calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse
junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo
Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces
tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo
numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y
participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de
pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos.
Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su
estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y
violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de
manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden
á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para
cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura
de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver
un bosque.
«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía
granadas y arrayán, y era blanco como la leche, rubio como la llama y
limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y
se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me
eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y
granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora
deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas,
como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de
leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy
otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á
mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se
fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á
robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á
mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto,
y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces
que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos
que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y
consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si
alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa
sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la
golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí,
¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos
que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus
años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando
me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña
que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño,
sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te
conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el
llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la
flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más
que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te
nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día
cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al
rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y
flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas
y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna
deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni
fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres,
lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre
los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se
subió á lo más alto del follaje. Entonces noté que tenía alas en las
espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él
tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no
he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis
consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.»
En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido,
y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder
tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven,
hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y
busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que
Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina
sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en
cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado
estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo
ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho
enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando
mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de
beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el
corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya
callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en
que me quemaba; á veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis;
elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi
flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es
que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con
hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»
Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos
algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos
se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se
apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían
á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y
padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos
descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que
arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos
que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo.
Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige?
¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió
en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros
padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le
podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene
alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las Ninfas que nos protejan? En vano
pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los
remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos.
Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el
último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les
había dado.
Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo
cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se
abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos,
era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento
que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en
cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la
anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido,
decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos
hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único
remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por
obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»
En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron
amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo
hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.
Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se
apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No
bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron
y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se
atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo,
pues, de disponerlo todo.
Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del
deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura.
Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez,
como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado,
y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó
también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños
habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si
estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber
tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde
la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron
maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al
término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.
Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la
vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron
por remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene,
donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para
bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por
industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta
suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se
entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba
sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo
delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído
de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo
ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se
recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de
los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era
lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no
hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del
temporal, traían de noche la nave á tierra.
Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la
de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su
lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la
guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho
empleo.
Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron en balde la amarra.
Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por
este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y
llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les
pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó
cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas
varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra
por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y
levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más
adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras,
y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar,
donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más
atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que
estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba
viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas
le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los
cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y
todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos
acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más
fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible.
Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas prendas de valor,
buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle
golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con
que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas.
Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre
todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos
recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se
hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y
fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué
nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban
presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca.
Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella
ante el juez vaquero:
«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la
orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros
de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se
comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron
las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de
trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de
sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece
justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe, que apacienta cabras
junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños.
Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente,
lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó
labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó
le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen
perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar
con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la
mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre.
¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se
le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En
el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de
creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»
Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos,
de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había
culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el
viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no
satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á
Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se
alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de
estorninos, pronto libertaron á Dafnis, que también peleaba, y pusieron
en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de
perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó
el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas.
Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las
lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de
queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un
beso, todo de miel, con sus blandos labios.
Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los
metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir
en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los
ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto
recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos
por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que
los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como
en tiempo de guerra.
En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron
justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la
ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin
declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la
mar con diez naves y talase y saquease las costas del enemigo. Como se
acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.
Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los
mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la
gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en
abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no
pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también
donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.
Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á
coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando
vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un
quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los
invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba
que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los
metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las
imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja
también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las
naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino
volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.
Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no
los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la
llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á
Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se
deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos
lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la
mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió
cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de
traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis
y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las
primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me
robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la
zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas.
Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y
á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan
cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún
otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados
y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras,
prisioneras contigo?»
Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un
profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas,
medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al
principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor,
confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos
merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando
fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni
con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni
se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como
parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino,
si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros
ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los
negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su
agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te
aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se
revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo.
Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las
guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará
Amor.»
Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de
pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la
mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino,
donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano
la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é
intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como
casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias,
recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta
quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un
bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas
que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la
promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.
Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca
de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría.
Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de
media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más
seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de
no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron
en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su
rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la
fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche,
parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y
relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de
formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las
armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél
imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba
reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.
La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche.
Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus
corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella
apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos
portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los
remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines,
brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y
desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta
cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los
oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á
las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que
volviese la noche, esperando que les diese tregua.
Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultársele que tales
visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros;
pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado
ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin
disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le
apareció, diciendo:
«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os
propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra
á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de
que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien
Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os
miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con
tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi
flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces,
si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras
y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo
que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»