nos indique si son retratos de los reyes que se habían sucedido en
Granada por aquel tiempo? Ningún distintivo tienen: ni en el turbante
por la riqueza de pedrería en forma de escarapelas, ni en los anillos de
oro ciñendo la frente, ni en los cinturones guarnecidos de colores y
dorados, ni en las ajorcas á la mitad de los brazos, ni en las
empuñaduras de las espadas se indica que los personajes debieran
distinguirse como fué uso y costumbre entre los sultanes de la Arabia y
de la Persia; por el contrario, en el Oriente los árabes en Consejo se
han colocado siempre en el orden que están aquí; mientras que á los
reyes rara vez se retrataban por respeto á sus personas. En cambio
estaba admitido el pintar retratos de poetas, adivinos, recitadores,
charlatanes y otros tipos que abundaban en las cortes de los kalifas,
los cuales tenían siempre divertidos á los reyes con sus gracias, como
se cuenta de los kalifas Ben-Ahkam, Illah, Moavia, Abdul-Melic, y de los
que les sucedieron, lejanos ascendientes de los reyes de Granada.
[Illustration: Pinturas de la Sala de Justicia.]
En el siglo XIV, en cuya época debieron hacerse estas pinturas, el arte
se había perfeccionado más en Italia que lo que aquí se demuestra.
Adriano de Edesia pintó en Milán sobre las paredes que doraban ó cubrían
de azul, figuras alegóricas de los tiempos paganos, en las cuales había
desaparecido ya ese perfilado negro con que están dibujadas las de los
más antiguos tiempos, como lo indican las iglesias de la Cava, de
Casuaria y Subiaco, para imitar exclusivamente los mosáicos de los
bizantinos, donde campeaban los colores vivos, dispuestos en forma de
escaques, de fajas ó rosetones, cuya disposición fué todavía más extraña
que la de las pinturas de la Alhambra; y en el siglo X y siguientes se
pintaban en algunos claustros de los conventos, cacerías centauros y
arabescos profanos, según decía el Santo de Claraval, que declamaba
contra esta costumbre, la misma que se observó en los monasterios
góticos de España; todo lo cual nos induce á creer que podía haber en el
territorio dominado por los árabes pintores que conservaran esta
tradición.
Existiendo, pues, la pintura como arte decorativo antes de Cimabúe, y
habiendo éste aprendido de los griegos, como bien claro se ve, sus
antecesores del siglo XIII fueron enteramente reproductores de tipos y
escenas orientales, aunque las aplicaran á los monasterios; pero de
entre ellas, las de la Alhambra derivaban propiamente de este origen,
hechas por árabes ó bizantinos, que viajaban entonces en las principales
ciudades de Europa, y que en Granada existían, sin duda, como buenos
musulmanes; los cuales á principios del siglo XV no pintaban tan bien
como los italianos de los tiempos de Giotto y de Stéfani, en cuyas obras
se revela un arte que tiende al Renacimiento; mientras que en éstas,
hechas anteriormente, se expresa un sistema de pintar hierático con
arreglo al trazado de Teófilo; y más cuando ya se sabía el modo de
disolver los colores con linaza, cuyo medio no se revela en ninguno de
estos ejemplares. Las pinturas que aquí vemos no están hechas por estos
procedimientos, sino que son de cola ó huevo, barnizadas después con
linaza como las que se usan todavía en las iglesias rusas; por
consiguiente, en el tiempo de Tomás Guido y de Pablo Uccello, en que se
buscaron las reglas de la perspectiva y de los escorzos, hácia 1415, que
es la mayor antigüedad que se puede dar á esos pergaminos, la pintura
había adelantado ya en Italia y en Francia para que se atribuyan á
cristianos estas obras, que no pueden compararse más que á las de los
tiempos de Masaccio, en los cuales principió á formarse el reino de
Granada y en cuya época el Patio de los Leones no había sido siquiera
imaginado.
Los pintores españoles que cita Cean Bermúdez, y cuyas obras pueden
verse todavía, no ofrecen tampoco semejanza con éstas; además del
estilo, que es distinto en su mayor parte, los adornos y las pinturas de
la _vieja época_ que existen en Toledo, en Córdoba, etc., son del año
1418 y muy conocidas, como las de Juan Alfón en la capilla de los Reyes
Viejos de aquella catedral, de estilo religioso y procedimiento muy
diferente; y las de Rizzi, Borgoña y del estofador Diego Copín, tampoco
ofrecen semejanza, antes por el contrario, parecen y son obras de otro
espíritu que tenía su tradición conforme á principios de cultura más
moral y mística, y menos dominado por las influencias orientalescas que
perturbaban las ideas de los convertidos españoles, en aquellos tiempos
de dominaciones sucesivas.
Almonacid, un moro convertido del año 1460, estofaba y pintaba el
retablo gótico de la catedral de Toledo en compañía de aragoneses y
lemosinos, mezclándose de este modo el arte de los pintores de origen
enteramente morisco con el de las escuelas que procedían de Francia y
que ya se conocían en Galicia, León y Cataluña; notándose que no eran
poco diestros en el pintar los mahometanos que en Córdoba trabajaron
algunas capillas mudéjares.
En la restauración que hemos hecho el año 1871 con el objeto de
asegurarlas y evitar que se cayeran á pedazos, por consecuencia de las
filtraciones de las lluvias, hemos visto que están hechas de madera de
la clase que vulgarmente se llama de peralejo[122], en tablas de siete
centímetros de grueso, sin cortar en cerchas ni casquetes regulares,
sino labradas á trozos de diversos tamaños para ir formando el
elipsoide, cuya
[Illustration: Detalles de las pinturas de la Sala de Justicia.]
disposición y materiales están indicando que fueron hechas en Granada
precisamente; y los clavos que unen las tablas son de los que hacían los
árabes para todo este edificio, bañados de estaño para que la oxidación
del hierro no perjudicase á las pinturas[123]. Sobre la superficie
cóncava de las tablas, bien alisada, está tendido el cuero que debieron
mojar para amoldarlo, pegado con un engrudo grueso de cola, y clavado en
todas direcciones con los clavitos de cabeza cuadrada en forma de
muleta. Sobre el referido cuero hay extendida una capa de yeso mate y
cola del espesor de dos milímetros, la cual ha sido bruñida y pintada de
rojo á manera de bol, para dibujar encima con un punzón los objetos
pintados; teniendo antes en cuenta que en los fondos que iban á ser
dorados en bajo relieve, la capa de yeso es más espesa, para producir
los adornos con moldes y una ligera presión. Y hemos notado en algunos
rasgos de los punzones sobre el yeso duro, huellas de otros trazos sin
orden, entre los que había formas de letras árabes puestas allí como
señales del artífice que se ocupó en trazarlas; nueva indicación en
favor de la procedencia morisca que se está discutiendo.
Estas bóvedas ofrecen un episodio completo de un romance fácil de
adivinar, el cual se reduce, á que el león figura simbólicamente los
amores de un guerrero árabe esclavizado á una cristiana de alto rango,
que un mago, por medio de sus hechicerías, trata de robarla, y que es
sorprendido por el cristiano que aparece y mata al mago, cuyo cristiano
á su vez es muerto por el árabe en desafío y á la vista de la dama: que
todo esto se verifica mientras los dueños del alcázar juegan
tranquilamente dentro del edificio, muy ajenos de lo que está sucediendo
por fuera. Entre tanto, otros caballeros cristianos, con trajes del
tiempo de Don Juan II, se entretienen en una partida de caza de osos y
jabalíes, ocupación diaria de los tiempos feudales y causa de muchas
empresas amorosas.
En otra bóveda se ve en primer lugar y en el centro, una composición
fantástica que tiene puntos de contacto muy marcados con la otra
pintura. Una fuente en el medio, con columnas salomónicas sirviendo de
eje central, y en la más
[Illustration: Pinturas de la Sala de Justicia.]
pequena de sus tazas, un perro en actitud espectante. La forma de todas
las pilas es octogonal y la primera, ó la que descansa sobre el suelo,
tiene en los ocho ángulos pedestales salientes, los cuales dejan
entrepaños con cuadrados en el centro donde se ven cabezas de león. La
segunda pila, que también derrama agua, está sostenida por ocho niños á
manera de angelotes, con las cabelleras peinadas, y á un lado y otro se
ven sentadas dos figuras, una de las cuales es la dama que en la otra
bóveda tiene encadenado el león, y la otra es un joven que parece el del
torneo. En el suelo hay como un estanque poblado de patos y gaviotas, y
árboles á uno y otro lado con piñas y nísperos, cargados de pájaros de
diversos colores. Siguiendo á la derecha se encuentra un paje tocando
una bocina, que lleva melena en bucles ó sortijas, capuchón, pantalón
ceñido y botines, como los trajes de la corte borgoñona: luego hay un
caballero sorprendido por un oso al que hiere con su lanza mientras
acometen á la fiera galgos y lebreles; también se ve entre ramas un
joven bebiendo en una alcarraza, pero con traje tan raro, que parece del
tiempo de Luis XIV.
En la bóveda del centro es donde se han entretenido más los arqueólogos,
suponiendo unos que son retratos de diez reyes, hasta el conocido por
Abu-Said, el Bermejo, muerto por Don Pedro de Castilla el año 1362; y
como esto conviene con las escenas que se representan en las otras dos,
las cuales se pueden atribuir á la misma época, es muy posible que antes
que se hicieran estas pinturas no hubieran reinado más de diez
nazaritas, con lo cual coinciden nuestros estudios sobre el tiempo en
que fueron hechas. No hay en ellos, sin embargo, ningún distintivo por
el cual podamos deducir que fueron los diez reyes mencionados. Y ¿cómo
no habían de tenerlo cuando sabemos que los reyes de Persia llevan sobre
el turbante ó el caftán negro á manera de escarapela, estrellas, cuentas
doradas ó círculos de colores, según sus genealogías, que los kalifas de
la Arabia se distinguen en el color del turbante, como se significaba la
bandera del Profeta; que los turcos llevan la media luna sobre su escudo
y frente, y que los de Egipto, Túnez y Marruecos se dieron á conocer
también por los colores dinásticos, los petos bordados y algunas veces
las coronas en forma de anillos, semejantes á las de los reyes de Judea
ó de los antiguos asirios?
Hay aquí distintivos puramente jerárguicos, lo cual nos aleja
completamente de la idea de que fueran reyes, que nunca vistieron sus
alquiceles de dos colores, como era costumbre en aquellos tiempos entre
las personas de rango y categoría, musulmanes ó cristianos. En cuanto al
color de las barbas, ya se sabe que era un capricho de los tiempos
feudales teñirselas como distintivo; pero no de un modo permanente; y el
conocido por el nombrado alcatán era un aliño hecho de dos ó tres
hierbas que producían el color rojo para la barba; y la alheña un tinte
negro para el cabello y párpados, hecho de tornasol, alumbre y humo de
pez, macerado en alcohol á caliente, con lo cual se ribeteaban los ojos,
las cejas, manos, pies y uñas para aparecer más jóvenes y hermosos, como
los antiguos egipcios y modernos africanos.
Es pues, más probable, que lo que aquí quiso representar el pintor fué
un Mexuar ó Consejo árabe, porque no existe ningún género de analogía
entre estas figuras y los caracteres de los monarcas que se suponen
retratados; y únase á todo esto el dato del nombre que desde la
conquista se dió á esta sala, que fué _del Tribunal_, con preferencia al
_de los Retratos_, que empezó á dársele algunos años después[124].
Además, nosotros creemos que la disposición de este aposento enlazado
con el Patio de los Leones, separado algún tanto del harem que ocupaba
las habitaciones altas, hace sospechar que era el lugar destinado para
las conferencias de los reyes con sus ministros y capitanes, á cuyo
sitio se entraba por la puerta separada que hemos indicado en otro
sitio, cerca del vestíbulo de todo este tercero y más moderno alcázar.
En las dos extremidades hay escudos parecidos á los del tiempo de Don
Juan II, con banda que sale de la boca de dos sierpes y dos leones por
debajo de cada uno, sentados y simétricos como serias esfinges; lo cual,
si bien descubre la época cristiana, no se concibe por qué en la
Alhambra se ve este signo heráldico diferente de los usados por los
moros, pues desde Mohamad I, denominado Algalib-billah (el vencedor por
Dios), siempre llevó la faja de su escudo este mote, y aun antes los de
todos los sultanes andaluces; además que el escudo árabe es siempre más
cuadrado, mientras que éste, como los que hay colocados en las puertas
del castillo de las otras pinturas, es más triangular y se asemeja á los
usados por visigodos, y su color es rojo, el mismo que usaban los moros
granadinos en los estandartes y emblemas.
Lo que más comunmente se había usado por blasón en tiempo del kalifato,
fué una llave azul en campo de plata; pero este signo fué también de los
monarcas granadinos, los cuales no habían abierto con la llave las
puertas de la Península. ¿Cómo, pues, se cambia el blasón en el caso
presente, y la llave continúa poniéndose en las claves de los arcos de
los castillos y alcázares?
Sobre todas las pruebas irrefutables de que los citados retratos no eran
de reyes, existe la de que el traje no es encarnado, como
indubitadamente lo usaron los nazaritas, cuyo color solo lo cambiaban en
el caso de luto, que lo usaban negro como los cristianos. Y resulta que
el traje de Boabdil era encarnado en la batalla de Lucena[125], y que
siguiendo la costumbre de los trajes rojos en los monarcas granadinos,
se sabe por la historia de la rebelión de los moriscos que Aben-Humeya
fué investido con las insignias reales, colocándole traje encarnado; y
el mismo Ibn-Jaldun refiere que en Málaga y en Baza se hacían trajes de
este color, con las figuras de reyes pintadas en el pectoral, á
semejanza de los de Siria; y no habiendo, por consiguiente, entre las
figuras aquí representadas más de una que tenga el traje escarlata,
aunque se quisiera suponer que éste fuera el único retrato de rey, es
para nosotros dudoso, porque según Al-Makkari, los reyes granadinos no
llevaban turbantes ó imamas, y todas estas figuras lo llevan sin
excepción, mientras que, dice este autor terminantemente, que éstos eran
llevados sólo por los ulemas y otros doctores de la ley en todos los
casos; tales relatos acaban de resolver la cuestión.
Por último, en un escudo que lleva al brazo uno de los caballeros de las
otras pinturas, se nota un signo heráldico de tres palomas blancas en
campo rojo, que pertenece á la familia de los Acejas, según el autor de
la _Historia de Galicia_[126] cuyo emblema no debe confundirse con el
escudo de los Huete que usaban la paloma blanca en campo azul. Por lo
tanto, el episodio hay que buscarlo en los antecedentes nobiliarios de
aquella casa, y bien podrá hallarse una vez planteado el problema que
dejamos expuesto, al señalar la familia que tales empresas sostuvo con
los moros andaluces.
Y para concluir, citaremos un extracto de Ibn-Jaldun, publicado por el
Instituto imperial de Francia[127], el cual prueba que los cristianos de
Castilla y León se llamaban gallegos, por los árabes, razón por la cual
se busca en la historia de Galicia el nobiliario de los Acejas, cuyo
escudo se ve en estos cuadros, como cristianos que vivían fronterizos al
andaluz; además los árabes imitaban á dichos gallegos, llegando á pintar
imágenes y simulacros, _atamadil_, en el exterior de los muros y dentro
de los edificios. Y sobre todo, el citado autor[128], que censuraba
estas imitaciones en los árabes, nos habría dicho que eran obras de
cristianos renegados ó de extranjeros, lo cual no hizo; antes bien, lo
criticó en el pueblo muslímico, como resultado del predominio cristiano
que ya se sentía por todas partes.
Sala de las Dos Hermanas.
Pasando por una hermosa puerta de lacería y talla, entramos en un
aposento cuya galanura no podríamos describir mejor que lo hicieron los
árabes en los veinticuatro versos grabados sobre su hermoso zócalo de
azulejos.
Á un lado y otro, antes de pisar los umbrales marmóreos de esta sala, se
halla un estrecho corredor ó pasadizo, que subía á los aposentos altos y
menacires tomando á la derecha, y por la izquierda á un pequeño _megle_
ó cuartito reservado, de uso particular. La puerta de arrocabes cierra
la salida al patio dejando dentro de la habitación completa
independencia, como se observa también en las otras salas recorridas,
pudiendo de este modo ser visitados los patios sin comunicación con los
cuartos del harem.
Leamos las inscripciones para comprender mejor la belleza incomparable
de la estancia:
«Yo soy el jardín que aparece por la mañana ornado de belleza;
contempla atentamente mi hermosura y hallarás explicada mi condición».
«En esplendor compito, á causa de mi señor el príncipe Mohamad, con lo
más noble de todo lo pasado y venidero».
«Pues por Dios que sus bellos edificios sobrepujan por los venturosos
presagios á todos los edificios».
«¡Cuántos amenos lugares se ofrecen á los ojos! El espíritu de un hombre
de dulce condición verá en ellos realizadas sus ilusiones».
«Aquí frecuentemente buscan su refugio de noche las cinco pléyadas, y el
aire nocivo amanece suave y deleitoso».
«Y hay una cúpula admirable que tiene pocas semejantes. En ella hay
hermosuras ocultas y hermosuras manifiestas».
«Extiende hacia ella su mano la constelación de los gemelos en signo de
salutación, y se le acerca la luna para conversar secretamente».
«Y desearían las estrellas resplandecientes permanecer en ella y no
tener en la celeste bóveda fijado su curso».
«Y en sus dos galerias, á semejanza de las jóvenes esclavas, apresurarse
á prestar el mismo servicio con que ellas le complacen[129]».
«No fuera de admirar que los luceros abandonasen su altura y traspasasen
el límite fijado».
«Y permaneciesen á las órdenes de mi señor, por su más alto servicio,
alcanzando más alta honra».
«Hay aquí un pórtico dotado con tal esplendor, que el alcázar aventaja
en él aun á la bóveda del cielo».
«¡Con cuántas galas lo has engrandecido! (¡Oh, rey!) Entre sus adornos
hay colores que hacen poner en olvido los de las preciadas vestiduras
del Yemen».
«¡Cuántos arcos se elevan en su bóveda sobre columnas que aparecen
bañadas por la luz!»
«Creerás que son planetas, que ruedan en sus órbitas, y que oscurecen
los claros fulgores de la naciente aurora».
«Las columnas poseen toda clase de maravillas. Vuela la fama de su
belleza, que ha venido á ser proverbial».
«Y hay mármol luciente que esparce su resplandor y esclarece lo que se
hallaba envuelto en las tinieblas».
[Illustration: Sala de las Dos Hermanas.]
«Cuando brilla herido por los rayos del sol, creerás que son perlas á
pesar de su magnitud».
«Jamás hemos visto un alcázar de más elevada apariencia, de más claro
horizonte, ni de amplitud más acomodada».
«Ni hemos visto un jardín más agradable por lo florido, de más perfumado
ambiente, ni de más exquisitos frutos».
«Paga doblemente y al contado la suma que el cadí de la belleza le ha
señalado».
«Pues está llena la mano del céfiro desde la mañana de _dirhames_ de
luz, que contienen lo suficiente para el pago».
«Y llenan el recinto del jardín en torno de sus ramas los adinares del
sol, dejándole engalanado».
Las demás inscripciones citan el nombre de Abu Abdillah y otras son
versículos koránicos y salutaciones de las acostumbradas.
Todos los cuartos de esta sala eran aposentos de mujeres distinguidas
que vivían con independencia dentro del mismo harem, y de aquí el que
haya existido la tradición de que dos hermanas cautivas lo habitaron,
las cuales murieron de celos, contemplando desde la ventana del alhamí
las escenas amorosas en el jardín de las Damas; la puerta del alhamí de
la izquierda, descubierta por nosotros en 1870, era la que comunicaba
secretamente con los cuartos del sultán y los baños.
Son notables en esta sala, y del género más puro, los alicatados ó
azulejos del basamento, de difícil combinación y complicados en su
dibujo, sorprendiendo sobremanera la tersura del barniz y la planicie de
cada pedacito de color diferente, porque sabido es cuánta dificultad
ofrece fabricar esta loza con esas condiciones[130]. Hemos examinado el
modo de labrarlos y hallamos que cada uno se ha trabajado con cincel y
lima hasta incrustarlo con la perfección que se nota.
La bóveda es la más dilatada que hay de colgantes, cuya atrevida
construcción espanta y no puede debidamente calcularse, más que
suponiendo que pende de un esqueleto de madera afianzado en sus
estribos.
Don Diego del Arco restauró esta sala en 1705[131], y todavía se nota la
obra en aquellos sitios donde no hay colores antiguos. En 1691 se
repararon los mosáicos en los alfeizares de las puertas. En 1622 hubo un
ligero hundimiento en dos de las hornacinas del segundo cuerpo
decorativo, que fué restaurado inmediatamente, reponiendo algunos
puentes de madera de la construcción interior. Este departamento se
conserva mejor que otros muchos, siendo fácil hallar en él vestigios de
los primeros colores con que fué pintado y de la delicadeza de los
trazos; pero lo que más llama la atención es que todo el ornato se
ajusta como en ninguna otra parte á su construcción; nada puede en él
quitarse y nada reemplazarse sin que se destruya la unidad de su
composición, tan admirablemente distribuída. Por la traza geométrica de
sus amedinados no puede ser ni más grande ni más pequeña, todo está
encajado como en un tablero de ajedrez, y para hacerla hubo que
imaginar, al mismo tiempo que el conjunto, sus más pequeños detalles, lo
cual no es de rigor en los demás géneros de arquitectura, donde siempre
hay algo que se deja á lo imprevisto. Se atribuye á Aben Zemcid la
dirección de esta obra.
Mirador de Lindaraxa.
Se pasa una antesala que tiene una hermosa bóveda de admirable
combinación y se entra en este pequeño aposento que se llamaba de
_Daraxa_ en 1622, y desde cuya fecha hallamos documentos con el nombre
moderno. En árabe indica lugar para entrar ó ascender; pero los poetas,
desde el siglo XVII en adelante, suponen que era el nombre de una
sultana favorita que pasaba sus días en este delicioso cuarto, lo cual
es una tradición que tiene por fundamento el nombre de la sultana Aixa,
llevado por muchas reinas, de las cuales sería éste un lugar
predilecto[132].
Nótese el arco de entrada, fastuosa inspiración; nada más elegante y
rico sin carecer de la delicada sencillez, que encanta al que lo mira.
Dice el P. Echevarría que en los gruesos del arco había nichos como los
de otros parajes; pero podemos asegurar que la decoración de este sitio
no ha sido jamás modificada.
Obsérvase lo rebajado del ajimez del centro y ventanas laterales, así
dispuestos para reclinarse en el suelo á la vista de los jardines. Son
cúficos la mayor parte de los adornos de las paredes. Tan preciosa
estructura está coronada por una trazería calada hecha de madera, y en
cuyos claros había colocados cristales de colores[133]. La luz neutra
que se derramaba por ellos producida por los colores de sus vidrios,
daría á esta estancia un aspecto sublime. Para ello, estaban cubiertos
los claros con cuajadas celosías de madera que velaban la luz del
jardín, todo lo cual armonizaría perfectamente los colores de las
paredes en todo el vigor de su entonación, con los trasparentes del
techo, que hoy aparecen un poco fuertes. Las cuatro paredes de este
precioso mirador están compuestas de arcos apuntados dobles y triples
bajo un centro común, y el de entrada tiene las más bellas enjutas que
hay en el alcázar, con una curva á festón que regulariza los mocárabes
de su intrados en pequeños cupulinos. Los alicatados ó azulejos son los
más finos, obra de indescriptible paciencia. Su pavimento era una
alfombra de los mismos mosáicos del umbral, y el todo revela un encanto
y misterio voluptuoso, sin igual en el alcázar.
Desde la ventana del centro se veía el río Darro, antes de que se
construyera el Patio de los Naranjos, después de la conquista.
En el año 1853 se fortificaron los muros por el exterior para contener
la ruína indicada en la antesala inmediata. En ella se notan dos
preciosos ajimeces que abren al patio citado, y los arabescos
interiores de los muros conservan bien sus colores primitivos,
especialmente en su hermosa techumbre.
Los espacios lisos de esta antesala, como hemos dicho de otros análogos,
los cubrían los árabes con tapices y cueros labrados, ó con panoplias de
telas de diversos colores, en las cuales había pescantes como kanecitos
para colgar ropas, armas y otros objetos. Las dos puertas de sus
extremidades son modernas, pues por este lado cerraba el edificio sin
otra comunicación que la del centro.
He aquí las notables inscripciones de este pequeño cuarto:
«Todas las artes han contribuído á embellecerme, y me han dado su
esplendor y sus perfecciones».
«El que me vea creerá que soy una esposa que se dirije á este vaso y le
pide sus favores».
«Cuando el que me mira contempla con atención mi hermosura, su misma
vista desmentirá al pensamiento».
«Y creerá, al ver los tibios rayos de mi esplendor, que la luna llena
tiene aquí fija su aureola, abandonando sus mansiones por las mías».
En otro lado dice:
«No soy sola, pues desde aquí se contempla un jardín admirable; no se ha
visto jamás otro semejante».