compuestos de arcos elevados que cobijan ajimeces montados sobre
columnas delgadas, y cuyos pequeños arcos tienen más de medio círculo
sin la forma característica de la herradura, curvatura de transición
descendente. Los capiteles degenerados del greco romano; pero el gran
arco decorativo de ajaracas, aunque de curva árabe, carece de los dos
cuadrados de altura desde el suelo de la tarbea, perdiendo en ello
galanura y elegancia. Los espacios triángulos ó enjutas no son
originales; su labor está interrumpida lo mismo que los paños interiores
de su frente ó arrabá, donde se abren celosías como escapadas del
tímpano del ajimez. Un ancho friso de fingidas ventanas ó claraboyas se
halla hermosamente tendido encima, y todavía más alto, una geométrica
faja de almocárabes; después los añadidos arquitrabes y sostenes sobre
que descansa la techumbre. Los basamentos de alicatados, las puertas de
ensambladuras y toda la decoración lujosamente iluminada por los colores
y el oro se prodigan hasta la exageración. Abiertos los balcones á
manera de tribunas sobre los arabescos, son con sus cartelas de águilas
chapeadas, baldón eterno del que mandó colocarlos. Lo mismo podemos
decir que los retratos en cuadritos góticos hechos bajo la hornacina de
colgantes son extraños en este lugar, y los dorados puestos sin el fino
ornato de azules, escarlatas y negros que siempre adelgaza estas
boveditas cuando son hechas por árabes. La cúpula esférica de alfardas
alicatadas formando estrellas de polígonos simétricos, pudo fabricarse
para poner en ella vidrios de colores trasparentes á una luz más alta;
pero que ha venido á ser hoy decorada con pequeños espejitos de mezquino
efecto. Los mosáicos han sido restaurados con piezas más grandes que las
antiguas, y las columnas de jaspe parecen románicas, nunca árabes, como
otras muchas de templos ó basílicas de decadencia, así como los
capiteles poco uniformes é impropios de la columna parecen obras
mozárabes como otras muchas de las mezquitas sarracenas.
No es aquí el tipo de las inscripciones africanas tan bello ni tan puro
como el del Cuarto de Comareh de Granada, pero en cambio el carácter
clásico del cúfico es en este alcázar más uniforme y sencillo. Las
labores de hojas, piñas, palmas y conchas se enlazan á las cintas y
perfiles geométricos, adorno que no se ve después del siglo XIII; y las
ventanitas cuadrilongas sobre las puertas, y los cornisones é impostas
románicas, y los recortes góticos, y los escudos de labores
interrumpidas nos presentan este palacio como la obra de muchas
generaciones que carecían de la conciencia del arte.
El patio de las Muñecas, cuya forma parece más selecta y á la cual han
dado en llamar granadina, es un cuadrilongo con un cenador abierto de
arcos grandes y pequeños con buena simetría. Su ornamentación es
efectivamente de la aventajada época del arte muslímico; el
repartimiento más armónico, las curvas de los arcos aperaltadas y
esbeltas como las del patio de los Arrayanes de la Alhambra; los pilares
cúbicos sobre los cimacios de los capiteles y las alturas de las
columnas, son casi iguales á las de los arcos con sus cornisas; y si los
antepechos del segundo cuerpo fueran celosías de madera y no hubieran
cambiado de posición las formas romboidales y los polígonos en las
últimas restauraciones, este patio sería un ejemplar perfecto del último
período del árabe floreciente. Muchas inscripciones tiene colocadas á la
inversa.
Hay después una porción de salas cuadradas en cuyos adornos se hallan
mezclados detalles de pura fantasía, enlazados con cresterías góticas y
ornatos de puro renacimiento. Digna de notarse en todo el edificio es
esa trasformación constante de formas las más abigarradas, representando
la historia del trabajo humano en periodos caracterizados por
influencias extrañas y respetables.
Se halla este Alcázar lleno de recuerdos preciosos que no entran en el
dominio de este estudio y los cuales le dan cierta importancia
tradicional de sangre y de crueldades. Para alimentar la fantasía,
visítense los que fueron baños de Doña María de Padilla, los jardines,
el estanque, las salas ó dormitorios del piso alto, con emblemas
atribuídos á Don Pedro, y ornatos bizarros de todo género; la Sala del
Príncipe y el Oratorio con mosáicos platerescos y rompimiento gótico, y
una multitud de cuartos, pasadizos, el patio semi-mudéjar del jardín
del León y otros que los recuerdos engalanan, constituyendo un palacio
sin grande originalidad, pero embellecido con las obras de seis siglos
de continuo trabajo artístico. El incendio de 1762 acabó de cambiar su
aspecto porque se quemaron techumbres artesonadas, comarraxias de alerce
y ricas ebanisterías, cuyo desastre produjo en 1805 una modificación en
la entrada y cuartos adyacentes, en el techo de la Sala de Embajadores,
y en los departamentos que se llamaban del Caracol, del Yeso y del
Príncipe; unido todo á las restauraciones que ya hemos mencionado de
1843 y á la tan novísima reparación que cubrió de colores los antiguos
vestigios árabes, le privó del venerable aspecto de antigüedad que deben
conservar á toda costa los monumentos.
[Illustration: Baul árabe.]
No fué el palacio del rey Don Pedro el único construído en Sevilla;
cerca de éste y bajo la misma alcazaba se alzaba otro restaurado en la
misma época, y que se ha dejado perder hasta el caso de que no queda hoy
más de una sala que muchos han creído ser la Sala de las Justicias, de
aquel monarca. Este aposento es elegante aun después de haber perdido
muchos arabescos, y de estar cerrado del lado donde se abría á un ancho
patio, cuyos restos hemos estudiado, y á varios anditos con pavimentos
de rasillas y esmaltes en grandes tamaños, de los cuales existen
hermosos fragmentos. La cubierta es un almizate de gran estructura, y
sus paramentos una distribución bizantina tan pura como elegante. ¿Sería
el antiguo palacio de Abdalaxis, á pesar de sus inscripciones? ¿No se
cambiarían éstas como se ha hecho en muchos alcázares mahometanos? Todo
nos indica aquí la existencia de un edificio anterior al siglo IX, y de
alguna más grandeza é importancia que la que tendrían los castillos
habitados por los Walies.
INSCRIPCIONES ÁRABES
DEL ALCÁZAR
Rara es la inscripción que en este monumento se ofrece al arqueólogo con
un verdadero interés histórico ó literario; ni esos fragmentos de los
poemas ó casidas que hay repartidos en los muros de la Alhambra, se
descubren en este Alcázar para reposar la vista y hablar á la
inteligencia, realzando las heróicas hazañas de los caudillos y los
primores de sus afiligranadas estancias. Aquí se lee el Korán con sus
repetidas salutaciones y alguna otra alabanza á D. Pedro, en la que se
han suprimido los nombres de los sultanes mahometanos y la palabra
islamismo; pero conviene notar que la mayor parte de estas inscripciones
son iguales á las empleadas en el Alcázar granadino, tantas veces
traducidas, y sería tarea larga y enojosa acompañar á la descripción
artística la relación cien veces repetida del mismo versículo, hallado
en diferentes aposentos, y otras tantas interrumpido por las manos
torpes que tratando de reparar la fábrica sin conocer aquella antigua
lengua, han llegado hasta á colocarlo al revés ó con la letra hacia
abajo, por lo que renunciamos á tan pesado relato que el curioso hallará
cumplido en libros especiales, ciñéndonos nosotros á una reseña breve de
lo más esencial.
En la fachada y puerta principal del Alcázar, alrededor de ajimeces y
otros parajes, se leen las suras y versículos conocidos:
«Gloria á nuestro señor el Sultán».
«La gloria eterna para Alá; el imperio perpetuo para Alá».
«Salvación permanente». «Bendición».
«El reino á Dios, el poder de Dios, la Gloria á Dios».
«La felicidad y la paz y la gloria y la generosidad y la felicidad
perpetua».
«En la próspera fortuna es único este Palacio».
Y como notable la inscripción: «_No hay más vencedor que Dios_»,
colocada por arriba y por abajo en el ancho friso de azulejos de leyenda
cúfica; obra de azulejero granadino en nuestra opinión.
Sigue el vestíbulo donde con poca diferencia se repiten los mismos
conceptos, variando los caracteres africanos en cúficos y neskis. En el
friso ó faja general alterna la siguiente:
«La felicidad y la prosperidad son beneficios del sustentador (Dios)».
«Etc., etc.»
Y luego:
«Gloria á nuestro señor el Sultán D. Pedro. Sean magníficas sus
victorias».
En el Patio de las Doncellas tenemos próximamente las mismas
salutaciones mencionadas, con poca variación.
«Alabanza á Dios por los beneficios... etc.»
Nótase en todas estas inscripciones, ya publicadas como hemos dicho[32],
que les han suprimido la palabra islamismo, lo que prueba que los
artistas eran los mismos árabes que bajo el dominio cristiano
aprovecharon sus fórmulas tradicionales, borrando la parte religiosa del
verso.
En un friso del mismo patio:
«Gloria á nuestro señor el Sultán D. Pedro, ayúdele Dios, hágale
victorioso».
«Etc., etc.»
Siguen una multitud de inscripciones sin importancia, donde se repite:
«La felicidad, La alabanza, La grandeza, Dios es único. El cumplimiento
de las esperanzas», y esta más digna de atención: «Dios es único, Dios
es eterno, no engendró ni fué engendrado, ni tiene compañero alguno»,
cuyo mote se encuentra también en Granada en la Puerta del Carbón, con
caracteres cúficos, y demuestra que no pudo ser hecho bajo la dominación
cristiana por estar en completa oposición con la religión del
Crucificado, y por lo tanto, que Don Pedro aprovechó la obra de Yusuf en
cuanto pudo[33].
En todas partes se encuentra también «Sólo Dios es vencedor», mote que
usaron los Almoravides antes que los Nasaritas, en contradicción de lo
que se ha creído hasta ahora.
En unas puertas, que como todas las de este edificio, han sufrido muchas
restauraciones, se halla la más interesante leyenda.
«Mandó el Sultán nuestro Señor engrandecido, elevado, Don Pedro, Rey de
Castilla y de León, perpetúe Dios su felicidad, al Jalabí, su artífice,
se hicieran estas puertas de madera labrada para esta magnífica portada
de la felicidad, lo cual ordenó en honra y grandeza de los
embajadores... En su construcción y embellecimiento deslumbradores,
resplandeció la alegría, en la labra se emplearon artífices toledanos y
esto fué el año engrandecido de 1404.
«Semejante al crepúsculo de la tarde y muy parecida al fulgor del
crepúsculo de la aurora, (es) esta obra en torno resplandeciente por sus
colores brillantes y por la intensidad de su esplendor, del cual brota
en abundancia la ventura para la ciudad dichosa en la que se levantaron
los palacios, y estas mansiones que son para mi señor y dueño, único que
da vida á su esplendor, el Sultán pío y severo que lo mandó hacer en la
ciudad de Sevilla con la ayuda de su intercesor para con Dios...»
(Africano)[34].
En la Sala de Embajadores se repiten las conocidas, y en la Cámara de la
izquierda se lee:
«¡Oh entrada del aposento de nuevo resplandeciente y elevado; Señor de
protección, de magnificencia y virtudes!»
En el Gabinete de Doña María de Padilla siguen fórmulas religiosas,
laudatorias é invocaciones; lo mismo que en la Antesala de las Armas y
Sala de los Príncipes, etc.
En el Patio de las Muñecas y en el arrabá del arco que da paso á él, se
halla:
«No hay protección sino de Alá, en quien confío y á quien volveré».
«Todo lo que poseéis procede de Dios».
«Etc., etc.»
Y en el Patio de las Muñecas (cúfica):
«¡Oh dueño incomparable nacido de estirpe regia, protéjale...!»
«Alabanza á Dios por sus beneficios»:
«Dios, mi rabí».
En el dormitorio llamado de los Reyes Moros, entre otras conocidas,
aparece:
«¡Oh exclarecida morada nueva. Fué aumentando tu esplendor dichoso por
el brillo permanente de la mayor hermosura. Así escogido (dónde) se
celebran las fiestas. Él (es) amparo y régulo de todo bien, manantial de
beneficios y sustento de valor! Para tí...»
Como dijimos al empezar este capítulo, serían interminables las
repeticiones si continuásemos insertándolas, por lo que suspendemos el
hacerlo, dadas las principales inscripciones, para ser menos molestos al
lector.
MURALLAS, PUERTAS, TORRES
Y OTROS MONUMENTOS
Difícil tarea es la de indicar siquiera esa multitud de baluartes que la
dominación muslímica levantó en Sevilla sobre las ruínas fenicias y
romanas, para defenderse á falta de montañas en sus dilatas llanuras y á
las orillas del río más caudaloso del Andaluz. Cuentan la existencia de
muchos palacios en sus cercanías, de los cuales apenas existen ligeros
vestigios, y que sirvieron de deleite y recreo á las diversas familias
dinásticas que por conquista los poseyeron; pero siempre aparece como
morada principal, el que hoy se conserva, profundamente modificado desde
que lo habitaron el rey D. Pedro y sucesores. Éste se extendía ocupando
un inmenso recinto que llegaba con sus jardines y muros defensivos,
hasta la torre del Oro, frente de la cual había un puente de barcas
perfectamente amarrado, que mandó colocar Yacub en 567 de la egira, y
donde construyó una puerta llamada de _Cheuhar_, desde la que se bajaba
al río por medio de anchas gradas y muelles[35]. El sitio designado en
la crónica concuerda con los edificios modernos; pero no estará demás
citar un suceso en corroboración de aquel texto.
Varios historiadores árabes refieren esta bella aventura:
«Paseándose un día Almotacid en el Prado de Plata _March-Afida_, situado
en las márgenes del Guadalquivir, aconteció que la brisa rizó las aguas
del río y Almotacid improvisó este primer verso:
«_La brisa convirtió el agua en coraza_».
Rogado el poeta Abenamar para que lo concluyese, y no encontrando una
réplica instantánea, dijo una joven del pueblo, que se hallaba en la
misma orilla:
«_Coraza magnífica y fuerte de combate,
si el agua en efecto se hubiese congelado_».
«Maravillado de oir improvisar á una joven antes que á Abenamar, tan
renombrado por su talento, Almotacid la miró con atención, y sobrecogido
de su hermosura, llamó al eunuco que le seguía, y le mandó llevase la
improvisadora á su palacio, al cual se apresuró á volver. Cuando la
joven llegó á su presencia, le preguntó quién era y cuál su estado.
«--Me llamo Romuiquia, porque soy esclava de Romuia, y en cuanto á mi
profesión, soy muletera, contestó.
»--¿Decidme, sois casada?
»--No, príncipe mío.
»--Tanto mejor, porque voy á compraros y á casarme con vos[36]».
El Alcázar se extendía á la orilla del río hasta la Torre del Oro,
construída en el reinado de Yusuf Almotacid Ben Annasir, por un
gobernador almohade nombrado Abulalá que mandaba en la población; y la
obra tomó el nombre de _Borch Adahab_[37] que ha conservado, así como se
nombró Torre de la Plata la que había cerca y dió nombre al prado donde
ocurrió la aventura arriba contada, cuyo extenso paraje está dibujado en
un plano antiquísimo de Sevilla[38], en el que se ve
[Illustration: Torre del Oro.]
también la muralla de todo el recinto del Alcázar, incluyendo la Puerta
de Jerez, ó lo que es lo mismo, formando un triángulo desde la plaza que
en dicho plano se nombra del Palacio siguiendo la línea al Postigo del
Carbón, lindante con la citada Torre de la Plata, hasta su extremo ó
Torre del Oro, y volviendo después por su espalda á la orilla del río y
fosos. La citada aventura de la Romuia indica que el Prado de la Plata
estaba aquí; así como también lo sucedido en el sitio de Sevilla por los
Almoravides, cuando Almotacid arrojó del patio del Alcázar á un
escuadrón de ellos que penetraron por sorpresa, combatiéndolos hasta la
orilla del río, donde los dispersó[39].
[Illustration: La Giralda.]
Circundada de gruesos muros, cuya mitad se alzaba sobre los arenales del
río, y la otra parte ceñida de fosos que se llenaban con las aguas de
aquél, contaba Sevilla á fines del siglo XVI numerosos vestigios árabes,
que han ido desapareciendo poco á poco, pero que el atento arqueólogo
descubre sin trabajo. Todavía en el siglo citado contenía dentro de
murallas la más numerosa población de España, no inferior á la de los
Almoravides, con su puente de once barcas, donde se halla próximamente
hoy el de hierro. Alcanzaban las murallas una circunferencia lineal de
más de 17.000 metros con torreones de argamasa morisca y 12 puertas
decoradas de ladrillos rojos, á la usanza de la Giralda. Los tres
arrabales que hoy cuenta existían antes de la conquista poblados de
judíos, y las espaciosas casas que encierran no lo fueron así siempre,
pues han sido copiadas más bien de los muchos palacios árabes que había
entre esos copiosos arrabales constituídos por las apiñadas moradas de
los mahometanos.
Los nombres de las puertas, según el plano de 1565, eran entonces del
Arenal, frente de Triana, la de este nombre, á la derecha, y luego la de
Gules, de San Juan, Almenilla, Macarena, Córdoba, del Sol, del Osario,
de Carmona, de la Carne, de Jerez, del Carbón, de la Plata, y otras que
han sufrido modificaciones y perdido su carácter sarraceno; pero cuyos
nombres son, en algunos casos, semejantes á los que se conservan todavía
en Córdoba y Granada.
En toda la hermosa ciudad de Sevilla hay casas más ó menos importantes
que revelan el gusto desarrollado en el Alcázar del rey D. Pedro. La de
Pilatos es su reproducción en menor extensión y riqueza, donde los
mosáicos, arcos, capiteles y frisos se ven como representando el barroco
del árabe, y donde figuran el gótico de la Catedral y el renacimiento de
Carlos V, entre las hojas bizantinas y las trazerías mocárabes. Es una
casa solariega del siglo XVI que demuestra la existencia de centenares
de otras donde se hallaban mezcladas como aquí, fábulas de la mitología
en esculturas, vasos y pavimentos, modelos mutilados del paganismo,
antigüedades, bibliotecas, tapices, tablas italianas, retratos en las
techumbres y frisos, fuentes, etc., y cuanto cabía en estas mansiones
señoriales, donde se refugia el furor del renacimiento y la instrucción
artística y literaria de la época, bajo el espíritu de religiosa altivez
que sellaba todas estas obras. Piadosas tradiciones renacen á cada paso
en estos edificios, de las cuales no debemos hacernos eco, por las mil
vulgaridades que alimentan.
Estudie el viajero la _Cella_ de la Capilla con bóveda ojival, rellena
de arabescos, la escalera con bellos alizeres y techumbre, y otros
muchos objetos que proceden de la antigua Sevilla ó quizá de las ruínas
de Itálica, donde se han hecho inmensas excavaciones desde los últimos
veinte años, para cuyos detalles y su historia creímos oportuno, antes
de esta fecha, tomar el croquis de tan interesante ruína, según lo
consignamos, como estudio comparativo de diversas edades.
El Palacio de los Duques de Alba ó de las Dueñas, la casa de Abades, la
de Bustos Tavera y otros que nos contó Zúñiga, son y eran ejemplares de
ese arte indefinible que no tiene verdadera expresión característica, el
cual se levantó en mil caprichosos edificios majestuosos en su conjunto,
y de los que ninguna población tuvo tantos como ésta. Su descripción
sería fatigosa, ciñéndonos por tanto á marcar la obra más interesante
del arte puro arábigo, que es allí la Giralda ó antiguo minarete de la
gran mezquita que ocupaba el asiento donde se construyó después la
Catedral que hoy existe, la cual ostenta más que otro edificio en sus
fachadas por el lado de la Puerta del Perdón, la continuada transición
del árabe al gótico y hasta al renacimiento, mezcla extraña que, como ya
hemos dicho, no toma jamás carácter propio y expresa ideas incoherentes
de tiempos muy distantes.
La Giralda es, pues, el monumento más expresivo de la dominación agarena
y el que, á pesar de lo que se ha dicho sobre su estructura mauritana y
estilo primitivo africano, es para nosotros una obra perfecta del arte
árabe. Distante su construcción cuatro siglos á lo menos de la de alguna
torre granadina, como la que hoy pertenece á la iglesia de San Juan de
los Reyes, no existe diferencia en la manera de ornamentar una y otra, y
sus rombos de ladrillos agramilados, sus festones de barros cocidos, y
los ajimeces con los angrelados y lóbulos, manifiestan arcos ó segmentos
de curvas con todas las variantes del alcázar granadino. Aparece en ella
perfectamente el origen del arco apuntado sobre estirados arranques del
mirador de Lindaraja de la Alhambra, el de colgantes de las tres
entradas al Patio de los Leones, el festoneado del Patio del Estanque y
todas esas formas que tomaron después tal lujo y delicadeza, como no se
vió en parte alguna. Es en la Giralda donde se hallan los principios del
verdadero arte decorativo, fabricado con ladrillos _almadravas_ de
robusta construcción, como lo exigía la fachada de un elevadísimo
alminar. Lástima que tan hermosa torre se halle coronada por un cuerpo
tan extraño, que no nos permita figurarnos su antigua cúspide, sus
remates dorados y sus brillantes azulejos.
He aquí un precioso texto árabe[40] sobre la fundación, antigüedad y
hermosura de este monumento:
«Yacub Almanzor, el año de 593 (que empezó el 23 de Noviembre de 1196)
terminó la Aljama y levantó la Torre, cuya manzana hizo hermosísima y de
tal magnitud, que no cupo por la Puerta de los Almoedanos, hasta que
tuvieron que quitarse los mármoles de ella para darle más cabida; y el
peso de las columnas que sustentaban la dicha manzana era de 40 arrobas
de hierro. Abuleit Alocaili, el inspector de la obra, fué quien la
construyó y elevó á la parte alta del alminar. Aquel mismo monarca fué
el que mandó construir la fortaleza de Giznalfarache.» etc., etc.
En otras iglesias y torres se halla el estilo mudéjar propio de las
transformaciones que han sufrido. La de _Omnium Sanctorum_ ocupa un
distinguido lugar. Las de San Nicolás, San Marcos, Ermita de la Virgen,
Santa Catalina, Santa Marina y otras muchas ofrecen curiosos ejemplares
de purismo y transición; porque en estos tiempos sirvieron muchos en
casos alternativamente de iglesias y mezquitas en un período de cinco ó
seis siglos, tiempo suficiente para señalar las modificaciones del arte
árabe.
Existen en Sevilla y otras poblaciones obras tan importantes bajo las
influencias mahometanas, que hasta el gótico sufre modificaciones
sensibles, como se ve en los raros ejemplares de un dilatado período de
cuatro siglos, los cuales carecen de carácter propio y han tomado formas
características de los materiales usados en ellos, principalmente por
los finos ladrillos que se emplearon.
[Illustration: Ajimez, en Málaga.]
En Écija, Ronda, Jaen, Málaga, etc., hay multitud de estas interesantes
construcciones de ladrillos y agramilados, que constituyen un brazo
importante de ese arte que arraiga en la más remota antigüedad, y que se
ciñe á las diversas transformaciones de los tiempos y del genio de las
distintas razas.
Como la Torre de D. Fadrique, hay restos de otras muchas, ya en ruína,
que fueron minaretes ó fortificaciones, los cuales suelen ostentar
ajimeces, arcos de herradura, almenas é incrustados curiosos para los
artistas, porque no han sido restauradas como la Torre del Oro para que
desaparezca el hermoso color que el tiempo les imprime. Su forma
poligonal de ocho caras debió decorarse como otras de la antigua
Palermo, con un orden de galerías simuladas, cobijando tragaluces de
arcos bizantinos repetidos y pequeños, y terminando con la crestería
acostumbrada como obra de defensa.
[Illustration: Procesión, Sevilla.]
TIEMPOS CRISTIANOS DE SEVILLA
Como hemos hecho en Córdoba, citaremos algunos monumentos cristianos que
no pueden olvidarse por su importancia, y que en muchos casos sostienen
la influencia histórica sobre la comparación ilustrada de la época
árabe. Raro es no hallar en ellos un vestigio, un recuerdo ó un capricho
de ornamentación que no nos traiga á la memoria aquel estilo.
La catedral es gótica de decadencia, perteneciente al comienzo del siglo
XV, pero majestuosa en sus elevaciones y colosal en el grupo de
construcciones diversas que encierran sus robustos apoyos. No tiene en
verdad la gallardía de la de Burgos ni de la de León y otras del Norte,
pero está cubierta de bóvedas atrevidas, crucero, formaletes,
contraestrivos y de un centenar de empujes tan bien distribuídos, que su
construcción nada deja que desear. Prescindiendo de algunos florones y
pináculos de un adorno poco original, bastardeado por las influencias
mozárabes, tiene tres magníficas puertas en su frente, bellas y bien
labradas, con notables esculturas, hornacinas y umbrelas del mejor
gusto. En vano se esfuerzan Cean Bermúdez y otros por hallar el
arquitecto que las inventó y plantilleó, nunca se halla; pero en cambio
aparecen muchos maestros, desde Pero García hasta Hontañón, que todos
depositaron en su recinto las fantásticas obras de los tiempos.
Tiene de longitud 378 pies y de latitud 254, dividida en cinco naves con
nueve puertas, algunas empavesadas con bajos relieves y estatuas de
barro cocido. Los grandes pilastrones ó columnas bareteadas en número de
36, sostienen 68 bóvedas, entre las que se halla la del crucero, más
alta que las otras. La capilla mayor se halla cerrada por su espalda con
un muro ornado de estatuas sobre repisas del año 1522, y por el frente
tres elegantísimas rejas platerescas, presentadas en 1523 por Idrobo,
que las remató.