Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos

JUAN VALERA

NOVELAS

DAFNIS Y CLOE

LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE

(FRAGMENTOS)

[imagen: colofón]

OBRAS COMPLETAS

TOMO XII

Es propiedad.

Derechos reservados.

DAFNIS Y CLOE

Ó

LAS PASTORALES DE LONGO

[una barra decorativa]

INTRODUCCIÓN

Los aficionados á libros suelen cegarse con frecuencia y prestar á

muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren

una popularidad que al cabo no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me

he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego á

presentarla al público, es porque creo, ó bien con fundamento, ó bien

inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita é

interesante, y que ha de gustar y divertir á los lectores.

Lejos de censurar, disculpo yo y hasta aplaudo la publicación de

cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la

paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés

cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá

hallen nuevos datos para la historia literaria, ó curiosas noticias

sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una

época y nación determinadas. De libros publicados con este objeto debe

salir á la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser

en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos.

No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo.

La publico como algo que, en mi sentir, puede y debe gustar aún al

vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días.

Á fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo

esta introducción.

Escasísima cantidad de obras maestras tiene una fama que jamás se

marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y

toda persona culta, ó que presume de culta, los compra, aunque nunca los

lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos

autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro ó de Virgilio, á las pocas

páginas, ó se duerme ó se aburre. Tres modos principales suele emplear

después el lector aburrido ó dormido para explicar su aburrimiento ó su

sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa á sí propio, reconociendo que

carece de la educación estética ó de la aptitud natural bastante para

penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los

primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es

menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía para

trasladarse en espíritu á la edad en que vivió el autor y para ponerse

en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias,

afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que

lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin

duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se

compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son

los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros

hay que se lo explican todo dejando á salvo al autor y echando la culpa

al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de

mundo, que oye decir que la _Iliada_ es un trabajo prodigioso, una

traducción castellana de la _Iliada_; le dan la de Hermosilla: empieza á

leerla, se harta á las seis ó siete páginas, y acude, para desenojarse,

á una novela de Daudet ó de Belot, que le parece mil veces más

agradable. No atreviéndose á decir que Homero es insufrible, y que todos

los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, ó

porque eran unos pedantones que con tales elogios querían darse tono,

decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto

punto, no se equivoca á veces, y de esta suerte deja á salvo, por una

parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por

otra, la autoridad de los siglos y el general y constante

consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas

generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor

belleza. Los más atrevidos por último, se van derechos contra el autor,

y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que

vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien le aguante, y que

ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más

substancial de lo que dice, en algún compendio ó manual de historia de

la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado

leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y de profundos.

Á mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera

magnitud, que han sido ministros cuatro ó cinco veces, abogados famosos,

hacendistas y economistas, me hayan excitado á que me desemboce con

ellos y les confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le

he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me

gustaba, me han tenido por hipócrita literario ó por hombre disimulado y

lleno de fingimiento, á fin de darme importancia de erudito y humanista.

Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para

publicar á Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los

poetas clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los

españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas?

Para que no gusten ni sean populares los poetas hay, á más de las ya

expuestas, otras muchas razones que vamos á exponer. Nosotros poseemos

una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en

todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos

deleita la Edad Media ó los tiempos de la casa de Austria, idealizados

de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y

pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los

entrevere y combine con modernas filosofías; y para la forma, ó gran

riqueza de rimas, ó la asonancia del romance, ó la castiza y también

asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí á buscar la causa, es

lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas ó

en romances, y puestos en octavas reales ó en décimas, no sólo se

despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador,

forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además

abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua,

sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna á varias lenguas

modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los

exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito, y nadie los

resiste. Y el verso endecasílabo libre que, á mi ver, es muy á propósito

para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones

poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso

porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el

vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta

versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada.

Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna

de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un

autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece á un género

más de moda hoy que nunca; _Dafnis y Cloe_ es una novela. Y como, á mi

ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está

traducida en casi todos ó en todos los idiomas modernos, he creído que

debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha

con alguna gracia, si atinaba yo á dársela, había de agradar á todos.

Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por

decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están

aún más sujetos á la moda que los demás libros. Homero y Virgilio,

aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el

encanto de los doctos aun de los medianamente instruídos; pero á veces

hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien

las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su

lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una

página, la _Menina e moça_, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga

la _Diana_, de Jorge de Montemayor? El _Amadis de Gaula_, que durante

dos siglos ó más hechizó y deleitó á toda Europa, yace hoy arrinconado

para que algún paciente erudito ó algún lector tan incansable como raro

le lea por entero.

Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en

que las más estimadas y leídas en su época se lo debieron, no á

cualidades permanentes, sino al estilo de moda: á algo de convencional,

que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por

falso y afectado.

Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que por encima de la

beldad de convención poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo

sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan á

contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son ó

deben ser leídas por las personas de buen gusto. No pretendamos por eso

que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de

agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con mucho, le

parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la

moda vigentes. Yo tengo para mí que el mismo _Quijote_, con ser novela

extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra

literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro

al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros

desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos,

mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto,

se aburren leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben

algunas de sus bellezas, y las demás se escapan por completo á su

percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender

hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée,

Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas

contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que por

patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían en

este caso reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen

que el _Quijote_ es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin

leerla.

Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta

diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente.

¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué

concurrencia no le harían los autores antiguos? ¿Cómo competir en

España con el ignorado autor de la _Celestina_ ó del _Amadis_ y con

tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la

frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo

como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos,

tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento.

¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y

Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo XVII, á los afectos,

pasiones y creencias de la muchedumbre?

De todos modos, yo entiendo que la novela de _Dafnis y Cloe_ dista no

poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en

ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas

excepcionales, de belleza absoluta é independiente de la moda. Esto me

basta para justificar su traducción y su publicación en castellano.

Pero, ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea

popular la novela que traduzco y patrocino?

Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida

por mí, de 120 páginas. Y la espero también, porque la traducción

francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier

con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy

distante celebridad y popularidad á esta novela; y como las modas

vienen á España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar

de _Dafnis y Cloe_.

Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde

la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos,

hasta en la edad de decadencia, como se cree que fué la de Longo, se

dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al

uso ó al gusto de un momento.

Razón es asimismo la de que, á pesar de lo que aseguran muchos, de que

los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente

la Naturaleza como los modernos y los orientales, en _Dafnis y Cloe_ la

Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo

declaran el sabio Humboldt, en el _Cosmos_, Villemain y otros críticos.

La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la

fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen como

ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas é

interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que

miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo

derretido.

Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, _Dafnis y

Cloe_: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en

licencia, con que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo

que en _Dafnis y Cloe_ pueda tildarse de licencioso no es en el fondo

perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado

ó suprimido. En las impurezas de _Dafnis y Cloe_ resplandecen además

cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo á decir que la desnuda

y limpia inocencia del mármol pentélico, trabajado por el cincel del

escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes

algunas escenas de _Dafnis y Cloe_, como tildar de poco decentes el

Apolo de Beldevere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, está en

el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, _La

mujer de fuego_, _La Dama de las Camelias_ y otras mil heroínas del día,

y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la

distancia entre Cloe, que ama á Dafnis sin ningún interés y por él

mismo, y jura serle fiel y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la

heroína de Goethe, Margarita, á quien las damas más púdicas admiran, no

ya á solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, sino en

pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya

seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo

de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de

su amante, da á su madre un narcótico, y para ocultar su pecado, mata á

su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura

angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha

al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda

con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del

doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al

revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas á

que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta

maldad y bellaquería se le antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para

distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha

deshonrado y perdido á Margarita y causado la muerte de tres personas,

se va á bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y

desenfrenado aquelarre.

Al lado de _Fausto_, al lado de gran parte de los más celebrados libros

modernos, es inocentísimo el que traducimos.

Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas

faltas se perdonen ó se disimulen, el haber indudablemente servido de

modelo á la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de

Saint-Pierre, que se titula _Pablo y Virginia_. No negaré yo que en ésta

el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por

cima de lo que se pinta y refiere en _Dafnis y Cloe_, como que allí

todo está informado, á pesar del autor que era poco cristiano, por el

casto espíritu del cristianismo, mientras que _Dafnis y Cloe_ es obra

gentílica; pero en otras cosas, á mi ver, _Dafnis y Cloe_ aventaja á

_Pablo y Virginia_. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus

sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y _sensiblería_

malsana, propias de Rousseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico

prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras

que en _Dafnis y Cloe_ hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es

más candoroso y menos alambicado.

Tales son las principales razones que me asisten para creer que _Dafnis

y Cloe_ puede gustar aún al vulgo en España.

Ya otra novela griega, que ha sido dos ó tres veces traducida ó

parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra,

_Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un

siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el _Persiles_; Calderón

tomando asunto de ella para su comedia _Los Hijos de la Fortuna_; la

antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la

nueva hecha del latín, como la antigua, por D. Fernando Manuel del

Castillejo, en el año de 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son

desmayadísimas, y más que traducciones, desleídas paráfrasis. La novela

de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien

en la moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón

cristiano que llegó á ser obispo.

Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de

leer la novela de _Dafnis y Cloe_ la consideración de ser la primera por

su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha

dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas

las literaturas de la moderna Europa.

Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se

llaman _novelas_, y que tan en moda están en el día, pudiéramos

excusarnos de hablar, remitiendo al lector á los autores de más valer

que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve

resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca

de _Dafnis y Cloe_, tomando por guía á Chassang, á Chauvin, á Sinner, á

Dunlop y á otros.

Cierto que la novela, escrita en prosa con alguna extensión, en una

forma aproximada á aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y

contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino

particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la

literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia, al

menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración,

oral ó escrita, en prosa ó en verso, de casos inventados, ya se inventen

con plena conciencia, ya se imaginen ó se sueñen por unos hombres de un

modo espontáneo é inconsciente, y por otros se crean verdaderos y

reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el

mundo gente que habla.

Los griegos la llamaron _mytho_, y los latinos _fábula_. _Contar ó

hablar_ equivalía á referir _fábulas ó mythos_. _Hablar_ viene de

_fabulor_, que á su vez viene de _fábula_; y _mytho_ en griego significa

á la vez palabra, discurso, fábula, ó tradición popular cuento. Toda

_habla_ tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de

cuento, novela ó fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos

de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las

estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco,

la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el

subterráneo origen de las fuentes, el brío devorador á par que plasmante

de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios

fecundos, la fuerza que amontona los metales ó que cuaja el cristal en

las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda

azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el

trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el viento que destroza;

cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la

Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día á sus potencias y

sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus

entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y

apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni

fisiológica ni psicológicamente, se personificaban del mismo modo que

los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y

diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenía su

vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los

acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras ó destructoras, la

emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos ó

repúblicas, los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido,

donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto,

engrandecido á poco de suceder, y á veces á par que sucedía, sin que

nadie lo escribiese, transmitiéndose y creciendo al pasar de boca en

boca, y conservado á menudo en la memoria, merced á la palabra rítmica,

dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula ó _mytho_, y era,

en suma, la materia épica diseminada ó difusa. En ella se guardaba,

oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de

donde, con el andar del tiempo, salieron las maravillosas epopeyas,

cuando un vate singular y dichoso acertó á reunir los dispersos cantares

en armónico conjunto; y de donde la historia brotó más tarde, cuando un

observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos,

hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar

alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente.

De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía,

historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy

tarde la novela propiamente dicha.

Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega.

Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en

Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos

griegos traían ya sus creencias y sus _mythos_ desde que emigraron de la

cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después

inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia,

del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los

griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el

sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto

instintivo é innato.

Como quiera que ello sea, la ficción fué, en un principio, candorosa, y

no reflexiva: tuvo carácter épico, tanto por el sujeto que fingía,

cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, ó se habían

perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación

colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era

tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo ó

á todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes

epónimos, de dioses y semi-dioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo,

Perseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros

andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la

tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Argonautas,

se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora;

ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como

Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, á

fin de salvar, mejorar ó ennoblecer al género humano.

Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y

perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la

ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período

importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino

combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar

sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y

populares sus teorías y sistemas. De aquí las fábulas de Platón sobre

la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre

Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.

Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar

á innumerables _utopias_; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas,

donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y

condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta,

según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron,

y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de

pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el

país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la

nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.

De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban

países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos

pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones

florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos

primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales,

la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.

Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se

forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó

la de Zamolxis, y, por el contrario, para glorificación de un personaje

real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya

sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de

filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio

de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por

Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia

divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y

reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no

menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á

destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta

hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes

discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el

autor de un libro titulado _Dios y su tocayo_, donde se pretende probar

que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde,

expulsado del Celeste Imperio.

Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre

los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y

á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con

precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar

que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que

ahora podemos llamar _novela de costumbres_. Toda ficción es sobre algo

que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya

filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al

cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse.

Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y

eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de

estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro,

ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de

Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.

Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el

teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la

vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que

trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la

libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en

representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia

nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan

caracteres y pasiones de personajes privados.

En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es,

lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar _novela de costumbres_, vino

mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es

posterior á la era cristiana.

No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de

decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el

siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores

eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y

nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas

ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores

de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía

lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió

Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el

gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de

caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de

decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como

Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano;

filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan

profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia.

En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo

de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas

griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la _novela de

costumbres_, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las

costumbres no se pintaban entonces con la exactitud de ahora; no se

empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar _color local y temporal_,

sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos

había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las

pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo

de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día,

porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano

ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas

filosóficas, religiosas, geográficas é históricas.

Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la

_Eubea_, de Dion Crisóstomo; el _Asno_, de Lucio de Patras; _Las

Efesiacas_, de Jenofonte de Efeso; _Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro;

_Leucipe y Clitofonte_, de Aquiles Tacio, y _Las Pastorales_, de Longo,

ó _Dafnis y Cloe_, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor

de todas, ya que el _Asno_, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la

_Eubea_, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente

escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de

leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas

ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en

el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de

Europa durante la Edad Media; ya en leyendas y cuentos; ya en poemas y

libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y

después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro,

el poema de Alejandro y las historias troyanas.

Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de

traductor, _Dafnis y Cloe_ es la mejor de todas estas novelas; la única

quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del

estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo

tiempo.

Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia,

ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas

es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que

haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención

milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño

es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él

apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que,

desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin

su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería

divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en

ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la

creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como

persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los

pastores, belicoso á veces y tremendo.

Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que

toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un

caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los

niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran

criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su

rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido

tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada

de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos

censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás

milagros ni se paren en ellos.

Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda

creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es

fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado

(todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas

patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades.

Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.

Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é

idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco

severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes,

contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y

admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida

selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre

vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es

_shocking_, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto,

hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil,

etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é

insufrible.

La novela de _Dafnis y Cloe_ es, pues, lo que debe y puede ser, y tal

como es, es muy linda.

Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito

sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la

mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso

no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente,

y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.

_Dafnis y Cloe_, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de

novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este

sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún,

_mutatis mutandis_, no sólo á _Pablo y Virginia_, sino á muchas

preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español,

pocos años há, cierto amigo mío, con el título de _Pepita Jiménez_.

De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso,

tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas

ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande,

cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de

cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos

idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos

modelos de tal género de composición, en nuestros días, son _Hermann y

Dorotea_, de Goethe, y _Evangelina_, de Longfellow. Algunos de nuestros

mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó

seis años. Así Campoamor, en los que llama _Pequeños poemas_, y Núñez de

Arce, en otro que titula _Idilio_.

Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran

literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de

quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo

en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman _el gramático_ ó _el

escolástico_, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo

de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la

novela en verso de _Hero y Leandro_, que es un idilio por el estilo de

los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un _pequeño

poema_ precioso. Ganas se le han pasado al traductor de _Dafnis y Cloe_

de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como

no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más

adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo

segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de

sus muchas faltas.

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PROEMIO

Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo

que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por

cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola

fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable

que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos

forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas

y á ver la pintura.

Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á

los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar,

pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban

enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil

cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró

deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me

explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al

Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á

todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del

triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha

amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de

libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren.

Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y

salvos, los amores de otros.

[una barra decorativa]

LIBRO PRIMERO

Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por

donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca

piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas.

Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía

magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados,

dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas

besaban la arena menuda de la playa.

En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado,

halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral,

entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el

infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á

menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó

estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un

día, en el ardor de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió

deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las

pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando

la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó

más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas

más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en

mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito,

cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con

aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no

remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo

llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para

que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le

contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba

y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del

mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron

á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese

pastoral, decidieron llamarle Dafnis.

Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era

Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una

gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca por dentro, y en lo

exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de

piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los

cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la

cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de

ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se

levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas

se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado

amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos

tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos

pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya

criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había

perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y

tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á

modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien

llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura

verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante

leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba

la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había

hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña,

y tenía pañales y otras prendas para poder ser reconocida; toquillas y

chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también.

Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y

amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en

el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á

la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la

manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le

mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había

sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la

niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y

en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de

Cloe.

Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer

rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón

tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas,

las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á

la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par

que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas

pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que

fuesen pastores: á ella, de ovejas; á él, de cabras. No poco afligió á

los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar

ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos,

fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el

mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo

hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya

providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse

mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las

Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar),

enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril:

de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después

de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al

aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta

la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran

hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo

de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y

él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono.

Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas

y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de

pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en la

montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos

cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba,

Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que

veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los

corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían

flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las

ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno

del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á

menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á

los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el

otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de

zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras,

y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba

delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y

se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían

ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de

casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas

dispersas que á Dafnis y Cloe separados.

En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que

recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los

campos próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se

reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara

de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra

removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos

secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el

suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese

por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era

suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los

cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió

la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis

estuvo á punto de perderse.

Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y

violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor,

comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin

tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira

contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en

perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el

otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el

macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó

caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo,

lloraba, aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que

vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que

Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos

campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á

ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató

la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos

ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando

ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con

el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del

vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de

decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había

llevado.

Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en

paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y

miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había

lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en

el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que

Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta

de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á

lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra

y abundante; el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color

obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló

hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó

que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y

halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya

para decidir cuál de los dos la tenía más delicada.

Dafnis y Cloe; leyendas del antiguo Oriente (fragmentos) · 第 1 / 18 段