Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las

cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el

lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas

que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para

que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar

á pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos

veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los

mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y

zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con

aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras

tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado

rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y,

descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que

imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan

hermosas.

Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero

con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que

las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar

al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se

llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la

mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al

lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los

racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo

y tuviesen cierta idea de la vendimia.

Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos

regalillos podían esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados,

un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para

que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó

harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil

cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.

Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe,

porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y

á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor,

de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo

se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar

en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos

fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se

besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si

el amo estuviera allí y pudiera verlos.

En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero

de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de

Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el

casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se

oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le

agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á

talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió

arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche,

saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló

y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin

que le viesen.

No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con

el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera

hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito

en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía

entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer,

acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se

echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor,

hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por

allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y

su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había

salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia

y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su

incesante susurro.

Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han

roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos,

arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no

renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y

lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes.

Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las

que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces?

¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin

duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron

á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que

por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»

Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las

flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis

hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y

pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.

Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo

tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día

siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y

pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué

de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado,

pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le

quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en

hacerlo así.

Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo,

en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no

pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de

Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se

compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre,

pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo

tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las

flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que

sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo,

desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto,

colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios

presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y

manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de

Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se

beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres,

como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al

campo á disfrutar de nuevos placeres.

Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber

hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y

pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el

tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su

ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y

quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto

jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que

parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor

respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó

fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar

sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no

pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más

cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó

repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse,

y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos,

haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan

respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así:

Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su

costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo

en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su

sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no

bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe,

dejando el hato en abandono.

Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores

del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había

ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en

conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que

se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en

aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto,

sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su

petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo

era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres.

Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que

pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.

Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor

alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era

además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el

día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas

campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete

á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes

inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los

hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto

tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para

sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.

Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba.

Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel

gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de

cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda

quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni

Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal

como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra

y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste

¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos,

y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué

pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas

cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen

todo.»

Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las

cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en

premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de

zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de

pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la

hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las

cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las

cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y

las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al

soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo

del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió

jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De

aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos

Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan

músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y

enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su

zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con

grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.

Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la

pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se

aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus

solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies.

Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se

explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció

Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más

que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino

añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á

todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la

zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que

de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites

de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba,

dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón;

vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi

mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me

mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo,

jugando y burlando, como es tu costumbre.»

No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de

amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los

pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le

llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á

fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de

embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar

á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler

pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos

alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia,

contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de

eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal

de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una

planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el

amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es

por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora.

Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo

las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida

de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de

blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En

esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que

imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para

querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de

Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque

lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no

nos la roban y se la llevan al cielo.»

Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los

grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre

que le diese á Dafnis para criado.

Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como

quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que

la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al

punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste,

pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón,

llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya

la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras

y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me

trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de

Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las

prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón

quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las

señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de

nuevo en la habitación.

Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase

llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más

propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á

servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre,

llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis,

en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su

hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último,

dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido

y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para

hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de

los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te

engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha

de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por

tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando

la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di

sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan

bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas

alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor,

que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de

clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que

Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no

menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se

haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»

Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón,

envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de

lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y

mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la

verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su

hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y

pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no

bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No

le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan

sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y

de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues,

no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si

denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.

Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía

guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al

mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño

de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su

mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo

mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas

las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con

la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras;

son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que

guarda tus cabras.»

Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del

reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis

era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto

para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él

tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían

prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar,

resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo

hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como

perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez:

«Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que

hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las

prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí

primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»

Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en

sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por

último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron

con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y

en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los

conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan

rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un

instante de Cloe.

Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese,

un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su

padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy

temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero

tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran

los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de

todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas

prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de

su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y

también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo

día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para

que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte

expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de

contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El

mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis

hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los

príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y

plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas

desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y

Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»

Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena

ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las

cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy

aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor,

quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que

cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y

dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón,

el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco,

orando y haciendo penitencia.

Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado

á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor

terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar

al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre

adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen

del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en

abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de

tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los

dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus

trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses.

Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y

á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo

había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la

riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos.

No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico,

sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó;

habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por

último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no

se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.

Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa,

estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte:

«Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí

que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á

mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez

halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé

dichoso. Yo no viviré.»

Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis,

acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya

no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él.

La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien

que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á

Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no

pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo:

«¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de

pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe.

Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo

como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las

cabras!»

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 6 / 18 段