[Illustration: Planta de la Catedral de Sevilla.]

El altar mayor es un retablo gótico tallado en madera y principiado por

Dauchart en 1482, con hermosas figuras representando pasajes de ambos

Testamentos, hechas, según Bermúdez, por Alemán y Alejandro. Esta

capilla tiene una sacristía con esculturas y lienzos notables. El

pequeño tabernáculo de plata es de Alfaro (1596). El coro, colocado en

la 4.ª y 5.ª bóveda de la nave central, tiene hermosas verjas

platerescas como las anteriores y sillería gótica de conocidos autores,

así como el facistol y los libros, que son interesantes. Deben verse las

pinturas de Murillo, Céspedes y Pacheco que hay en la sala Capitular,

así como esta construcción. Lo mismo debe visitarse la sacristía mayor,

no por el interés que ofrecen sus muros, sino por las excelentes obras

de arte que encierra, del pincel de Murillo, el famoso tenebrario de

Morel, la custodia de plata de Juan Arfe, los viriles, la llave del

moro que entregó la ciudad, las tablas alfonsinas y otras preciosidades.

No olvidemos la sacristía de los cálices, donde está el magnífico

crucifijo de Montañés, una Dolorosa de Morales y Santos de Goya.

[Illustration: Puerta del Perdón, Sevilla.]

La capilla Real es notable, pero no singular; en ella están los

sepulcros de D. Alonso el Sabio y doña Beatriz. En el altar se encuentra

la urna de plata que contiene el cuerpo de San Fernando. Los restos de

doña María de Padilla, de D. Fadrique, etc., están en la cripta, y en

la capilla el pendón de la conquista y la espada de San Fernando. La

verja es notabilísima.

La capilla del Baptisterio encierra dos de los mejores cuadros de

Murillo, el uno pintado en 1656, del cual fué robada la figura de San

Antonio el 5 de Noviembre de 1874 y devuelta algún tiempo después, por

haberse encontrado en New-York.

Hay muchas capillas de más ó menos mérito, por las obras que guardan: La

de San Pedro, los lienzos de Zurbarán, la de Belén, con una virgen de

Alonso Cano; el retablo y sepulcro de la capilla de Scala; la del Angel

de la Guarda; un cuadro de Murillo; el antiguo retablo de Santa Ana; y

la estatua de San Hermenegildo, de Montañés, con el sepulcro gótico del

Cardenal.

La capilla y sacristía de Nuestra Señora la Antigua está adornada con

lujo, esplendidez y buenas obras de arte de los estilos conocidos; la de

San Pablo con un gran crucifijo; la de la Purificación con entrada á la

contaduría, donde hay un San Fernando, de Murillo; la de la Pierna ó

«Gamba» por un escorzo que hay de Vargas, bien diseñado, y otras hasta

el número de 37, con obras de excelentes pintores, andaluces la mayor

parte y de reputación indubitada.

Se entra ordinariamente á las oficinas de la catedral por el Patio de

los Naranjos, dispuesto como los de las mezquitas, lo que da á todo un

carácter oriental. En él hay arcos de herradura, cartelas moriscas,

cresterías almenadas y algunos arabescos más hermosos en sus detalles

que los del alcázar, porque la gran mezquita de Yacub, construída en

este lugar, fué obra bizantina, con la influencia pérsica de los

primeros siglos de la egira. La puerta del Perdón es enteramente mudéjar

y todas las otras tienen más ó menos detalles árabes, como olvidados de

la destrucción. Se entra también por el patio al Sagrario, obra de

decadencia (1662) donde hay un medallón en el altar del centro, de

Roldán, y una imagen de San Clemente, de Cornejo.

Es notable el grande y colosal monumento que ponen ante las puertas de

la catedral los días de Semana Santa.

Después de este conjunto maravilloso de vestigios y construcciones

atrevidas con detalles no terminados por la falta de recursos que cobijó

á la mayor parte de las catedrales de Europa, tiene Sevilla edificios

sin influencia antigua como el Consulado, cuya construcción es robusta y

tétrica como la época en que se hizo (1585) por Juan de Minjares; la

fábrica de tabacos, todavía mayor y más sólida, gran edificio del tiempo

de Fernando VI, sin interés monumental; el

[Illustration: Ruínas de Itálica.]

palacio de San Telmo, colegio de Marina, del siglo XVII, estilo barroco

y decadente, hoy restaurado y lujoso en poder de los Duques de

Montpensier; el del Arzobispo, de igual época y sin interés

arqueológico; la iglesia del Salvador, donde hay esculturas de Montañés;

la Universidad; Santa Ana, iglesia gótica; la torre árabe de San Marcos;

de Santa Marina, con otro alminar; San Martín, San Pedro y otras con

numerosas obras escultóricas que abundan en Sevilla, y pinturas de una

brillante escuela de color que no se halla en parte alguna. Véanse, si

no, los cuatro cuadros de Murillo que hay en el Hospital de la Caridad;

los de Leal, Atanasio, Cano, Herrera, Pacheco, Rodas, Valdés, Zurbarán y

otros muchos que se hallarán en el Museo provincial, cuyas galerías

encierran la más rica colección de pinturas de Murillo, y cuya fama es

superior á todo encomio. Por esto sólo merece Sevilla ser visitada con

entusiasmo.

[Illustration: Gótico mudéjar.]

En este mismo Museo hay una colección de objetos arqueológicos traídos

de Itálica, antigua población romana que se encontraba á una legua de

Sevilla, y de la cual no se contempla hoy más que un inmenso circo de

tres cuerpos de anfiteatro levantados con muros y bóvedas de cuatro

metros de espesor, cuya obra estaba revestida de sillerías y decorada de

mármoles y estatuas. La Comisión de monumentos cuida hoy de conservarlo.

Recomendamos su grandeza é importancia.

[Illustration: Fachada del Hospital, Sevilla.]

Son innumerables los objetos de construcción que, procedentes de

Itálica, hay repartidos en toda esta comarca, la mayor parte utilizados

por los árabes en sus mezquitas y casas, dando á la estructura un

carácter especial de romanismo del peor tiempo, que rebajó la forma de

los arcos y produjo la doble construcción de éstos y la reducción de los

techos. Esos vestigios se ven también en las obras de los siglos XII al

XV, en la fábrica de la Catedral y en muchos conventos y capillas.

[Illustration: Casa-Ayuntamiento de Sevilla (Renacimiento).]

Después del Renacimiento, Sevilla ofrece un plateresco excepcional,

enriquecido de esmaltes y con multitud de fajas, pilas, zócalos y

frontispicios hechos de azulejos y ladrillo rojo que no se ve más que en

algunos puntos de Italia, pero que aquí forma el exclusivo tipo al cual

se subordinan todas las obras de no lejano período; estilo nada bello,

si bien es caprichoso y sensible á las trazerías mudéjares con las

siluetas absolutamente churriguerescas. Los ornatos de piedra y yeso

entremezclados á los esmaltes y ladrillos justifican este calificativo.

Hay todavía en esta población el testimonio de la influencia gótica

cuando el árabe desaparece y se entrega poco á poco á la inspiración

ojival, envolviéndose en sus hornacinas, acentuándose en los tímpanos

con cartelas de leones y matacanes con lóbulos y pirámides estriadas, y

rebajando los arranques de los arcos á la usanza musulmana. Las

portadas, claraboyas y rosetones de algunas iglesias están levantados

con ese estrecho espíritu de transición tan notable como raro que hemos

observado en tres ó cuatro puertas de otras tantas iglesias de los

siglos XIII al XIV verdaderas curiosidades arqueológicas, tanto aquí

como en Córdoba y pueblos circunvecinos.

Falta á esta ligera revista una mirada de admiración á la antigua casa

de Ayuntamiento, donde un estilo fastuoso de reminiscencias paganas y

piadosas, fantástico hasta lo sumo y altamente delicado y artístico, se

ostenta bellísimo más por el ornato que por las proporciones. El

Renacimiento de Sevilla protesta del fatalismo mahometano, se levanta

risueño y lleno de esperanzas como la civilización que le da aliento; no

pide á ninguno de los estilos de la Edad Media alimento para decorarse;

busca el clásico de edad más remota y se manifiesta en este edificio sin

concluir, rico de imágenes y potente para ataviarse; es un ejemplar

digno de toda alabanza que el tiempo destruirá sin que se haya

reproducido en lo que se construye nuevamente para completar la fábrica

de todo su plan y alzado.

PARTE TERCERA

ÚLTIMO PERÍODO

DESARROLLO DEL ARTE ORIENTAL EN ESPAÑA

Era tanta la ignorancia en ciertos tiempos sobre la cultura de los

árabes españoles, que autores cristianos suponen las mezquitas adornadas

con ídolos como los templos paganos; y á juzgar por los romances de la

Edad Media, era tal el criterio sustentado sobre las ciencias de los

mahometanos, que se atribuía no á hombres, sino á una legión de demonios

el poder y la magia ejercida por el genio de los nuevos dominadores de

España. ¡Y qué mucho si aún en nuestros días no se ha olvidado ese don

misterioso de profecía que se atribuye al _Calendario_, cuyo libro es

siempre el que más se encuentra en la mayor parte de las casas

españolas! _El manak_[41] que habían difundido los árabes por toda

Europa, se inventaba por astrólogos españoles, los cuales adquirieron

inmensa y diabólica fama de sobrehumana inspiración. De tal modo era

temida la ciencia de algunos cristianos que habían ido á aprenderla en

las academias y universidades de Córdoba y Sevilla, que más de un

sacerdote perdió al volver á su país la facultad de mandar comunidades

religiosas, y aun corrieron algunos riesgo, en momentos de calamidades

públicas, suponiéndose éstas ocasionadas por los maleficios de esos

sabios sospechosos de malas artes[42]. Hasta los albores de las ciencias

químicas que habían de desarrollarse en el cerebro de Nostredamus,

Raimundo, Kiot, etc., buscaban en España el éxito que más tarde había de

dar tan pasmosos resultados; y hasta los prodigios que principiaba á

revelar la ciencia astrológica y la conformidad en muchos casos con los

pronósticos que una azarosa experiencia había arrojado en sus libros,

fueron causa de que adquirieran un influjo, al cual no ha podido escapar

la civilización moderna. Las ciudades principales de España fueron,

pues, el emporio de las ciencias físicas y astronómicas; y si ignoramos

el número de franceses, alemanes é italianos que venían á estudiar á

Córdoba y Toledo, ó si el Papa Silvestre II recibió en Barcelona y no en

Córdoba su instrucción, lo cual podrá ser discutido eternamente por los

corifeos de ciertas escuelas, sí sabemos con exactitud que la

ornamentación árabe se copió en Italia, Francia y España, demostrando la

intimidad de las relaciones internacionales, y que cuando se conquistó á

Granada pasaban de 25.000 los extranjeros que residían en el reino,

enriquecidos del tráfico con Venecia, Marsella, Constantinopla, etc. Las

pinturas de la Sala de Justicia, confusamente atribuídas á artistas

cristianos del siglo XIV, nos indican cuán fácilmente pusieron en

ejecución obras, que sin el trato común con los extranjeros, les hubiera

sido imposible ejecutar. ¿Por qué, pues, poner en duda que la

nigromancia se aprendía en Toledo en el siglo XI, únicas escuelas á

donde venían á estudiarla jóvenes de Suavia y de Baviera?[43] Si tal

menosprecio se ha querido hacer de las ciencias químico-físicas de los

árabes, debería haberse empezado por destruir los monumentos, quemar

sus libros, los pergaminos de realce, romper los esmaltes y sus barros

cocidos, borrar los colores de sus telas y los que se ven en los muros

de sus casas, y sobre todo descubrir si en el resto de Europa se

fabricaba con más perfección ó había más recursos industriales y

mecánicos que los desplegados por ellos.

Sin aducir textos de obispos[44] ni de otros no menos venerados autores,

porque no intentamos sacar las pruebas de lo que exponemos fuera del

dominio del arte y de la industria, sucedía entonces lo que acontece

ahora con ese prurito de buscar en París y Londres alivio á males

incurables, recetas á métodos desconocidos de fabricación, y aliciente á

las empresas científicas. Monarcas de León y de Asturias trataron y

utilizaron sabios árabes de Córdoba y Sevilla; y Gobmar escribió en

árabe historias para que se aceptaran en la corte de Hakem II. Aparece,

verdad, que estas cordiales relaciones eran entonces como ahora

sostenidas principalmente por las familias aristocráticas en lo que se

refiere á las monarquías españolas y árabes, y que el pueblo visigodo en

general, tenía antipatía á los dominadores.

Si después de la toma de Toledo por D. Alfonso es cuando, según los

datos de algunos autores, principia á ser visitada por extranjeros y por

clérigos españoles esta ciudad, para adquirir conocimientos sobre la

hechicería, la alquimia y el álgebra, queriendo demostrar que no se

debía á los árabes la enseñanza de tales ciencias, este error supone á

nuestra vista poco conocimiento de aquella civilización y del organismo

de la sociedad mahometana en contacto con los mozárabes, ni de los

auxilios que de judíos y muslimes recibieron las cortes de D. Jáime y D.

Alfonso, ni de cómo era considerada la lengua sabia del Korán, no

habiendo otro genio en las artes que el inspirado por las obras de los

muslimes, según puede verse todavía en los raros objetos de aquel

tiempo, conservados á duras penas entre nosotros.

El arte de cincelar los metales es una prueba clara de lo que exponemos.

Nada más sorprendente en su género que esos trabajos á buril de las

armaduras cristianas, antes del renacimiento; trabajos que se

extendieron por la mayor parte de Europa, donde se ven lujosísimas

armaduras fabricadas con los ornatos árabes levemente modificados por el

gótico, las incrustaciones de oro y plata embutidas en el hierro con

pasmosa perfección, que no se hallan iguales de anteriores épocas, todas

hechas en las fábricas de Toledo, Valencia, Sevilla, etc., y de manos de

los artífices instruidos en estos incomparables centros del arte árabe,

únicos florecientes en aquella época.

Y cuando de tal modo se extiende su influjo, es ocioso referir lo mucho

que sobre su literatura y poesía han escrito eminentes orientalistas,

sosteniendo la existencia de toda una literatura aljamiada

extraordinariamente difundida, que cuenta obras maestras procedentes de

aquella civilización cuyos prodigios se están revelando todos los días.

Una consecuencia muy legítima del elevado estado de las artes en todas

sus ramificaciones, es el magnífico aspecto de los jardines que rodeaban

los pintorescos palacios de la sierra de Córdoba, los de Guadamar, de

Ruzafa, de Said, y tantos otros que nos pintan las seductoras casidas de

la poesía arábiga. La ciencia de trazar los edificios se hermanaba con

la de arreglar los jardines, alinear las plantaciones y combinar el

aspecto de los vegetales para producir decoraciones hasta cierto punto

arquitectónicas. El desarrollo que en tiempo de Luis XIV tomó en Francia

la idea algo antiestética de imitar con los arbustos los órdenes

greco-romanos, las columnatas, arcos y bóvedas, tenía más antiguo

origen; y aunque los normandos en Sicilia habían dado muestras de ello,

es indudable que en los jardines andaluces se hacían decoraciones del

mismo género, con la diferencia de que éstas, tomadas de una

arquitectura más delicada y menos severa, produjeron verdaderos _oasis_

de sin igual encanto, cuyas reminiscencias se notan todavía en algunas

comarcas de este bello país.

Sin que tratemos de ocultar el interés que nos ofrece el parque moderno,

hermosa ostentación de la más vigorosa naturaleza dominada por la

inteligencia del hombre con el constante auxilio de la máquina, tiene su

belleza relativa la simetría reguladora de aquellos jardines, que

ondeaban pabellones como arcos estalactíticos; que recortaban en los

cipreses remates y obeliscos imitando alminares; que tejían las hojas

trepadoras con los vistosos encañados remedando los azulejos de sus

palacios; que hacían grutas á manera de templos, y cruzaban arcos de

ramaje como los arcos de piedra de la mezquita de Córdoba. Es un error

suponer monotonía en esta clase de jardines, cuando lo que se nota es un

refinamiento exagerado, demasiado deseo de subordinar las galanuras de

las flores á curvas, líneas y trazerías fantásticas, que ofrecen un

peculiar encanto en aquellos países donde el campo todo es un verjel

frondoso, especie de parque silvestre que tal vez no necesita del

cuidado del hombre para compararse con los de las antiguas ciudades

romanas y bretonas. El jardín simétrico, hecho como los de Andalucía,

sin que se mezcle el estilo demasiado severo y fastuoso que se nota en

los palacios de nuestros reyes construídos con posterioridad, ofrece

indudable belleza, cuyo origen hay que buscarlo en las descripciones de

los poetas orientales, ó cuando alguna fiel imagen de ellos hallada en

modestas casas de nuestro país, nos obliga á reconocer sus encantos.

Hemos visto en el perímetro ocupado por los restos del antiguo palacio

del Chapiz[45], removiendo el suelo de un dilatado patio, la antigua

traza de un jardín con estanque en el centro surtido de juegos de aguas,

arriates y márgenes á manera de laberinto; las glorietas y asientos de

mosáico de gruesa labor formada de piedrecitas de colores, y algunos

restos de figuras enlazadas con grandes letras formadas de arrayanes.

No es, pues, tan distante de aquel gusto lo que todavía se construye

alrededor de los palacios modernos; y ni las figuras hechas de jazmines,

ni las doncellas de flores, ni los asientos de enredaderas y hiedra de

la famosa pila de Almanzor, fueron creaciones de la poesía, sino

hechuras del arte, que alcanzaba á todo lo que podía halagar el

sentimiento de aquellas ilustres generaciones.

Muy apasionado debía ser á la música y cantares el pueblo que construyó

la Alhambra, por más que este arte viviera todavía tan en la infancia

como entre los antiguos pueblos de Oriente; pero no debemos buscarlo con

ese espléndido lujo de armonía y de instrumentación que le vemos hoy,

sino que considerado como el más dulce, tranquilo y misterioso lenguaje

del corazón, la canción árabe es quizá la más tierna y expresiva que se

oyó en la edad de las rudas fatigas y de las belicosas al par que

insaciables ambiciones. No conocemos canciones españolas anteriores á la

época árabe, y á las que contamos posteriores les damos aquella

procedencia, porque los viajeros que recorren las costas africanas oyen

entre los moros los mismos cantos de Andalucía, la misma cadencia, el

aire reposado y el eco sentencioso de las preciosas cantinelas que aún

se conservan entre nosotros. Alguna música recogida al oído con motivo

de la reciente campaña de Africa, y que hemos tenido ocasión de

apreciar[46], tiene mucha semejanza con las gallegadas y el zorzico,

cosa que nos ha sorprendido extraordinariamente, infundiéndonos la

sospecha de si estos cantos fueron tomados de los españoles, lo cual es

muy posible, sin que por esto dejemos de conocer que toda la música de

aquellos pueblos es completamente andaluza, llena de la inspiración,

originalidad y galanura que todos le reconocen.

Dados á la música y al baile, los árabes recuerdan los trovadores de la

Provenza y la existencia de los juglares que invadían las calles sin

otro modo de vivir que cantar y herir sus instrumentos de cuerda, cuero

y madera, entre recitados, para entretener á los ociosos de las plazas

públicas. Conocidos son también los regalos que recibían de los reyes

aquellos que cantaban con perfección, á juzgar por la historia del

cantor Zirjab, que Ab-de-Rahmán II hizo venir de Bagdad á Córdoba.

Escritos hay libros teóricos sobre este arte, y el que se hizo de

cantares andaluces para competir con los de Persia da buen testimonio de

que no estaba descuidado este precioso don, grato solaz del alma

humana[47].

Y ¿cómo había de estarlo?... Por más que se separe en el dominio de su

manifestación la música de las demás artes, ha seguido con ellas la ley

de las transformaciones sucesivas. Cuando más portentoso fué el

espectáculo dado por aquéllas, más notable fué también el amor ó el

sentimiento de admiración por la música en todos los pueblos de la

antigüedad, hasta la aparición de los grandes maestros. Coincide siempre

con la arquitectura más que con la escultura, y mucho más que con la

pintura la simpatía por el lenguaje del sonido; parece como que una y

otra sacan de la imaginación sus formas lejos de la realidad; ambas

combinan líneas, espacios ó tiempos, con lo cual se produce simetría y

euritmia, y los sonidos apoyándose en el número y la cantidad, producen

también la expresión viva de los sentimientos, más profundidad en

variedad infinita de imágenes; como la arquitectura, apoyándose en la

masa inmóvil y pesada, crea lo mismo que aquél una forma real, confusa,

indefinible y vaga, de emociones simpáticas, existiendo, pues, en ambas

una misma cualidad, aunque la esfera de acción en la música y

arquitectura se extienda en distintos horizontes. Es lógico que los

pueblos que tanto se extasiaban con el conjunto de formas imaginarias;

que querían hallar sobre los paramentos de los palacios la multiplicidad

que se combina y se deshace y vuelve á renacer como ondulaciones de

colores que no se palpan, como las estrellas que cien veces parecen

aumentarse en número, tuvieran predilección por el sonido de tal modo

manifestado, constituyendo la esencia y la existencia de otro ser

oculto, abstracción pura y sencilla que se aleja de nuestro modo de ser

práctico, y nos revela una segunda naturaleza más moral y elevada que la

que nos sujeta á la tierra.

Aquel pueblo lleno de emociones íntimas, de agudos sentimientos, tuvo,

pues, pasión por la música. Hizo en este arte lo que sus predecesores,

que ya habían inventado el acorde y la armonía y pulsaban arpas y

cítaras; pero les excedieron en lo sentencioso del canto y en el acento

de la pronunciación musical. Así es que no hay canciones que hieran más

el sentimiento que las que se conservan en el pueblo andaluz, canciones

muy antiguas, las cuales se perpetuarán por largos siglos, y serán

escuchadas siempre con profunda emoción.

El ornato del edificio, como el acorde, son dos cosas que se explican y

se razonan del mismo modo: cuando la obra está terminada no se puede

preguntar al artífice por qué pone sobre el tímpano ó en las cornisas

molduras innecesarias, y éstas las interrumpe para establecer un cuerpo

más realzado de construcción que acusa otro género, porque no sabría

contestar razones concluyentes y absolutas. Lo mismo diremos de la

música. En uno y otro arte, aunque tan diversos ligeramente mirados, no

hay más que la medida, que la regla, que lo regular y compasado; la

confusión, el desorden, la irregularidad destruyen la obra. Es en la

simetría de la forma donde ese arte encuentra más identidad con los

demás efectos de la belleza, y por eso al citar este brillante período

del genio sarraceno, no podíamos prescindir de un recuerdo á esas dulces

melodías que se inspiraban en el voluptuoso encanto de los alhamíes, en

el murmullo de las fuentes que se deslizaban al pie de los divanes, y en

la agradable y dulce contemplación de los sombríos aposentos matizados

de brillantes colores.

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 8 / 25 段