Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico,

calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse

junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo

Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces

tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo

numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y

participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de

pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos.

Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su

estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y

violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de

manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden

á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para

cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura

de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver

un bosque.

«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía

granadas y arrayán, y era blanco como la leche, rubio como la llama y

limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y

se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me

eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y

granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora

deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas,

como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de

leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy

otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á

mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se

fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á

robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á

mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto,

y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces

que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos

que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y

consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si

alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa

sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la

golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí,

¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos

que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus

años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando

me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña

que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño,

sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te

conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el

llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la

flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más

que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te

nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día

cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al

rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y

flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas

y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna

deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni

fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres,

lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre

los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se

subió á lo más alto del follaje. Entonces noté que tenía alas en las

espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él

tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no

he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis

consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.»

En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido,

y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder

tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven,

hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y

busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que

Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina

sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en

cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado

estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo

ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho

enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando

mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de

beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el

corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya

callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en

que me quemaba; á veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis;

elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi

flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es

que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con

hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»

Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos

algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos

se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se

apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían

á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y

padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos

descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que

arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos

que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo.

Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige?

¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió

en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros

padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le

podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene

alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las Ninfas que nos protejan? En vano

pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los

remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos.

Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el

último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les

había dado.

Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo

cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se

abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos,

era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento

que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en

cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la

anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido,

decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos

hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único

remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por

obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»

En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron

amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo

hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.

Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se

apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No

bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron

y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se

atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo,

pues, de disponerlo todo.

Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del

deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura.

Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez,

como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado,

y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó

también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños

habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si

estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber

tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde

la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron

maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al

término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.

Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la

vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron

por remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene,

donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para

bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por

industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta

suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se

entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba

sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo

delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído

de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo

ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se

recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de

los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era

lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no

hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del

temporal, traían de noche la nave á tierra.

Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la

de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su

lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la

guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho

empleo.

Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron en balde la amarra.

Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por

este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y

llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les

pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó

cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas

varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra

por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y

levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más

adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras,

y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar,

donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más

atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que

estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba

viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas

le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los

cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y

todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos

acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más

fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible.

Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas prendas de valor,

buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle

golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con

que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas.

Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre

todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos

recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se

hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y

fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué

nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban

presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca.

Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella

ante el juez vaquero:

«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la

orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros

de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se

comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron

las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de

trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de

sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece

justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe, que apacienta cabras

junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños.

Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente,

lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó

labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó

le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen

perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar

con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la

mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre.

¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se

le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En

el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de

creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»

Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos,

de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había

culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el

viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no

satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á

Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se

alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de

estorninos, pronto libertaron á Dafnis, que también peleaba, y pusieron

en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de

perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó

el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas.

Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las

lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de

queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un

beso, todo de miel, con sus blandos labios.

Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los

metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir

en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los

ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto

recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos

por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que

los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como

en tiempo de guerra.

En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron

justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la

ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin

declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la

mar con diez naves y talase y saquease las costas del enemigo. Como se

acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.

Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los

mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la

gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en

abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no

pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también

donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.

Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á

coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando

vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un

quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los

invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba

que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los

metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las

imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja

también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las

naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino

volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.

Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no

los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la

llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á

Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se

deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos

lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la

mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió

cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de

traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis

y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las

primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me

robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la

zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas.

Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y

á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan

cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún

otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados

y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras,

prisioneras contigo?»

Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un

profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas,

medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al

principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor,

confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos

merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando

fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni

con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni

se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como

parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino,

si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros

ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los

negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su

agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te

aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se

revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo.

Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las

guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará

Amor.»

Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de

pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la

mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino,

donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano

la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é

intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como

casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias,

recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta

quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un

bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas

que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la

promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.

Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca

de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría.

Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de

media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más

seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de

no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron

en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su

rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la

fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche,

parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y

relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de

formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las

armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél

imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba

reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.

La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche.

Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus

corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella

apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos

portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los

remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines,

brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y

desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta

cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los

oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á

las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que

volviese la noche, esperando que les diese tregua.

Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultársele que tales

visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros;

pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado

ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin

disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le

apareció, diciendo:

«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os

propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra

á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de

que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien

Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os

miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con

tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi

flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces,

si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras

y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo

que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 3 / 18 段