Sobre las figuras de la bóveda del centro[121], ¿qué hay en ellas que

nos indique si son retratos de los reyes que se habían sucedido en

Granada por aquel tiempo? Ningún distintivo tienen: ni en el turbante

por la riqueza de pedrería en forma de escarapelas, ni en los anillos de

oro ciñendo la frente, ni en los cinturones guarnecidos de colores y

dorados, ni en las ajorcas á la mitad de los brazos, ni en las

empuñaduras de las espadas se indica que los personajes debieran

distinguirse como fué uso y costumbre entre los sultanes de la Arabia y

de la Persia; por el contrario, en el Oriente los árabes en Consejo se

han colocado siempre en el orden que están aquí; mientras que á los

reyes rara vez se retrataban por respeto á sus personas. En cambio

estaba admitido el pintar retratos de poetas, adivinos, recitadores,

charlatanes y otros tipos que abundaban en las cortes de los kalifas,

los cuales tenían siempre divertidos á los reyes con sus gracias, como

se cuenta de los kalifas Ben-Ahkam, Illah, Moavia, Abdul-Melic, y de los

que les sucedieron, lejanos ascendientes de los reyes de Granada.

[Illustration: Pinturas de la Sala de Justicia.]

En el siglo XIV, en cuya época debieron hacerse estas pinturas, el arte

se había perfeccionado más en Italia que lo que aquí se demuestra.

Adriano de Edesia pintó en Milán sobre las paredes que doraban ó cubrían

de azul, figuras alegóricas de los tiempos paganos, en las cuales había

desaparecido ya ese perfilado negro con que están dibujadas las de los

más antiguos tiempos, como lo indican las iglesias de la Cava, de

Casuaria y Subiaco, para imitar exclusivamente los mosáicos de los

bizantinos, donde campeaban los colores vivos, dispuestos en forma de

escaques, de fajas ó rosetones, cuya disposición fué todavía más extraña

que la de las pinturas de la Alhambra; y en el siglo X y siguientes se

pintaban en algunos claustros de los conventos, cacerías centauros y

arabescos profanos, según decía el Santo de Claraval, que declamaba

contra esta costumbre, la misma que se observó en los monasterios

góticos de España; todo lo cual nos induce á creer que podía haber en el

territorio dominado por los árabes pintores que conservaran esta

tradición.

Existiendo, pues, la pintura como arte decorativo antes de Cimabúe, y

habiendo éste aprendido de los griegos, como bien claro se ve, sus

antecesores del siglo XIII fueron enteramente reproductores de tipos y

escenas orientales, aunque las aplicaran á los monasterios; pero de

entre ellas, las de la Alhambra derivaban propiamente de este origen,

hechas por árabes ó bizantinos, que viajaban entonces en las principales

ciudades de Europa, y que en Granada existían, sin duda, como buenos

musulmanes; los cuales á principios del siglo XV no pintaban tan bien

como los italianos de los tiempos de Giotto y de Stéfani, en cuyas obras

se revela un arte que tiende al Renacimiento; mientras que en éstas,

hechas anteriormente, se expresa un sistema de pintar hierático con

arreglo al trazado de Teófilo; y más cuando ya se sabía el modo de

disolver los colores con linaza, cuyo medio no se revela en ninguno de

estos ejemplares. Las pinturas que aquí vemos no están hechas por estos

procedimientos, sino que son de cola ó huevo, barnizadas después con

linaza como las que se usan todavía en las iglesias rusas; por

consiguiente, en el tiempo de Tomás Guido y de Pablo Uccello, en que se

buscaron las reglas de la perspectiva y de los escorzos, hácia 1415, que

es la mayor antigüedad que se puede dar á esos pergaminos, la pintura

había adelantado ya en Italia y en Francia para que se atribuyan á

cristianos estas obras, que no pueden compararse más que á las de los

tiempos de Masaccio, en los cuales principió á formarse el reino de

Granada y en cuya época el Patio de los Leones no había sido siquiera

imaginado.

Los pintores españoles que cita Cean Bermúdez, y cuyas obras pueden

verse todavía, no ofrecen tampoco semejanza con éstas; además del

estilo, que es distinto en su mayor parte, los adornos y las pinturas de

la _vieja época_ que existen en Toledo, en Córdoba, etc., son del año

1418 y muy conocidas, como las de Juan Alfón en la capilla de los Reyes

Viejos de aquella catedral, de estilo religioso y procedimiento muy

diferente; y las de Rizzi, Borgoña y del estofador Diego Copín, tampoco

ofrecen semejanza, antes por el contrario, parecen y son obras de otro

espíritu que tenía su tradición conforme á principios de cultura más

moral y mística, y menos dominado por las influencias orientalescas que

perturbaban las ideas de los convertidos españoles, en aquellos tiempos

de dominaciones sucesivas.

Almonacid, un moro convertido del año 1460, estofaba y pintaba el

retablo gótico de la catedral de Toledo en compañía de aragoneses y

lemosinos, mezclándose de este modo el arte de los pintores de origen

enteramente morisco con el de las escuelas que procedían de Francia y

que ya se conocían en Galicia, León y Cataluña; notándose que no eran

poco diestros en el pintar los mahometanos que en Córdoba trabajaron

algunas capillas mudéjares.

En la restauración que hemos hecho el año 1871 con el objeto de

asegurarlas y evitar que se cayeran á pedazos, por consecuencia de las

filtraciones de las lluvias, hemos visto que están hechas de madera de

la clase que vulgarmente se llama de peralejo[122], en tablas de siete

centímetros de grueso, sin cortar en cerchas ni casquetes regulares,

sino labradas á trozos de diversos tamaños para ir formando el

elipsoide, cuya

[Illustration: Detalles de las pinturas de la Sala de Justicia.]

disposición y materiales están indicando que fueron hechas en Granada

precisamente; y los clavos que unen las tablas son de los que hacían los

árabes para todo este edificio, bañados de estaño para que la oxidación

del hierro no perjudicase á las pinturas[123]. Sobre la superficie

cóncava de las tablas, bien alisada, está tendido el cuero que debieron

mojar para amoldarlo, pegado con un engrudo grueso de cola, y clavado en

todas direcciones con los clavitos de cabeza cuadrada en forma de

muleta. Sobre el referido cuero hay extendida una capa de yeso mate y

cola del espesor de dos milímetros, la cual ha sido bruñida y pintada de

rojo á manera de bol, para dibujar encima con un punzón los objetos

pintados; teniendo antes en cuenta que en los fondos que iban á ser

dorados en bajo relieve, la capa de yeso es más espesa, para producir

los adornos con moldes y una ligera presión. Y hemos notado en algunos

rasgos de los punzones sobre el yeso duro, huellas de otros trazos sin

orden, entre los que había formas de letras árabes puestas allí como

señales del artífice que se ocupó en trazarlas; nueva indicación en

favor de la procedencia morisca que se está discutiendo.

Estas bóvedas ofrecen un episodio completo de un romance fácil de

adivinar, el cual se reduce, á que el león figura simbólicamente los

amores de un guerrero árabe esclavizado á una cristiana de alto rango,

que un mago, por medio de sus hechicerías, trata de robarla, y que es

sorprendido por el cristiano que aparece y mata al mago, cuyo cristiano

á su vez es muerto por el árabe en desafío y á la vista de la dama: que

todo esto se verifica mientras los dueños del alcázar juegan

tranquilamente dentro del edificio, muy ajenos de lo que está sucediendo

por fuera. Entre tanto, otros caballeros cristianos, con trajes del

tiempo de Don Juan II, se entretienen en una partida de caza de osos y

jabalíes, ocupación diaria de los tiempos feudales y causa de muchas

empresas amorosas.

En otra bóveda se ve en primer lugar y en el centro, una composición

fantástica que tiene puntos de contacto muy marcados con la otra

pintura. Una fuente en el medio, con columnas salomónicas sirviendo de

eje central, y en la más

[Illustration: Pinturas de la Sala de Justicia.]

pequena de sus tazas, un perro en actitud espectante. La forma de todas

las pilas es octogonal y la primera, ó la que descansa sobre el suelo,

tiene en los ocho ángulos pedestales salientes, los cuales dejan

entrepaños con cuadrados en el centro donde se ven cabezas de león. La

segunda pila, que también derrama agua, está sostenida por ocho niños á

manera de angelotes, con las cabelleras peinadas, y á un lado y otro se

ven sentadas dos figuras, una de las cuales es la dama que en la otra

bóveda tiene encadenado el león, y la otra es un joven que parece el del

torneo. En el suelo hay como un estanque poblado de patos y gaviotas, y

árboles á uno y otro lado con piñas y nísperos, cargados de pájaros de

diversos colores. Siguiendo á la derecha se encuentra un paje tocando

una bocina, que lleva melena en bucles ó sortijas, capuchón, pantalón

ceñido y botines, como los trajes de la corte borgoñona: luego hay un

caballero sorprendido por un oso al que hiere con su lanza mientras

acometen á la fiera galgos y lebreles; también se ve entre ramas un

joven bebiendo en una alcarraza, pero con traje tan raro, que parece del

tiempo de Luis XIV.

En la bóveda del centro es donde se han entretenido más los arqueólogos,

suponiendo unos que son retratos de diez reyes, hasta el conocido por

Abu-Said, el Bermejo, muerto por Don Pedro de Castilla el año 1362; y

como esto conviene con las escenas que se representan en las otras dos,

las cuales se pueden atribuir á la misma época, es muy posible que antes

que se hicieran estas pinturas no hubieran reinado más de diez

nazaritas, con lo cual coinciden nuestros estudios sobre el tiempo en

que fueron hechas. No hay en ellos, sin embargo, ningún distintivo por

el cual podamos deducir que fueron los diez reyes mencionados. Y ¿cómo

no habían de tenerlo cuando sabemos que los reyes de Persia llevan sobre

el turbante ó el caftán negro á manera de escarapela, estrellas, cuentas

doradas ó círculos de colores, según sus genealogías, que los kalifas de

la Arabia se distinguen en el color del turbante, como se significaba la

bandera del Profeta; que los turcos llevan la media luna sobre su escudo

y frente, y que los de Egipto, Túnez y Marruecos se dieron á conocer

también por los colores dinásticos, los petos bordados y algunas veces

las coronas en forma de anillos, semejantes á las de los reyes de Judea

ó de los antiguos asirios?

Hay aquí distintivos puramente jerárguicos, lo cual nos aleja

completamente de la idea de que fueran reyes, que nunca vistieron sus

alquiceles de dos colores, como era costumbre en aquellos tiempos entre

las personas de rango y categoría, musulmanes ó cristianos. En cuanto al

color de las barbas, ya se sabe que era un capricho de los tiempos

feudales teñirselas como distintivo; pero no de un modo permanente; y el

conocido por el nombrado alcatán era un aliño hecho de dos ó tres

hierbas que producían el color rojo para la barba; y la alheña un tinte

negro para el cabello y párpados, hecho de tornasol, alumbre y humo de

pez, macerado en alcohol á caliente, con lo cual se ribeteaban los ojos,

las cejas, manos, pies y uñas para aparecer más jóvenes y hermosos, como

los antiguos egipcios y modernos africanos.

Es pues, más probable, que lo que aquí quiso representar el pintor fué

un Mexuar ó Consejo árabe, porque no existe ningún género de analogía

entre estas figuras y los caracteres de los monarcas que se suponen

retratados; y únase á todo esto el dato del nombre que desde la

conquista se dió á esta sala, que fué _del Tribunal_, con preferencia al

_de los Retratos_, que empezó á dársele algunos años después[124].

Además, nosotros creemos que la disposición de este aposento enlazado

con el Patio de los Leones, separado algún tanto del harem que ocupaba

las habitaciones altas, hace sospechar que era el lugar destinado para

las conferencias de los reyes con sus ministros y capitanes, á cuyo

sitio se entraba por la puerta separada que hemos indicado en otro

sitio, cerca del vestíbulo de todo este tercero y más moderno alcázar.

En las dos extremidades hay escudos parecidos á los del tiempo de Don

Juan II, con banda que sale de la boca de dos sierpes y dos leones por

debajo de cada uno, sentados y simétricos como serias esfinges; lo cual,

si bien descubre la época cristiana, no se concibe por qué en la

Alhambra se ve este signo heráldico diferente de los usados por los

moros, pues desde Mohamad I, denominado Algalib-billah (el vencedor por

Dios), siempre llevó la faja de su escudo este mote, y aun antes los de

todos los sultanes andaluces; además que el escudo árabe es siempre más

cuadrado, mientras que éste, como los que hay colocados en las puertas

del castillo de las otras pinturas, es más triangular y se asemeja á los

usados por visigodos, y su color es rojo, el mismo que usaban los moros

granadinos en los estandartes y emblemas.

Lo que más comunmente se había usado por blasón en tiempo del kalifato,

fué una llave azul en campo de plata; pero este signo fué también de los

monarcas granadinos, los cuales no habían abierto con la llave las

puertas de la Península. ¿Cómo, pues, se cambia el blasón en el caso

presente, y la llave continúa poniéndose en las claves de los arcos de

los castillos y alcázares?

Sobre todas las pruebas irrefutables de que los citados retratos no eran

de reyes, existe la de que el traje no es encarnado, como

indubitadamente lo usaron los nazaritas, cuyo color solo lo cambiaban en

el caso de luto, que lo usaban negro como los cristianos. Y resulta que

el traje de Boabdil era encarnado en la batalla de Lucena[125], y que

siguiendo la costumbre de los trajes rojos en los monarcas granadinos,

se sabe por la historia de la rebelión de los moriscos que Aben-Humeya

fué investido con las insignias reales, colocándole traje encarnado; y

el mismo Ibn-Jaldun refiere que en Málaga y en Baza se hacían trajes de

este color, con las figuras de reyes pintadas en el pectoral, á

semejanza de los de Siria; y no habiendo, por consiguiente, entre las

figuras aquí representadas más de una que tenga el traje escarlata,

aunque se quisiera suponer que éste fuera el único retrato de rey, es

para nosotros dudoso, porque según Al-Makkari, los reyes granadinos no

llevaban turbantes ó imamas, y todas estas figuras lo llevan sin

excepción, mientras que, dice este autor terminantemente, que éstos eran

llevados sólo por los ulemas y otros doctores de la ley en todos los

casos; tales relatos acaban de resolver la cuestión.

Por último, en un escudo que lleva al brazo uno de los caballeros de las

otras pinturas, se nota un signo heráldico de tres palomas blancas en

campo rojo, que pertenece á la familia de los Acejas, según el autor de

la _Historia de Galicia_[126] cuyo emblema no debe confundirse con el

escudo de los Huete que usaban la paloma blanca en campo azul. Por lo

tanto, el episodio hay que buscarlo en los antecedentes nobiliarios de

aquella casa, y bien podrá hallarse una vez planteado el problema que

dejamos expuesto, al señalar la familia que tales empresas sostuvo con

los moros andaluces.

Y para concluir, citaremos un extracto de Ibn-Jaldun, publicado por el

Instituto imperial de Francia[127], el cual prueba que los cristianos de

Castilla y León se llamaban gallegos, por los árabes, razón por la cual

se busca en la historia de Galicia el nobiliario de los Acejas, cuyo

escudo se ve en estos cuadros, como cristianos que vivían fronterizos al

andaluz; además los árabes imitaban á dichos gallegos, llegando á pintar

imágenes y simulacros, _atamadil_, en el exterior de los muros y dentro

de los edificios. Y sobre todo, el citado autor[128], que censuraba

estas imitaciones en los árabes, nos habría dicho que eran obras de

cristianos renegados ó de extranjeros, lo cual no hizo; antes bien, lo

criticó en el pueblo muslímico, como resultado del predominio cristiano

que ya se sentía por todas partes.

Sala de las Dos Hermanas.

Pasando por una hermosa puerta de lacería y talla, entramos en un

aposento cuya galanura no podríamos describir mejor que lo hicieron los

árabes en los veinticuatro versos grabados sobre su hermoso zócalo de

azulejos.

Á un lado y otro, antes de pisar los umbrales marmóreos de esta sala, se

halla un estrecho corredor ó pasadizo, que subía á los aposentos altos y

menacires tomando á la derecha, y por la izquierda á un pequeño _megle_

ó cuartito reservado, de uso particular. La puerta de arrocabes cierra

la salida al patio dejando dentro de la habitación completa

independencia, como se observa también en las otras salas recorridas,

pudiendo de este modo ser visitados los patios sin comunicación con los

cuartos del harem.

Leamos las inscripciones para comprender mejor la belleza incomparable

de la estancia:

«Yo soy el jardín que aparece por la mañana ornado de belleza;

contempla atentamente mi hermosura y hallarás explicada mi condición».

«En esplendor compito, á causa de mi señor el príncipe Mohamad, con lo

más noble de todo lo pasado y venidero».

«Pues por Dios que sus bellos edificios sobrepujan por los venturosos

presagios á todos los edificios».

«¡Cuántos amenos lugares se ofrecen á los ojos! El espíritu de un hombre

de dulce condición verá en ellos realizadas sus ilusiones».

«Aquí frecuentemente buscan su refugio de noche las cinco pléyadas, y el

aire nocivo amanece suave y deleitoso».

«Y hay una cúpula admirable que tiene pocas semejantes. En ella hay

hermosuras ocultas y hermosuras manifiestas».

«Extiende hacia ella su mano la constelación de los gemelos en signo de

salutación, y se le acerca la luna para conversar secretamente».

«Y desearían las estrellas resplandecientes permanecer en ella y no

tener en la celeste bóveda fijado su curso».

«Y en sus dos galerias, á semejanza de las jóvenes esclavas, apresurarse

á prestar el mismo servicio con que ellas le complacen[129]».

«No fuera de admirar que los luceros abandonasen su altura y traspasasen

el límite fijado».

«Y permaneciesen á las órdenes de mi señor, por su más alto servicio,

alcanzando más alta honra».

«Hay aquí un pórtico dotado con tal esplendor, que el alcázar aventaja

en él aun á la bóveda del cielo».

«¡Con cuántas galas lo has engrandecido! (¡Oh, rey!) Entre sus adornos

hay colores que hacen poner en olvido los de las preciadas vestiduras

del Yemen».

«¡Cuántos arcos se elevan en su bóveda sobre columnas que aparecen

bañadas por la luz!»

«Creerás que son planetas, que ruedan en sus órbitas, y que oscurecen

los claros fulgores de la naciente aurora».

«Las columnas poseen toda clase de maravillas. Vuela la fama de su

belleza, que ha venido á ser proverbial».

«Y hay mármol luciente que esparce su resplandor y esclarece lo que se

hallaba envuelto en las tinieblas».

[Illustration: Sala de las Dos Hermanas.]

«Cuando brilla herido por los rayos del sol, creerás que son perlas á

pesar de su magnitud».

«Jamás hemos visto un alcázar de más elevada apariencia, de más claro

horizonte, ni de amplitud más acomodada».

«Ni hemos visto un jardín más agradable por lo florido, de más perfumado

ambiente, ni de más exquisitos frutos».

«Paga doblemente y al contado la suma que el cadí de la belleza le ha

señalado».

«Pues está llena la mano del céfiro desde la mañana de _dirhames_ de

luz, que contienen lo suficiente para el pago».

«Y llenan el recinto del jardín en torno de sus ramas los adinares del

sol, dejándole engalanado».

Las demás inscripciones citan el nombre de Abu Abdillah y otras son

versículos koránicos y salutaciones de las acostumbradas.

Todos los cuartos de esta sala eran aposentos de mujeres distinguidas

que vivían con independencia dentro del mismo harem, y de aquí el que

haya existido la tradición de que dos hermanas cautivas lo habitaron,

las cuales murieron de celos, contemplando desde la ventana del alhamí

las escenas amorosas en el jardín de las Damas; la puerta del alhamí de

la izquierda, descubierta por nosotros en 1870, era la que comunicaba

secretamente con los cuartos del sultán y los baños.

Son notables en esta sala, y del género más puro, los alicatados ó

azulejos del basamento, de difícil combinación y complicados en su

dibujo, sorprendiendo sobremanera la tersura del barniz y la planicie de

cada pedacito de color diferente, porque sabido es cuánta dificultad

ofrece fabricar esta loza con esas condiciones[130]. Hemos examinado el

modo de labrarlos y hallamos que cada uno se ha trabajado con cincel y

lima hasta incrustarlo con la perfección que se nota.

La bóveda es la más dilatada que hay de colgantes, cuya atrevida

construcción espanta y no puede debidamente calcularse, más que

suponiendo que pende de un esqueleto de madera afianzado en sus

estribos.

Don Diego del Arco restauró esta sala en 1705[131], y todavía se nota la

obra en aquellos sitios donde no hay colores antiguos. En 1691 se

repararon los mosáicos en los alfeizares de las puertas. En 1622 hubo un

ligero hundimiento en dos de las hornacinas del segundo cuerpo

decorativo, que fué restaurado inmediatamente, reponiendo algunos

puentes de madera de la construcción interior. Este departamento se

conserva mejor que otros muchos, siendo fácil hallar en él vestigios de

los primeros colores con que fué pintado y de la delicadeza de los

trazos; pero lo que más llama la atención es que todo el ornato se

ajusta como en ninguna otra parte á su construcción; nada puede en él

quitarse y nada reemplazarse sin que se destruya la unidad de su

composición, tan admirablemente distribuída. Por la traza geométrica de

sus amedinados no puede ser ni más grande ni más pequeña, todo está

encajado como en un tablero de ajedrez, y para hacerla hubo que

imaginar, al mismo tiempo que el conjunto, sus más pequeños detalles, lo

cual no es de rigor en los demás géneros de arquitectura, donde siempre

hay algo que se deja á lo imprevisto. Se atribuye á Aben Zemcid la

dirección de esta obra.

Mirador de Lindaraxa.

Se pasa una antesala que tiene una hermosa bóveda de admirable

combinación y se entra en este pequeño aposento que se llamaba de

_Daraxa_ en 1622, y desde cuya fecha hallamos documentos con el nombre

moderno. En árabe indica lugar para entrar ó ascender; pero los poetas,

desde el siglo XVII en adelante, suponen que era el nombre de una

sultana favorita que pasaba sus días en este delicioso cuarto, lo cual

es una tradición que tiene por fundamento el nombre de la sultana Aixa,

llevado por muchas reinas, de las cuales sería éste un lugar

predilecto[132].

Nótese el arco de entrada, fastuosa inspiración; nada más elegante y

rico sin carecer de la delicada sencillez, que encanta al que lo mira.

Dice el P. Echevarría que en los gruesos del arco había nichos como los

de otros parajes; pero podemos asegurar que la decoración de este sitio

no ha sido jamás modificada.

Obsérvase lo rebajado del ajimez del centro y ventanas laterales, así

dispuestos para reclinarse en el suelo á la vista de los jardines. Son

cúficos la mayor parte de los adornos de las paredes. Tan preciosa

estructura está coronada por una trazería calada hecha de madera, y en

cuyos claros había colocados cristales de colores[133]. La luz neutra

que se derramaba por ellos producida por los colores de sus vidrios,

daría á esta estancia un aspecto sublime. Para ello, estaban cubiertos

los claros con cuajadas celosías de madera que velaban la luz del

jardín, todo lo cual armonizaría perfectamente los colores de las

paredes en todo el vigor de su entonación, con los trasparentes del

techo, que hoy aparecen un poco fuertes. Las cuatro paredes de este

precioso mirador están compuestas de arcos apuntados dobles y triples

bajo un centro común, y el de entrada tiene las más bellas enjutas que

hay en el alcázar, con una curva á festón que regulariza los mocárabes

de su intrados en pequeños cupulinos. Los alicatados ó azulejos son los

más finos, obra de indescriptible paciencia. Su pavimento era una

alfombra de los mismos mosáicos del umbral, y el todo revela un encanto

y misterio voluptuoso, sin igual en el alcázar.

Desde la ventana del centro se veía el río Darro, antes de que se

construyera el Patio de los Naranjos, después de la conquista.

En el año 1853 se fortificaron los muros por el exterior para contener

la ruína indicada en la antesala inmediata. En ella se notan dos

preciosos ajimeces que abren al patio citado, y los arabescos

interiores de los muros conservan bien sus colores primitivos,

especialmente en su hermosa techumbre.

Los espacios lisos de esta antesala, como hemos dicho de otros análogos,

los cubrían los árabes con tapices y cueros labrados, ó con panoplias de

telas de diversos colores, en las cuales había pescantes como kanecitos

para colgar ropas, armas y otros objetos. Las dos puertas de sus

extremidades son modernas, pues por este lado cerraba el edificio sin

otra comunicación que la del centro.

He aquí las notables inscripciones de este pequeño cuarto:

«Todas las artes han contribuído á embellecerme, y me han dado su

esplendor y sus perfecciones».

«El que me vea creerá que soy una esposa que se dirije á este vaso y le

pide sus favores».

«Cuando el que me mira contempla con atención mi hermosura, su misma

vista desmentirá al pensamiento».

«Y creerá, al ver los tibios rayos de mi esplendor, que la luna llena

tiene aquí fija su aureola, abandonando sus mansiones por las mías».

En otro lado dice:

«No soy sola, pues desde aquí se contempla un jardín admirable; no se ha

visto jamás otro semejante».

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 16 / 25 段