cultura, y lo que es más digno de atención, el tránsito del puritanismo
de las escuelas coránicas de Oriente á la expansión ideológica, al par
que tolerante, con que se anunciaba el Renacimiento en el siglo XIII.
La ciencia, la literatura, el heroísmo de la pasión, el militarismo
caballeresco que tan hondas raíces echó en nuestra patria, la tolerancia
política que entonces no podía llamarse libertad, el culto á los sabios,
á los inspirados y á los valientes, la predilección por el arte y el
amor á la popularidad, que hizo caer á los magnates en crímenes de
vanidad ó de ambición, cuantos signos, en fin, pueden revelar en un
Estado el desarrollo del poder civil como principio de adelantamiento,
todo se halla indicado, con más ó menos claridad, en el recinto murado
de esa construcción medio ruinosa, mitad restaurada por lentos trabajos
de cuatro siglos, mitad escombros removidos ó rebuscados por
infatigables viajeros que han descortezado los tabiques para arrancar
sus ornatos y filigranas; todo se descubre allí al espíritu
verdaderamente investigador, que no desprecia los fragmentos carcomidos,
ni lo tenebroso de aposentos subterráneos, ni las huellas impresas en lo
más recóndito de sus anditos y alhamíes.
Ese palacio no es solo un sistema encantador de caprichosos ornamentos,
cuya originalidad nos arrebata, sino que revela el secreto de los
últimos dos siglos de dominación árabe, explicando porqué artificio no
pudo consumarse la ruína del poder sarraceno en nuestra patria
inmediatamente después de la conquista de Sevilla; y porqué las armas
victoriosas de nuestros abuelos se embotaron si no se rindieron ante esa
ilustre ascendencia de la dinastía granadina, que estrechada en un
recinto pequeño y asediada por la heróica restauración cristiana, brindó
muchas veces la paz á sus enemigos, paz que éstos le otorgaron más por
respeto á su sabiduría que á sus caudillos y legiones.
¡Siglos que proclamaron el poderío de aquel pueblo, abriendo sus
_madrizas_ á los hijos de los príncipes contra quienes luchaban;
celebrando torneos como galantes amigos, ofreciéndoles sus artes,
regalándoles los bellos productos de sus lujosas industrias en sedas y
labores de mano, y convidando á los fuertes capitanes que los asediaban
á espléndidas monterías, donde en culta competencia lucían sus
vestidos, sus armas y su agilidad. Edad sublime que no se ha estudiado
todavía cual se merece por odio religioso ó por feroz aborrecimiento,
hijo de la indignidad á que se vió reducida la noble raza española!
La Alhambra se levantó como todos los edificios clásicos de la
antigüedad en esa época culminante, desde la que comienza para los
pueblos su inevitable decadencia y ruína; y este período más floreciente
del arte, es también el que presta ocasión á que las ideas se extravíen
por el deleite hasta el delirio. Apogeo descendente de la civilización
que es preciso sorprender para reconocerle, sin preocuparse de sus
encantos, y no pervertir el gusto con el éxtasis de una ardiente
contemplación.
El que viene ascendiendo por el estudio de los monumentos de Córdoba, de
Toledo, de Sevilla, etc., deja en su inteligencia un vacío que no
satisface, é involuntariamente recuerda á Cairo, Túnez, Fez, llegando á
elevarse por encadenadas deducciones hasta las mezquitas de
Constantinopla, las tumbas del Afghanistan y las antiguas pagodas de
Dehli. El arco de herradura, propio de la arquitectura militar y
religiosa de aquellas comarcas, forma la más original del género, se
aplicaba en España, como ya hemos citado, en los primeros tiempos
árabes, y las techumbres de gruesas vigas, destacando rombos ó polígonos
de facetas á semejanza de pidras labradas, cubrían con casquetes de
planos unidos por sus lados, imitando las primitivas obras del Oriente.
Las columnas de los enclaustrados eran cortas, como aplastadas por el
peso de los arcos, de mayor planta que los capiteles; éstos, sin forma
determinada, más parecida á la bizantina, pero tanto menos expresada en
sus detalles, imitaban groseramente el orden compuesto greco-romano, de
labores de gruesas y venas sobre los tallos y hojas que torpemente
tallaban con el característico intento de bordarlos. Las bóvedas se
cruzaban como en la capilla de Córdoba, pero no se multiplicaban sobre
plantas triangulares, y bajo el rigorismo geométrico de los colgantes de
la Alhambra; idea extraña que vemos iniciarse en la arquitectura india
del Punjad, que se oculta después para aparecer en Persia bajo las
ménsulas de los púlpitos, en los minaretes que existen en Egipto y en
Marruecos; pero que se desarrolla por concepción uniforme y simétrica en
las construcciones de la España posteriores al siglo XIII. Las plantas,
en fin, de los monumentos, adaptadas unas veces á las formas de los
castillos, otras á la irregularidad de las montañas sobre que se
edificaron, especie de desarreglado montón de edificios, repartido al
acaso para las necesidades de la guerra, de la religión y del harem,
aquí se regularizan, preside á ellas el gusto de la ostentación y de la
comodidad, y se trazan bajo la misma razón geométrica de armonía entre
los lados del triángulo que arranca y cierra las bóvedas de sus
estancias. Una y sola fórmula para repartir la distribución, y la misma
para labrar las murallas que para calar las esbeltas galerías[48].
Y aunque aparezcan á primera vista como esparcidos entre torres y
jardines los edificios de la Alhambra, penetrando un poco en la
investigación de tan preciosos restos, se halla más bien que la
regularidad, la simetría; más bien que la concepción de la línea recta,
la convergencia de objetos que se refieren á un mismo punto, cuyo método
sostenido con supersticioso afán, nos hace admirar lo que creíamos
producto sólo de la fantasía ó del insomnio que produce un cuento
mágico.
Cuando el arte en Europa se hallaba dominado por el vértigo del
clasicismo[49], que embargaba la atención de las academias y extraviaba
la imaginación de sus más brillantes discípulos, alcanzó á la Alhambra
el ciego afán de explicarlo todo por el sistema exclusivo que se
consideraba sinónimo de lo justo y de lo bello. No pudiendo mirar
nuestros artistas con indiferencia un monumento que les despertaba más
curiosidad que los de Sevilla, Toledo y Córdoba, quisieron por un alarde
de tolerancia, respetar lo que el Emperador Cárlos V, aconsejado por
artistas italianos, había dejado para la contemplación de la posteridad;
extrañaban su conjunto poco armónico según su educación clásica; querían
hermanar sus teorías sobre la belleza, sobre la conveniencia, en los
vestigios que á cada paso encontraban, y á fuerza de mirar por un prisma
confeccionado para el uso de aquellos razonamientos exclusivos de
escuela, se persuadieron de que habían hallado la clave de la
importancia atribuída fuera de España á estos monumentos. Desde entonces
dejó de llamarse un edificio bárbaro; la Academia de San Fernando mandó
hacer una obra ilustrada de sus preciosidades artísticas; el ilustre
Jovellanos explicó sus bellezas y su historia, y desde entonces
escritores de más ó menos nota se dedicaron á cantar sus grandezas, como
poetas y como filósofos. ¿Por qué cuando las academias no respetaban más
que la antigüedad pagana, se detuvieron á contemplar este alcázar
_semibárbaro_, recuerdo de una dominación que queríamos borrar de
nuestra historia?
Ya lo hemos indicado, se había hallado la clave: el palacio de Alhamar
pudo cuadrarse, completando las líneas que al decir de los académicos
habían desaparecido. Se levantó el plano de restauración. Se buscó el
eje central, figurándolo entre el patio del Estanque y la sala de
Embajadores. Los patios y naves que hoy se conservan á la izquierda de
este eje se trazaron arbitrariamente á su derecha en orden de simetría.
A uno y otro lado se imaginaron las mismas torres, las mismas puertas é
iguales alturas. ¡Qué uniformidad tan deliciosa para aquellas gentes! De
este modo se contentaron con lo que existía, imaginándose lo que había
desaparecido.
Hoy se perpetúan esas aberraciones, no pudiendo explicar el espíritu que
levantó estos monumentos. En la decadencia del Renacimiento parece como
que no se comprende bien el genio de la antigüedad. No afirmaríamos en
esta ocasión hipótesis que nos llevarían demasiado lejos; pero al
estudiar la planta de estos edificios, ¿no se halla conformidad con las
casas de Pompeya y de Herculano? En el barrio de Albaicín de Granada,
¿no se ve, penetrando en el recinto de las pocas casas que se conservan,
la misma distribución de las de Roma, ó algunas reminiscencias de las de
Grecia? Búsquense los baños, y ya no es la semejanza, sino la igualdad
absoluta. Civilización oriental una como otra, ambas inspiradas en un
mismo origen. Lo que habían hallado nuestros académicos no era el mérito
especial de la Alhambra; era la interpretación equivocada de su carácter
y de su símbolo.
El libro y el plano de la Academia quedaron en nuestro tiempo relegados
al olvido, y si no bastaran las teorías para negar su importancia, lo
demostraríamos por las recientes excavaciones que hemos hecho con este
propósito. No hay paralelógramo posible ni por la configuración del
terreno ni, por lo que es más seguro, por no existir cimientos ni bajo
las líneas que se inventaron, ni aproximadas en esta ó en otra
dirección.
La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí,
pues, vamos á buscarla.
Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre
dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las
familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado,
portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas
casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje
perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del
edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo
frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan
fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un
patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos
cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la
segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas
que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa,
alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus
cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de
los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su
rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los
costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su
decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si
estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas
monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el
genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la
severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas,
que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la
decoración.
Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al
asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos
perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no
hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de
modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo
exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron
de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir;
simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas
sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados
sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por
fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño
hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las
naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del
centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se
encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios
del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres
cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y
algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La
influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos
sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las
portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras
con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen
morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy
mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las
construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á
recibirlo con algunas ligeras modificaciones.
Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos
del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en
el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los
escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una
época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más
absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de
cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor
parte de la misma _grava_ cuarzosa del terreno, formando un conglomerado
artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene
por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de
cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una
excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos,
que convenían perfectamente á tales suposiciones.
Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como
arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión,
extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y
espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres
predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto
paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus
estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los
cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y
perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente
como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos
regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se
acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los
mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta
constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden
en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al
parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.
LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV
En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la
verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los
árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y
antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las
transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en
el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de
diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.
El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos
han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas
épocas de su construcción.
En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña
población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse
hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de
Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se
descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las
cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio,
quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia
con las inscripciones góticas halladas después de la dominación
sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los
antiguos historiadores.
El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la
Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los
edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo
de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña
roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de
los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el
siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado
Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas
alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras
en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo
recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y
murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una
población en todo el collado antes del establecimiento del último reino
granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población
muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que
tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que
no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay
entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de
la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua
Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de
la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos
suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo
sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar,
nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo
pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá
del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y
tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de
Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego
incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete
torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se
contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].
Observando el plano que publicamos entonces y acompañamos á este libro,
se puede ver el espacio ocupado antes, desde la dicha puerta hasta la
Alhambra alta, que después fué convento de San Francisco. Hay todavía
restos soterrados de muros más antiguos que la cerca de Alhamar, los
cuales se hallan todos en el indicado espacio, á cinco y seis metros de
aquélla por la parte interior en el lado Norte, y por fuera en el lado
Sur.
Reunió, pues, Alhamar el Magnífico, bajo un recinto, las construcciones
que existían aquí de diversos tiempos, y estableció en ellas el imperio
de su grandeza; construyó hermosas puertas principiando por la de
Bid-Algodor ó de los Pozos[52], que es la que llamamos hoy de los Siete
Suelos, y entonces era la que estaba más próxima á los silos que se
hicieron para guardar las cosechas en los tiempos de escasez ó de
guerra, y dejó para el no menos grande Yusuf otras construcciones como
la de la Justicia y la torre que había donde hoy está la puerta de los
Carros, de la cual quedan algunas referencias que constan en los legajos
del archivo, donde dice haberse reparado y estar habitada en el año 1586
por un capitán de las cien lanzas del conde de Tendilla. No puede
negarse, conocido el estilo de estas puertas exteriores, que es
diferente su construcción á la de la Puerta del Vino, la cual se parece
más bien por su fábrica á la puerta Monáita, y por sus inscripciones,
que no citan rey alguno, como generalmente se hacía en las obras que no
fueron mandadas construir por los sultanes.
Las obras de adarves y viaductos de todas las torres en comunicación
oculta con el palacio y alcazaba, el aislamiento de éstos y sus defensas
por dentro del fuerte, todo está demostrando que al elegir este sitio
para morada de la corte en los dos últimos siglos, se contó con una
población que ya existía, la cual quedó así como aprisionada y
comunicándose con la ciudad sólo por las únicas tres citadas puertas,
pues las del lado Nordeste eran de uso exclusivo de la fortaleza y los
palacios.
Con la numerosa población de la Alhambra alta, nombre dado en los
tiempos del emperador Cárlos V[53], se citan la Plaza de los Pablas,
ocupando el sitio del palacio que fundó aquel monarca, y las dos torres
del Homenaje, una que era la actual de los Picos, y otra la de las
Prisiones sobre el Cubo, y un numeroso caserío que existía tan apiñado,
que en el año 1539 se prohibió á sus habitantes que moraran en los
baluartes y palacios. El Partal lo habitaba un moro que, con otros,
levantó rebelión y le fueron confiscados sus bienes, los cuales se
hallaban dentro de los alcázares cerca del huerto de Astasio Bracamonte,
escudero del marqués de Mondéjar, donde hoy se halla la mezquita.
Fué tan grande la población que siempre hubo en la Alhambra, antes de
que fuera corte mahometana, en tiempo de ésta y después de la conquista,
que no se halla un palmo de terreno donde no se encuentren cimientos de
casas y palacios antiguos, en los que se emplearon tal vez enormes
sumas, pues los sultanes gastaban en obras continuas sus rentas de
ciento sesenta mil ducados anuales, enorme cantidad para aquellos
tiempos; y después de la expulsión sarracena se emplearon no menores en
transformar, coronar y revestir baluartes, adquiriendo dominio sobre
fincas pertenecientes á habitantes moriscos cuya posesión era muy
antigua.
Fué, por último, para convertir la población árabe al culto cristiano
para lo que se cedió un palacio ó mezquita en 1492, donde se estableció
un convento de Franciscanos con este fin. Todo está demostrando que
existía desde muy antiguo una ciudad ó villa fortificada donde se
sucedieron dominaciones sucesivas que arruinaron y levantaron obras sin
concierto ni uniformidad, cuyo carácter, transcurriendo siglos, había de
imprimir á todo el sitio el pintoresco y variado panorama que tanto se
admira hoy.
[Illustration: Puerta Judiciaria.]
Concretemos nuestra descripción al trazado del plano que acompañamos al
final, hecho en 1865; y entremos en la Alhambra por la puerta árabe que
abrimos no ha muchos años en el lado Norte de la alcazaba bajo la Torre
de las Armas, la cual era una de las principales y de más directa
comunicación entre el Albaicín y la Fortaleza por un puente elevado para
cruzar el río Darro. Desde el núm. 54 en dicho plano se indican restos
de murallas inclinándose hasta ganar la altura de dicha entrada por el
núm. 46, y siguiendo un camino y adarve completamente trasformado hoy,
que iba cortando el cubo muralla del núm. 43, por la línea de puntos que
se dirige al palacio árabe. El cubo referido es obra posterior á la
conquista; observándose que el piso de la entrada de la Torre de las
Armas está casi al mismo nivel de la puerta antigua del palacio árabe
que hemos ahora descubierto, y de la que hablaremos luego. Se ve
fácilmente que suponiendo con fundamento construídas después de la
conquista las dos grandes cisternas ó aljibes que se señalan de puntos
con el núm. 7, hay un espacio vacío ó gran plaza inscrito en la línea de
los núms. 53, el 37 y el 42 por un lado, y las torres 44 y 45 por otro,
donde se han encontrado cimientos de construcciones árabes y modernas, y
un aljibe, núm. 8, de bóvedas, á tan gran profundidad, que aun
suponiendo rebajado el pavimento de este espacio, como indudablemente lo
estaría, cinco metros, siempre resulta el aljibe en el plano
correspondiente de profundidad para el objeto de nuestras
investigaciones. Hemos visto además de los cimientos citados, que el
terreno de todo este sitio está compuesto de ruínas y de escombros
procedentes de la construcción del palacio del Emperador, cuyo edificio,
núm. 9, suponiéndolo no hecho, dejaría á descubierto la línea que va
desde la Puerta del Vino, núm. 5, hasta el 9, donde habría una muralla
que separaba una parte de la Alhambra que llamamos alta, y el citado
espacio de la Plaza de los Pablas, hoy de los Aljibes. Esta denominación
consta en algunos escritos antiguos que se hallan en el archivo del Real
Patrimonio.
Fijaremos, pues, las ideas demostrando que la Puerta del Vino servía de
paso ó camino á una población separada completamente de la Casa Real, y
que se comunicaba con la ciudad por la Puerta Judiciaria exclusivamente,
núm. 3. De este modo, la habitación de los monarcas, el harem y todo ese
recinto de palacios, parte conservados y parte no, que hay bajo la línea
de puntos hasta el núm. 55 que hemos señalado, era independiente,
cercada de un foso por el Sur, de murallas y bosques por el Norte y
Poniente, tenía sus comunicaciones privadas con Generalife y otros
sitios de recreo en la Puerta de Hierro y Torre de los Picos, números 28
y 29, y con la ciudad antigua por la Torre de las Armas, núm. 46,
bajando á pasar el río Darro por el puente árabe ya indicado, cuyos
restos se ven todavía.