Y más adelante dice, que los magistrados acuden á los alarifes cuando se

trata de edificios, en las particiones de fincas, en las alineaciones,

reparto de aguas, fortaleza de muros exteriores, etc., etc., como en los

tiempos de las ordenanzas del siglo XVI; cuyo adelanto existió siempre

entre los árabes de Andalucía.

Seríamos interminables en la enumeración de manufacturas, y en los

oficios mecánicos y perfectos. Pero tales adelantos, tan pasmosas obras

de la civilización agarena, tenían y aún tienen entre nosotros

sistemáticos impugnadores. Hay una escuela, ó una doctrina intolerante

que busca afanosa en la civilización romana y gótica los gérmenes de

nuestra grandeza pasada; esa escuela y esa doctrina no hallan nada

nuevo, grande ni original, preciso es decirlo, en el contacto de ese

mundo oriental que se trasplantó á nuestras tierras con todas las

infinitas irradiaciones de su espíritu y de su inteligencia.

¿Y por qué con la brillante erudicion de esos investigadores no se ha

hecho antes la luz, que ha venido después á deslumbrarnos arrojada por

más imparciales y generosos escritores extranjeros? Porque en España se

ha rechazado la herencia que nos legaron nuestros abuelos; porque éstos

nos dominaron, y están aún frescas las heridas; y porque sostuvimos el

ciego exclusivismo de una filosofía intolerante, con la que aprendimos á

mirarlos como hombres sólo dignos de humillación y desprecio. Todavía no

han llegado á ser verídicos para los fanáticos escudriñadores, los datos

y relaciones que sobre geografía é historia descriptiva nos han legado

los escritores árabes; cien textos afirmativos de un caso especial

cualquiera, de origen mahometano, se desechan inconsideradamente por

admitir los argumentos de uno de esos falsos cronistas que plagaron

nuestra literatura con sus perturbaciones históricas[27].

¿Se supondrá que queremos preferir aquella civilización á la cristiana?

¡Cómo lo habíamos de hacer ni pensar! Aquélla se eclipsa y no pasa

adelante; ésta vive todavía y es el alma de las grandezas que vemos en

todas partes; pero no comprendemos que al exhumar los orígenes de la

civilización gótica podamos ir á otra parte que al gentilismo ó

paganismo, y que no habiendo otra línea de paso para las ciencias y para

las artes de aquellos tiempos, se deseche éste que nos ofrece tan rápido

y tan seguro camino. No es al Korán á quien damos crédito, ni nos ofrece

más fe que los Vedas ó las leyes del rey de Bactria; pero recibimos con

emulación los progresos de mil generaciones que han depositado sus

adelantos en el arsenal de la industria y de las artes modernas. ¿Cómo

olvidar que ocho siglos no habían de dejar más huella entre nosotros que

las transitorias invasiones de los pueblos Bárbaros, ó la violenta

dominación del gran pueblo que fué siempre extranjero en nuestra patria?

Cuando descendamos á épocas menos lejanas, y enseñemos con otros

monumentos más modernos de los tiempos árabes el desarrollo de las artes

y la forma que éstas van adoptando y plegando á la naturaleza y esencia

de nuestro carácter tradicional, veremos que de todas las

civilizaciones, la oriental es la que ha dejado en España más elementos

de prosperidad y más hondas huellas en toda clase de trabajos é

industrias.

[Illustration]

[Illustration: Puente, Sevilla.]

PARTE SEGUNDA

PERÍODO MEDIO

ALCÁZAR DE SEVILLA

Cuando llega el período medio de la dominación árabe y nos alejamos de

Córdoba, difícilmente podremos encontrar ejemplares de un estilo de

transición más definido que los de este Alcázar. Preocupados con la idea

de hallar en cada edad un monumento y un pueblo para cada una de las

grandes transformaciones históricas, hemos olvidado que sin salir de

Córdoba y de Sevilla, nos encontramos rodeados de obras que alcanzan una

cronología de cinco siglos á lo menos; en cuyo tiempo el arte tomó tan

diversos y extraños caracteres, que fácilmente se nota el sintoma de

progresivo desarrollo, que como todo lo grande y trascendente, había de

presentar para adquirir la influencia que aún conserva en el presente

siglo.

En Córdoba tenemos ejemplos para demostrar el adelanto de aquella

civilización que sucumbió con el Kalifato; pero sin duda es más cómodo y

más oportuno visitar los alcázares donde se encuentra cuanto lujo y

fantasía puede crearse en un tiempo determinado, y los de Sevilla

producen en nuestro ánimo un encanto especial, reminiscencia sublime de

antiguas y profundísimas transformaciones sociales ó de inolvidables

acontecimientos, que no puede separar de nuestra mente más que el

aspecto anti-artístico de la malhadada restauración, que un afán poco

ilustrado de ver el edificio deslumbrante de colores y oro ha podido

llevar á cabo con descuido de los preceptos arqueológicos más vulgares.

El Alcázar de Sevilla no es una obra clásica, ni aparece hoy á nosotros

con ese sello de originalidad y de indeleble carácter que acusan las

obras antiguas como el Partenón, y las modernas como el Escorial; en

aquéllas por espléndida sencillez, y en éstas por extrema prodigalidad

de dimensiones y de taciturna grandeza. En el Alcázar de Yacub Yusuf ha

desaparecido el prestigio de una generación heróica, y ha venido á

representarse en él la existencia de los cristianos reyes que lo

vivieron y enriquecieron con las mil páginas de nuestra gloriosa

historia. Los almohades, que imprimieron en él sus más puros recuerdos

africanos en 1181, y Jalubí, que seguramente había seguido á Almehdí en

la conquista de África, dejaron en sus muros trazerías románicas cogidas

en las ruínas de los pueblos dominados. San Fernando que lo conquistó,

D. Pedro I que lo reconstruyó, D. Juan II que restauró los más preciosos

salones, los Reyes Católicos, que hicieron construir en su recinto

oratorios y estancias, Carlos V que añadió más de la mitad con el estilo

modulado de esa época renaciente y sublime para el arte moderno, Felipe

III y Felipe V, ensanchándolo más todavía por encima de algunos

desenterrados cimientos de los edificios que lo rodeaban, todos y otros

muchos de los príncipes y magnates que lo habitaron durante seis siglos,

modificaron de tal modo su primitiva construcción, que ya en el día está

muy lejos de ser el monumento del arte oriental, por más que lo hallemos

cubierto de hermosos arabescos y engalanado con los más vistosos

artesones y almocarbes.

Lo que han construído tan distintas generaciones en el Alcázar, le ha

hecho perder su carácter mahometano. Convertido en una de esas antiguas

casas de señorío pertenecientes á épocas más modernas, no se ven en él

las salas voluptuosas del harem, ni el retiro silencioso para las

oraciones, ni los baños, ni los estanques, ni los fuertes baluartes

sobre que debían apoyarse las galerías que por los adarves comunicaban

con ricas algorfias labradas en el fondo de los cuadrados torreones. No

es que aquí el arte árabe revistiera formas distintas de las que se ven

en el resto de España, sino que nunca los palacios fueron construídos

lejos de los murados recintos; antes bien, los formaron con éstos y los

unificaron hasta sacrificar la decoración exterior á los trabajos de

fortificación y defensa. Si hay signos de grandeza cuando nos acercamos

á este palacio, no hay que buscarla en su estructura, sino en los cien

remiendos y adiciones que ha experimentado, y en las sólidas paredes de

los palacios del emperador dominando los restos pulverizados de esos

castillos, que protestan siempre de la glacial indiferencia con que han

pasado sobre ellos altivas generaciones. Y si por un lado no ofrece duda

que éste sea el viejo muro ó la antigua y destrozada torre, por otro no

encuentra el viajero sediento de las impresiones que dejara el mundo

pasado, más que esos cuadrados recintos, los cenadores y salas

rectangulares de las casas del siglo XVI; nada majestuoso como la

Giralda; nada, en fin, esencialmente oriental como la mezquita que hemos

visitado; nada fantástico y pintoresco como los alcázares granadinos. En

él, solo se ve la crónica de un arte manejado por mil artífices que

obedecen á diversas creencias, y que representa el efecto de un juego de

niños apoderados del local donde se guardaban las obras de sus sabios

abuelos, más bien que la concepción apasionada de aquellos terribles

agarenos que invadieron en cincuenta años la mitad de la tierra.

Así, pues, hay que desdeñar ese cúmulo de construcciones, portales y

pasadizos sin concierto que se encuentra antes de la puerta del alcázar,

y fijarnos en esta primera joya de la diadema, como la apellida un

conocido poeta sevillano. Es indudable que hay en la composición de toda

esa portada un origen árabe, y que toda la parte superior, desde el

friso de la inscripción gótica, es puramente mahometana, según el estilo

pérsico muy usado en los pórticos de las mezquitas del primer

[Illustration: Fachada del Alcázar, Sevilla.]

período en Asia. Sus dos resaltos ó pilastras en toda la altura, y los

encuadrados de labor en la parte baja son propios del árabe; pero los

balcones con arcos y columnas bizantinas, capiteles romanos, curvas

redondas y angreladas, y linteles en los huecos con resortes góticos,

son indicios de que la reconstrucción hecha en tiempo de D. Pedro y las

restauraciones posteriores, no han cambiado por completo, pero sí han

modificado su primera forma. Para nosotros hay en el conjunto pureza y

conservación de su antiguo trazado, y algo mas de lo que han hallado

algunos críticos ateniéndose á la inscripción; otras obras existen,

penetrando en el palacio, menos árabes que ésta. Los escudos y leones

entrelazados á los adornos no son nunca parte integrante de su ornato;

pues bien puede observarse que para colocarlos debieron sacar motes y

escudos mahometanos que llenaban estos pequeños espacios.

Pero pasando esta puerta cuadrada, forma que recuerda al Egipto y que

principia á verse cuando va entrando en desuso el arco de herradura, nos

hallamos en el principal patio del Alcázar, dando un rodeo para evitar

que desde la calle se vea el interior, el cual ya nos ofrece un conjunto

extravagante de líneas que debemos comparar con las del arte pagano y

gótico. Las columnas pareadas de los cláustros, los cubos apoyados sobre

los capiteles que principian á indicarse y se prolongan hasta recoger

los apoyos de frisos, cornisas ó aleros de _alfarges_; los capiteles con

volutas y hojas, pero despegándose por la parte superior mediante un

moldurón, _escocia_ ancha que más tarde domina en la Alhambra; una

cornisa bajo un antepecho ó balaustrada y un corredor como el de

cualquier edificio, descomponen toda posible armonía. En sus

detalles[28] se nota la hoja picada con globulitos de los de la capilla

de Villaviciosa; las piñas y hojas anchas laboreadas con menudas venas

de procedencia bizantina; los fondos cruzados y grecas finísimas, y por

último, basamentos de alicatados muy hermosos, que han sido copiados de

monumentos construídos á principios del siglo XIV. Raro conjunto que

recuerda las obras moriscas de Fez, principalmente en los arcos

lobulados; pero que se olvida muy pronto en la forma apuntada, ogival, y

en la semicircular con jambas prolongadas, que acusan los grandes y

centrales arcos de los cenadores. En Marruecos, Túnez, Cairo, Bagdad, en

todo el mundo recorrido por los árabes, se hallan cosas semejantes á las

muy repetidas del Alcázar de Sevilla, y precisamente por esta confusión

es por lo que carece del acento clásico que hemos indicado, y le

asignamos el carácter de transición, aunque del más remoto período.

¿Qué otra cosa significa, que en el patio llamado de _Las Muñecas_ se

vean ornatos finísimos empleados de cualquier modo en las últimas

restauraciones, procedentes del palacio árabe de Granada, traídos aquí

para colocarlos sin criterio[29] y haciendo armonía con otros que

corresponden á la infancia del arte? Y lo mismo que se ha hecho ahora en

el Alcázar se ha venido haciendo desde la conquista; vicio de que se ha

librado la Alhambra, porque como aquel monumento no sufrió la gran

transformación que á éste le hizo experimentar D. Pedro I de Castilla

para arreglarlo á las comodidades de la corte cristiana, no se ha visto

expuesto á ser habitado frecuentemente por elevados personajes que han

dispuesto de gruesas sumas para reconstruirlo á su capricho.

Los trabajos amedinados de los techos son magníficos, porque en ellos

principia á comprenderse cuánto el arte cristiano dió de majestad y

grandeza á esas complicadas y minuciosas ensambladuras de los edificios

más genuinamente musulmanes, cuando en los templos se principiaban á

hacer ricas cubiertas de tirantes ó _alfardas_ caladas, con hornacinas,

cúpulas ó _almizates_, figurando rombos, estrellas y florones de lazos,

cuyo hermoso trabajo no ha tenido rival nunca ni aun en las techumbres

góticas de los edificios bretones del siglo IX; no es, pues, extraño que

aquí hallemos ejemplares más hermosos que en otros edificios, cuando las

bóvedas de colgantes de pequeñas estalactitas no habían tomado su

completo desarrollo, y las trazerías de las puertas, siempre espléndidas

de labor é incrustaciones, brillaban en este palacio realzándolo

extraordinariamente[30]. Nótase aquí, que cuando los techos van teniendo

cierta magnificencia y lujo, menos clasicismo se advierte en la

decoración; y como en Fez, se cubren las paredes de tapices en vez de

realces de yesería, y entonces se emplea más oro en cornisamentos,

anchos frisos, bóvedas, linteles y coronaciones, mientras quedan lisas

las paredes, como en las construcciones mozárabes. Había, por

consiguiente, una mezcla de géneros, y tal confusión de ideas, que en

ninguna parte se ven como aquí las ventanitas caladas de forma

cuadrangular, interrumpiendo las líneas generales de la decoración; y en

otros casos muros tapizados de arabescos, tendidos como tiras ó retazos

de alfombras ó mantas de vivísimos colores que interceptan los grandes

paños, produciendo un general aspecto rico y variado, pero nada

sencillo, razonado y elegante, que son las condiciones propias del arte

en las épocas de mayor cultura.

Recorriendo este Alcázar no se ve otra cosa más que la continuación de

salas cuadradas que se repiten casi con iguales formas y dimensiones, y

sólo varían algunas veces en la composición de las trazerías de los

arabescos; estancias sin abrigo, sacrificada en ellas la comodidad á la

simetría y alineación de las puertas en los ejes centrales, disposición

que no ha podido ser agradable en ningún tiempo. Llegamos á la principal

tarbea, la más suntuosa, compuesta desde su zócalo de azulejos hasta la

faja de retratos de reyes cerca del anillo de la techumbre, de clásicas

líneas con recuadros y anchos frisos, cuyo aspecto sorprende, y cuyos

dorados deslumbran; pero á poco que se reflexione se nota cuán extraña

aparece esa línea horizontal de ventanitas á media decoración, sin que

inmediatamente sobre ellas no arranque la bóveda y cornisa; la total

altura del decorado que pudiera servir para dos salas, si se

interceptase con otro suelo ó piso, pues esta clase de ventanitas

debieran dar esa luz de arriba que se derrama melancólica y tibia en

todas las estancias moriscas.

[Illustration: Jarro árabe.]

EL PALACIO

En el año 567 de la Egira (que comenzó el 2 de Setiembre de 1171), según

texto árabe, se empezó la obra de este Alcázar[31] por el Sultán

Abu-Yacub-Yusuf, el cual construyó al mismo tiempo un puente sobre el

río Guadalquivir compuesto de barcas, y restauró las murallas. El mismo

rey abasteció de aguas á Sevilla, traídas del castillo de Chaber, en

cuyas obras y otras muchas gastó sumas considerables. En el mismo texto

hallamos que cerca de este Alcázar construyó la novísima Aljama, que se

terminó el mes de _dulhicha_ de aquel año; habiendo sido el primero que

predicó en ella Abulcacín Abderrahmán ben Giafir de Niebla. De cuyo dato

se deduce que si se hicieron en Sevilla otros alcázares en más antiguos

tiempos, debieron haber sido construídos en otros parajes ó quizá sobre

los vestigios romanos.

Por más que se acierte en la fecha de 1353 á 1364 que se da á la

reconstrucción de este Alcázar, no se ve en él la huella del género

árabe granadino que por aquel tiempo levantaba el Patio de los Leones,

tan diverso en su estructura y en la finura de sus ornatos.

El arte en Sevilla llevaba otro camino, era más cristiano, y no había

llegado á modificarse como en el reinado de los Ansares de Granada.

¡Cómo se distingue á primera vista el arabesco hecho en uno y en otro

edificio! Más bizantino, más tosco, menos simbólico, más confuso en

Sevilla; las inscripciones cúficas y los mosáicos más ricos y

complicados que los que se ven en Granada, donde ni las columnas, ni los

capiteles, ni los gangrelados de los arcos, ni los aleros, ni los

techos, ni nada, en suma, se parecen á los de aquí. Cualquiera que sea

un poco práctico en el uso de estos ornamentos, descubrirá en seguida

que no son muy claras en el Palacio de Sevilla las huellas del arte

árabe pérsico y primitivo, del mudéjar y del renacimiento, por las mil

transformaciones á que dió lugar el capricho de los que lo habitaron.

[Illustration: Planta del Alcázar, Sevilla.]

Constituía este Alcázar en tiempo de los árabes un sistema de

construcciones adosadas á las murallas y torres que circunvalaban la

población, las cuales no tenían la forma simétrica de las plantas

rectangulares que acusan los edificios del Renacimiento. Tal como hoy se

descubre, nada tiene de los palacios de Egipto, de Siria, ni mucho menos

de los de África. Esos andenes levantados al lado unos de otros, dan á

este edificio el aspecto de una casa cristiana del siglo XV; y en

nuestro concepto solo merece su planta el nombre de árabe en la parte

que abraza el Patio de las Doncellas, la Sala de Embajadores y los

aposentos inmediatos á éste. El resto está todo trastornado. Los Patios

de Banderas y la Montería guiaban al de la fachada principal donde se

ostenta el primer ejemplo de decoración musulmana. En todos estos

pasadizos no se revela el monumento más que por vestigios de almenas,

torres y murallas donde se abrían las primitivas puertas y donde los

sultanes tenían aposentos para oir las querellas de sus súbditos, lo

mismo que los reyes cristianos perpetuadores de esa antigua costumbre; y

en el Patio citado de la Montería todavía se conserva un cuarto llamado

de la _Justicia_, donde todos los escritores suponen la celebración de

estas audiencias perpetuadas por los alcaides del tiempo de D. Enrique

III. Del Patio Grande hemos ya mencionado esa hermosa portada que no

descubre del gusto almohade puro más que su distribución y trazados,

mientras sus detalles han sido sacrificados á la influencia mudéjar y

gótica.

Desde la puerta hasta el Patio de las _Doncellas_ había tres zaguanes

interrumpidos por pasadizos que hacían la entrada difícil y misteriosa,

pero de los cuales no quedan sino ligeros fragmentos. Ya hemos

mencionado la impresión que produce este patio entre los que esperaban

hallar los estanques, las fuentes y los anditos coronados de cúpulas y

minaretes como los del Yemen; aquí no hay nada de aquella fantástica

tradición; solo un enclaustrado ornado de arcos arrogantes y esbeltos

interrumpiendo los frisos nivelados de la primera cornisa.

Son los capiteles en todo monumento lo que más le caracteriza, y

descubre su origen y estilo peculiar. Los del patio de las Doncellas

sobre columnas blancas de Filabres y basas áticas, no son más remotos

que de fines del siglo XVI, y aun diríamos posteriores, porque plagada

está la ciudad de Sevilla de estas hojas de acanto pegadas al collarino

bajo pequeñas volutas. No así los pilastrones entre arcos que se alzan

encima de aquéllas, cuya antigüedad remonta, á no dudarlo, hasta el

siglo XIII; en unos las picadas hojas bizantinas, en otros el

renacimiento especial sevillano, en otros mudéjar, gótico y plateresco,

combinaciones caprichosas de gusto delicado y esmerada ejecución. Los

trapecios calados bajo el arrabá de los arcos contienen mezcladas al

árabe algunas alusiones de figuras grotescas, que pusieron manos

cristianas entre las comarraxias muslímicas. Este gran patio no contaba

en su primera obra con la galería segunda levantada después destruyendo

el hermoso alero de peral, que avanzando cerca de tres pies, libraba á

los arabescos de las lluvias; algunos entrecanes y nichos de él se han

visto en las modernas armaduras ó cubiertas del edificio.

[Illustration: Pebetero (detalle).]

Hay tres grandes nichos ó huecos en el lado de la capilla, que algunos

creen tronos ó divanes que el rey D. Pedro utilizaba para dar

audiencias. Para nosotros son tres pasadizos tapados que comunicarían en

tiempos agarenos con el serrallo, situados seguramente, á juzgar por la

planta peculiar de los

[Illustration: Tres arcos del Alcázar de Sevilla.]

antiguos alcázares, frente á la sala principal ó _Algorfía_ que luego

fué de Embajadores; y porque las salas con alhamies que hay á un lado y

otro del paralelógramo de este patio son habitaciones moriscas

exclusivamente, aunque modificadas hoy con techos del renacimiento ó con

groseras imitaciones pintadas, en lugar de los plafones caídos, donde se

ostentan escudos, orlas y motes de los Reyes Católicos, del Emperador y

cúficos del rey D. Pedro.

En algunos frontales de los patios y cuartos interiores, hay una labor

enteramente igual á la que guarnece las pinturas de los tres techos de

la Sala de Justicia en la Alhambra, y apuntamos este dato como recuerdo

de las controversias sobre el origen de estas raras pinturas

mahometanas.

Los techos de los cenadores son de un amedinado hermoso, trazado sobre

el lugar con exacta combinación, trabajo en el cual sobresalieron los

árabes; y los pavimentos se hallan formados de mármoles blancos, limpios

y lucientes, alternando con otros de azulejos que han ido desapareciendo

reemplazados con poco tino y mala colocación.

Es necesario pararse á contemplar por última vez esos arcos, que no se

ven más que aquí, en la portada, en la Casa de Pilatos y en los

edificios del siglo VIII en Oriente, poco constructivos, de curva

arbitraria, sin apoyos ni sostenes. Apenas se explicarían si no fuesen

decoraciones colgadas y sujetas como tapicerías á los muros, que ni se

ven ni se adivinan en los intercolumnios. Forma extraña que es elegante

á causa de los lóbulos, de la ojiva y de los arranques de herradura que

poseen, cuyos tres elementos normalizaron más tarde los arcos de la

Alhambra, de Fez, Túnez y Cairo, con su actual apariencia de centros

divergentes.

El segundo cuerpo ó galería añadida á la antigua construcción es

aditamento de poca importancia; pero hermoso patio si se atiende á todas

las modificaciones de su estilo, y cuyos zócalos ostentan preciosos

alicatados de una admirable delicadeza. Marcadas puertas en sus frentes

conducen al Salón de Carlos V, de Embajadores y á los del Caracol ó de

Doña María de Padilla; tienen ensamblados cortados en polígonos que las

cubren por ambas caras, cuyo hermoso trabajo lo han restaurado con

plastones groseros de estuco torpemente pintados.

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente · 第 6 / 25 段