de irreprensible conducta. Me crió una cabra, como á

Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en

generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó

cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de

trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas

tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y

al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas.

Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en

seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á

Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la

parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después

de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón

y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio.

Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose

de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos

con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis

para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él

prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado

á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han

crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado de manera

que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.»

Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien

había tomado tres mil dracmas para persuadirlos.

Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia

no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un

garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que

consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al

cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos

preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la

pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En

cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no

desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca

de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay

más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas.

Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á

mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para

entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí.

Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos.

Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno que vale más que

nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya

en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino,

con mil atenciones y muestras de afecto.

No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras

caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una

cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se

parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres

mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos.

¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la

encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro

reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así

sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también

reconocida por los suyos.»

Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde

esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo,

llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño,

y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya.

Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca

de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la

buena nueva. De allí en adelante la besaba, sin recatarsé, como á su

futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los

quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y

corderos.

Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían,

bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia

de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta,

peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra,

pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á

la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla

embriagaba con su olor, como el vino.

Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta

ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún

en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá

quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla;

quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para

un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla.

Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con

enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la

manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:

«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las Horas divinas: árbol

fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la

Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la

hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen

las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la

cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración

estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú

ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición

semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»

Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó

ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un

beso más rico que la manzana de oro.

[una barra decorativa]

LIBRO CUARTO

Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á

quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué

daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y

como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se

afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los

ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina;

sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal

olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.

El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más

de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de

tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles:

manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos

puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía sus

frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los

frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como

cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez

de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y

negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta

estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno,

como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No

había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos,

separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y

confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á

porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores,

que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba:

rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas,

corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma,

sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más

deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y

se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían

los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los

gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo

largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el

ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La

historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna,

dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios;

los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde

quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado

sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al

pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.

Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas

secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba

de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias.

Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las

flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste

que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había

venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 5 / 18 段