Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas,

y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo.

Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía,

al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras,

encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la

vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y

otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le

hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego

que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al

verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña

candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba,

porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el

alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de

día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya reía, ya lloraba; si

dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego

ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía

á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones:

«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no

perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil

veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las

abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al

corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo

son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por

qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su

flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo

para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces

hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no

salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de

flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos

corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta

fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En

vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se

lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor.

Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho,

mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado

de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se

abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para

lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una

zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y

para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para

que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.

Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á

Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya

con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo

ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y

pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de

los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún

porque con ellos podía regalar á Dafnis.

No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón

sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar.

Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta

manera:

«Yo, zagala, soy más alto que Dafnis, y valgo más de boyero que él de

cabrero, porque los bueyes valen más que las cabras. Soy blanco como la

leche y rubio como la mies cuando la siegan. No me crió una bestia, sino

mi madre. Éste es chiquitín, lampiño como las mujeres y negro como un

lobezno. Vive entre chotos, y su olor ha de ser atroz, y es tan pobre,

que no tiene para mantener un perro.

Se cuenta que una cabra le dió leche, y á la verdad que parece cabrito.»

Así dijo Dorcón. Luego contestó Dafnis: «Me crió una cabra como á

Júpiter, y son mejores que tus vacas las cabras que yo apaciento. Y no

huelo como ellas, como no huele Pan, que casi es macho cabrío. Bastan

para mi sustento queso, blanco vino y pan bazo, manjares campesinos, no

de gente rica. Soy lampiño como Baco, y como los jacintos moreno; pero

más vale Baco que los sátiros, y más el jacinto que la azucena. Éste es

bermejo como los zorros, barbudo como los chivos, y como las cortesanas

blanco. Y mira bien á quién besas, pues á mí me besarás la boca, y á él

las cerdas que se la cubren. Recuerda, por último, ¡oh zagala, que á tí

también te crió una oveja, y eres, no obstante, linda!»

Cloe no supo ya contenerse, y movida de la alabanza, y más aún del largo

anhelo que por besar á Dafnis sentía, se levantó y le besó; beso

inocente y sin arte, pero harto poderoso para encenderle el alma.

Dorcón huyó afligido en busca de nuevos medios de lograr su amor. Dafnis

no parecía haber sido besado, sino mordido: de repente se le puso la

cara triste; suspiraba con frecuencia, no reprimía la agitación de su

pecho, miraba á Cloe, y al mirarla se ponía rojo como la grana. Entonces

se maravilló por primera vez de los cabellos de ella, que eran rubios, y

de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras, y de su

rostro, más blanco que leche de cabra. Diríase que á deshora se le

abrieron los ojos y que antes estaba ciego. Ya no tomaba alimento sino

para gustarle, ni bebida sino para humedecerse la boca. Estaba

taciturno, cuando antes era más picotero que las cigarras; yacía

inmóvil, cuando antes brincaba más que los chivos; no se curaba del

ganado; había tirado la flauta lejos de sí, y tenía pálido el rostro

como agostada hierba. Únicamente con Cloe ó pensando en Cloe volvía á

ser parlero. Á veces, á solas, se lamentaba de esta suerte:

«¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas,

su boca más dulce que un panal, y su beso más punzante que el aguijón de

las abejas. No pocas veces he besado los chivos; no pocas veces he

besado los recentales de ella y el becerro que le regaló Dorcón; pero

este beso de ahora es muy diferente. Me falta el aliento, el corazón me

palpita, se me derrite el alma, y á pesar de todo, quiero más besos. ¡Oh

extraña victoria! ¡Oh dolencia nueva, cuyo nombre ignoro! ¿Habría Cloe

tomado veneno antes de besarme? ¿Cómo no ha muerto entonces? Los

ruiseñores cantan, y mi zampoña enmudece; brincan los cabritillos, y yo

estoy sentado; abundan las flores, y yo no tejo guirnaldas. Jacintos y

violetas florecen, y Dafnis se marchita. ¿Llegará Dorcón á ser más lindo

que yo?»

Así se quejaba el bueno de Dafnis, probando los tormentos de Amor por

vez primera.

Dorcón, entre tanto, el boyero enamorado de Cloe, se fué á buscar á

Dryas, que plantaba estacas para sostener una parra, y le llevó de

regalo muy ricos quesos. Y como era su antiguo amigo, porque habían ido

juntos á apacentar el ganado, trabó conversación con él, y acabó por

hablarle del casamiento de Cloe. Díjole que él deseaba tomarla por

mujer, y le prometió grandes dones como rico boyero que era: una yunta

de bueyes para arar, cuatro colmenas, cincuenta manzanos, un cuero de

buey para suelas, y cada año un becerro que podría ya destetarse.

Halagado por las promesas Dryas estuvo á punto de consentir en la boda;

pero recapacitando después que la doncella merecía mejor novio, y

temiendo ser acusado algún día de ocasionar irremediables males,

desechó la proposición de boda y se disculpó como pudo; sin aceptar lo

prometido en alboroque.

Viéndose Dorcón defraudado por segunda vez en su esperanza y perdidos

sin fruto sus excelentes quesos, resolvió apelar á las manos no bien

hallase sola á Cloe. Y como había notado que Cloe y Dafnis traían

alternativamente á beber el ganado, él un día y ella otro, se valió de

una treta propia de zagal: tomó la piel de un gran lobo, que un toro

había muerto con sus astas, defendiendo la vacada, y se cubrió con dicha

piel puesta en los hombros, de modo que las patas de delante le cubrían

los brazos, las patas traseras se extendían desde los muslos á los

talones, y el hocico le tapaba la cabeza como casco de guerrero.

Disfrazado así en fiera lo menos mal que pudo, se fué á la fuente donde

bebían cabras y ovejas después de pacer. Estaba la fuente en un

barranco, y en torno de ella formaban matorral tantos espinos, zarzas,

cardos y enebros rastreros, que fácilmente se hubiera ocultado allí un

lobo de veras. Allí se escondió Dorcón, espiando el momento de venir á

beber el ganado, y con grande esperanza de asustar á Cloe con su disfraz

y de apoderarse de ella.

Á poco llegó Cloe á la fuente con el ganado, mientras Dafnis cortaba

verdes tallos y renuevos para que los cabritillos se regalasen después

del pasto. Los perros que guardaban el rebaño seguían á Cloe, y como

tenían buena nariz, sintieron á Dorcón, que ya se disponía á caer sobre

Cloe; se pusieron á ladrar, se echaron sobre él como si fuera lobo, le

rodearon, y antes de que volviese del susto le mordieron. Al principio,

con vergüenza de ser descubierto, y recatándose aún con la piel de lobo,

Dorcón yacía silencioso en el matorral. Cloe, entre tanto, llena de

terror, había llamado á Dafnis para que la socorriese. Y los perros,

destrozada ya la piel del lobo, mordían sin piedad el cuerpo de Dorcón,

el cual á grandes voces acabó por suplicar que le amparasen á Cloe y á

Dafnis, que ya había llegado. Estos mitigaron pronto el furor de los

perros con las voces que tenían de costumbre. Después llevaron á la

fuente á Dorcón, que había sido herido en los muslos y en las espaldas.

Le lavaron las mordeduras, donde se veía la impresión de los dientes, y

pusieron encima corteza mascada y verde de olmo. La ignorancia de ambos

en punto á atrevimientos amorosos les hizo considerar la empresa de

Dorcón como broma y niñería pastoril, y en vez de enojarse contra él, le

consolaron con buenas palabras, y le llevaron un poco de la mano hasta

que le despidieron.

Él, salvo de tan grave peligro, y no, como se dice, de la boca del

lobo, sino de la del perro, fué á curarse las heridas.

Dafnis y Cloe no tuvieron poco que afanarse hasta bien entrada la noche,

para recoger las ovejas y las cabras, las cuales, espantadas de la piel

del lobo y de los ladridos, unas se encaramaron á los peñascos, y otras

se fueron huyendo hasta la mar. Todas estaban bien enseñadas á acudir á

la voz, á congregarse al son de la zampoña, y á venir oyendo sólo una

palmada; pero entonces el miedo les había hecho olvidarse de todo. Casi

fué menester perseguirlas y buscarlas por el rastro, como á las liebres.

Después las llevaron al aprisco. Aquella sola noche durmieron ambos con

profundo sueño. La fatiga fué remedio del mal de Amor; pero, venido el

día, padecieron de nuevo el mismo mal. Se alegraban al verse; les dolía

separarse; estaban desazonados; deseaban algo, é ignoraban qué. Sólo

sabían, él, que el origen de su mal era un beso, y ella, que era un

baño.

Tocaba ya á su fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor en

la tierra. Los árboles tenían fruta; los sembrados, espigas. Grato el

cantar de las cigarras, deleitoso el balar de los corderos, dulce el

ambiente perfumado por la fruta en sazón. Parecía que los ríos cantaban

al correr mansamente; que los vientos daban música como de flautas al

suspirar entre los pinos; que las manzanas caían enamoradas al suelo, y

que el sol, anhelante de hermosura, rasgaba todo velo que pudiera

encubrirla. Dafnis, impulsado de un ardor íntimo, que todo esto le

causaba, se echaba en los ríos, y ya se lavaba, ya cogía ligeros peces,

ya bebía como si quisiese apagar aquel fuego. Cloe, después de ordeñar

sus ovejas y no pocas de las cabras, empleaba bastante tiempo en cuajar

la leche y en osear las moscas, que al osearlas le picaban; luego se

lavaba la cara; se coronaba de ramas de pino, se ponía al hombro la piel

del cervatillo, llenaba una gran taza de vino y de leche, y gozaba con

Dafnis de aquella bebida.

Cuando llegaba la hora de la siesta, llegaba también mayor hechizo y

cautividad de los ojos, porque ella miraba á Dafnis desnudo y su beldad

floreciente, y desfallecía al considerar que no había falta que ponerle

en parte alguna; y él, al verla con la piel de ciervo, coronada de pino

y ofreciéndole bebida en la taza, imaginaba ver á una de las Ninfas de

la gruta. Entonces Dafnis, arrebatando de la cabeza de ella las ramas de

pino, se coronaba á sí propio, no sin besar antes la corona. Ella, en

cambio, solía tomar la ropa de él, mientras él se bañaba, y vestírsela,

no sin besarla antes también. Ambos se tiraban manzanas, y otras veces

se peinaban el uno al otro, y Cloe comparaba el cabello de él, por lo

negro, á la endrina, y Dafnis decía que el rostro de ella era como las

manzanas, por lo blanco y sonrosado. Á veces le enseñaba á tocar la

flauta; y apenas soplaba ella, se la quitaba él y recorría todos los

agujeros, como para mostrarle dónde había faltado, y en realidad para

besar á Cloe por medio de la flauta.

Tocando él así una siesta, y reposando á la sombra el ganado, Cloe hubo

de quedarse dormida. Y no bien lo advirtió Dafnis, dejó la flauta para

mirarla toda, sin hartarse de mirarla; y ya sin avergonzarse de nada,

dijo en voz baja de este modo: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Cómo alienta su

boca! Ni las frutas ni el tomillo huelen mejor; pero no me atrevo á

besarla. Su beso pica en el corazón y vuelve loco como la miel nueva.

Además, temo despertarla si la beso. ¡Oh parleras cigarras! ¿No la

dejaréis dormir con vuestros chirridos? ¿Y estos pícaros chivos, que

alborotan peleando á cornadas? ¡Oh lobos más cobardes que zorras! ¿por

qué no venís á robarlos?»

Mientras que él profería estas razones, una cigarra, huyendo de una

golondrina que la quería cautivar, vino á refugiarse en el seno de Cloe.

La golondrina no pudo coger su presa ni reprimir el vuelo, y rozó con

las alas las mejillas de la zagala, la cual, sin comprender lo que había

sucedido, despertó asustada y gritando; pero no bien vió la golondrina,

que aún volaba cerca, y á Dafnis, que reía del susto, el susto se le

pasó y se restregó los ojos, que querían dormir todavía. Entonces la

cigarra se puso á cantar entre los pechos de Cloe, como si quisiera

darle gracias por haberle salvado. Cloe se asustó y gritó de nuevo, y

Dafnis rió. Y aprovechándose éste de la ocasión, metió bien la mano en

el seno de Cloe, y sacó de allí á la buena de la cigarra, que ni en la

mano quería callarse. Ella la vió con gusto, la tomó y la besó, y se la

volvió á poner en el pecho, siempre cantando.

Recreábase una vez en oir á una paloma torcaz que arrullaba en la selva.

Quiso Cloe aprender lo que decía, y Dafnis la doctrinó, refiriendo esta

sabida conseja: «Hubo en tiempos antiguos, zagala, una zagala linda y de

pocos años como tú, la cual apacentaba muchos bueyes. Era gentil

cantadora, y su ganado se deleitaba con la música, por manera que la

zagala no se valía del cayado, ni picaba con la aijada, sino que

reposando á la sombra de un pino y coronada de verdes ramas, se ponía á

cantar de Pan y de Pitis, y toda la vacada pacía en torno oyéndola. No

lejos de allí había un zagal que también guardaba vacas y era hábil

cantador, como la zagala, y competía con ella en los cantares, siendo

los de él más briosos, como de varón, y, como de muchacho, no menos

dulces. Así fué que los ocho mejores becerros que ella tenía, hechizados

por los cantares del zagal, se pasaron de un rebaño á otro. La zagala

se apesadumbró en extremo con la pérdida de los becerros, y más aún con

el vencimiento en los cantares, y suplicó á los dioses que, antes de

volver á casa, la convirtiesen en ave. Accedieron los dioses y la

convirtieron en ave montaraz y cantadora cual la zagala. Aun en el día,

cuando canta, recuerda su derrota, y dice que busca los becerros

huidos.»

En tales recreos se pasó el verano, y vino el otoño con sus racimos.

Entonces ciertos piratas de Tiro que tripulaban una nave de Caria, á fin

de no parecer bárbaros, desembarcaron en aquella costa con espadas y

petos, y garbearon cuanto pudieron hallar á su alcance: vino oloroso,

trigo á manta, panales de miel y hasta algunos bueyes y vacas del rebaño

de Dorcón. Quiso la suerte que se apoderasen de Dafnis, el cual se

andaba solazando solo junto á la mar, porque Cloe, como niña que era,

sacaba más tarde á pacer las ovejas de Dryas, por temor de los pastores

insolentes. Viendo los piratas á aquel mozo gallardo y espigado,

juzgáronle mejor presa que las ovejas y las cabras, y cesando en sus

correrías y robos, se le llevaron á la nave, mientras que él lloraba, no

sabía que hacer, y llamaba á voces á Cloe. Los piratas en tanto

desataron la amarra, pusieron mano á los remos, y se iban engolfando en

la mar, cuando acudió Cloe ya con sus ovejas y trayendo de presente á

Dafnis una nueva flauta. Y viendo ella las cabras medrosas y

descarriadas, y oyendo á Dafnis, que la llamaba siempre á gritos,

abandonó las ovejas, tiró al suelo la flauta, y á todo correr se fué

hacia Dorcón pidiéndole socorro. Hallóle por tierra, cubierto de heridas

que le habían hecho los ladrones, respirando apenas y derramando mucha

sangre. Cuando él vió á Cloe, el recuerdo de su amor le hizo cobrar

aliento. «Cloe, le dijo, pronto voy á morir. Esos inicuos piratas me han

destrozado como á un buey, porque defendía mis bueyes. Sálvate tú, salva

á Dafnis, véngame y piérdelos. Yo tengo enseñadas á mis vacas á seguir

el son de mi flauta, y por lejos que estén, acuden cuando la oyen.

Tómala, ve á la playa, y toca allí la sonata que yo enseñé á Dafnis y

que Dafnis te enseñó. Lo demás lo harán la flauta sonando y las mismas

vacas. Á tí hago presente de esta flauta, con la cual vencí en contienda

musical á muchos vaqueros y cabreros. Tú, en pago, bésame ahora, que aún

vivo, y llórame muerto. Y cuando veas á alguien apacentando bueyes,

acuérdate de mí.» Dicho esto, Dorcón besó el beso último, pues á par de

beso y voz exhaló el alma.

Tomó la flauta Cloe, aplicó á ella los labios y sopló con cuanta fuerza

pudo. Oyéronla las vacas, reconocieron al punto el son, mugieron todas,

y de consuno se tiraron con ímpetu á la mar. Con salto tan violento se

ladeó la nave de un costado, y al caer las vacas se abrió en la mar como

una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse á

juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza

de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían

medias corazas escamosas y calzaban grevas, mientras que Dafnis iba

descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la

estación del calor. Así fué que los piratas, apenas bregaron un poco, se

hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con

facilidad de su ligero vestido, y aun así se cansaba con tanto nadar,

como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La

necesidad le enseñó, no obstante, lo que importaba hacer: se puso entre

dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar tan cómodo

y sin fatiga, como en una carreta; pues es de saber que las vacas nadan

más y mejor que los hombres, y sólo ceden en esto á las aves de agua y á

los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se

ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo. Y en

prueba de la verdad de lo que digo, hay muchos estrechos de mar que

hasta hoy se llaman pasos de bueyes.

Del modo referido escapó Dafnis, contra toda previsión, de dos peligros,

piratería y naufragio. Luego que saltó en tierra y halló á Cloe, que

reía y lloraba al mismo tiempo, se echó en sus brazos y le preguntó por

qué tocaba la flauta. Ella se lo contó todo: su ida en busca de Dorcón;

la costumbre de las vacas de acudir al son de la flauta; el consejo de

Dorcón de que la tocase, y la muerte de éste. Sólo por pudor se calló lo

del beso.

Decidieron ambos honrar la memoria de su bienhechor, y en compañía de

amigos y parientes hicieron el entierro de aquél sin ventura. Echaron

tierra en la huesa, plantaron en torno árboles, y suspendieron de las

ramas las primicias de su trabajo; libaron leche sobre el sepulcro,

exprimieron racimos de uvas y quebraron flautas. Se oyó á las vacas dar

lastimeros mugidos, y se las vió correr despavoridas y sin concierto;

todo lo cual, según declaraban pastores peritos, era lamentación y duelo

de las vacas por el vaquero difunto.

Después del entierro de Dorcón, Cloe se fué con Dafnis á la gruta de las

Ninfas, y allí le lavó, y luego ella misma, por la primera vez, viéndolo

Dafnis, lavó su cuerpo, blanco y reluciente de hermosura, y sin

necesitar el baño para ser hermoso. Cogieron, por último, flores de las

que daba la estación, coronaron con ellas á las imágenes y colgaron como

ofrenda la flauta de Dorcón en la pared de la gruta.

Hecho esto, salieron á ver cabras y ovejas. Todas estaban echadas, sin

pacer ni balar, sino, á lo que yo entiendo, harto afligidas por la

ausencia de Dafnis y de Cloe. Así fué que en cuanto los vieron y oyeron

que las llamaban como de costumbre y que tocaban la churumbela, se

alzaron todas alegres, y las ovejas se pusieron á pacer, y las cabras á

brincar y á balar, celebrando que su cabrero se había salvado.

Con todo esto, Dafnis no podía recobrar su antiguo contento desde que

vió á Cloe desnuda y patente toda su beldad, escondida antes. Le dolía

el corazón como si hubiese tomado ponzoña, y su aliento ya era fuerte y

agitado, como de alguien á quien persiguen, ya desfallecido, como por el

cansancio de la fuga. Parecíale el baño de Cloe más temible que la mar,

y pensaba que su alma estaba aún cautiva de los piratas: pues, como

mozuelo campesino, ignoraba las piraterías de Amor.

[una barra decorativa]

LIBRO SEGUNDO

Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y

todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares,

otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos ó afilaban

hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra ó

la viga para estrujar las uvas, ó machacaban mimbres y sarmientos secos

para hacer antorchas á cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y

Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el

auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva en cestos, la pisaba en el

lagar y llevaba el mosto á las tinajas, y ella condimentaba la comida de

los vendimiadores, les daba á beber vino añejo, y hasta vendimiaba á

veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni

enlazadas á los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra,

de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger

racimos.

Según usanza en esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron

mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los

ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual á la del dios. Una de

las más avispadas y audaces le besó y el beso supo bien á Dafnis y

afligió á Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban á Cloe no pocos

requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven á una bacante, y

deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase á pacer; con

todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohino. De aquí que

ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta á su frecuentada soledad

campestre, y oir, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la

zampona y el balar de la grey.

Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas

de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos á

llevar el ganado á pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto á las

Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia.

Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al

pasto la grey, iban á reverenciar á las Ninfas, y al volver al aprisco

también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya

flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa

devoción de que recibieron más tarde recompensa divina. Por lo pronto

ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y

cantaban, y como los chivos y los borregos luchaban hasta derribarse.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 2 / 18 段