Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el

capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles

que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida

la hallaron, porque estaba sentada con guirnalda de pino, y la trajeron

á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de

ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor

barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta

sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril,

como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las

ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de

la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como

acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe,

y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las

cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en

el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se

maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en

mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las

naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las

ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía

cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño,

hechizado con el son, andaba á par que pacía.

Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta,

cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vió venir el

ganado y vió venir á Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!»

bajó á lo llano, abrazó á Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas

volvió en sí merced á los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos,

se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le

preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las

circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la

corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y

cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos

sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que

ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música

misteriosa.

Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los

milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que

ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó á Cloe

á que dijese á Dryas y á Lamón que vinieran con todo lo necesario para

hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la

coronó de hiedra, conforme se había mostrado á los enemigos; vertió

leche entre sus cuernos; la sacrificó á las Ninfas; la suspendió y la

desolló, y colgó la piel en la roca.

Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó

parte de la carne y coció la otra parte; ofreció á las Ninfas las

primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso

luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó á

beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no

viniese el lobo é hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se

cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos.

Venida la noche todos durmieron al raso ó en la gruta. Al salir el sol,

se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le

llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en

alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las

carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La

piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto á la imagen del dios,

ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las

primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe

cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña.

Recostáronse después y se pusieron á comer, cuando por acaso llegó

Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos

de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro,

rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía

saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar á Pan y

colgaron los racimos en la copa del pino, y luego volvieron á sentarse,

convidando á Filetas á que merendase y bebiese con ellos. Ya algo

bebidos, se dieron, según es propio en los viejos, á referir casos de

sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato y de cuántas

incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Éste se jactaba de

haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que á Pan en tocar la

flauta. La última jactancia era de Filetas. Dafnis y Cloe le rogaron con

ahinco que les diese á conocer algo de su arte tocando la flauta en la

fiesta del dios que tanto se huelga de oirla. Filetas consintió en

tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello,

tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella

toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió á

Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadíos de

allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó á

correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso á contar la fábula

de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, á quien dió en

pago un cabrón y una zampoña.

«Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen

hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con

las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras,

retozar y cantar, se llegó á ella y le pidió que consintiese en lo que

él quería, ofreciéndole, en cambio, que sus cabras todas parirían

muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó á

admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan

entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de

su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y

desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar á

la linda moza halló desengaño, é imaginó un instrumento, juntando con

cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí

que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.»

Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla

contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la

flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con

adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la

propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso

derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fué ensayar si el viento

colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba

sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto

de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito á poco fué luego

mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró

allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada á las vacas y

bueyes, lo que conviene para las cabras y lo que gusta á las ovejas.

Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo

para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con

sólo la suya.

Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio,

hasta que se alzó Dryas y pidió á Filetas que tocase una tonada en loor

de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando,

ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la

pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas

estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que

se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando

y bebiendo. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fué á besar á

Dafnis y á Cloe. Éstos se alzaron al punto y bailaron el cuento de

Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le

burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las

pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y

se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna.

Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con flébil

tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con

suave llamada, como buscando y atrayendo á la fugitiva. Maravillado

Filetas, se alzó de su asiento, besó al rapaz, y después de besarle le

regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese

dejarla á sucesor semejante. Dafnis, por último, suspendió su pequeña

flauta en el ara de Pan, besó á Cloe como si la volviese á hallar

después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta

grande.

Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose

del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis

caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la

noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de

costumbre.

Así lo hicieron en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y

después de saludar primero á las Ninfas y en seguida á Pan, se sentaron

bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se

acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron

luego en la comida, y bebieron vino con leche. Algo acalorados con esto,

y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y

acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al

pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en

la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero

ella, como niña aún, era tan simplecilla, que al salir de la gruta

quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo,

este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se

enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir á las Dryadas y se emplea

de continuo en servir y complacer á todas las ninfas pastoriles. Si no

cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con

más queridas que cañutos tiene tu zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y

por la cabra que te crió, no abandonar á Cloe mientras ella te sea fiel.

Y si Cloe te faltare, perjura á tí y á las Ninfas, húyela, aborrécela,

mátala como á un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de

Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre

un macho la otra, juró amar á Cloe mientras ella le amara, y si ella

amase á otro, en vez de matarla, matarse él. Cloe se holgó del juramento

y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía á las cabras y ovejas por

divinidades propias de cabrerizos y zagales.

[una barra decorativa]

LIBRO TERCERO.

Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por

gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron

decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra

contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y

quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno,

los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso.

Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de

labranza, considerando más propios de bandido que de general tales

actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna,

esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la

ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo

treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de

Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los

que habían maltratado á los jóvenes, por lo cual reconocían que se

habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y

sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como

antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para

negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de

Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino

el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin

causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado

la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin

tan inesperado como el principio.

Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De

repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en

sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua;

parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de

arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se

asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no

bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya

tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos

en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras

y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga.

Con esta forzosa permanencia dentro de casa, se holgaban los demás

pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien

y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más

dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero

Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se

besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las

noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la

primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por

dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían

el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso,

abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á

las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y

su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio

de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer,

porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar

lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero

Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó

esta treta para verla.

Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos

grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno

del otro, que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en

ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de

tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y

gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos:

mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de

hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros,

Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y

llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su

habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve,

no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que

para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues,

se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los

pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso

en acecho de los pájaros y también de Cloe.

En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta

tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía

de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda,

estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía

haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no

obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde

hallar el más plausible. «Pediré candela.--¿Cómo es eso? ¿No tienes á

nadie más cerca á quien pedirla?--Pediré pan.--Tu zurrón está bien

provisto.--Diré que me falta vino.--Há poco que hiciste la vendimia.--Un

lobo me persigue.--¿Dónde están las huellas de ese lobo?--Vine á cazar

pájaros.--Pues vete, ya que los has cazado.--Quiero ver á Cloe.--No es

fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale

callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe

esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la

vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había

cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió

lo que sigue.

Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se

repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los

perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un

pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más

que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro

del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra

y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa;

resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta

voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y

le hace que entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y

Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse

firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para

no caer ambos.

Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se

sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que

traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á

coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los

que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes

alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro

había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y

con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último,

fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á

irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á

Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió

con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la

mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por

Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal

apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe.

Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque

tenían que hacer un sacrificio á Baco, y Dafnis, de puro contento, por

poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto

bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que

había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló

el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa,

donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que

los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con

Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á

Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe,

le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba.

Al amanecer era el frío atroz, y el viento del Norte todo lo helaba. De

pie ya la gente, sacrificó á Baco un borrego añal; encendió lumbre y

preparó el almuerzo. Mientras Napé amasaba el pan y Dryas guisaba el

borrego, Dafnis y Cloe, estando de vagar, salieron de la casa bajo los

arrayanes y la hiedra, y, tendiendo lazos otra vez y poniendo liga,

pillaron multitud de pájaros. Durante la caza fué aquello un no cesar de

besarse, entreverando los besos con pláticas, también sabrosas.--Por ti

vine, Cloe.--Lo sé, Dafnis.--Por ti mato estos mirlos sin ventura. ¿En

qué aprecio me tienes? ¿Te acordaste siempre de mí?--¡No me había de

acordar! Así me quieran bien las Ninfas, por quienes juré en la gruta,

á donde concurriremos apenas se derrita la nieve.--Pero cuánta hay, ¡oh,

Cloe! Yo temo derretirme antes que ella.--Anímate, Dafnis, el sol

calienta ya mucho.--Ojalá que ardiese con la viva llama en que arde mi

corazón.--Me burlas con lisonjas y luego me engañarás.--Nunca; por las

cabras, por las que quisiste que te lo jurase.

Así charlaban, respondiendo Cloe á Dafnis como un eco, cuando los llamó

Napé, y ellos entraron con más abundante caza que la víspera. Hicieron

luego una libación á Baco, y comieron coronados de hiedra. Llegó, por

último, la hora, y no sin cantar antes alegres himnos en loor del dios,

despidieron á Dafnis, llenando su zurrón de carne y de pan.

Devolviéronle, además, los tordos y las palomas, para que se regalasen

comiéndolos Lamón y Mirtale, ya que ellos cazarían más en cuanto durase

el invierno y no faltase hiedra para añagaza. Dafnis, al irse, besó

primero á los padres, y á Cloe la última, á fin de guardar en toda su

pureza el dejo del beso. En adelante volvió Dafnis por allí no pocas

veces, valiéndose de otras artimañas, de modo que el invierno no se pasó

del todo mal.

Apenas renació la primavera, se derritió la nieve, se descubrió el suelo

y la hierba retoñó, salieron todos los zagales á apacentar sus ganados,

y antes que todos Dafnis y Cloe, como siervos que eran del pastor más

poderoso. Lo primero fué correr á la gruta de las Ninfas, luego á Pan y

al pino, y, por último, bajo la encina, donde se sentaron, mirando pacer

y besándose. Buscaron flores para coronar á las Ninfas, y, aunque las

flores apenas empezaban á entreabrirse, acariciadas por el céfiro y

reanimadas por el sol, hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras

vernales primicias. Con estas flores coronaron las imágenes é hicieron

ante ellas libaciones de la nueva leche de sus ovejas y sus cabras.

Tocaron también la flauta como para competir con los ruiseñores, quienes

respondían de entre la enramada, expresando poco á poco el nombre de

Itys, cual si tratasen de recordar el canto después de tan largo

silencio. Por donde quiera balaba el ganado; los corderillos ya

retozaban, ya se inclinaban bajo las madres para chupar el pezón de la

ubre, y los moruecos perseguían á las ovejas que aún no habían tenido

cría, y cada uno cubría la suya. Las cabras eran también perseguidas por

los machos con más lascivos saltos, y los machos reñían por ellas, y

cada cual tenía sus cabras, y cuidaba de que no viniera otro y á hurto

las gozase. Tales escenas, cuya vista hubiera remozado y enardecido á

los helados viejos, enardecían más á estos mozos, llenos de fervor y de

brío. Y anhelando hallar, desde hacía tiempo, el fin del Amor, lo que

oían los abrasaba, lo que veían los amartelaba, y todo los inducía á

buscar algo de más rico y satisfactorio que el beso y el abrazo.

Buscábalo singularmente Dafnis, quien por el reposo casero y holganza

del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba, y

con el abrazo se alborotaba, y al ejecutar las cosas, era ya más curioso

y atrevido. Pedía, pues, á Cloe que se prestase á cuanto él quisiera, y

que lo de acostarse juntos desnudos fuese por más tiempo que antes, ya

que esto era lo que faltaba hacer bien de cuanto les enseñó Filetas,

como único remedio para calmar el amor.

Cloe le preguntó qué imaginaba él que habría más allá del beso, del

abrazo, y hasta del acostarse juntos, y qué resolvía hacer si volvían á

la yacija desnudos ambos.--Lo que hacen los moruecos con las ovejas, y

con las cabras los machos, contestó él.--Mira cómo, después de la obra,

ni las ovejas huyen ni los carneros se cansan en perseguirlas, sino que

pacen quietos y juntos, como satisfechos de un común deleite. Dulce, á

lo que entiendo, es la obra, y vence lo amargo de amor.--¿No reparaste,

repuso Cloe, que las ovejas y los carneros, las cabras y sus machos,

hacen esas cosas de pie, saltando ellos encima y sosteniéndolos ellas?

¿Para qué, pues, he de tenderme contigo desnuda? ¿No está el ganado más

vestido que yo con su pelo ó con su lana? Dafnis no pudo menos de

convenir en que así era. Tendióse, no obstante, al lado de Cloe y

meditó largo rato; sin atinar con el modo de calmar la vehemencia de su

deseo. Hizo después que ella se alzara, y la abrazó por detrás, imitando

á los carneritos; pero con esto nada logró, quedando más confuso y

echándose á llorar al ver que para tales negocios era más rudo que las

bestias.

Tenía Dafnis por vecino á un labrador propietario, llamado Cromis,

sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una

mujercita, linda, de pocos años, con gustos más delicados y más

cuidadosa de su persona que las campesinas. Esta tal, que se llamaba

Lycenia, con ver de diario á Dafnis cuando llevaba por la mañana las

cabras al pasto, y cuando por la noche las recogía á la majada, entró en

codicia de tomarle por amante, engatusándole con regalillos, y tan

acechona anduvo, que consiguió hablar con él á solas, y le dió una

flauta, un panal de miel y un zurrón de piel de venado, si bien se

avergonzó y vaciló en declararse, conjeturando que él amaba á Cloe, al

verle siempre tan empleado en servirla. Al principio, sólo presumió esta

inclinación por risas y señas que sorprendió entre ambos; pero luego

pretextó con Cromis que iba á visitar á una vecina que estaba de parto;

los siguió una mañana; se recató entre zarzas, para que ellos no la

viesen, y vió cuanto hicieron, y escuchó cuanto dijeron, sin

ocultársele siquiera el llanto de Dafnis. Compadecida entonces, creyó

propicia la ocasión de hacer dos veces el bien, mostrando el camino de

salvación á aquellos cuitadillos y logrando ella su gusto.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 4 / 18 段