No puedo decir lo que sentí ni lo que hice en aquel momento.
Aquella noche rompí mis contratos y retiré las palabras dadas á los
editores franceses; y á la mañana siguiente, rompiendo con mi porvenir,
emprendí mi vuelta á España y al paterno hogar, cuyas puertas me abria
la muerte por la tumba del sér más querido de mi corazon.
Dejé á Freyre llorando en la estacion, y repitiendo lo que desde el
dia anterior le habia oido rezungar muchas veces por lo bajo: «Sí,
dicen bien las gitanas de Triana: que el diablo ez quien inventó loz
ezpejoz, y que anda ziempre entre el azogue é zuz criztalez.»
Yo partí viendo á través de mi espejo roto el rostro adorado del
cadáver de mi madre, cuyo último suspiro no me habia permitido recoger
Dios.