El palacio de la Alhambra expresa el punto culminante de siete siglos de

cultura, y lo que es más digno de atención, el tránsito del puritanismo

de las escuelas coránicas de Oriente á la expansión ideológica, al par

que tolerante, con que se anunciaba el Renacimiento en el siglo XIII.

La ciencia, la literatura, el heroísmo de la pasión, el militarismo

caballeresco que tan hondas raíces echó en nuestra patria, la tolerancia

política que entonces no podía llamarse libertad, el culto á los sabios,

á los inspirados y á los valientes, la predilección por el arte y el

amor á la popularidad, que hizo caer á los magnates en crímenes de

vanidad ó de ambición, cuantos signos, en fin, pueden revelar en un

Estado el desarrollo del poder civil como principio de adelantamiento,

todo se halla indicado, con más ó menos claridad, en el recinto murado

de esa construcción medio ruinosa, mitad restaurada por lentos trabajos

de cuatro siglos, mitad escombros removidos ó rebuscados por

infatigables viajeros que han descortezado los tabiques para arrancar

sus ornatos y filigranas; todo se descubre allí al espíritu

verdaderamente investigador, que no desprecia los fragmentos carcomidos,

ni lo tenebroso de aposentos subterráneos, ni las huellas impresas en lo

más recóndito de sus anditos y alhamíes.

Ese palacio no es solo un sistema encantador de caprichosos ornamentos,

cuya originalidad nos arrebata, sino que revela el secreto de los

últimos dos siglos de dominación árabe, explicando porqué artificio no

pudo consumarse la ruína del poder sarraceno en nuestra patria

inmediatamente después de la conquista de Sevilla; y porqué las armas

victoriosas de nuestros abuelos se embotaron si no se rindieron ante esa

ilustre ascendencia de la dinastía granadina, que estrechada en un

recinto pequeño y asediada por la heróica restauración cristiana, brindó

muchas veces la paz á sus enemigos, paz que éstos le otorgaron más por

respeto á su sabiduría que á sus caudillos y legiones.

¡Siglos que proclamaron el poderío de aquel pueblo, abriendo sus

_madrizas_ á los hijos de los príncipes contra quienes luchaban;

celebrando torneos como galantes amigos, ofreciéndoles sus artes,

regalándoles los bellos productos de sus lujosas industrias en sedas y

labores de mano, y convidando á los fuertes capitanes que los asediaban

á espléndidas monterías, donde en culta competencia lucían sus

vestidos, sus armas y su agilidad. Edad sublime que no se ha estudiado

todavía cual se merece por odio religioso ó por feroz aborrecimiento,

hijo de la indignidad á que se vió reducida la noble raza española!

La Alhambra se levantó como todos los edificios clásicos de la

antigüedad en esa época culminante, desde la que comienza para los

pueblos su inevitable decadencia y ruína; y este período más floreciente

del arte, es también el que presta ocasión á que las ideas se extravíen

por el deleite hasta el delirio. Apogeo descendente de la civilización

que es preciso sorprender para reconocerle, sin preocuparse de sus

encantos, y no pervertir el gusto con el éxtasis de una ardiente

contemplación.

El que viene ascendiendo por el estudio de los monumentos de Córdoba, de

Toledo, de Sevilla, etc., deja en su inteligencia un vacío que no

satisface, é involuntariamente recuerda á Cairo, Túnez, Fez, llegando á

elevarse por encadenadas deducciones hasta las mezquitas de

Constantinopla, las tumbas del Afghanistan y las antiguas pagodas de

Dehli. El arco de herradura, propio de la arquitectura militar y

religiosa de aquellas comarcas, forma la más original del género, se

aplicaba en España, como ya hemos citado, en los primeros tiempos

árabes, y las techumbres de gruesas vigas, destacando rombos ó polígonos

de facetas á semejanza de pidras labradas, cubrían con casquetes de

planos unidos por sus lados, imitando las primitivas obras del Oriente.

Las columnas de los enclaustrados eran cortas, como aplastadas por el

peso de los arcos, de mayor planta que los capiteles; éstos, sin forma

determinada, más parecida á la bizantina, pero tanto menos expresada en

sus detalles, imitaban groseramente el orden compuesto greco-romano, de

labores de gruesas y venas sobre los tallos y hojas que torpemente

tallaban con el característico intento de bordarlos. Las bóvedas se

cruzaban como en la capilla de Córdoba, pero no se multiplicaban sobre

plantas triangulares, y bajo el rigorismo geométrico de los colgantes de

la Alhambra; idea extraña que vemos iniciarse en la arquitectura india

del Punjad, que se oculta después para aparecer en Persia bajo las

ménsulas de los púlpitos, en los minaretes que existen en Egipto y en

Marruecos; pero que se desarrolla por concepción uniforme y simétrica en

las construcciones de la España posteriores al siglo XIII. Las plantas,

en fin, de los monumentos, adaptadas unas veces á las formas de los

castillos, otras á la irregularidad de las montañas sobre que se

edificaron, especie de desarreglado montón de edificios, repartido al

acaso para las necesidades de la guerra, de la religión y del harem,

aquí se regularizan, preside á ellas el gusto de la ostentación y de la

comodidad, y se trazan bajo la misma razón geométrica de armonía entre

los lados del triángulo que arranca y cierra las bóvedas de sus

estancias. Una y sola fórmula para repartir la distribución, y la misma

para labrar las murallas que para calar las esbeltas galerías[48].

Y aunque aparezcan á primera vista como esparcidos entre torres y

jardines los edificios de la Alhambra, penetrando un poco en la

investigación de tan preciosos restos, se halla más bien que la

regularidad, la simetría; más bien que la concepción de la línea recta,

la convergencia de objetos que se refieren á un mismo punto, cuyo método

sostenido con supersticioso afán, nos hace admirar lo que creíamos

producto sólo de la fantasía ó del insomnio que produce un cuento

mágico.

Cuando el arte en Europa se hallaba dominado por el vértigo del

clasicismo[49], que embargaba la atención de las academias y extraviaba

la imaginación de sus más brillantes discípulos, alcanzó á la Alhambra

el ciego afán de explicarlo todo por el sistema exclusivo que se

consideraba sinónimo de lo justo y de lo bello. No pudiendo mirar

nuestros artistas con indiferencia un monumento que les despertaba más

curiosidad que los de Sevilla, Toledo y Córdoba, quisieron por un alarde

de tolerancia, respetar lo que el Emperador Cárlos V, aconsejado por

artistas italianos, había dejado para la contemplación de la posteridad;

extrañaban su conjunto poco armónico según su educación clásica; querían

hermanar sus teorías sobre la belleza, sobre la conveniencia, en los

vestigios que á cada paso encontraban, y á fuerza de mirar por un prisma

confeccionado para el uso de aquellos razonamientos exclusivos de

escuela, se persuadieron de que habían hallado la clave de la

importancia atribuída fuera de España á estos monumentos. Desde entonces

dejó de llamarse un edificio bárbaro; la Academia de San Fernando mandó

hacer una obra ilustrada de sus preciosidades artísticas; el ilustre

Jovellanos explicó sus bellezas y su historia, y desde entonces

escritores de más ó menos nota se dedicaron á cantar sus grandezas, como

poetas y como filósofos. ¿Por qué cuando las academias no respetaban más

que la antigüedad pagana, se detuvieron á contemplar este alcázar

_semibárbaro_, recuerdo de una dominación que queríamos borrar de

nuestra historia?

Ya lo hemos indicado, se había hallado la clave: el palacio de Alhamar

pudo cuadrarse, completando las líneas que al decir de los académicos

habían desaparecido. Se levantó el plano de restauración. Se buscó el

eje central, figurándolo entre el patio del Estanque y la sala de

Embajadores. Los patios y naves que hoy se conservan á la izquierda de

este eje se trazaron arbitrariamente á su derecha en orden de simetría.

A uno y otro lado se imaginaron las mismas torres, las mismas puertas é

iguales alturas. ¡Qué uniformidad tan deliciosa para aquellas gentes! De

este modo se contentaron con lo que existía, imaginándose lo que había

desaparecido.

Hoy se perpetúan esas aberraciones, no pudiendo explicar el espíritu que

levantó estos monumentos. En la decadencia del Renacimiento parece como

que no se comprende bien el genio de la antigüedad. No afirmaríamos en

esta ocasión hipótesis que nos llevarían demasiado lejos; pero al

estudiar la planta de estos edificios, ¿no se halla conformidad con las

casas de Pompeya y de Herculano? En el barrio de Albaicín de Granada,

¿no se ve, penetrando en el recinto de las pocas casas que se conservan,

la misma distribución de las de Roma, ó algunas reminiscencias de las de

Grecia? Búsquense los baños, y ya no es la semejanza, sino la igualdad

absoluta. Civilización oriental una como otra, ambas inspiradas en un

mismo origen. Lo que habían hallado nuestros académicos no era el mérito

especial de la Alhambra; era la interpretación equivocada de su carácter

y de su símbolo.

El libro y el plano de la Academia quedaron en nuestro tiempo relegados

al olvido, y si no bastaran las teorías para negar su importancia, lo

demostraríamos por las recientes excavaciones que hemos hecho con este

propósito. No hay paralelógramo posible ni por la configuración del

terreno ni, por lo que es más seguro, por no existir cimientos ni bajo

las líneas que se inventaron, ni aproximadas en esta ó en otra

dirección.

La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí,

pues, vamos á buscarla.

Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre

dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las

familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado,

portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas

casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje

perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del

edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo

frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan

fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un

patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos

cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la

segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas

que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa,

alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus

cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de

los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su

rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los

costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su

decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si

estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas

monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el

genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la

severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas,

que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la

decoración.

Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al

asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos

perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no

hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de

modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo

exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron

de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir;

simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas

sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados

sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por

fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño

hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las

naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del

centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se

encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios

del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres

cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y

algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La

influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos

sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las

portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras

con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen

morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy

mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las

construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á

recibirlo con algunas ligeras modificaciones.

Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos

del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en

el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los

escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una

época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más

absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de

cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor

parte de la misma _grava_ cuarzosa del terreno, formando un conglomerado

artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene

por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de

cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una

excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos,

que convenían perfectamente á tales suposiciones.

Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como

arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión,

extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y

espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres

predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto

paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus

estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los

cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y

perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente

como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos

regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se

acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los

mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta

constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden

en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al

parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.

LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV

En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la

verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los

árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y

antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las

transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en

el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de

diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.

El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos

han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas

épocas de su construcción.

En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña

población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse

hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de

Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se

descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las

cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio,

quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia

con las inscripciones góticas halladas después de la dominación

sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los

antiguos historiadores.

El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la

Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los

edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo

de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña

roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de

los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el

siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado

Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas

alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras

en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo

recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y

murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una

población en todo el collado antes del establecimiento del último reino

granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población

muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que

tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que

no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay

entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de

la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua

Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de

la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos

suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo

sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar,

nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo

pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá

del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y

tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de

Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego

incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete

torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se

contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].

Observando el plano que publicamos entonces y acompañamos á este libro,

se puede ver el espacio ocupado antes, desde la dicha puerta hasta la

Alhambra alta, que después fué convento de San Francisco. Hay todavía

restos soterrados de muros más antiguos que la cerca de Alhamar, los

cuales se hallan todos en el indicado espacio, á cinco y seis metros de

aquélla por la parte interior en el lado Norte, y por fuera en el lado

Sur.

Reunió, pues, Alhamar el Magnífico, bajo un recinto, las construcciones

que existían aquí de diversos tiempos, y estableció en ellas el imperio

de su grandeza; construyó hermosas puertas principiando por la de

Bid-Algodor ó de los Pozos[52], que es la que llamamos hoy de los Siete

Suelos, y entonces era la que estaba más próxima á los silos que se

hicieron para guardar las cosechas en los tiempos de escasez ó de

guerra, y dejó para el no menos grande Yusuf otras construcciones como

la de la Justicia y la torre que había donde hoy está la puerta de los

Carros, de la cual quedan algunas referencias que constan en los legajos

del archivo, donde dice haberse reparado y estar habitada en el año 1586

por un capitán de las cien lanzas del conde de Tendilla. No puede

negarse, conocido el estilo de estas puertas exteriores, que es

diferente su construcción á la de la Puerta del Vino, la cual se parece

más bien por su fábrica á la puerta Monáita, y por sus inscripciones,

que no citan rey alguno, como generalmente se hacía en las obras que no

fueron mandadas construir por los sultanes.

Las obras de adarves y viaductos de todas las torres en comunicación

oculta con el palacio y alcazaba, el aislamiento de éstos y sus defensas

por dentro del fuerte, todo está demostrando que al elegir este sitio

para morada de la corte en los dos últimos siglos, se contó con una

población que ya existía, la cual quedó así como aprisionada y

comunicándose con la ciudad sólo por las únicas tres citadas puertas,

pues las del lado Nordeste eran de uso exclusivo de la fortaleza y los

palacios.

Con la numerosa población de la Alhambra alta, nombre dado en los

tiempos del emperador Cárlos V[53], se citan la Plaza de los Pablas,

ocupando el sitio del palacio que fundó aquel monarca, y las dos torres

del Homenaje, una que era la actual de los Picos, y otra la de las

Prisiones sobre el Cubo, y un numeroso caserío que existía tan apiñado,

que en el año 1539 se prohibió á sus habitantes que moraran en los

baluartes y palacios. El Partal lo habitaba un moro que, con otros,

levantó rebelión y le fueron confiscados sus bienes, los cuales se

hallaban dentro de los alcázares cerca del huerto de Astasio Bracamonte,

escudero del marqués de Mondéjar, donde hoy se halla la mezquita.

Fué tan grande la población que siempre hubo en la Alhambra, antes de

que fuera corte mahometana, en tiempo de ésta y después de la conquista,

que no se halla un palmo de terreno donde no se encuentren cimientos de

casas y palacios antiguos, en los que se emplearon tal vez enormes

sumas, pues los sultanes gastaban en obras continuas sus rentas de

ciento sesenta mil ducados anuales, enorme cantidad para aquellos

tiempos; y después de la expulsión sarracena se emplearon no menores en

transformar, coronar y revestir baluartes, adquiriendo dominio sobre

fincas pertenecientes á habitantes moriscos cuya posesión era muy

antigua.

Fué, por último, para convertir la población árabe al culto cristiano

para lo que se cedió un palacio ó mezquita en 1492, donde se estableció

un convento de Franciscanos con este fin. Todo está demostrando que

existía desde muy antiguo una ciudad ó villa fortificada donde se

sucedieron dominaciones sucesivas que arruinaron y levantaron obras sin

concierto ni uniformidad, cuyo carácter, transcurriendo siglos, había de

imprimir á todo el sitio el pintoresco y variado panorama que tanto se

admira hoy.

[Illustration: Puerta Judiciaria.]

Concretemos nuestra descripción al trazado del plano que acompañamos al

final, hecho en 1865; y entremos en la Alhambra por la puerta árabe que

abrimos no ha muchos años en el lado Norte de la alcazaba bajo la Torre

de las Armas, la cual era una de las principales y de más directa

comunicación entre el Albaicín y la Fortaleza por un puente elevado para

cruzar el río Darro. Desde el núm. 54 en dicho plano se indican restos

de murallas inclinándose hasta ganar la altura de dicha entrada por el

núm. 46, y siguiendo un camino y adarve completamente trasformado hoy,

que iba cortando el cubo muralla del núm. 43, por la línea de puntos que

se dirige al palacio árabe. El cubo referido es obra posterior á la

conquista; observándose que el piso de la entrada de la Torre de las

Armas está casi al mismo nivel de la puerta antigua del palacio árabe

que hemos ahora descubierto, y de la que hablaremos luego. Se ve

fácilmente que suponiendo con fundamento construídas después de la

conquista las dos grandes cisternas ó aljibes que se señalan de puntos

con el núm. 7, hay un espacio vacío ó gran plaza inscrito en la línea de

los núms. 53, el 37 y el 42 por un lado, y las torres 44 y 45 por otro,

donde se han encontrado cimientos de construcciones árabes y modernas, y

un aljibe, núm. 8, de bóvedas, á tan gran profundidad, que aun

suponiendo rebajado el pavimento de este espacio, como indudablemente lo

estaría, cinco metros, siempre resulta el aljibe en el plano

correspondiente de profundidad para el objeto de nuestras

investigaciones. Hemos visto además de los cimientos citados, que el

terreno de todo este sitio está compuesto de ruínas y de escombros

procedentes de la construcción del palacio del Emperador, cuyo edificio,

núm. 9, suponiéndolo no hecho, dejaría á descubierto la línea que va

desde la Puerta del Vino, núm. 5, hasta el 9, donde habría una muralla

que separaba una parte de la Alhambra que llamamos alta, y el citado

espacio de la Plaza de los Pablas, hoy de los Aljibes. Esta denominación

consta en algunos escritos antiguos que se hallan en el archivo del Real

Patrimonio.

Fijaremos, pues, las ideas demostrando que la Puerta del Vino servía de

paso ó camino á una población separada completamente de la Casa Real, y

que se comunicaba con la ciudad por la Puerta Judiciaria exclusivamente,

núm. 3. De este modo, la habitación de los monarcas, el harem y todo ese

recinto de palacios, parte conservados y parte no, que hay bajo la línea

de puntos hasta el núm. 55 que hemos señalado, era independiente,

cercada de un foso por el Sur, de murallas y bosques por el Norte y

Poniente, tenía sus comunicaciones privadas con Generalife y otros

sitios de recreo en la Puerta de Hierro y Torre de los Picos, números 28

y 29, y con la ciudad antigua por la Torre de las Armas, núm. 46,

bajando á pasar el río Darro por el puente árabe ya indicado, cuyos

restos se ven todavía.

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 9 / 25 段