Alhambra citamos la Puerta de los Pozos[71], la de las Cabezas y la del
Agua. Las primeras tienen un cubo levantado con tres bóvedas circulares,
una de las cuales está soterrada, lo cual ha hecho suponer á muchos que
existen siete suelos ó pisos para bajar al fondo. No hemos visitado
nosotros más de tres, pero respetando tradiciones vulgares bien pudiera
haber otros antes de comunicarse con los silos y pozos de la explanada
de los Mártires, que eran muchos, y los cuales sirvieron de graneros
públicos en los últimos tiempos de carestía y guerras.
Lo misterioso de los Siete Suelos ha dado origen á cuentos fantásticos
muy interesantes que se pueden relacionar en nuestra opinión, á que hay
una mina ó viaducto que pasa por los cármenes del callejón del Caedero y
por Buenavista, donde estuvo el convento de monjas potencianas, cruzando
por los Mártires, hoy finca del Sr. Calderón, el cual se extendía desde
esta torre cilíndrica hasta el Cuarto Real, Jardines de la Sultana y
Bibataubí. Otro viaducto hay indicado desde la casa de los Tiros,
Bibalfajarín y Puerta del Mauror hasta las Torres Bermejas, pero no se
detalla tan distintamente como el anterior, cuyos subterráneos
impenetrables dan lugar á mil patrañas. Se citan otras muchas
comunicaciones en la antigua descripción de Granada, que sería
dificilísimo determinar; pero la más interesante de la Puerta de los
Pozos conducía al campo situado al extremo de la Alhambra, donde Muley
Hacen pasó la última gran revista á sus tropas, más de 20.000 hombres,
el día de la gran inundación de la ciudad, por haberse desbordado no
sólo el río Darro sino todos los barrancos que rodean este sitio[72].
Más abajo y como límite de la Alhambra, está la Puerta de las Granadas,
en la misma muralla donde se veía en 1560 la de Bib-Lauxar, entonces
medio arruinada. A la derecha hubo una pequeña capilla desde el año
1500, donde hoy se halla la casita del Guarda, cerca de una cruz de
piedra hecha levantar en 1599 por Leandro de Palencia. Existe otra cruz,
llamada de Mondéjar, donde hemos dicho que se descubrieron las
sepulturas romanas, orilla de la segunda glorieta del paseo del centro,
cerca del Campo de los Mártires[73], sitio célebre por el rescate de
cautivos; pero el interés particular de este sitio estriba en haber sido
campo de maniobras militares, pasaje de comunicación antiquísima hacia
la ribera del Genil, lugar donde en 1492 recibió el conde de Tendilla
las llaves de la fortaleza y alcázares de manos del alcaide Aben Comixa,
que salió con 50 caballos por la Puerta de los Siete Suelos al encuentro
de los caballeros enviados por los Reyes Católicos, para que tomaran
posesión de la Alhambra, y por último, campo de la Acebica, donde el
mariscal de Castilla Don Diego Fernández de Córdova llamó á singular
combate al célebre Don Alonso de Aguilar el 10 de Agosto de 1470, antes
que saliese el sol, en la arena preparada al efecto delante de la tienda
de brocado levantada á Muley Hacen, rey de Granada y juez del campo.
[Illustration: Vista de la Alhambra.]
PALACIO ÁRABE
Decíamos el 19 de Diciembre de 1869 á la Comisión de Monumentos de
Granada:
De los tres reconocidos períodos de grandeza que en España desarrolló el
arte árabe, el más esplendente, puro y genérico es el que manifiesta con
general asombro el fastuoso recinto de los alcázares granadinos. En
ellos se concreta la inspiración, se unifica el estilo, se regulariza la
forma y se origina el más supremo esfuerzo del talento humano bajo el
sentimiento de las creencias y costumbres de aquella edad de oro. En
parte alguna de las tierras españolas se encuentra un ejemplar más
completo ni una prueba más clásica de los prodigiosos elementos reunidos
para evocar el grado de cultura que alcanzaron ocho siglos de constante
progreso. Ninguno, pues, merece tan alto concepto, y ninguno ha
conseguido ante el mundo moderno el exclusivo renombre que goza; ni la
civilización agarena de Egipto, Persia, Turquía y África alcanzó el
refinamiento y belleza de la Alhambra granadina, ni las glorias de la
reconquista están simbolizadas en ningún monumento español mejor y más
cumplidamente que en este último baluarte, tan obstinadamente defendido
y tan heróicamente ganado.
Situada en la cúspide de una colina, que se escogió como lugar seguro y
defendible, á la usanza de la Edad Media, quedó aislada y ceñida por una
línea de fuertes murallas y robustas torres que flanqueaban sus puertas,
en tanto que las rápidas vertientes de sus escabrosas faldas se abrieron
á una lozana y frondosa vegetación, cuyas raíces debían asegurar el
terreno y hacer más estables las atrevidas construcciones de la cima.
Las aguas, que ingeniosamente se sangraron al Dauro para conducirlas á
aquella altura y alimentar los estanques, baños y aljibes, se
abandonaron por las naturales vertientes de la montaña, y produjeron
esos fantásticos bosques que se han hecho proverbiales en todo el mundo.
En el espacio cerrado por las murallas, levantaron el alcázar, las
mezquitas, el harem, las oficinas públicas y las opulentas viviendas de
una numerosa corte; entre la fortificación y sus almenas se alzaban
minaretes labrados; el arte bordó sus principales estancias; los
preciosos arabescos se prodigaron por todas partes y el lujo de la
comodidad y del deleite dió mágico encanto á todo este singular
conjunto.
Su recinto todo, con los citados bosques y jardines, es lugar sembrado
con los despojos de doce siglos; bello por el arte y por la naturaleza,
donde ambos elementos se han combinado maravillosamente para producir un
contraste que convida á la meditación y al estudio.
En el lado Norte, y como recostados sobre las murallas y torres del
circuíto, se levantaron los diversos edificios que constituían la morada
de los reyes Nazaritas, extendiéndose ilimitada é irregularmente por
aquéllas, y ocupando un espacio interrumpido por dilatados jardines y
estanques, muchos de los cuales han desaparecido por el desdén ó el
abandono.
Construídos casi todos después de la conquista de los Almoravides, y por
lo tanto al estilo llamado morisco, ofrecían en su planta las
diferencias, originadas de la desigualdad del terreno, lo cual daba á su
aspecto una estructura particular no parecida á la del pequeño Alcázar
Al-Motacid de Almería, ni á la Almunia de Valencia, ni á Dar-us-Sorur
de Zaragoza, ni al de Almamú de Toledo, que fueron levantados en lugares
llanos y espaciosos. Bajo la formidable envoltura de sus fuertes y
elevados baluartes, se abrigaba uno de los mayores prodigios del arte
musulmán, y colocado en la cumbre de una montaña, á semejanza de los
castillos feudales que poblaban la Europa en los siglos medios, tenía
toda la sencilla magnitud de los de Oriente, engalanado con la belleza
que le presta el más delicioso paisaje que España podía ofrecerle, y á
lo que debió quizá el que desplegara el lujo de decoración y peculiar
estilo de florecimiento sin rival entre los innumerables palacios
construídos por los primeros kalifas.
Con efecto, próximo á la misma época, los Seleukidas, en sus correrías
al Imperio Bizantino, construían edificios del estilo árabe, decorando
sus paredes de inscripciones y sentencias, á semejanza de los antiguos
monumentos asirios, sin que ese geométrico ornato llegase allí á ser tan
ostentoso y rico como en los alcázares españoles. En aquélla región los
monumentos ofrecían la diferencia de coronarse de cúpulas, revistiendo
la forma exterior más simétrica y armoniosa, mientras que aquí esos
mismos alcázares se cubrían de plataformas almenadas en líneas
regulares, cuyo motivo pudieron estudiar en los monumentos egipcios y en
los cartagineses que dominaron antes de pisar nuestro suelo. Allí las
plantas de las basílicas griegas, de los templos himaritas y de las
construcciones salomónicas; aquí los accidentes de las fortalezas
romanas y fenicias que habitaron los godos y ocuparon los guerreros
invasores, primera concepción de sus almunias y palacios. Allí
ornamentaban los exteriores como la mezquita de Brusa, con exquisitos
mosáicos de mármoles de colores; aquí esta misma decoración tuvo que
concretarse á las puertas de sus fortalezas, dejando para el interior de
sus grandes patios la mayor parte de esta clase de esculturas, y
únicamente se conservó aquí el sistema de colocar el harem y patio
cuadrado delante de las mezquitas con los minaretes separados del cuerpo
de éstas, como en Córdoba y Sevilla, dejando el resto de sus
construcciones velado por las formidables murallas de defensa.
Así, pues, los que visitan los alcázares sevillanos y los jardines
fastuosos que hoy se conservan, recuerdan las fortalezas de
Bajecid-Ylderin sobre la costa de Asia y el castillo Cortagargantas del
Bósforo, cuya situación sobre una planicie, conserva mejor el espíritu
de sus primitivas construcciones; pero en Granada y en igual período,
debemos remontarnos al arte musulmán, resultado de la fusión entre árabe
y bizantino, que se ve muy ostensiblemente en Samarcanda y en Kesch,
donde los monumentos de Tímur están fraccionados entre torres y patios
decorados con basamentos de porcelana y jardines con viaductos que los
comunican, á semejanza de los que aquí se ven; obras inspiradas por las
costumbres asirias, pero con la notable diferencia de que las bóvedas de
colgantes no se habían insinuado con la galanura y uniformidad que se
manifestó entre los otomanos y egipcios modernos, hasta formar, como en
la Alhambra, las enormes cubiertas de estalactitas de una perfección sin
rival. Es preciso recordar la Persia para hallar estas facetas de
cristalización que importaron al Imperio de Oriente, y que tuvo su
origen en la más antigua mezquita de Yspahan del siglo IX, donde se
construyó una cúpula compuesta, como éstas, de otras más pequeñas que se
multiplicaban indefinidamente. En la Alhambra el arte árabe es, pues,
más genuínamente persa; se separa de las obras griegas del Imperio
Otomano; se conserva mejor en todo el período de la invasión africana, y
viene hasta á reproducir las grandes portadas con medias cúpulas de
estalactitas, y los monumentos de formas cuadradas y octógonas que hay
en medio de los jardines, como mausoleos, llenando los espacios con las
construcciones ligeras que se ven apoyadas sobre delgadas columnas, y
sosteniendo miradores cubiertos de persianas, desde donde las mujeres
asistían á los espectáculos que se celebraban en los vestíbulos.
El palacio de la Alhambra no se descubre aún después de encontrarse el
observador en la cúspide de la misma montaña sobre que se halla
construído. Es necesario contemplarlo desde el Generalife ó el barrio
antiguo del Hajarix para apreciarlo en su verdadera extensión, pues que
no se hallan en él las espléndidas fachadas de los palacios cesáreos;
pero en cambio su interior nos ofrece una numerosa variedad de cien
arcos diversos, desde la ojiva al túmido, al de segmentos y de
contralóbulos, al de arranques prolongados y rectos, última modificación
gótica, al de colgantes, semicircular y de herradura, que es, en fin,
verdadero festón cerrado, cuya curva se ensayó en Bizancio y se copió en
Venecia para ser olvidada y hallarse de nuevo en Cairo, Túnez, Fez y en
nuestro suelo.
Es el clima frío y lluvioso de esta comarca, lo que ha impreso á la
arquitectura un aspecto diferente de la que se construyó en Teherán
hacia el siglo XIII. Los colgantes de la Torre de Rages son los de la
Alhambra, pero más informes; los arcos del Puente de Hasan y mezquita de
Tauris son ondulantes como el de la entrada de Lindaraxa; el Puente de
Mianek y sus contrafuertes, como el de Cubillas antes de su
restauración; las murallas de Cabul con torres redondas son como las que
se suponen fenicias en la Alcazaba antigua del Albaicín; las almenas
piramidales y las puertas de esta población son iguales á las de
Candahar, y por último, en el sepulcro de Baber se recuerda la Sala del
Tribunal con sus arcos apuntados, y en el de Mahmud en Chazna, los arcos
aperaltados de las Salas de Abencerrajes y Dos Hermanas; de modo que por
razón del clima y necesidad de la guerra, el arte árabe manifestado en
la Alhambra con las tradiciones persas y bizantinas tiene más idealismo
oriental que europeo, menos semejanza con el que se manifestó en Córdoba
y en Sevilla, es original por tradición y superior á cuantos hay del
estilo mahometano.
Con tales recuerdos vamos á penetrar en él y á estudiar su planta. No
tratemos de buscar en ella la inflexible línea ordenada de los
monumentos greco-romanos, ni la simetría de los patios como los del
Escorial, ni la forma cuadrada como los tableros de damas á que asemejan
los edificios después del Renacimiento: aquí está el arte de la
conveniencia con sus fórmulas más naturales. En la casa del árabe se
refleja su vida, se sospechan sus deseos, y se siente su lascivia; varía
en tantas formas y proporciones como es inconstante en el uso de un
refinado sensualismo. Al lado de una habitación cuya grandeza no igualó
nunca la espléndida majestad de los cuartos romanos, hallamos el alhamí
estrecho y un pasadizo no más alto que la estatura humana. Mírese con
detención el plano adjunto y se verá que no hay una puerta medianamente
grande para entrar al Patio de los Leones, mientras las hay de las más
hermosas y elevadas para dar paso á un pequeño diván que apenas puede
contener el ajuar de una persona. En casi todos los edificios
importantes de otros estilos se hallan las partes relacionadas con el
todo, pero aquí ¿qué relación hay entre el Patio de Arrayanes y el de la
mezquita; entre éstos y el de los Leones; entre los techos
estalactíticos de las Dos Hermanas y el artesón de lados planos como
facetas de un diamante de la Sala de Embajadores? Aquí una gigantesca
cúpula y una torre levantada como cabecera del gran patio, con un
ingreso central é imponente; pero el todo sin una puerta de decoración
exterior, guardado en el fondo de edificios sin ostentación de la
fachada, sin lujo, sin un magnifico ropaje de rico ornato que envuelva
las preciosidades engarzadas en sus rincones y entrecijos. ¡Cómo se
adivinan entre sus muros las costumbres peculiares de raza! El árabe
heróico y majestuoso, el árabe meditabundo, el árabe cariñoso y galante,
el árabe cruel y tiránico; para cada virtud y para cada vicio de su
existencia hay una forma, un lecho, una especie de urna para abrigarlo y
contenerlo. Estudiemos los edificios de nuestra civilización moderna y
veamos si pueden definirse del mismo modo.
En la parte que se conserva hoy había tres palacios distintos, según
algunos viajeros del siglo XVI, que dicen existían dos alcaides al uso
del tiempo de los moros, los cuales guardaban dos palacios. Mármol tuvo
noticia de dos; pero tenemos datos que asignan las mismas razones á la
existencia de otros y una real cedula[74] que dice: «Póngase un alcaide
ó capitán en cada uno de los alcázares de la Alhambra,» lo cual prueba
que éstos eran muchos. Pero aparte de otras consideraciones, tenemos á
la vista la planta donde se ven tres construcciones adyacentes, formadas
la una por los números desde el 45 hasta el 59, la otra por lo que
comprenden los números del 1 al 8 y del 40 al 44, y la tercera desde el
9 al 38. Obsérvense estos tres grupos y se hallará que no corresponden
absolutamente en sus líneas de muros, ni en sus centros, ni en las
dimensiones de sus cuartos, ni en su forma y disposición, y que cada uno
constituye un edificio aislado que satisface las necesidades de aquellos
tiempos, y que no tienen relación tampoco en el género de sus adornos,
como indicaremos.
Uno de estos grupos, el primero citado, es el de construcción más
antigua; la forma del arco de herradura del tiempo del kalifato, el
dintel cuadrado de algunas puertas, el capitel bizantino, el artesonado
plano, el ornato seco sin enlace semejante al de Túnez y Egipto, el
alero de los kioscos del Oriente, pilastras en vez de columnas, menos
desenvoltura y grandeza, todo indica que esta parte fué la primera que
se construyó y que pasaron muchos años antes de la construcción del
segundo grupo.
Este ocupa el centro todo con la Sala de Comareh, segundo período de
grandeza para el arte de los árabes, lo mismo que para su historia,
final del siglo XIII. Aquí está retratada la época de la fundación de la
dinastía Nazarita, portentosa civilización que ofrecía España á los que
venían á ella en busca de ciencia y cultura.
El tercer grupo no se parece ya á los anteriores. Es el Patio de los
Leones y cuartos adyacentes; época florida del arte musulmán, más
fantástica y caprichosa, de planta regular y de variada decoración. No
se encuentran en ninguna parte del mundo ejemplares más bellos de arcos
y columnatas; este patio por sí es un poema, donde se siente el aroma y
la inspiración de una época deslumbradora por el lujo, debilitada por
los placeres, de costumbres dulces, de imaginaciones ardientes, que
desmoronaba el imperio de los musulmanes y preludiaba el abatimiento de
la raza y la postración de su grandeza. Este edificio, cerrado por todas
partes, tiene un estrecho pasadizo; núm. 8, por única entrada; termina
por el gabinete de Lindaraxa y por la Sala de Justicia; y todas las
demás construcciones de los números 22 al 26 fueron hechas después de la
conquista, con el torpe propósito ya consignado en este estudio.
Tales son estos tres alcázares unidos hoy, y que tan claramente se
distinguen al analizar la planta de ellos. Nosotros hemos buscado las
comunicaciones que tendrían y sólo hallamos una estrecha puerta para
cada uno, cuya construcción indica que fué hecha para uso privado sin
ostentación de ningún género.
Los que quieren suponerles una forma más simétrica echan siempre al
emperador Carlos V la culpa de lo que hiciera desaparecer para levantar
su inútil obra; pero conviene fijar bien las ideas y la suma de
responsabilidad que tuvieron los conocidos artistas de aquel monarca:
investigaciones recientes hechas sobre el terreno y la prolongación de
algunas líneas de cimientos de los subterráneos del palacio del César,
nos han puesto en la posibilidad de marcar todo lo que fué destruído del
palacio árabe. Véanse las líneas de puntos, números 7 y 6, y se hallará
la continuación del foso que aislaba el alcázar morisco. Es fácil
demostrar que había edificios en el ángulo que se señala, porque aún
quedan las puertas de entrada, algunos cimientos y el terreno removido
sólo en el espacio que comprenden las líneas, mientras lo restante es
terreno de aluvión con capas de cristalizaciones calizas y cuarzosas, de
suficiente dureza para no poder equivocarse con los trabajos hechos para
cimentar el palacio del emperador. Los únicos departamentos subterráneos
que tiene este edificio se hallan en el citado espacio, pues hay un
desnivel de cuatro metros y medio en la planta de los dos monumentos,
razón más para poder fijar lo que pudo destruirse por este lado, y la
importancia que podrían tener las habitaciones destruídas.
Falta demostrar lo que significa esa construcción incoherente de los
números 27, 28 y 29. No se puede formar una idea de la causa de estas
irregularidades, sino haciéndose cargo de que la Alhambra ocupa toda la
cúspide de un cerro bastante escarpado por el Norte y Oriente, sobre el
cual se hizo un cerco de murallas y torres, que seguía próximamente á la
misma altura de nivel todas las sinuosidades del terreno. Los edificios
que describimos están como recostados (si se nos permite la frase),
apoyando su cabeza, ó más importante habitación, en una de las torres
del circuíto. De aquí que sea imposible la uniformidad de las líneas de
construcción, y que la idea más exacta que pueda darse de ellos, es que
los cuartos son fortalezas, y que entre estos pabellones hay espacios
que cubrían jardines, como el que suponemos desde luego en todo lo que
ocupan hoy los patios de Lindaraxa y de la Reja ó Prisión. Explicado
esto se nota que la torre del Mihráb era independiente, con su puerta
especial que hemos descubierto, y sin ese corredor que hoy conduce á él,
hecho en el año de 1544.
Veamos ahora las transformaciones que ha sufrido el palacio después de
la conquista.
Consta por los expedientes numerosos que se conservan en el archivo de
la Alhambra que han sido muchas las obras hechas en el palacio, y muchos
también los períodos muy largos de abandono que ha experimentado. Desde
1605 hasta 1752 estuvo completamente olvidado, según dice un informe
dado por la Junta de Bosques al marqués de Guardia Real. Antes de esta
época había consignaciones destinadas para sus reparos, que nunca
bajaron de 6.000 ducados anuales[75], según consta de muchas reales
cédulas. ¿Cuál sería el estado del alcázar en el siglo XVII, que en 1616
obligaron á pagar á un administrador los daños que originó en la Sala de
Comareh y Patio de Arrayanes, por haberlo convertido en almacén de
armas y municiones?
En cada departamento del alcázar había un alcaide ejerciendo
jurisdición, y éste cerraba sus puertas, tenia sus criados y privaba al
público de visitarlo. En el siglo XVI, consta, que los alcaides se
llevaban los porteros á sus posesiones para emplearlos en su beneficio,
y entretanto las torres estaban cerradas.
Ha sido siempre difícil averiguar las reformas que los Reyes Católicos
emprendieron en el palacio. El día 5 de Enero de 1492, tres días después
de tremolado el pendón en la Torre de Giafar, entraron en el alcázar los
Reyes Católicos y oyeron una misa en la Sala de Justicia, en cuyo sitio
se continuó celebrando siempre que venían á Granada desde el Real de
Santa Fe; y consta de un manuscrito anónimo del Escorial, que en 1492
hicieron obras en él, cuyo testimonio está confirmado por los escudos de
flechas y yugo, con el mote _Tanto monta_, que hay en dicha sala.
De un auto que obra en el archivo resulta: que en 1506 había empleados
en el palacio varios alarifes moriscos que se ocupaban de hacer las
obras, los cuales habían de dar trabajo personal, como impuesto de
farda; de cuyo dato se deduce que muchas transformaciones se verificaron
en el palacio durante los primeros años de la dominación cristiana, que
no se pueden distinguir de las obras antiguas de los árabes. Hacia el
año 1509 un secretario privado del monarca Católico inspeccionó y
dispuso nuevas restauraciones con los mismos operarios moriscos.
Desde 1524, en cuyo tiempo se derribó ó inutilizó por un incendio lo que
ocupó luego parte del palacio del emperador, hasta 1609, se hicieron
numerosos trabajos en el alcázar, que citaremos al describir los lugares
respectivos; y cuando ya se abandonó la obra moderna en 1625, era tal la
población de la Alhambra[76] que se pidió por los vecinos el palacio
árabe para establecer telares de cintas. Desde esta época se cuidó
poco, hasta el extremo que en 1729 los cuartos altos se destinaron á la
cría de palomas para utilidad de la Alcaidía.
Bajo la dominación francesa se acuartelaron en él los soldados que
guarnecían la Alhambra, y á su salida dejaron el estanque lleno de
proyectiles de cañón y pólvora. Por aquél tiempo, y al final del siglo
anterior, todo el palacio estaba habitado por familias pobres, en su
mayor parte de militares retirados, y otras que pagaban una mezquina
retribución. Los depósitos de agua servían entonces de lavaderos
públicos; y en tan deplorable época, algunos viajeros célebres como
Washington, Owen, etc., habitaron los cuartos del palacio árabe, merced
á una ligera indemnización que hacían á las familias encargadas de su
custodia.