«Soy un glorioso monumento para la plegaria; su dirección es la de la

felicidad».

«Te parecerá este vaso un hombre de pie, cumpliendo con la oración».

«Y que apenas la concluye se apresura á repetirla».

«Por mi señor Ebn Nasr ennobleció Dios sus servidores».

«Pues le hizo descendiente del señor de la tribu de Jazrech Saab Ebn

Obada[90]».

Sobre este último verso debemos decir que la liberalidad es entre los

árabes la obligación de dar agua; y que esta palabra, tan repetida en el

Alcázar, tiene mucha relación con la abundancia de alacenas y nichos

donde se colocaban los jarros para el agua de beber, ó las _alcarrazas y

almofias_ de latón para las abluciones. Esto destruye la creencia muy

vulgarizada hoy, de que las mencionadas _takas_ eran para colocar las

babuchas ó chinelas.

En las poblaciones del África septentrional, se encuentran estos nichos

dispuestos para contener jarros con agua, y algunas veces los dividen

con bazares, en los cuales colocan los almofares y cimitarras, los

libros de sus kasidas ó poemas, los amuletos y los candiles, pero nunca

se hallan en ellos las chinelas ni babuchas. Lo mismo se observa en

Egipto, en Argel, etcétera. Ha llegado á suponerse que como á la entrada

de las habitaciones se dejan los árabes las babuchas en señal de

respeto, aquí las dejaban en los nichos, cuyo error se desvanece

fácilmente con decir que estas alacenas se hallan en otras habitaciones

construídas en el interior lejos de las puertas, y en rincones no muy á

propósito para este objeto.

Esta antesala ó vestíbulo se llamó siempre de la Barca[91], nombre que

se cita en los legajos del archivo con motivo de las restauraciones, y

que se atribuye á la forma del techo; pero que más bien podría llamarse

de la Bendición, por la palabra _beraca_[92], corrompida posteriormente.

Se citan dos alacenas á uno y otro lado de la puerta, las cuales

subsisten, aunque su obra fué hecha después; y dice Echevarría que había

en ellas letreros de extraordinaria alabanza, que publicó; pero que

nosotros los hemos hallado en el patio contiguo sobre los azulejos, como

su verdadero lugar. En el fondo del alhamí de la izquierda hay una

puertecita antigua que comunicaba á un cuarto revestido de arabescos,

que ya no existe, y donde hoy se halla una escalera del año 1602.

Otra puerta en el lado contrario de la mencionada, conduce á la reja del

patio del mismo nombre. Todo este departamento se hallaba completamente

aislado y servido por un alcaide especial que lo guardaba, como todavía

era costumbre el año 1583, en el que se obligó á dicho funcionario á

residir en estos aposentos y cerrarlos por la noche.

Las inscripciones de esta sala son repetidas, excepto una que guarnece

los anchos paramentos, donde se cita el nombre de Abu-Abdil-lah, el

fundador referido.

Todos sus arabescos fueron pintados y dorados con esmero á fines del

siglo XVI, pero desgraciadamente ocultando los colores antiguos que no

aparecen más que en algunos sitios. En los costados se elevan los

elegantes arcos ya citados, y en

[Illustration: Espadas de los reyes granadinos.]

sus enjutas nacen cuatro hornacinas que avanzan hasta encontrar las

curvas de una elipse prolongada, que es la base de la bóveda compuesta

de alicatados poligonales, formando estrellas y grandes figuras

geométricas, semejantes á las de los almizates planos de la Sala de

Comareh. También este techo ha sido repintado en la citada época con

colores impropios del estilo, por más que hoy no aparezca de mal

aspecto.

Además de las restauraciones de colorido, se hizo una muy importante en

la pared donde está abierto el arco de entrada al salón de Embajadores.

Todo el espacio desde la puertecita pequeña que hay en el lado derecho y

por la cual se sube á las almenas de la torre, hasta ocho metros de

línea y toda su altura, incluyendo el arco y el espesor cuadrado en un

grueso de cerca de tres metros, fué construído el año 1686, y forrado de

labores mal labradas que se notan muy bien, dejando sin adornos sus

alfeizares. Fué el objeto de esta obra fortalecer la torre, y por

consecuencia cubrir ó rellenar de sillares el corredor angosto, que

semejante á los que hay á la entrada de las salas de las Dos Hermanas y

Abencerrajes, servía de comunicación á los cuartos pequeños y escaleras

de la torre, y por él se pasaba á las dos puertas que hay dentro de la

sala, las cuales se ven cubiertas hoy de obra de sillería.

Tenemos proyectada la obra de reconstrucción del arco grande, lo cual

completará el decorado del centro que hoy desarmoniza este conjunto.

Entrando á la gran torre de Comareh, nos detendremos á contemplar el

intrados de ese riquísimo arco de pequeñas boveditas pintadas de hermoso

azul y oro, representadas por menudos adornos de grecas, y delicados

enlaces llenos de inscripciones perfectamente ejecutados. Otras dos

_hanias_ tiene más grandes que las anteriores, con arabescos en su

interior y techitos de ébano y alerce embutidos. Sus labores son finas

como pocas, y guarnece al arco una inscripción recuadrando que dice:

En el de la derecha:

«Loor á Dios único. Apartaré de Yusuf el daño de todo mal de ojo con

cinco sentencias: Yo me refugio al Señor de la aurora: Gracias á Dios».

Repitiéndose.

«Loor á Dios, aventajo á los más hermosos con mi adorno y mi diadema, y

se me inclinan amorosamente los luceros desde el Zodiaco».

«El vaso[93] que hay en mí, parece un devoto que en el Kiblah[94] del

santuario ruega á Dios enternecido».

«Seguras están contra las injurias del tiempo mis generosas acciones,

que alivio al sediento y socorro al necesitado».

«Como si yo tuviera la liberalidad de mi señor Abul Hachach».

«No deje de brillar en mi cielo tan esplendente luna, tanto tiempo como

continúe brillando entre las tinieblas de la noche».

Léase ahora lo que dice la leyenda de la izquierda entre otros motes ya

repetidos:

«Los dedos de mi artífice labraron sutilmente mis dibujos después que se

ordenaron las joyas de mi corona».

«Imito al trono de una esposa y aun le aventajo, pues yo aseguro la

felicidad de los dos cónyuges».

«El que á mí se acerca aquejado de sed, hallará agua pura y fresca,

dulce y sin mezcla alguna».

«Como si yo fuera el arco iris cuando aparece, y el sol mi Señor Abul

Hachach».

«No deje su morada de ser guardada tanto tiempo como la casa de Dios sea

lugar de peregrinación[95]».

Bien expresados están los primores de este arco en la anterior

inscripción, y son, con efecto, dignos de la entusiasta alabanza que les

tributa el poeta. No hay otro más delicadamente hecho y ornamentado en

todo el Alcázar, aunque su forma no sea tan elegante como la del mirador

de Lindaraxa. Aquí las proporciones son graciosas, la curvatura más

esbelta y sencilla, su construcción más sólida; en el interior sorprende

ese exquisito bordado á pincel sobre sus detalles y en tan diminuta

escala. Las enjutas son elegantes por el hermoso lazo en espiral tallado

en su centro, debiendo advertir la diferencia que se nota entre ellas y

las que hay en el arco de colgantes á la entrada de la Sala de la Barca.

Existen tres balcones _mikkeh_ en cada uno de los tres lados opuestos al

de la entrada, los cuales, por causa del extraordinario espesor de los

muros, forman nueve alhamíes ó cuartitos, cada uno con su techo

particular de lacería y arriates, conservando ajimeces en las ventanas.

El alhamí de la derecha fué habilitado en 1536 para dar paso á las

nuevas y mezquinas construcciones que se arrimaron á la torre. La

primera altura decorativa de este gran aposento ha sufrido fatales

restauraciones en 1686; sobre ella se extienden dos anchos frisos de

diversa traza con inscripciones cúficas y africanas, y en cada lado se

abrían cinco ventanas con adornos calados y cristales, que han

desaparecido; después grandes letras de carácter africano, y encima una

ancha cornisa de _mocarnos_, desde donde arrancan los planos inclinados

de un rico artesón en grandes facetas ó en polígonos trazados de

_alería_, donde se ven grupos de estrellas á manera de constelaciones

ordenadas. Contemplando bien los enormes planos de este salón, se echa

de menos la forma atrevida y variada de las hornacinas, las cambiantes

alturas de los arcos dobles, triples y excéntricos, que hay en otras

estancias, y ese sistema de elevaciones angulosas que cambian desde el

cuadrado al octógono, subdividiéndose así sucesivamente hasta las

múltiples boveditas de los almocarves. Con efecto, esos dos anchos

frisos casi de la misma altura, separados por cintas uniformes con

grabadas _katifas_, imprimen monotonía á los paramentos, y parece á

primera vista que el más bajo se ha hecho posteriormente en reemplazo de

alguna decoración más antigua; así como el friso de los escudos, hermosa

trazería sin rival en el palacio, es la propia de esta distribución, si

estuviera inmediatamente asentada sobre los tímpanos, que parece faltan

á los arcos de los alhamíes. Los zócalos son de jáiras y alijáiras,

hermosa _sofeisifa_ que aquí se ostenta más perfecta que en otros

parajes, y el pavimento era de mármoles que existían en el año 1556[96].

Esta sala llamó particularmente la atención de los historiadores con

preferencia á las demás, y dice de ella Pedraza: «La fundaron los de

Comarex de donde toma su nombre, aposento real y nombrado según su

manera de edificio, que después acrecentaron diez reyes sucesores suyos,

cuyos retratos se ven en una sala, etc., etc.»; y después dice el mismo

autor «que Comarex viene de la voz comarraxia, labor pérsica». Los de

Comareh habitaban un lugar amurallado, plaza fuerte de este reino, cuyos

restos se conservan todavía en el pueblo del mismo nombre, hoy de la

provincia de Málaga.

Luis del Mármol se expresaba así: «Comares, del nombre de una

hermosísima torre labrada ricamente por de dentro, de una labor costosa

y muy preciada entre los persas y surianos llamada comarraxia. Allí

tenía este Rey los aposentos de verano, y desde las ventanas de ella que

responden al cierzo, y al Mediodía y Poniente, se descubren las casas de

la Alcazaba, del Albaicín, etc., etc.»

Andrea Navagero se explica en 1526 con mayor alabanza sobre este

aposento, el mejor, dice, de todo el palacio.

Sin salir nosotros del terreno del arte, único en que debe tratarse este

asunto, ya hemos dicho nuestra opinión y añadiremos: que en ninguna sala

hay tanto lujo de ornato, pues que hemos contado en ella 152 trazados

distintos, cada uno más original que el otro, y muchos de ellos tan

perfectos, que parecen de la última época de la dominación agarena.

Hay además preciosos y diminutos detalles sobre los relieves, hechos de

azul y negro, tan finos que sorprenden por el inmenso costo que hoy

ocasionaría repetirlos con la misma precisión y habilidad.

En 1588 restauraron esta sala Manuel del Pino y Luis Cerrillo, pintores

ambos que contrataron hacer la imitación de sus colores y oros, _en la

misma manera y aspecto que se hallaban los antiguos_, para no quitarles

á éstos su encanto.

Después, por los años 1592, se hicieron obras en los muros y en la parte

de fachada, y en 1609 se renovaron los arabescos de todos los

apilastrados que hay entre los arcos de entrada á los balcones, pero con

tan mala suerte, que todavía se notan bien las planchas de labor

colocadas sin repasar ni atairar. Las vidrieras se pusieron en 1595 por

la suma de sesenta ducados.

Más tarde, á fin del siglo XVIII, se abandonaron estas salas, se

mutilaron inscripciones, colocando mitad al revés y mitad al

derecho[97], y por último, hacia 1830 se pintaron groseramente, con

motivo de la visita que hizo á esta ciudad el infante D. Francisco de

Borbón.

En 1686 amenazaba á esta torre un hundimiento sobre el río Darro, y para

evitarlo se construyó parte del cimiento, desde cuya obra desapareció la

inscripción romana que estaba colocada al pie del revestimiento, la cual

se trasladó á una casa de la Alhambra, hasta 1833, en que se perdió. Por

último, en 1857 y siguientes fuímos encargados de reparar los arabescos

hundidos de la mayor parte de los alhamíes, los frentes de los ajimeces

y ventanas caladas que habían desaparecido, restableciendo los mismos

arabescos antiguos y reproduciendo los que faltaban en igual forma, para

evitar mayores ruínas. En los paramentos interiores de la sala aún queda

mucho que restaurar de las obras modernas.

En 1776 cayó sobre su hermosa techumbre de alizares la bóveda que cubría

esta algorfía, cerca de las almenas, y no le hizo más daño que haber

doblado los maderos. En la escalera que sube á lo más alto se hallan las

habitaciones del alcaide que tenía la llave de la torre, semejantes á

las que se habitan hoy en las fortalezas del imperio de Marruecos.

Las inscripciones que no hemos apuntado son suras y alabanzas repetidas;

pero vamos á fijarnos en otras más interesantes. El nombre del Sultán

Abul Hachach está escrito entre los adornos del arco de entrada, y

alrededor de los nichos se halla el de Yusuf; también en el alhamí del

centro se encuentra escrito este nombre, y sólo en un paraje pequeño de

la _Kubba_ de la izquierda se ve el de Abu-Abdillah, lo cual prueba que

se construyó en tiempo de Abul Hachach Yusuf I, hacia el año 1354, el

Sultán _que fué asesinado por un loco, hermano de Mohamad IV_, en cuya

época la obra pudo estar ya comenzada, según consta, por existir también

aquél nombre en un solo lugar de este aposento.

Otra inscripción hay en la alcoba del centro, y en metro tawil, la cual

por sí sola revela cuál era la consideración que esta gran sala tenía

entre los árabes, y cómo se compara en ella la magnificencia de su

elevada cúpula con las pequeñas y no menos bellas de sus alhamíes. Dice

así:

«Te saludan de mi parte por tarde y mañana bocas de bendición, de

prosperidad, de felicidad y de amistad».

«Esta es la cúpula excelsa y nosotras somos sus hijas; pero yo tengo más

grandeza y gloria que todas las de mi linaje[98]».

«Soy como el corazón en medio de los miembros, porque en el corazón

reside la fuerza del espíritu y del alma».

«Aunque mis compañeras sean signos del Zodiaco de su cielo, á mí sola

pertenece, no á ellas, la gloria de poseer un sol».

«Me vistió mi señor el favorecido de Dios, Yusuf, con un traje de gloria

y magnificencia cual no otro».

«É hizo de mí el trono de su imperio, sea su alteza mantenida por el

Señor de la luz y del asiento y trono divino».

Por último, en esta Sala de Embajadores ó _rasules_, fué donde se

celebró aquel gran consejo presidido por Abu Abdillah XI en presencia de

todos los magnates del reino, wacires, ulemas, el gran mufty, los

alcaides y alféreces, y formando los soldados y arqueros en las plazas y

adarves, donde se acordó la entrega de la opulenta corte, y donde el

altivo Muza[99], conociendo los tratos secretos de Boabdil con el

monarca cristiano, le apostrofó, despidiéndose para trasladarse á tierra

africana y no sufrir la humillación que le esperaba.

Es uno de los mejores episodios de la fantasía del sabio Almamún en los

últimos días de Granada árabe.

El emperador Carlos V, visitando este palacio y asomado á la ventana del

centro, á la vista del río y sus verjeles, exclamó: «_Desgraciado del

que tal perdió_,» á cuyas palabras su cronista Guevara le contó la

tradición del Suspiro del Moro que le había referido un morisco, á cuyo

relato añadió el emperador: «_Si yo hubiera sido él_[100], _antes

eligiera esta Alhambra por sepulcro que vivir fuera della en el

Alpujarra_».

Aquí también ante el Serir-almalic[101], el año 708 de la egira, una

turba de soldados y pueblo, amotinados por el poderoso alcaide de Guadix

Ebn Aldix, mató al valido wacir de Mohamad III en presencia del

acobardado monarca, el cual abdicó forzosamente en el príncipe Nasr,

dando origen poco después á la guerra de sucesión y al estrecho cerco de

esta ciudad puesto por Ismael I, legítimo rey de Granada.

Algunos historiadores han asegurado, por último, que el inmortal Colón

visitó este delicioso aposento una de las veces que expuso á la Reina

Isabel I el fundamento de sus proyectos. Suspendemos nuestro juicio

sobre este dato, que no puede sustentarse existiendo la relación de sus

dos viajes al campamento de Santa Fé.

No debemos omitir en este lugar la escena patética é inédita que nos

refiere el continuador de la crónica de Hernando del Pulgar, secretario

de los Reyes Católicos, al hablar de la torre de Comareh. Léese en el

historiador: «El Rey Chiquito tenía consigo á su madre que se decía Seb,

de nación cristiana, y fué cautiva cuando los moros robaron á Cieza, que

es una villa del reino de Múrcia; y como al tiempo era chiquita, con

halagos y otros medios tornóse mora y salió de buen gesto y mujer de

bien, y el Rey Muley-Buasén casó con ella, porque entre los moros era

esto tenido en mucho, que el Rey ú otro cualquier caballero pudiese

casarse con una doncella que de cristiana tornase mora. De este

casamiento nació el Rey Chiquito, y esta reina era de grande y valeroso

ánimo, y contradecía con toda posibilidad que el Rey Chiquito, su hijo,

no entregase el reino á los reyes Católicos, ni concertara con ellos, y

que esperase la fortuna próspera y muriese rey, y por esto el Rey

Chiquito se guardaba que su madre no supiese que él trataba con los

Reyes Católicos de entregarles el reino. Que concluída ya la

capitulación, como está dicho, lo supo la reina su madre, y

disimuladamente se dice que lo tomó por la mano y se entró en la torre

de Comareh, que es el lugar donde más se descubre la grandeza de

Granada, y después de haberlo traído á la redonda por la torre y echados

entre ambos de pechos y entre dos almenas dijo: «_Mira qué entregas y

acuérdate que todos tus antepasados murieron reyes de Granada y que el

reino acaba en tí_.»

Hasta aquí el Alcázar que pudiéramos llamar Serrallo, porque en esta

parte se hallaban los aposentos visitados por los altos magnates de la

corte.

Patio de los Leones.

Es una de las más hermosas construcciones y la más bella y elegante de

la arquitectura musulmana. No hay ejemplar más fantástico y magnífico en

todo lo que dentro y fuera de España edificó la caliente imaginación de

la raza de Agar. Trasparentes arcadas; columnas que se han agrupado en

más ó menos número para repartirse el peso de los esbeltos arcos y

techumbres; siete fuentes que murmuran constantemente la soledad de la

estancia; dos elevados anditos que se avanzan majestuosos para

interrumpir la monotonía de los enclaustrados; cuatro cúpulas que

resplandecen á los rayos del sol; once diferentes formas de arcos

fastuosamente decorados; todo constituye un conjunto mágico y delicioso

aun después de siete siglos de existencia.

[Illustration: Patio de los Leones.]

El Patio de los Leones es la prenda más querida de la Alhambra; sin

estanques, sin jardines, sin estatuas ni ornatos pedidos á la pintura ó

á la escultura, se basta por su sola composición para producir una obra

encantadora que deleita los sentidos y alienta pensamientos de grandeza

y majestad. No podían ser bárbaros los que lo hicieron, ni menos

inspirados en el arte de los romanos. Si se mira desde los extremos del

eje más largo que pasa por el centro, presenta una variada combinación

de arcos diferentes y simétricos, que se confunden por la distancia y

producen la perspectiva más sublime; y si se contempla desde los

costados ó ángulos, cada una de sus decoraciones ofrece la diversidad de

múltiples detalles, armónicamente distribuídos, que no perjudican á la

más correcta regularidad de la forma. Para quitar á los tejados el

aspecto sombrío y simétrico de rectos colgadizos sobre arcadas tan

ligeras, levantaban cúpulas y establecían en orden sus alminares,

enlazados con la ornamentación de las galerías y techumbres de las salas

inmediatas.

Partamos de su planta, como se ve en el plano, y por ella deduciremos

perfectamente la regularidad y clásica sencillez de la composición. Un

paralelógramo formado por dos cuadrados perfectos incluyendo el

vestíbulo, constituye su plan. El ancho de sus claustros en los lados

cortos y largos está relacionado por la medida de los tres lados del

triángulo, en la proporción del cuadrado de la hipotenusa igual á la

suma de los cuadrados de los catetos.

Los anditos ó kioskos vuelven á tener el ancho de la sala del vestíbulo,

lo cual por sí solo ofrece gran sencillez en la distribución, erigida en

sistema, según nos demuestran multitud de ejemplos. De aquí que las

maderas puestas para encadenar los arcos y el anillo interior se puedan

cruzar á manera de emparrillado y trasmitir las fuerzas á los muros de

los cuartos inmediatos, formando con los del patio esta aislada

construcción del Palacio del Harem, que incluye la Sala de Abencerrajes,

la de las Dos Hermanas y la de Justicia, cuyos muros se ven en perfecta

relación de continuidad.

En el momento de visitar este patio nos ha parecido hallarnos en la vida

del Oriente, entre Bagdad y Damasco, entre Ispahan y Cairo; luego que se

admira la obra se olvidan aquellas clásicas reminiscencias y sólo ve el

espectador las mansiones del éxtasis eterno reservado en el paraíso á

los hijos de Agar. ¿Dónde y cómo se inventó un monumento de trasparentes

anditos colocados como celosías unos detrás de otros para hacer más

impenetrable el secreto de los placeres que allí se habían de sentir? No

es un lujo de vana fantasía lo que nos conmueve, sino la imperiosa

necesidad de describir lo que no tiene semejante y lo que parece que

nunca se sujetó á reglas que pudieran dictarse para los tiempos

venideros. Ni las galerías de sus cuatro lados son iguales; ni los

innumerables arcos son absolutamente uniformes; ni sus columnas se

agrupan con aparente igualdad; ni sus puertas guardan semejanza; ni hay,

en fin, esa constante repetición de alturas y de líneas que constituyen

la belleza en otros órdenes de arquitectura. Aquí es donde se puede

decir que en la diversidad reside la unidad, porque si se compara un

arco á otro, un techo á otro, un grupo de capiteles á otro, tal vez en

el acto no se encuentre la identidad; pero arrojados todos en ese

laberinto de construcciones, cada uno se coloca simétricamente en su

lugar y á cierta distancia se halla la armonía del número y del

conjunto.

En lo que llevamos descrito del Alcázar, no se ha desarrollado todavía

por completo ese mágico sistema de convertir en grutas estalactitias las

techumbres de los aposentos. Sólo en algunos alhamíes, en las cornisas y

arcos se han empezado á usar, pero en el Patio de los Leones hallamos

los tres anchos claros de sus entradas, alintelados con otros tantos

arcos ó festones ondulantes de mocarbes, cuyo atrevimiento de

construcción no se podría concebir á no considerarlos adheridos á los

fuertes botantes que hay en los esqueletos de sus azuares. Más adentro,

parándose en el medio de esas dos cortas galerías, se ven dos arcos en

forma de pabellón á dentellones y en los fondos, los esféricos realzados

en contraste con los primeros. Los ligadores de tirantes se descubren

en los techos para evitar la monotonía de los grandes paflones, y

vestidos de ricas ataraceas de madera se pierden en los muros y

apilastrados como los pescantes de los puentes de hierro, distribuyendo

los techos de bellos almizates que nos hacen suponer si el exterior

debería acusar con cúpulas planas ó convexas los huecos interiores,

recordando los cupulinos del patio de la gran mezquita de Auríc; y sin

embargo, en sus galerías estrechas no hay señales de esas cúpulas á la

bizantina, supuesto que están interrumpidas las líneas por los menacires

del segundo cuerpo y las bóvedas de los dos templetes.

Las innumerables columnas de mármol de Macael, que blancas en su origen

han tomado ese color dulce que les imprime el tiempo, están ligadas por

sus capiteles sueltos ó agrupados, según las exigencias de una

construcción atrevida, cuya forma cuadrada y plana, en relación con los

pilares que cargan sobre ellos, no es ni persa, ni asiria, ni griega, ni

romana, filiación que se pierde en los diferentes períodos de transición

que ha pasado este arte.

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 14 / 25 段